viernes, 13 de marzo de 2026

Petróleo y economía

Si el petróleo del golfo Pérsico tarda en volver a circular con normalidad por el estrecho de Ormuz, la economía mundial entrará en una fase contractiva de la que será difícil salir. Y será, también, la constatación de una evidencia que gobiernos, tecnócratas y propagandistas de la transición llevan años intentando disimular: que el mundo sigue funcionando con petróleo.

Por si faltaba algo en el cuadro, hemos asistido al espectáculo de ver a Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea, admitir que quizá el abandono de la energía nuclear no fue aquella brillante ocurrencia moral y estratégica que durante años se quiso vender como signo de progreso y superioridad moral y política. Y no es un error exclusivo de la izquierda. A veces Europa no rectifica: simplemente se queda sin margen.

Hay que decirlo sin circunloquios: el petróleo y sus derivados siguen siendo esenciales para la industria, el transporte, la calefacción y, en no poca medida, para la generación de electricidad. La llamada transición energética no solo está lejos de completarse; ni siquiera está claro que pueda culminarse en un futuro previsible, al menos en los términos grandilocuentes con que se anuncia. Y no por culpa de una conspiración fósil ni de la maldad de unos cuantos rezagados, sino por una razón bastante más incómoda: las infraestructuras renovables también exigen materiales, procesos industriales, transporte, minería y fabricación que dependen aún, de manera sustancial, del petróleo.

Seguimos llamando transición a un proceso que depende en gran medida de aquello que queremos, o que creemos estar obligados a, dejar atrás. Y esa contradicción, mientras se pueda maquillar con subvenciones, propaganda y contabilidad creativa, seguirá ocultándose. Pero no desaparecerá. La realidad es más tozuda que nosotros.