La mañana del lunes es algo gris. Hoy toca juzgado.
Cuando me estoy poniendo el vestido que me he traído para estas ocasiones, discreto y sobrio, recuerdo a Pepe Isbert en una película de Luis García Berlanga, cuando arreglaba la corbata de su yerno, que iba a pedir plaza de verdugo, y le explicaba que a los edificios administrativos hay que ir siempre correctos y aseados.
Hemos quedado con Mila a las diez en la notaría. Llegamos antes que ella y subimos a esperarla arriba, pero todavía no han abierto. En la puerta de entrada, bajo el letrero de Notario y el horario de atención al público, hay un cartel plastificado con un dibujo de una tarta de varios pisos.
N intenta buscar explicación a semejante despropósito, lee el anuncio y me traduce que allí solo habla de tartas y que debe de ser que anuncian que se hacen tartas. A mí me parece algo raro, hasta para Ucrania, que hagan tartas en una notaría, y ella me dice que igual solo es que le pagan por poner el anuncio. Puede que sea eso; a estas alturas ya todo me parece normal y a ella esa explicación le parece satisfactoria.
Cuando viene Mila nos explica que la puerta cerrada da paso a un pequeño recibidor común para la notaría y un establecimiento de venta de tartas, y que no huele a tartas porque allí solo se encargan. Luego te las llevan a casa o hay que ir a buscarlas a otro sitio.
Aclarado finalmente el misterio de las tartas notariales, llega la notaria, a la que ya conozco. Es menudita, de pelo casi blanco, piel muy clara y ojos de un azul clarísimo. Lleva una diadema de Burberrys y un pañuelito atado al cuello, también de marca.
Su despacho tiene dos mesas sencillas, un par de ordenadores y una fotocopiadora pequeña. Solo hay un pequeño mueble para archivo y dentro seis archivadores: dos rojos, dos azules y dos verdes. Ella misma redacta los documentos, los imprime, hace las copias y cobra, todo en menos de media hora. Un lujo. No tiene ni empleados. Tuvo —me aclara Mila— una secretaria, pero ahora se lo hace todo ella. Aquí esta es una profesión liberal: hay notarías por todas partes; en el edificio en el que me alojo —el que tiene un mafioso incluido— hay otra.
Bueno, una cosa hecha. Ahora al juzgado.
Está en el quinto pino. Kiev es una ciudad grande que parece que no se acaba nunca.
El juzgado es un edificio indescriptible: pintado de naranja, parece un edificio de apartamentos playero de los años cincuenta —en España, quiero decir—, y está rodeado de una verja de hierro con unos motivos decorativos que imitan escudos, o algo así, en un dorado chillón bastante llamativo.
Entramos y el guardia de la entrada, un jovencito de mirada picarona, nos reconoce cuando entregamos los pasaportes y, al ver el mío, dice:
—Ah, la española… Río de Janeiro —toma geografía.
Se ríe y nos deja pasar sin copiar nuestros datos en un libro registro, tal como sí hizo el viernes.
Subimos arriba y volvemos a explicar nuestro caso: la prisa que corre, que hay reunión del parlamento otra vez mañana, día 16, el incidente de la retina… Le enseñamos un certificado médico de Carlos junto con algunas fotografías con las niñas en casa y en Ucrania.
Parece que se ha sensibilizado algo, pero, de entrada, no le parece bien lo de darnos las citaciones para que las llevemos nosotros a todos los que han de participar en la vista, como le sugerimos para evitar problemas con el correo.
Al final no concreta nada, pero se compromete a recibirnos otra vez al día siguiente, martes, a las diez de la mañana. Así que otra vez a casa con las manos medio vacías, pero Mila cree que la ha visto más receptiva y también que, si nos hace volver, es porque algo va a ceder. Es, dice, una buena mujer.
También lo cree la inspectora, que es la que ha conseguido que sea ella la que vea este asunto. Lo del juez predeterminado por la ley, principio básico del derecho procesal español, no parece aquí tan importante, pero ahora estamos a lo que estamos: convencerla de que el tiempo apremia y de que vea este asunto cuanto antes.
El martes nos levantamos pronto porque tenemos una hora de viaje hasta el juzgado. No he dormido. Hoy hay sesión del parlamento.
Cuando ya estamos preparadas para salir, N ve una araña menuda en la pared. Me quito la zapatilla para matarla, pero me dice que no se me ocurra, que aquí en Ucrania eso puede traer mala suerte. Así que golpea la pared y la araña sube hacia arriba.
N dice que, si sube hacia arriba, trae buena suerte y hay que dejarla vivir; si hubiera bajado, sería señal de mala suerte y habría que matarla. La araña sigue subiendo por la pared —supongo que más para tender sus trampas que para darnos buena suerte—, pero bueno.
Llegamos al juzgado y Mila no sabe si entrar conmigo o no. No quiere presionar demasiado, así que la dejo hacer, pero nos quedamos en la puerta, a la vista de la jueza, que hoy tiene mejor cara. Parece que ya lo ha visto todo, se ha situado y dice que el juicio podría ser el próximo lunes, pero hay que ir a hacer seis juegos de copias de todo el expediente.
A las tres —son las diez— hay que volver y entonces decidirá.
Lo de los seis juegos de copias les parece algo extemporáneo a Mila y a su ayudante, la que nos lleva y nos trae en el coche. Pero le parece buena señal que nos haya dejado sacar el original, medio escondido, para hacer las dichosas copias que nunca, según Mila, le habían pedido antes.
No saben ni a dónde podemos ir. Veo yo enfrente un cartel que anuncia algo de abogados y les digo que allí puede haber.
Es un edificio cochambroso; en el que me alojo parece un palacio al lado de este. Entramos y, voilà, en el estrecho patio de entrada hay una especie de cuchitril y dentro una fotocopiadora que maneja una chica que también vende cuadernos, carpetas y bolígrafos y hace café en una cafetera que hay en el suelo.
Cuando le decimos que queremos seis copias pone cara de susto, pero accede: no debe de tener con frecuencia encargos tan importantes.
Nos acomodamos como podemos en el estrecho patio y esperamos. De pie.
Llama mi marido y me dice que la moratoria no se va a debatir, al menos en la sesión de hoy, y eso nos relaja a todas un poco.
La chica de la fotocopiadora tiene dificultades para hacer copias y atender los otros compromisos de su negocio, ya que hay bastante movimiento. La gente le pide impresos, cuadernos, bolígrafos y hasta un café, que aparece de pronto sobre el mostrador sin que hayamos podido ver de dónde ha salido el vaso ni el azúcar.
La escalera de acceso, por la que subimos para ver qué hay arriba, está tan destartalada y abandonada como la del edificio donde tenemos el apartamento. Esto parece ser un problema derivado de la propiedad pública de los edificios, que hace que nadie se haga responsable del exterior ni de las zonas comunes.
El despacho de abogados que hay arriba consiste exclusivamente en tres mesas y cuatro sillas.
Al bajar, la chica dice que hay que dejar descansar un rato a la fotocopiadora porque se ha calentado demasiado. Y aquí seguimos las cuatro, dobladas ya de tanto estar de pie.
Va pasando el tiempo: una hora, una hora y media… Nuestras caras resultan cadavéricas a causa de la iluminación.
—Hay que volver a descansar —dice la chica.
N va a investigar y dice que no ha hecho aún ni la mitad. Creo que me va a dar algo.
Cuando la jueza nos ha citado para las tres me ha parecido algo tarde. Ahora lo entiendo.
Les cuento a las que ya son mis amigas que, cuando vamos de viaje y la niña pregunta cada dos minutos cuánto tiempo falta para llegar, mi marido le dice siempre —tras consultar al enanito que va dentro del GPS— que tres horas.
Y aquí —les digo— también estaremos tres horas.
Pero no: la fotocopiadora chirría y se estropea cuando aún queda un tercio del trabajo por hacer.
La chica nos envía a otro establecimiento, en otro despacho de abogados de mucho mejor aspecto. En la entrada una chica atiende otra fotocopiadora y, aunque tuerce un poco el gesto cuando ve lo que le pedimos y la hora que es, al final se pone a hacerlo y, tras agotar el papel y mandar a un compañero a comprar más, lo termina a la una y cuarto de la tarde.
Así que, finalmente, han sido, desde las diez y cuarto, las tres horas de rigor.
Metemos las fotocopias en unas carpetas que ha comprado Mila, con una cinta blanca para cerrarlas, y nos vamos a comer. Cuando terminamos son ya las dos y media, hora de volver al juzgado.
El tiempo estaba bien calculado.
Como llegamos algo pronto, tenemos que esperar.
Si el exterior del juzgado es notable, el interior tampoco tiene desperdicio: un pasillo larguísimo de paredes forradas de una especie de láminas de plástico de color gris ala de mosca y, cada poco, un banco estrecho de madera pegado a la pared, incomodísimo.
Al poco aparece la jueza y solo deja entrar a Mila, pero me mira y sonríe, lo que supongo que es una buena señal.
Después de un tiempo sale Mila y dice que finalmente el juicio será el lunes 22 y que la sentencia la notificará el jueves día 2, lo que, en general, no está mal.
Tenemos que hacer nosotras las notificaciones, así que, a las cuatro y media de la tarde, nos encontramos convertidas en agentes de la justicia ucraniana encargadas de las notificaciones judiciales, después de haber pasado la mañana como auxiliares a cargo de las fotocopias.
Y que no decaiga.
A las siete y media, después de haber pasado por un par de registros civiles y otras dependencias con nuestros fajos de papeles, emprendemos el regreso a casa y llegamos a nuestro pintoresco apartamento, rendidas pero, dentro de lo que cabe, contentas.
Bueno, ya tenemos fecha para el juicio.
Algún día volveré a casa y, dentro de unos años, cuando lea estas líneas, puede que recuerde esta aventura con nostalgia.
Que así sea.
S.