«Creced y multiplicaos», dicho en un planeta redondo y con recursos limitados, y a gentes de no muchas luces, ha resultado ser, a largo plazo, una solemne tontería. Y que Dios —si fue él quien lo dijo— me perdone.
«Creced y multiplicaos», dicho en un planeta redondo y con recursos limitados, y a gentes de no muchas luces, ha resultado ser, a largo plazo, una solemne tontería. Y que Dios —si fue él quien lo dijo— me perdone.
Cuando los ministros del Gobierno —o su presidente— hablan (y la verdad es que últimamente no callan) de recuperación o de salida de la crisis, hay dos posibilidades.
El verano amaga con un par de días de calor sofocante y vuelve después sobre sus pasos, dejando un par de días de lluvia y ocho grados menos de temperatura. Dentro de una semana, el Sol alcanzará la parte más alta de su recorrido por el hemisferio norte, mientras las lluvias adelantan el deshielo y desbordan los ríos.
El calor irá, sin embargo, aumentando hasta que, a mediados de agosto —y sobre todo en septiembre—, bajen otra vez las temperaturas y llegue el otoño, y también el invierno astronómico, que tampoco será, seguramente, un invierno como los de antes, pero puede ser un poco más difícil que el anterior.
«En cuanto pasen estos días…», me decía ayer un esforzado profesional al que conseguí localizar en su teléfono móvil, «resolveremos ese asunto».
«Estos días» es un intervalo de tiempo que, en España, puede incluir prácticamente todo el mes de diciembre y casi la mitad de enero; la semana anterior a la llamada Semana Santa, esta misma y parte de la siguiente; las fiestas del pueblo, las prefiestas y la resaca; las de todos y cada uno de los barrios; los puentes y acueductos de variado pelaje, como el del Pilar o el del uno de mayo; festejos populares, festivales y zafarranchos de toda índole y, por supuesto, todo o casi todo el período estival, desde finales de mayo a mitad de septiembre.
Hubo un tiempo en este país, de datación imprecisa y duración breve, en el que las palabras tuvieron algún valor o, al menos, en el que la ruptura de compromisos y el faltar a la verdad tenían alguna consecuencia política, penal o de otro tipo.
Esos tiempos ya pasaron y, como inevitable corolario, hoy nada —o casi nada— de lo que se dice en los foros públicos tiene contacto alguno, no ya con la realidad, que cambia tan rápido que eso podría hasta tener alguna justificación, sino con lo que realmente piensa —cuando piensa— el político, banquero, asesor, experto o comunicador que las pronuncia.
Me dice mi amigo Rubén que los gallegos —españoles, quiere decir— cada vez parecemos más argentinos y que, si no fuera por el, según él, providencial euro y por los alemanes, ya estaríamos ahogados y a las puertas de una dictadura militar como, en su momento, estuvieron ellos.
Rubén cree que nunca debimos echar a Zapatero, aun reconociendo, como reconoce, que el hombre no era ninguna lumbrera, para darle el poder a un pelotudo como Rajoy, y que es una vergüenza que estemos aguantando todo lo que nos está haciendo la derecha sin montar, como mínimo, una cacerolada permanente en la Puerta del Sol —que, añade, nos hemos dejado arrebatar por Aguirre y la Botella— o en el Palacio Real, que es donde él cree que vive el Rey cuando no está cazando elefantes.
El marco narrativo de la presente crisis —o lo que sea esto— incluye, por supuesto, la evolución de unos cuantos indicadores que, en el caso de España, podrían ser, entre otros, la prima de riesgo, el IBEX 35, el PIB o el número de desempleados; y, en otros países, otros similares.
Incluye también la idea de que la situación volverá a la normalidad, entendiendo por tal una en la que el PIB sube y el desempleo baja, o, en el argot de políticos y economistas, la “senda del crecimiento”, más tarde o más temprano.
La reunión objeto del viaje, una comida con el Rector, estaba prevista para las 15:00 horas en un lugar denominado Casa Adolfo.
Mr. Hollande ha ganado las elecciones a la presidencia de la República Francesa o, lo que viene a ser lo mismo, Mr. Sarkozy —hasta ahora presidente— las ha perdido.
Mr. Sarkozy era, ostensiblemente, aliado político de la canciller federal alemana, Frau Merkel, en su declarado propósito de imponer medidas de austeridad procíclicas, cuyo efecto más inmediato parece haber sido el de agravar la crisis económica que sufre Europa —y, en particular, algunos países del sur como Grecia, Italia, Portugal, España y, en alguna medida, la propia Francia—. Su derrota, por tanto, ha sido vista por algunas personas —bastantes— como una especie de anticipo del fin de esas medidas y como la promesa, formulada de manera más o menos explícita por el candidato vencedor, de sustituirlas por otras contracíclicas, de tipo keynesiano, que nos lleven de nuevo a la venturosa senda del crecimiento que nunca debimos haber abandonado, amén.
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| Europa. Vista posterior |
Llevo casi un mes sin escribir aquí y así hubiera seguido por algún tiempo si no me hubiera llamado mi amigo Rubén, con el que, por cierto, nos hemos visto las caras por primera vez gracias a Skype.
Ha entrado —me ha dicho— varias veces para ver si tenía algo que decir sobre el contencioso —él ha utilizado una de esas palabras argentinas, tan descriptivas, que ahora mismo no recuerdo— a propósito del petróleo argentino que, según él, está indebidamente en manos españolas.
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| Who are these guys? |
Parece que el Rey y su familia están poniendo a prueba la resistencia de la monarquía a base de comprometer su popularidad con una boutade tras otra, añorando, quizá, los tiempos en los que los reyes estaban donde estaban por voluntad divina, con independencia de lo que la gente pudiera opinar de ellos o de la institución. Eso, hasta que en algún momento —y en otros países, claro— la gente se pasaba por montera la voluntad de Dios y hacía rodar por el suelo las coronas, con cabeza y todo.
Los stocks de crudo y sus derivados en Europa están prácticamente en caída libre, mientras los precios del barril de Brent continúan oscilando —y no mucho— en torno a los 125 dólares.
La situación es potencialmente alarmante, aunque aquellos cuya alarma explícita podría desatar la alarma general hacen, por el momento, como que no se alarman mientras esperan… ¿qué? ¿El final de la crisis? ¿Nuevos descubrimientos en el Mar del Norte? ¿Un milagro?
No, claro. Lo que los políticos esperan es que la situación no se deteriore tanto como para hacerles perder las próximas elecciones, como le pasó a Zapatero o a Berlusconi y está a punto de pasarle a Sarkozy, que tampoco parece andar muy sobrado de sentido común.
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