Hoy también hay niebla, quizá algo más tenue que la de ayer.
Al otro lado de la calle me esperan para ir, otra vez, a los registros y al juzgado, hasta donde hay un buen trecho. Cruzamos el puente sobre el Dniéper, que parece no acabar nunca, aunque vamos por el lado bueno. En dirección contraria, hacia el centro de Kiev, hay, como siempre, un atasco monumental.
Ya he dicho que Kiev es una ciudad muy grande. Cuando parece que se acaba, surgen de entre los árboles bloques y más bloques, muy parecidos unos a otros, mal conservados casi todos: las barandillas de los balcones oxidadas, los cerramientos de madera de las galerías comidos por la humedad y el frío, podridos los pequeños maceteros de algunas ventanas… Todo es de color gris.
Llegamos a nuestro primer destino: el Registro Civil “de las bodas”.
El otro día era ya de noche y casi no me fijé en el entorno. Está en un barrio de bloques no demasiado altos que rodean un espacio interior mal asfaltado, en el que una tropieza constantemente y en el que hay unos cuantos columpios oxidados y llenos de mugre. Ni un espacio verde, nada de flores.
Y es que, en todo lo que llevo aquí, solo he visto unos rosales frente a un hotel caro y muy moderno, entre Santa Sofía y San Miguel —es decir, en la zona monumental y más exclusiva—, y también en un pequeño parterre dentro del recinto de San Miguel. La pequeña vio el otro día unos tajetes —yo los llamo claveles moros— cerca de nuestra casa y gritó: “¡Mamá, una flor!”. ¡Tan extraño es ver alguna!
Sin embargo, hay muchos puestos de venta de flores y son preciosos. También se ve a muchos chicos llevando una rosa de tallo largo en la mano, y con ramos de flores se recibe a amigos, o novios, o hijos, o padres en el aeropuerto.
Pero volvamos al registro.
Hoy hay varias parejas esperando en el salón. Esperamos nosotras también. Una de esas funcionarias de altos y ruidosos tacones, vestida con un jersey rojo espantoso y escotado, que termina en una especie de cuello-bufanda de la misma lana, va y viene con nuestro expediente, que reconocemos por la carpeta de las cintas blancas.
Como diría el poeta, “amarrada al duro banco”… observo a la gente que va y viene.
En la oficina de enfrente entran y salen funcionarias, cerrando siempre la puerta con llave. En la pared hay un interruptor y, escrito como con tiza roja encima, “220V”. Será para que la gente sepa a lo que se expone si mete el dedo, en vez de la bombilla, en el portalámparas, o quizá para que no utilicen bombillas de 125, como pasaba antes en España.
Al poco nos llama la chica del atuendo rojo y le da todo hecho a Mila, incluidas algunas explicaciones. Dice Mila que es muy amable.
Mientras la esperamos en la sala de bodas —oscura, a pesar de que es de día y tiene ventanales en una de las paredes, porque la mitad de las lámparas del techo están apagadas o fundidas, como es habitual en todos los edificios públicos que hemos visitado— veo un cartel con una pareja que parece estar bailando y una flecha que señala en dirección a un pasillo.
Pregunto si es que también hay un salón de baile, pero Tania me dice que no, que aquí alquilan trajes de ceremonia. Muy práctico, sí señor.
Nos vamos al otro registro, en el que ya no perdemos tiempo. A pesar de que hay una cola muy larga, está todo preparado e, incluso, parece que nos dejarán presentar los papeles el mismo día de la notificación de la sentencia, a pesar de que ese día —viernes 3 de diciembre— no se hacen estos trámites en este registro. La llamada de “Sofía Loren” ha sido, parece, mano de santo.
De aquí nos vamos al juzgado con todo lo que tenemos.
A la entrada, Mila —que está adquiriendo un cierto sentido del humor— recuerda lo de “Río de Janeiro” y dice que podía ser nuestra… no le sale la palabra en español; al final, entre las tres, decimos: “contraseña”.
Al entrar está el mismo guardia y Mila me sorprende cuando, en lugar de enseñar el pasaporte, dice “Río de Janeiro”. El guardia sonríe y nos deja pasar.
Aquí también va todo bien y casi no tenemos que esperar. La juez ve que somos rápidas y que va a estar todo a punto.
Seguimos ruta.
Iremos primero al internado. Hay que entregar la notificación, hacer todo lo que hemos hecho en los registros, recoger ya la contestación y también una declaración de las niñas que ha pedido la juez y que tienen que escribir ellas.
Por el camino hablo por teléfono con la mayor para saber si le dan hoy el alta. Mila está intentando que me pueda llevar hoy a las niñas para no tener que hacer mañana otro viaje de una hora por los suburbios de Kiev. Tras unas pocas llamadas parece que podrá ser.
En ruta pasamos por uno de esos mercados callejeros en los que venden frutas y verduras en puestos al aire libre: las cajas apiladas en el suelo a modo de mostrador y, encima, la mercancía, que pesan en una de aquellas viejas balanzas triangulares con un plato estrecho para el peso y otro más ancho para la mercancía.
Un poco más allá, unas cuantas abuelas, vestidas con abrigos largos y recios y con pañuelos de flores a la cabeza, sentadas en cajones o bancos pequeños de madera, venden algún producto casero que exhiben en otra caja de madera puesta en pie.
Nuestro coche para en un semáforo, cerca de ellas, y puedo verlas mejor: una vende grandes ramilletes de perejil y un par de racimos de grosellas; otra está pelando castañas y llenando con ellas unos vasos de plástico; la de al lado tiene otros vasitos llenos de nueces troceadas; la de más allá vende ramos de crisantemos, algo mustios ya; y, junto a ella, una de aspecto muy cansado, sentada casi en el suelo, unas botellas de leche.
Pasamos también cerca de un cementerio. Rodeándolo hay montones de vendedores de flores, todas de plástico, muchas de ellas formando extrañas coronas que más parecen esas guirnaldas que se colocan al cuello del caballo cuando gana una carrera. Da algo de grima, la verdad.
Pero no tanta como el hospital en el que ha estado la mayor casi un mes.
Es la tercera vez que voy, pero no gana nada con el tiempo. En medio de un pinar, con esos pinos altísimos que se dan por aquí, que solo tienen verde la copa y huérfanos de sol, está este edificio destartalado, antiguo, con desconchados por todas partes y pintado de un blanco grisáceo.
Entramos por la puerta de cristales con cuadraditos de colores y nos hacen esperar en el vestíbulo, sentadas en unos sillones de un marrón descolorido. Mila ha ido a hablar con el médico.
Como su ayudante habla poco, me distraigo mirando a mi alrededor. Cerca de nosotros hay lo que parece ser un cajero automático que queda algo extraño, como fuera de lugar, pero Tania dice que sí, que es un cajero y que está ahí para que cobren los médicos.
Bueno.
Aparece al poco la mayor, corriendo y con el gesto algo triste, que le dura hasta que sube al coche y salimos de allí.
Nos vamos al orfanato.
La directora, Ludmila Nicolaevna —aquí utilizan siempre los patronímicos: el nombre del padre terminado en -evna para las mujeres o en -evich para los hombres— es una mujer afectuosa, muy sonriente, y me da un fuerte abrazo y un beso.
Aquí no es costumbre dar uno en cada mejilla.
Me trae una silla, me invita a sentarme y envía a la mayor a recoger a la pequeña a la escuela. Cuando llega, me da un abrazo y me presenta a su amiga, una niña, hija de una de las que trabajan allí, con pinta de formalita, que viste un traje de chaqueta negro —aquí van de negro al colegio—, de persona mayor, que le da un aire gracioso.
Las chicas se ponen, muy formales, a escribir el texto que nos ha pedido la juez. La mayor escribe deprisa y la pequeña con mucho cuidado, apretando el bolígrafo contra el papel y mordiéndose el labio. Se enfada porque no le sale recto: lo quiere hacer todo perfecto.
Vamos hasta los dormitorios para que cojan algo de ropa, bastante, porque la directora las deja quedarse hasta el lunes para que las llevemos directamente al juzgado y no tengan que ir y venir tanto por esas carreteras.
Tardan un poco en hacer el equipaje porque tienen que recoger la habitación antes, nos dice la educadora.
Esperamos en la sala en la que ven la televisión, que, de día, no gana nada: destartalada, marrón y triste.
Las niñas se despiden de sus amigas y de la directora, a la que encontramos por el camino con un niño, ya mayorcito, cogido de la mano, que llega nuevo hoy: cabizbajo, con el pelo rapado y ojos apagados.
Por fin salimos.
Llegamos a Kiev ya de noche y aún vamos a cambiar dinero con Mila porque hoy vienen a cobrar el apartamento y no tengo bastantes grivnas.
Luego vamos a ver a nuestra notaria para intentar adelantar uno de los trámites que hay que hacer una vez que tengamos la sentencia. La notaria sonríe cuando nos ve entrar y lo hace todo sin problemas. Ya somos clientas.
La pequeña ha señalado el anuncio de tartas de la entrada y ha compensado la ausencia de tartas en el interior comiéndose casi todos los caramelos de cortesía que la notaria tenía en una cestita sobre una mesa baja.
La mayor me dice después que, cuando me he levantado a firmar, ha aprovechado para meterse unos cuantos en el bolsillo del abrigo.
—Mamá, solo han sido cinco o seis —me dice.
—Ya hablaremos en casa —le digo—. Eso no se hace.
Nos reímos todas, notaria incluida. Nos despedimos y nos vamos al apartamento, donde, nada más llegar, empieza una batalla por el mando de la tele que zanjo confiscándolo y amenazándolas con enviarlas de vuelta al internado.
Creo que no me creen.
Mañana será otro día.