Este puente hemos estado en Madrid. Hacía calor por la noche y frío a
mediodía, había niebla y más gente de la que espero volver a ver reunida nunca
jamás.
Tuve un altercado con una anciana que estaba
plantada, con un nutrido grupo de coetáneas, impidiendo el paso de la gente por
una de las aceras de la Gran Vía, y fuimos al teatro en un día distinto al que
nos correspondía. Afortunadamente, un día antes y no un día después, lo que nos
permitió rectificar a costa de hacer dos veces el trayecto por calles
literalmente atestadas de turistas, carteristas y otros especímenes de la fauna
ibérica.
Al menos, la representación valió la pena.
La cola para ver la ampliación del Museo del
Prado, otro de los objetivos del viaje, iba de la Puerta de Goya al Jardín
Botánico y no se movía, o al menos el movimiento no era apreciable desde fuera,
así que nos fuimos al Thyssen, donde había mucha menos cola, pero, al llegar a
la taquilla, te daban una entrada para una hora y media más tarde. Todo sea por
Durero.
El viernes cenamos en Lhardy, que ya no es lo
que era y, además, estaba tan repleto de gente como cualquier chiringuito de la
Plaza Mayor. La cena, más bien regular, y a 84 euros el cubierto.
En fin, que no volverán a pescarme fuera de
casa en fechas tan señaladas, a no ser que pueda ir a una cabaña en las
Maldivas, que he visto anunciada en un programa de viajes de televisión, de
3.500 euros la noche —viajes aparte—, en adelante. Si es que llego a poder
permitírmelo antes de que también pueda permitírselo todo el mundo. Que, al
paso que voy, no creo.