
Hope for the best but prepare for the worst

La buena noticia de hoy es que, en un número reciente del Wall Street Journal, un tal Leonardo Maugeri, vicepresidente de la petrolera Eni, sostiene que, en contra de lo pronosticado por los que él llama “voceros del apocalipsis”, en el siglo XXI nadaremos —cito literalmente— en petróleo.

La cosa pública está dando, en España, un espectáculo que en nada desmerece a las astracanadas organizadas, tiempo atrás, en países como Argentina, que acabaron como acabaron gracias a las idas y venidas de la clase política más corrupta e incompetente que se había conocido. Hasta entonces, claro.
Después de estar mucho tiempo por debajo de los 70 $/b, el precio del petróleo crudo ha subido, en dos días, hasta cerca de los 78 $/b.
En un mercado tan volátil como este, la interpretación de un incremento del 11 %, en tan corto período de tiempo, es muy complicada.
Podría decirse, para empezar, que el precio del petróleo en el verano del 2008, casi 140 $/b, alimentó la crisis económica y que la caída posterior, hasta los 30 $/b de enero de 2009, se debió, fundamentalmente, a la fuerte disminución del consumo provocado por esa misma crisis.
En la economía actual lo más importante es el dinero: quién lo hace, cómo circula y, por supuesto, quién lo tiene.
Si a usted le preguntan por el origen del dinero que cree que tiene en el banco y con el que paga puntualmente —o eso espero— sus facturas de luz y agua, sus hipotecas y trampas diversas, contestará, sin duda, que el dinero lo hacía el gobierno, por medio del Banco de España, cuando la moneda de curso legal era la peseta, y que ahora es el Banco Central Europeo el responsable del dinero en circulación.
Al accionar el interruptor de la luz aquella mañana, no ocurrió nada. El frío era mayor de lo acostumbrado a esas horas, pero, tras pensar un poco, lo atribuyó a que, aunque la caldera funcionaba con gasoil y le constaba que había suficiente en el depósito, las bombas que movían el agua caliente por la casa funcionaban con electricidad, y la caldera requería, para sus encendidos periódicos, la ayuda de un dispositivo eléctrico.
Este gráfico muestra la evolución, a escala planetaria, de la producción, el consumo y el precio del petróleo crudo entre enero y septiembre de este año. Tanto la producción como el consumo parecen estancadas, desde hace tiempo, en torno a los 84 mbd y el precio no ha podido romper la barrera de los 70$/b. Estos datos no permiten sostener la idea de que la economía se está recuperando y sí la de que permanece, en el mejor de los casos, estancada. También apuntan a que se ha alcanzado ya el peak-oil (*)aunque, de momento y como consecuencia de la paralización de la producción industrial y de la consiguiente disminución del consumo de energía, no se haya producido una fuerte elevación de precios que están experimentando, sin embargo, una extraordinaria volatilidad.
Puede que, ocasionalmente, hagan otras cosas, como planificar carreteras y cosas similares, pero sólo para repartir, preferiblemente entre sus amigos, una parte de nuestro dinero y seguir dedicándose a lo fundamental, sin llamar demasiado la atención. Por eso procuro no sorprenderme, ni indignarme, demasiado con la actividad de la administración pública española. Porque, aunque el gobierno es innecesario, también es inevitable(*), escupir a sotavento nunca ha sido una muestra de inteligencia ni de sentido común y sustituir una banda por otra, al frente de la cosa, no cambia nada, o no por mucho tiempo.
Pero ahora me está asaltando otra sensación, que me preocupa algo más y es la de que llevan tiempo sin tener la menor idea de lo que está pasando. Y no es, sólo, que no distingan una pandemia de un catarro, una crisis de una desaceleración, una fuente de energía de una portadora, el petróleo de las arenas bituminosas, los ricos de los pobres, desfavorecidos, los llaman ahora o, en general, la realidad de la fantasía, sino, también, que ni siquiera intentan, o lo intentan y no lo consiguen, que haya una mínima relación entre lo que dicen y lo que hacen o piensan hacer que, por otra parte, no va mucho más allá de dejar pasar el tiempo, a ver si escampa. Más vale que nos atemos los cinturones.Ayer leí una noticia acerca del inminente pago, por parte de las gentes de ILD, del segundo plazo de la opción de compra sobre las tierras de Ontiñena en las que, se supone, se asentará Gran Scala: aquel fabuloso conjunto de cuarenta casinos, treinta hoteles, veinticinco millones de visitantes al año y diecisiete mil millones de euros —más de lo que pretendía recaudar ZP con su subida de impuestos— de inversión que iba a construirse nada más terminar la Expo.
Acabo de ver por televisión que, en un ayuntamiento de Madrid —creo que en Torrejón de Ardoz— han destinado cinco millones de euros del Plan E a construir un parque temático, o algo similar, formado por reproducciones de cartón piedra de los monumentos europeos más representativos, o que ellos consideran más representativos.
Preguntado por la periodista, el concejal de Obras del municipio en cuestión decía que, pensando en algo para atraer al turismo y a falta de monumentos propios, habían tenido la idea de construir el parque de marras.
Esto del turismo se está sacando de quicio.

Carlos Gómez lleva veinticinco años en el Centro de la UNED con responsabilidades de secretario y Director desde 1987. Ha sido uno de los mejores testigos de la trayectoria ascendente y artífice, en buena medida, del desarrollo. En la entrevista concedida a El Cruzado Aragonés repasa los aspectos más significativos y los momentos más decisivos, incluidas las críticas, durante este cuarto de siglo. En especial, la trascendencia que ha tenido la implantación en Barbastro y su zona de influencia.
Ángel Huguet
¿A simple vista, qué le dicen, 25 Años de UNED Barbastro?
- Lo que tiene interés, en realidad, es lo que le dice a la gente. Yo creo que la opinión, no sé si general pero al menos sí la más extendida, es que la UNED forma parte del paisaje urbano de Barbastro, es una institución útil que, incluso, le da cierto empaque a la ciudad. Hay también otras opiniones, como la de una señora que decía en el último número de El Cruzado que la UNED era una ‘pérdida’, pero yo espero que sean minoritarias. En todo caso el Ayuntamiento, al que le corresponde establecer las prioridades en la utilización del dinero público, y cuyo Alcalde preside la Fundación de la que el Centro depende, parece considerar, por el momento, que el gasto que ocasiona su mantenimiento queda compensado por el servicio que presta. Que es, por otra parte, lo que yo también pienso.
Pase lo que pase en el futuro, estos años serán recordados como años de
abundancia y, quizá también, de excesos.
En Barbastro se ha inaugurado otro supermercado
—ya van ocho o nueve—, varias bodegas —son veinte o más—, se ha modificado el
trazado de la N-240 para facilitar la conexión con la A-123 y, dentro de poco,
supongo, tendremos la autovía Huesca-Lérida. En su entorno ya se ha proyectado
un centro de ocio y comercio y una nueva zona industrial.
El Club Español de la Energía ha hecho público, recientemente, un estudio
titulado Energía y Sociedad: Actitudes de los
Españoles ante los Problemas de la Energía y del Medio Ambiente, del que
se desprende que tenemos, en general, una formación deficiente en cuestiones de
energía.
Parece ser que sabemos poco, o nada, acerca del
origen de la electricidad que consumimos y creemos, erróneamente, que la mayor
parte proviene del petróleo o de los saltos de agua. No somos, se dice,
partidarios de la energía de origen nuclear y creemos que la de procedencia
eólica o solar es la más barata cuando, en realidad, es muy cara en el nivel
actual de desarrollo de la tecnología necesaria, dependiente —como casi todo en
nuestra civilización industrial— del petróleo y extraordinariamente subvencionada.
Este déficit de formación es el que hace que
depositemos esperanzas, con toda seguridad excesivas, en supuestos avances
tecnológicos, relacionados, sobre todo, con el hidrógeno y los biocombustibles,
de indudable valor científico pero dudosa aplicación práctica a corto plazo. Y,
a largo plazo —decía Keynes—, todos estaremos muertos.