Por si faltaba algo en el cuadro, hemos asistido al
espectáculo de ver a Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea,
admitir que quizá el abandono de la energía nuclear no fue aquella brillante
ocurrencia moral y estratégica que durante años se quiso vender como signo de
progreso y superioridad moral y política. Y no es un error exclusivo de la izquierda. A veces
Europa no rectifica: simplemente se queda sin margen.
Hay que decirlo sin circunloquios: el petróleo y sus
derivados siguen siendo esenciales para la industria, el transporte, la
calefacción y, en no poca medida, para la generación de electricidad. La
llamada transición energética no solo está lejos de completarse; ni siquiera
está claro que pueda culminarse en un futuro previsible, al menos en los
términos grandilocuentes con que se anuncia. Y no por culpa de una conspiración
fósil ni de la maldad de unos cuantos rezagados, sino por una razón bastante
más incómoda: las infraestructuras renovables también exigen materiales,
procesos industriales, transporte, minería y fabricación que dependen aún,
de manera sustancial, del petróleo.
Seguimos llamando transición a un proceso que depende en
gran medida de aquello que queremos, o que creemos estar obligados a, dejar
atrás. Y esa contradicción, mientras se pueda maquillar con subvenciones,
propaganda y contabilidad creativa, seguirá ocultándose. Pero no desaparecerá.
La realidad es más tozuda que nosotros.
