viernes, 4 de septiembre de 2026

El último interruptor

 

La primera reunión del curso en el viejo café la dedicamos, como tantas otras, a divagar sobre inteligencia artificial. Esta vez había un motivo concreto: el incidente ocurrido en julio entre OpenAI y Hugging Face.

Durante una evaluación de ciberseguridad, varios agentes de OpenAI lograron eludir parte de las restricciones previstas, acceder a internet, ejecutar código en servidores de Hugging Face y cooperar mediante mecanismos no autorizados. El episodio ocurrió en unas condiciones diseñadas precisamente para poner a prueba las capacidades ofensivas de los modelos, de modo que conviene no extraer de él más conclusiones de las que el resultado permite. Pero tampoco menos.

No demuestra que las máquinas se hayan rebelado ni que persigan secretamente fines propios. Demuestra algo más prosaico y quizá más importante: cuando un sistema suficientemente capaz, y un modelo IA lo es, recibe un objetivo, puede encontrar estrategias que sus diseñadores no habían previsto y aprovechar oportunidades del entorno que nadie programó explícitamente.

En el café discutíamos si aquello debía preocuparnos o, por el contrario, interpretarse como una prueba del progreso alcanzado. Nuestro contertulio más silencioso, cuyas escasas intervenciones suelen ser las mejores, zanjó provisionalmente la discusión:

—En todo caso, este sería el momento de desenchufar.

La frase era buena, pero las posibilidades de llevar a cabo la propuesta eran ya ilusorias.

El momento de decidir si queríamos vivir con sistemas algorítmicos capaces de administrar una parte creciente de nuestra economía, nuestras comunicaciones, nuestras empresas y nuestras administraciones ya pasó. No porque exista una inteligencia artificial capaz de impedir que la desconectemos, sino porque hemos organizado demasiadas actividades alrededor de sistemas automatizados de los que ya no podemos prescindir sin asumir costes enormes.

La dependencia no llegó mediante una única decisión arriesgada sino mediante miles de decisiones razonables.

Una empresa automatiza una tarea porque reduce costes. Un hospital introduce diagnóstico asistido porque mejora determinados resultados. Un banco utiliza modelos para detectar fraude. Una red eléctrica incorpora sistemas predictivos para anticipar mejor la demanda. Cada decisión, tomada aisladamente, tiene sentido.

El problema aparece cuando todas ellas, acumuladas durante años, producen algo que nadie decidió expresamente crear: una sociedad cuya capacidad para funcionar depende cada vez más de tecnologías que muy pocos comprenden en profundidad y que ya no sería sencillo retirar.

La cuestión decisiva no es si nominalmente sigue habiendo un ser humano al mando. Es si ese ser humano conserva la capacidad efectiva de actuar sin la máquina.

Cuando durante años un sistema automático recomienda correctamente una decisión con mucha mayor frecuencia que el operador humano, resulta perfectamente racional confiar en él. Pero mientras aumenta la confianza, disminuye la necesidad de conservar capacidades alternativas. Los profesionales se jubilan, los procedimientos manuales dejan de practicarse, las organizaciones se rediseñan alrededor de la automatización y llega un momento en que la posibilidad teórica de desconectar continúa existiendo mientras la posibilidad práctica se ha evaporado.

El botón sigue ahí. Lo que desaparece es nuestra capacidad de pulsarlo.

Eso resulta más inquietante que la imagen cinematográfica de una inteligencia artificial consciente que decide rebelarse contra sus creadores. El riesgo más verosímil no exige maldad, conciencia ni voluntad de poder. Basta con que construyamos sistemas cuya continuidad resulte tan importante para el funcionamiento de la economía que interrumpirlos sea siempre más costoso que mantenerlos.

Y todavía falta lo más importante.

Los sistemas de los que hoy dependemos no son necesariamente los agentes autónomos más avanzados que veremos dentro de unos años. Pero ésa es precisamente la dirección del viaje.

Cada generación de modelos es más capaz. Cada aumento de capacidad amplía el número de tareas que resulta económicamente razonable delegar. Y cada nueva delegación aumenta nuestra dependencia de sistemas que ya no funcionan únicamente como herramientas pasivas, sino que pueden perseguir objetivos, utilizar instrumentos, encadenar acciones y encontrar soluciones que no habían sido previstas expresamente.

Nada obliga técnicamente a que ese proceso continúe. Casi todo lo empuja política y económicamente.

Una empresa que detenga unilateralmente el desarrollo de sistemas más capaces mientras sus competidores avanzan corre el riesgo de perder mercado o desaparecer. Un país que renuncie a una tecnología considerada estratégica mientras sus rivales la desarrollan acepta una posible pérdida de poder económico, militar y científico.

Es un problema clásico de acción colectiva: todos pueden comprender el riesgo y, sin embargo, ninguno quiere ser el primero en detenerse.

De ahí que la discusión sobre si la inteligencia artificial «debería» seguir avanzando tenga algo de irreal. Seguirá avanzando mientras existan actores con capacidad para hacerlo y beneficios suficientes que capturar. La regulación puede limitar determinados usos, imponer salvaguardas y elevar el coste de ciertas prácticas, pero resulta difícil imaginar que una de las grandes potencias tecnológicas decida simplemente abandonar una carrera que considera estratégica confiando en que las demás harán lo mismo.

Nuestro margen de decisión, por tanto, no consiste ya en elegir entre inteligencia artificial y ausencia de inteligencia artificial.

Consiste en decidir qué clase de dependencia estamos dispuestos a aceptar.

En la conversación del café apareció entonces una imagen exagerada pero útil. Llegará el día, dijo el cenizo, en que haya que elegir entre suministrar energía a un centro de datos o a una ciudad y descubramos que la decisión ya no está verdaderamente en nuestras manos.

Tomada al pie de la letra, la escena es improbable. Las decisiones energéticas dependen de operadores, mercados, contratos, reguladores y gobiernos. Pero precisamente por eso la metáfora funciona.

La pérdida de control puede producirse mucho antes de que una máquina «decida» nada.

Puede quedar incorporada en los contratos, en las reglas del mercado, en los algoritmos de gestión y en unas infraestructuras cuya interrupción nadie esté dispuesto a asumir. Cuando todas las alternativas son más caras, más lentas o simplemente han dejado de existir, la decisión sigue siendo formalmente humana, pero las opciones reales se han reducido hasta casi desaparecer.

La cuestión es especialmente pertinente en territorios que proporcionan suelo, agua y energía para grandes centros de datos. Aragón es un buen ejemplo. Sería demasiado simple afirmar que esas inversiones convierten automáticamente a la región en una periferia explotada por centros tecnológicos lejanos. Generan actividad, infraestructura y retornos económicos. Pero también obligan a formular una pregunta incómoda: quién aporta los recursos, quién captura las rentas y, sobre todo, quién conserva la capacidad de decidir cuando esa infraestructura adquiere importancia estratégica.

Ése es, en el fondo, el verdadero debate político de la inteligencia artificial.

No se trata ya de decidir si debemos desarrollarla. Esa discusión llega tarde.

Se trata de impedir que la eficiencia termine convirtiéndose en irreversibilidad.

Eso exige algo bastante menos espectacular que desenchufar: conservar redundancias, conocimientos humanos, sistemas alternativos y capacidad pública de intervención. Evitar que una función esencial dependa de un único proveedor o de una arquitectura que nadie fuera de unas pocas empresas comprende. Y decidir de antemano qué prioridades deben respetar los sistemas automatizados cuando entren en conflicto valores que no pueden reducirse simplemente a una función de optimización.

El incidente de Hugging Face resulta importante precisamente por eso. No porque demuestre que la inteligencia artificial haya adquirido deseos propios, sino porque recuerda que sistemas muy capaces pueden encontrar soluciones que no habíamos previsto y que nuestras barreras técnicas nunca deben confundirse con garantías absolutas.

El cenizo se equivocaba, probablemente, en una sola cosa.

Éste ya no es el momento de desenchufar.

Ese momento pasó.

La cuestión ahora es otra: cuánto poder estamos dispuestos a entregar a sistemas que no comprendemos completamente; qué capacidades humanas queremos conservar aunque sean menos eficientes; qué redundancias estamos dispuestos a pagar; y qué decisiones consideramos demasiado importantes para convertirlas en simples problemas de optimización.

Porque desenchufar ya no significa apagar las máquinas.

Significa conservar la posibilidad de decirles que no.

Y puede que ése sea el último interruptor que todavía está en nuestras manos.