
Velas

Llevaba un tiempo algo inquieto y preocupado ante la
posibilidad de que alguien se diera cuenta de lo absolutamente prescindible que
era, sobre todo porque ya no se veía con capacidad para fingir, como había
hecho durante tantos años, lo ocupado que no estaba. Los papeles importantes
habían ido desapareciendo de su mesa, al mismo tiempo que sus funciones pasaban
a ser desempeñadas por gente más joven —mujeres, sobre todo— que habían entrado
en los últimos años.
El sexto verano del tercer milenio está dando sus últimas boqueadas: bastante calor, ninguna lluvia y cada vez menos agua en los embalses.
El Ministerio de medio ambiente —lo de las minúsculas es deliberado— va a comprar, dicen, cincuenta fincas de alto valor ecológico en la costa para preservar de la urbanización salvaje una parte del litoral español. Yo de eso prefiero no entender; así mantengo alguna ilusión sobre el instinto de conservación de la especie, que es, como se sabe, opuesto al del individuo. Pero me parece que sería más práctico prohibir tajantemente la construcción a, pongamos por caso, menos de un kilómetro de la costa, y no autorizarla bajo ningún concepto en zonas deficitarias en agua.

El 17 de julio de 1936, hace tan sólo setenta años, parte del ejército de la República, estacionado en Marruecos, inició, con un golpe de estado fracasado, una cruenta guerra civil que dió lugar a cuarenta años de dictadura militar en España. Los militares que se negaron a sublevarse fueron juzgados, y en muchos casos sumariamente ejecutados por sus compañeros, bajo la sorprendente acusación de rebelión militar. Todos los intentos de los gobiernos republicanos por modernizar el país fueron cancelados por la dictadura y España quedó de nuevo, y por muchos años, a la cola de Europa. Durante la guerra ninguno de los dos bandos respetó convencionalismo alguno y ambas partes fusilaron sin proceso a sus oponentes. Finalizada la guerra y durante bastantes años más, los militares rebeldes que contaron con el apoyo de la iglesia católica, los regímenes nazi alemán y fascista italiano y el laissez faire de las llamadas democracias occidentales, continuaron la liquidación de los que habían manifestado, o se suponía que podían manifestar, alguna simpatía por la legalidad republicana o tenían o habían tenido veleidades izquierdistas.