Cada día que pasa parece menos probable que «vayamos a retomar la senda del crecimiento», por citar —literalmente— el mantra favorito de la ministra de Economía y Hacienda y, más o menos, de casi todos los políticos con mando en plaza o pretensiones de este país.
Tampoco parece que el PSOE vaya a ganar las próximas elecciones y menos, como parece que se han propuesto, a base de encantamientos, de viejas fórmulas de supuesta justicia redistributiva y de explotar la imagen de Mariano Rajoy. Así que, ¿no sería mejor que cogieran el toro por los cuernos y se convirtieran en abanderados de una nueva forma de entender la economía y de hacer política?
De una nueva visión que reconozca la existencia de una profunda —y quizá irreversible— crisis, sobre todo energética, pero también financiera, política y social, con una alta probabilidad de obligarnos a reconsiderar muchos supuestos (que las estanterías de los supermercados estarán siempre llenas, por ejemplo) y, en nuestro caso, de poner punto final al modelo «construcción + turismo» en el que se ha basado nuestro particular estado del bienestar y que, equivocado o no, parece ya agotado y sin sustituto a la vista.
Una crisis que será presumiblemente devastadora —y tanto más cuanto más tiempo se pierda en hacer como que se cree, o en hacer creer a otros, que se va a arreglar sin más que dejar pasar el tiempo o aplicar unas recetas que nadie se toma en serio—, pero que también será el principio de algo distinto.
Y explicarle a la gente que las cosas ya nunca serán como fueron antes, y reconocer, de una puñetera vez, que metieron muchísimo la pata —aunque solo fuera porque no sabían, y a duras penas saben ahora, lo que estaba pasando—.
E intentar diseñar y proponer políticas que permitan mantener las luces encendidas y un mínimo de orden mientras se produce el —doloroso— parto de un mundo nuevo y, quizá, a muy largo plazo, mejor.
En fin, algo sensato que la gente pueda entender y tomarse en serio, y no tanta monserga sobre un crecimiento imposible y un estado de bienestar insostenible que ya no conduce a ninguna parte.
La gente, incluso la que aún no tiene problemas, empieza a estar harta y lo más probable es que el día 20N —menos mal que no han puesto las elecciones el 18J— lo esté del todo.
En fin, yo les recomendaría que se asomaran un poco a la ventana y dejaran de preocuparse por lo que pensarán los gestores de los fondos de inversión o por si Manuel Chaves, José Bono o Alfonso Guerra se presentarán, o no, a las próximas elecciones.
Hay todo un mundo fuera de los despachos ministeriales y de las covachuelas de Ferraz —y de Génova—, y cuanto antes lo descubran, mejor para todos.