Con la linterna que aún tenía pilas dimos una vuelta
completa al edificio, probando las ventanas y puertas que de tanto en tanto
interrumpían la mampostería y la piedra de la pared. Todas estaban cerradas y, salvo la puerta principal, probablemente aseguradas desde dentro con alguna forma de travesaño. Nada que pudiéramos forzar fácilmente en el supuesto de que nos
atreviéramos a intentarlo. En la segunda vuelta, con la linterna apuntando a
media altura localizamos una ventana pequeña que parecía practicable.
Juan, el deportista, se ofreció a intentarlo si le ayudábamos a llegar hasta
ella. Con las manos ya totalmente entumecidas hicimos Julián, Andrés y yo una
especie de parihuela desde la que Juan pudo alcanzar el ventanuco y separar la
contraventana de madera que lo protegía. Hay un cristal, nos dijo, que podría romper y abrir la
ventana. Julián se puso a temblar ostensiblemente. Su mentalidad revolucionaria
de guerrillero urbano aficionado no estaba preparada para asimilar el asalto
nocturno a un cuartel de la guardia civil, pero no dijo nada. O, mejor dicho,
dijo que tenía frío y que cuanto antes saliéramos de allí mejor.
Mientras tanto y sin esperar más opiniones, Juan rompió el cristal con la culata de la linterna y abrió la ventana. Esperad ahí, nos dijo,
antes de meterse dentro. Al cabo de un momento abrió desde dentro una de las
ventanas por la que, tras alguna duda que el frío cada vez más cortante despejó
enseguida, entramos nosotros y nuestras mochilas.
Una vez dentro y después de cerrar como pudimos el ventanuco
por el que había entrado Juan y la ventana por la que habíamos entrado los
demás, nos reunimos en una sala grande para analizar la situación. El frío
dentro era también considerable y la oscuridad, apenas mitigada por una de las
linternas, era abrumadora, pero al menos estábamos secos. No sé si os dais
cuenta de que acabamos de forzar la entrada de un cuartel de la guardia civil. Hasta es posible que haya armas en algún sitio, dijo Julián. Lo dijo sin
aspavientos y sin otro interés aparente que el de hacer constar un hecho, pero
todos teníamos la imaginación suficiente para considerar las posibles salidas
de aquella situación. Lo hecho, hecho está, dijo Andrés. Ahora lo importante es
no complicar las cosas más de lo que están. Por el momento solo hemos roto el
cristal de una ventana así que vamos a andar con mucho cuidado.
La sala tenía, en el centro, una de aquellas chimeneas de la
montaña y en uno de los lados había un montón de leña. ¿Alguien lleva fuego?,
dije yo. Casi todos llevaban; por aquel entonces, no fumar era una rareza, y pronto surgieron varias cajas de cerillas y algún mechero. Julián, que estaba
exhibiendo un curioso sentido del humor, hizo notar que probablemente el fuego
se vería desde el exterior y que ya puestos podíamos izar la bandera. Quizá así
crean que somos de los suyos. Estábamos mojados y congelados así que el fuego
parecía la única opción razonable para pasar la noche. El fuego, una vez encendido en el centro de
la sala y bajo la chimenea, provocó una ostensible mejora del humor del grupo. Por fin aquello
empezaba a parecerse a nuestras excursiones domingueras. Nos sentamos en
círculo y sacamos alguna de las latas que habíamos traído. Había una de
garbanzos cocidos que calentamos y repartimos. Fue una cena estupenda, pero
convinimos en que, si habíamos de seguir la marcha, las latas que sobrecargaban
nuestras mochilas tendrían que quedarse en el cuartel. Sería nuestra
compensación por el ventanuco roto y la leña quemada. También convinimos en que
lo más prudente sería abandonar el cuartel antes del amanecer, aunque nadie
parecía saber a qué hora ocurriría eso.
Alguien, creo que Juan, preguntó si debíamos buscar un sitio
para dormir. Juan estaba enamorado o eso parecía, de Rosa y probablemente
estaba evaluando las posibilidades de la situación, pero Rosa resolvió la duda
inmediatamente. Aquí mismo, todos juntos y en los sacos de dormir, dijo.
Pero después de secarnos un poco, añadió, o acabaremos con una pulmonía.
Dejamos pasar una hora de charla alrededor del fuego, a
pesar del agotamiento que llevábamos encima, para permitir que la ropa se
secara. Incluso cantamos alguna de aquellas canciones de Víctor Jara o
Quilapayún que estaban de moda. Localizamos un baño allí cerca con agua
corriente, al que fuimos por turnos y sacamos los sacos de dormir. Echamos algo
más de leña y caímos rendidos sobre el suelo de madera con las mochilas como
improvisada almohada. No recuerdo haber dormido tan bien en mi vida. El
amanecer, que debía estar a pocas horas, parecía muy lejano mientras se me
cerraban los ojos.
Cuando me desperté ya había alguien en el baño y había algo
de luz que parecía venir del piso de arriba, ya que las ventanas del espacio
que ocupábamos estaban herméticamente cerradas y apenas dejaban pasar algún
hilo de luz aquí y allá. Julián estaba sentado mirando los restos del fuego de
la noche anterior y Juan y Andrés estaban aún dentro de los sacos, pero ya
despiertos. Las chicas probablemente estaban en el baño. Tendríamos que apagar el fuego y salir
de aquí cuanto antes, dijo Julián. A estas horas
el humo ya se verá desde lejos. El fuego estaba casi extinguido, pero aún producía
algo de humo así que Julián no esperó a que siguiéramos sus consejos y lo apagó
del todo echando arena de un cubo que debía estar allí precisamente para eso. Andrés dijo
que podíamos haber calentado un poco de agua para tomar un café hecho con el
contenido de unos sobrecitos que milagrosamente alguien se había acordado de
poner en la mochila. Haremos un fuego fuera, dijo Julián y los demás le
secundamos.
Después de pasar todos por el baño y dejar en el centro de
la habitación las latas que habíamos traído de Zaragoza y que pesaban lo suyo, salimos
por la ventana que habíamos utilizado para entrar por la noche. Subir al
ventanuco sin ayuda no era una opción así que el plan inicial, que Juan cerrara
la ventana y saliera luego por donde había entrado, quedó descartado. Hicimos
lo que pudimos, que no fue mucho, para cerrar la ventana desde fuera y volvimos
al camino con idea de buscar una borda o algo similar donde poder hacer un
fuego sin riesgo y tomar un café y unas galletas que también llevábamos.

Cuando llegamos a la carretera todos, o casi, pensábamos que
íbamos a seguir hacia el norte para completar la excursión que nos iba a llevar
a no sabíamos muy bien donde, pero Susana dijo algo que muchos estábamos pensando y preguntó si no
sería mejor volver al pueblo. En aquel momento las dos opciones parecían
razonables. Eran más o menos las ocho de la mañana. La lluvia de la noche anterior había dejado paso a un sol radiante que empezaba ya a despuntar por encima de las estribaciones del este. Hacer los seis o siete kilómetros que debían faltar hasta el barranco de la Boca del Infierno parecía un reto asumible. Haber dejado las latas, aligerando así notablemente el peso de las mochilas, suponía también que nos habíamos quedado casi sin comida, así que la vuelta al pueblo, otros cinco kilómetros más o menos pero
cuesta abajo, también era una elección justificable y la que iba ganando partidarios rápidamente, aunque casi todos nos abstuvimos de mostrar entusiasmo
por una opción claramente abandonista.
En el pueblo, dijo Susana, habrá un bar. Podremos tomar un
café y desayunar. Sí, dijo Julián, y saludar al guardia. A ver qué le decimos cuando nos pregunte dónde hemos pasado la noche… Bueno, yo contaría exactamente lo que ha pasado, dijo Rosa. Tú puedes,
pero yo no, cortó Julián. Estarían encantados de tener algo contra mí, y nada
menos que el asalto a un cuartel. Este último argumento nos convenció. Diríamos,
si alguien nos preguntaba, que habíamos pasado la noche en una borda cercana a
la carretera que no vimos la noche anterior y que ahora, con la luz del día, se veía perfectamente. La
opción de volver y dar la expedición por fracasada ya era claramente mayoritaria. Sólo Juan se mostraba un tanto disgustado por el temprano final y con
ganas de seguir adelante, pero los demás ya lo teníamos claro. Después de todo,
dijo Andrés, siempre podemos volver con mejor equipo y preparación. Algunos asentimos,
pero la falta de entusiasmo por la propuesta era evidente. Rosa y Susana no
dijeron nada, pero fueron las primeras en echarse las mochilas a la espalda y
emprender el camino del pueblo. Los demás las seguimos sin rechistar.
Finalmente, no entramos en Siresa. Dos kilómetros más al sur
estaba el pueblo de Hecho, algo más grande, donde no tuvimos que dar ninguna explicación y encontramos un
magnífico bar abierto. El desayuno en el bar nos devolvió al ambiente excursionista durante un rato y a las 12 tomamos el autobús hasta Huesca y Zaragoza. Después de todo no había
estado tan mal y yo tenía dos días más para preparar el examen del lunes. Ya encontraríamos alguna forma épica de explicar por qué habíamos vuelto tan pronto.