lunes, 13 de octubre de 2025
miércoles, 8 de octubre de 2025
Desde la Ilustración hasta hoy
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| Imagen generada por AI |
Newton, Lavoisier, Faraday o Darwin no
trabajaban ajenos al poder económico. Muy al contrario, dependían de él. Los
príncipes ilustrados, las academias reales o las sociedades científicas fueron mecanismos de mecenazgo que canalizaban
riqueza hacia el conocimiento. Pero lo hacían con una finalidad distinta de la
actual: buscaban prestigio, progreso y orden, no rentabilidad directa. El
dinero servía al saber; no lo gobernaba. La utilidad era una consecuencia
natural de la comprensión, no su condición previa.
Con el siglo XX se produjo una inflexión
silenciosa. La ciencia se profesionalizó y se integró en los grandes sistemas
industriales, militares y estatales. La Segunda Guerra Mundial, la carrera
nuclear y la expansión tecnológica transformaron el ideal del sabio en el del
ingeniero del poder. El laboratorio pasó a ser parte de la infraestructura
nacional, y el científico, un especialista al servicio de objetivos
estratégicos. Desde entonces, el saber
comenzó a medirse en términos de eficacia, y el progreso dejó de ser
una convicción moral para convertirse en un cálculo económico.
Hoy esa tendencia alcanza su culminación. La
ciencia contemporánea, absorbida por la lógica del mercado, ya no se mide por su verdad, sino por su
rendimiento. Los proyectos deben justificar su existencia mediante
retornos previsibles; los laboratorios compiten por financiación; las
universidades adoptan métricas empresariales; y las grandes corporaciones
tecnológicas monopolizan los medios y los fines de la investigación. En este
contexto, la curiosidad libre —motor clásico del descubrimiento— se ve
sustituida por la exigencia de aplicabilidad inmediata.
La Inteligencia
Artificial y la Computación
Cuántica son símbolos perfectos de esta metamorfosis. La primera
progresa a una velocidad dictada por el capital de riesgo, más que por el rigor
epistemológico; la segunda se celebra como promesa de un poder de cálculo
todavía inexistente, pero financieramente rentable en su sola expectativa.
Ambas encarnan el paso de la ciencia como búsqueda de razones a la ciencia como
instrumento de inversión.
Esto no significa que el conocimiento actual
carezca de mérito: nunca se ha investigado con tanto talento ni con
herramientas tan formidables. Pero el orden de las finalidades se ha invertido.
El dinero, que antes sostenía la ciencia,
hoy la dirige. El resultado es un saber más poderoso, pero también más
dependiente y menos consciente de su propio sentido. La pregunta fundamental —¿por qué? — ha
sido reemplazada por otra más inmediata —¿para
qué sirve? —.
En esa deriva, la ciencia corre el riesgo
de perder no solo su inocencia, sino su legitimidad moral. Cuando la verdad
deja de ser un fin y se convierte en un subproducto del beneficio, el
conocimiento se degrada en herramienta. Y el asombro, que era su origen, se
sustituye por la estrategia.
Quizá haya llegado el momento de reconciliar la ciencia con el espíritu que la hizo nacer: una curiosidad guiada por la razón y no por el rédito, consciente de sus límites, pero libre en sus preguntas. Porque si la ciencia deja de buscar las razones de las cosas para perseguir únicamente el rendimiento, habrá renunciado, no solo a la verdad, sino a su propia razón de ser.
viernes, 3 de octubre de 2025
Palomas en el hospital
El viernes pasado, más de un millar de personas se congregaron frente al Hospital de Barbastro en el marco de una plataforma ciudadana promovida por profesionales de la sanidad pública. La finalidad de dicha plataforma era manifestar su preocupación por la situación del centro hospitalario y reclamar medidas estructurales que permitan revertir su progresivo deterioro. Entre los asistentes se encontraban diversas autoridades locales y provinciales, incluyendo los alcaldes de Barbastro y Monzón, este último también presidente de la Diputación de Huesca. No obstante, la presencia de los responsables políticos fue presentada por ellos mismos como una participación estrictamente “ciudadana”, ajena a su papel institucional.
jueves, 28 de agosto de 2025
Intoxicación y teoría del caos.
La teoría del caos estudia
sistemas dinámicos no lineales en los que las trayectorias a largo plazo
dependen de manera muy sensible de las condiciones iniciales. A primera vista,
un festival enológico no parece comparable a un sistema meteorológico o a un
modelo poblacional; sin embargo, su funcionamiento también depende de un
entramado de variables interrelacionadas: la logística, la cadena alimentaria,
la climatología, el comportamiento de los asistentes y la percepción pública.
Durante un cuarto de siglo, estas variables se han mantenido dentro de un rango
de estabilidad que producía el mismo resultado: un festival de éxito y
aceptación creciente.
Edward Lorenz formuló en los
años sesenta la idea del efecto mariposa: una mínima variación en el
estado inicial de un sistema caótico puede producir una evolución radicalmente
distinta a largo plazo. En el caso del festival, el “aleteo” ha sido una
contaminación en un producto aparentemente secundario —el tomate— y en los
utensilios para manipularlo. Este detalle, insignificante frente a la magnitud
del evento, desencadenó un colapso puntual susceptible de minar la confianza
del público y de comprometer la continuidad del evento.
Los sistemas caóticos se
caracterizan por su no linealidad: el efecto no es proporcional a la
causa. La contaminación no afectó a todo el festival, pero es susceptible de producir
un daño notable a su imagen y funcionamiento. Matemáticamente, podríamos hablar
de un sistema que opera en el borde de la estabilidad: pequeñas perturbaciones
superan ciertos umbrales críticos y conducen a bifurcaciones que transforman la
dinámica global.
En el lenguaje del caos, el
festival había encontrado durante 25 años un atractor estable: un
conjunto de condiciones sociales, culturales y económicas que reproducían el
éxito año tras año. El incidente de 2025 puede interpretarse como una
perturbación que expulsa al sistema de ese atractor, obligándolo a buscar una
nueva trayectoria. Tal vez se recupere —con mayor control sanitario y
protocolos de confianza— o tal vez derive en una pérdida de reputación que
reduzca la asistencia en futuras ediciones. El punto crucial es que, a partir
de una mínima variación, el sistema ya no evoluciona de la misma manera.
El caso del Festival del Vino no es solo anecdótico. Nos recuerda que la estabilidad social e institucional es siempre provisional, y que los sistemas complejos —ya sean festivales, economías o ecosistemas— están sujetos a una fragilidad estructural. Una alteración mínima puede reconfigurar de manera profunda el devenir del conjunto. La teoría del caos, en este sentido, ofrece un marco analítico para comprender no solo fenómenos naturales, sino también acontecimientos sociales aparentemente fortuitos y por supuesto para no dar nada por supuesto. Ni siquiera la continuidad a medio plazo de lo que, en un claro abuso de lenguaje, hemos venido en llamar ‘civilización’.
ECA 29 Agosto 2025
martes, 5 de agosto de 2025
Últimas veces
Desde que cumplió los
setenta años vivía con la sensación de
estar haciendo cosas por última vez. Algunas ya habían quedado atrás para
siempre: charlar con amigos hasta altas horas de la mañana en torno a una botella de vino; pasear por la playa; visitar alguna de sus ciudades fetiche, como
Barcelona, Londres o París, que —pensaba con una mezcla de nostalgia y desdén—
ya no son lo que fueron; o enredarse en discusiones políticas sin sentido. Esto
último, sobre todo, porque creía haber alcanzado algo parecido a la ataraxia
—así la llamaba él—, un estado en el que la opinión ajena, que nunca le había
interesado demasiado, había dejado de importarle casi por completo.
Las dificultades que
tenía para moverse, incluso con apoyo, eran cada vez más evidentes. Ciertos
desplazamientos, antes habituales, se habían convertido en excepcionales, y en
muchos casos estaban ya descartados. No siempre recordaba la última vez que
había hecho algo, pero podía precisar, por ejemplo, la última vez que estuvo
en una iglesia: el día del entierro de J; o la última vez que confió
ciegamente en alguien, o que vio de cerca el mar. Algunas de esas últimas veces
seguían el curso natural de la vida; otras nacían de decepciones; y otras —las
que más le inquietaban— tenían que ver con limitaciones físicas, más irritantes
todavía porque, por el momento, conservaba intactas, o eso creía él, sus facultades mentales. Ir
en bicicleta, por ejemplo, había dejado de ser posible hacía ya tiempo: faltaban la fuerza para superar las cuestas y, sobre todo, el equilibrio, cada vez más
precario, que podía perderse en cualquier momento.
Últimamente estaba obsesionado con una posible última vez relacionada con una de sus
pasiones: los libros. Su mujer y él habían reunido con los años una buena biblioteca. Más de 5.000 libros repartidos en
distintas ubicaciones, más o menos accesibles, aunque alcanzar los ejemplares de las baldas más altas empezara ya a ser
problemático.
El caso es que pensaba seguir subiendo y bajando mientras pudiera y dejarlo solo cuando subir fuera imposible. La cuestión estaba en si la
constatación de esa imposibilidad llegaría antes o después de un accidente
grave. Y en eso, y en lo inexorable de la ley de la gravedad, estaba pensando cuando, tras perder el apoyo de la
barandilla, bajó -por última vez, con la cabeza por delante y a
una velocidad que le sorprendió- al nivel inferior de la vieja biblioteca.
miércoles, 16 de julio de 2025
Financiación
Una característica de esta sociedad es la práctica imposibilidad de llegar a conclusiones generalmente aceptadas sobre un número cada vez mayor de cuestiones.
Consideremos, por ejemplo,
el caso de la financiación de la autonomía catalana, de acuerdo con el nuevo
sistema acordado por representantes del gobierno y del partido ERC. Estos
últimos sostienen, porque así conviene a sus intereses electorales, que se
trata de una singularidad que beneficiará a Cataluña y acabará con el crónico
déficit de ingresos de su hacienda. Una situación
popularizada con la consigna ‘España ens roba’, empleada frecuentemente en el
discurso independentista catalán para denunciar el déficit fiscal percibido.
Los representantes del
gobierno, en cambio, admiten que el cambio recaudatorio beneficiará a Cataluña,
pero sostienen que no se trata de una singularidad sino de un nuevo y
beneficioso modelo de cálculo, extensible a cualquier otra autonomía que lo
solicite sin que nadie resulte perjudicado y todos, se acojan a él o no, vean
mejorada su financiación.
Para los partidos de la
oposición, PP y Vox, y para la mayoría de las autonomías, exceptuadas Navarra y
el País Vasco que ya gozan de sistemas similares al que ahora se pretende
extender a Cataluña, el nuevo sistema perjudicará a la hacienda general y a la
mayoría de las haciendas autonómicas, generando una diferencia importante en
relación con la cantidad que perciben con el sistema actual.
Pero se trata, en principio,
de una cuestión computable. No debería ser difícil hacer números, cuantificar
la situación actual y evaluar la resultante de la aplicación del método
propuesto, algo que no parece que haya nadie interesado en hacer. No, al menos,
de manera consensuada. Cada cual exhibe sus números, que son los que le
conviene exhibir para sostener su particular visión. Una visión más política que económica ya que la cuestión se genera a
partir de la necesidad gubernamental de contar con el apoyo de los sectores
independentistas catalanes.
lunes, 7 de julio de 2025
Doce sillas.
La música ha parado. Los once jugadores que se han sentado sonríen satisfechos y relajados. Pero la orquesta está tocando en la cubierta del Titanic.
sábado, 21 de junio de 2025
Cuando la política tenía gracia
Hace no tanto —aunque parezca que han pasado siglos— hubo un programa de televisión en el que los políticos aparecían convertidos en muñecos de guiñol. Literalmente. Marionetas de látex, con rasgos grotescos, voces impostadas y guiones afilados, que decían verdades como puños mientras uno reía sin parar. Me refiero a 'las noticias del guiñol' que emitía Canal+, en una época, finales de los 90, en que pagar por ver la tele aún parecía una excentricidad de urbanitas.
Recuerdo con cierta nostalgia aquellos programas. Por lo que decían, y por cómo lo decían.
Allí estaban Aznar, González, Anguita, Pujol, incluso Jesulín y algún
futbolista despistado, todos pasados por el tamiz de una sátira que conseguía
lo más difícil: hacernos reír con ellos y de ellos al mismo tiempo. Y nadie —o
casi nadie— se sentía insultado. La caricatura no era sinónimo de odio, sino
una forma de representación de la realidad.
Aquello se acabó. Los guiñoles desaparecieron, y con ellos se fue también una forma de ver
la política. Ya no se puede hacer humor de ese tipo. O, mejor dicho, ya no se
puede emitir. La televisión es ahora otra cosa. Canal+ dejó de existir, se
convirtió en Cuatro, y las marionetas fueron arrinconadas por realities, talent
shows y tertulias donde el guiñol es el invitado de turno.
La culpa no es solo de
la televisión. La política también ha cambiado. Se ha vuelto tan grotesca, tan
escandalosamente teatral, que resulta difícil parodiarla sin caer en lo obvio.
¿Cómo se hace una sátira de un ministro que ya habla como si estuviera en una
comedia bufa? ¿Qué se puede exagerar cuando los protagonistas hacen el ridículo
sin que nadie les obligue? La política se volvió imparodiable, y eso fue el
principio del fin del humor político.
Además ahora vivimos rodeados de prejuicios morales, de colectivos hipersensibles y de
censores a tiempo completo. Todo se analiza, todo se fiscaliza. Cualquier
chiste puede ser ofensivo y cualquier ironía tomada como una agresión.
La sátira, que consiste en provocar, en rozar el límite y en incomodar, ya no tiene
espacio. Nadie quiere ofender. Nadie quiere meterse en líos. Y así, uno a uno,
van cayendo todos los reductos donde el humor político aún resistía.
Alguien dirá que ahora está
Twitter, TikTok o los memes de WhatsApp y ahí hay sátira para rato. Y es
verdad: en Internet no parece que falte el ingenio. Pero es otra cosa. Es un humor tribal,
rápido, sin poso. Se ríe uno con los suyos, pero no se construye ninguna mirada
común. Cada bando tiene su propia risa, y ninguna sirve para comprender mejor
al otro. Es un humor de barricada, no de salón.
Quizá el problema de
fondo sea que ya no tenemos ganas de reírnos. Estamos demasiado
cansados, enfadados, y un poco resignados. Y la resignación es el estado ideal para que las cosas no cambien.
Echo de menos aquellos
guiñoles. Un poco por nostalgia, pero sobre todo por lo que representaban: una sociedad que aún
creía en la inteligencia, en la crítica y en la risa compartida. Una sociedad
que no había perdido del todo la capacidad de tomarse en serio lo importante…
sin dejar de tomarse a broma lo ridículo.
Es posible que recuperemos algún día la capacidad de reírnos sin miedo, incluso de nosotros mismos, pero, de momento, seguimos en esta tragicomedia sin
guion reconocible donde los títeres no tienen hilos. Tienen cargos que están decididos a
mantener.
viernes, 6 de junio de 2025
La Lealtad Política en España.
El caso PSOE: Un Análisis Teórico
La persistente fidelidad
electoral que ciertos sectores de la sociedad española mantienen hacia el
Partido Socialista Obrero Español constituye un fenómeno complejo que
trasciende el mero cálculo electoral. Para comprender esta lealtad
aparentemente inquebrantable, resulta necesario examinar las diferentes
perspectivas teóricas sobre la fidelidad política y su aplicación al contexto
español contemporáneo.
Desde una perspectiva
maquiavélica, la lealtad política se concibe como un contrato tácito basado en
la utilidad mutua. Nicolás Maquiavelo sostenía que esta fidelidad perdura
mientras resulte ventajosa para ambas partes. En el caso del PSOE, sectores de los
trabajadores industriales, empleados públicos y colectivos sindicales mantienen
su apoyo porque creen que el partido defiende eficazmente sus intereses
económicos y sociales.
Esta dimensión utilitaria se
complementa con la visión hobbesiana del pacto social. Thomas Hobbes entendía
la lealtad como el cumplimiento de un acuerdo mediante el cual los individuos
ceden ciertas libertades a cambio de seguridad y orden. Para muchos votantes
tradicionales del PSOE, existe la convicción profunda de que este partido
garantiza la estabilidad política y un marco socioeconómico que previene la
precariedad laboral y los retrocesos en el Estado de bienestar. La idea de que
"peor sería dejar el poder a la derecha" refuerza esta lealtad
incluso en momentos de dificultad.
Sin embargo, la fidelidad
hacia el PSOE no se explica únicamente por consideraciones pragmáticas.
Siguiendo la tradición aristotélica, existe también una dimensión identitaria y
moral en esta lealtad. Aristóteles concebía la amistad virtuosa como aquella
basada en la admiración mutua por los valores compartidos. Para muchos
electores, el vínculo con el PSOE trasciende el análisis coste-beneficio y se
fundamenta en la identificación con los valores que tradicionalmente ha
defendido el partido: la igualdad, la justicia social y la lucha contra la
exclusión. Esta afiliación se convierte en parte integral de su visión de la
sociedad.
La perspectiva de Edmund
Burke sobre la continuidad histórica aporta otra clave interpretativa
fundamental. Burke enfatizaba la importancia de la lealtad a las tradiciones
políticas construidas a lo largo del tiempo. En España, la Transición
democrática y la consolidación del sistema constitucional estuvieron, para una
parte de la población, íntimamente vinculadas al PSOE. Las primeras leyes de
modernización social, el impulso de la seguridad social y la integración
europea consolidaron una narrativa histórica de progreso asociada a este
partido. Para la generación que vivió aquellas transformaciones, votar al PSOE
representa un modo de preservar la memoria democrática y el legado de
modernización del país.
Jean-Jacques Rousseau ofrece
una tercera dimensión explicativa a través de su concepto de "voluntad
general". Según el filósofo ginebrino, la verdadera lealtad política
consiste en cumplir las leyes que los ciudadanos han decidido como voluntad
común. Cuando un grupo de electores percibe que el PSOE representa la voluntad
general de su entorno —especialmente en comunidades autónomas con fuerte
presencia socialista—, surge una fidelidad que trasciende el carisma de líderes
individuales. Este voto se interpreta como la materialización de un contrato
social comunitario que, no obstante y como se ha visto en Andalucía, no es
inamovible.
El contexto sociológico
español añade factores específicos a este fenómeno. Los vínculos históricos
entre el PSOE y sindicatos como Comisiones Obreras y UGT han consolidado en
determinados sectores la ecuación "votar PSOE equivale a defender derechos
laborales". Aunque el clientelismo tradicional ha disminuido, persisten
formas de clientelismo simbólico basadas en narrativas de defensa de la clase
trabajadora. Asimismo, la transmisión generacional de la identificación
política ha convertido el voto socialista en parte de la identidad cívica
familiar, adquiriendo rasgos tanto de amistad virtuosa aristotélica como de
costumbre en el sentido de Burke.
Para el electorado que
valora la intervención estatal en la economía y mantiene expectativas de
movilidad social, la promesa de reformas progresistas sigue siendo atractiva.
Aunque se critique la gestión concreta, muchos votantes permanecen fieles
porque creen que las alternativas conservadoras ofrecerían menos garantías para
las políticas sociales. Así, pueden ocasionalmente ignorar, o incluso valorar
positivamente, aspectos polémicos como la amnistía a los sediciosos catalanes, la creación y mantenimiento de mayorías afines en órganos como el CGPJ o el control político de instituciones como el Banco de España, Red eléctrica y otras.
No obstante, esta lealtad no
es inmutable. Las últimas elecciones autonómicas y en parte también las
generales han evidenciado que la fidelidad electoral se tambalea cuando los
votantes perciben incoherencias que lesionan la idea de proyecto común. Cuando
sectores del electorado creen que el partido ya no defiende sus intereses o que
actúa más por cálculo que por convicción, la lealtad instrumental puede
volverse efímera.
En conclusión, la
persistente fidelidad hacia el PSOE resulta de la confluencia de tres
dimensiones complementarias: el interés pragmático por las políticas sociales,
los vínculos identitarios y culturales forjados históricamente, y la percepción
de representar una voluntad general legítima. Un quiebro en estas
tres dimensiones, junto con el relevo generacional del electorado, podría
registrar un desgaste significativo de esta lealtad multifactorial, que combina
raíces tanto pragmáticas como emocionales e históricas.
La lealtad militante: estabilidad, cálculo y ruptura
La lealtad de los militantes
hacia un líder partidario constituye una dimensión específica del fenómeno más
amplio de la fidelidad política. A diferencia del voto, acto episódico,
individual y relativamente volátil, la militancia se articula en torno a estructuras
organizativas, rutinas internas y vínculos personales o simbólicos de mayor
densidad. En ese contexto, la lealtad hacia el líder no responde únicamente a
la identificación ideológica, sino que incorpora elementos de estrategia
interna, cálculo de oportunidades y adaptación al poder vigente.
La legitimidad de un líder
coyuntural dentro del partido se sostiene mientras converjan tres factores: la
percepción de que su liderazgo garantiza el acceso o mantenimiento del poder
institucional; la idea de que representa, de forma más o menos genuina, el
ideario compartido por la mayoría de la organización; y la ausencia de una
alternativa viable que pueda concentrar descontento sin generar un riesgo de
fractura interna. Mientras estas condiciones se mantengan, la militancia tiende
a cerrar filas en torno a la dirección, incluso en contextos de desgaste
externo.
Sin embargo, la lealtad
militante es condicional. Cuando se debilita alguna de estas tres
columnas —especialmente la percepción de eficacia o la coherencia con el
ideario— pueden activarse mecanismos de desafección que, aunque discretos en su
origen, se vuelven rápidamente acumulativos. El malestar comienza en sectores
periféricos, donde los costes de la disidencia son menores, pero se extiende si
el liderazgo muestra señales de desconexión con la organización o si las
decisiones tomadas se perciben como lesivas para el conjunto. A diferencia del
votante, cuya retirada es silenciosa, el militante puede canalizar su
desafección en forma de abstención orgánica, oposición interna o incluso
ruptura programática.
Este tipo de procesos suele
requerir un elemento catalizador: una figura —no necesariamente de primer
nivel— que actúe como “iniciador” y articule, con lenguaje político interno, lo
que hasta entonces eran inquietudes dispersas. Es entonces cuando se pasa del
malestar pasivo al cuestionamiento activo, y se produce una redistribución del
poder interno. En contextos de alta centralización, la reacción de la dirección
ante estos movimientos puede ser determinante: una respuesta torpe o
excesivamente autoritaria no solo no detiene la erosión, sino que puede
acelerarla y dotarla de una legitimidad reactiva.
La historia reciente del
PSOE, como la de otros partidos europeos consolidados, muestra que la
lealtad militante no es incondicional, sino adaptativa. Está mediada por la
historia orgánica de cada agrupación, por las promesas explícitas o implícitas
del liderazgo, y por el horizonte de poder que se vislumbra en cada coyuntura.
Entender esta lealtad no como una constante moral, sino como un fenómeno político
estructurado y revocable, es clave para anticipar posibles crisis de liderazgo
en partidos que, como el PSOE, mantienen una densa base organizativa, pero
enfrentan crecientes tensiones entre aparato y bases.
Dinámicas recientes del liderazgo socialista
La situación actual —tras la
intervención en agrupaciones territoriales como Aragón o Madrid, donde las
mayorías preexistentes han sido sustituidas por otras más afines a la dirección
federal— constituye un ejemplo paradigmático de liderazgo aparentemente
incontestable, pero en el que empiezan a aparecer ciertas grietas. Los casos de
corrupción que afectan a personas próximas al secretario general y una política subordinada a los intereses de minorías regionales identitarias
como Junts, ERC o Bildu, podrían poner en riesgo el futuro electoral del
partido y en consecuencia el estatus político de muchos de sus militantes y
amenazar seriamente la continuidad de la dirección actual.
De momento no hay, o no
parece haber, ninguna alternativa con posibilidades reales de hacerse con el
control del partido, pero eso es algo que se construye rápidamente si las
circunstancias son favorables. No conviene olvidar que buena parte de los apoyos del actual secretario general, incluyendo algunos ministros y altos
cargos del partido, estuvieron anteriormente alineados en su contra y solo cambiaron
de bando cuando el viento empezó a soplar a su favor. Estos fenómenos
necesitan, como ciertas reacciones químicas, un iniciador. Alguien que empiece
a pedir cuentas y a sembrar la alarma sobre las consecuencias de seguir sin
presentarlas. Eso es todo.
lunes, 2 de junio de 2025
¿Soy de los nuestros?
Por concretar
un poco y bajar de los cerros de Úbeda, supongamos que estamos hablando de un
individuo, hombre o mujer, que, por razones personales, familiares o de
trabajo, está obligado a relacionarse en el entorno político vigente en la
tercera década del siglo XXI. En teoría esta persona podría observar la
realidad y callarse, u opinar sobre lo que ve en el sentido que en cada ocasión
le pareciera más conveniente. Ambas posturas le conducirían, probablemente, al
ostracismo y al aislamiento social. Pero también podría aspirar a formar parte
de algún colectivo o partido existente y, para hacer méritos rápidamente,
podría manifestarse en contra de las corridas de toros o, incluso, a favor de
la independencia judicial.
La primera de
esas dos posibilidades es inocua. Apta, quizá, para obtener una cierta pátina
progresista pero irrelevante a la hora de asegurarse la bienvenida en un partido.
Estar a favor de la independencia judicial es más prometedor, pero hay que
evitar peligrosas generalizaciones. Separar cuidadosamente a los jueces cuya
independencia es defendible de aquellos que utilizan su poder para perjudicar
al gobierno de turno. La independencia de estos últimos debe ser cuidadosamente
supervisada. Pero en todo caso, son posturas que, en el mejor de los casos, sólo
servirían para señalar una peligrosa tendencia a tener ideas propias.
Así que nada
de esto es significativo a la hora de asegurar su pedigrí como miembro, o incluso
como reconocible simpatizante a tiempo completo, de uno u otro colectivo. Lo
que, como ya he dicho, no es cosa sencilla. Para eso hay que prestar atención al
discurso actual del partido o asociación que elija -mejor si se puede acceder a
una actualización diaria-, y atenerse estrictamente a su contenido en cualquier
actividad o conversación. Y para ello hace falta, y eso es lo que se pide, fe.
Y poca memoria. Y fuertes convicciones, como diría alguno de los más
carismáticos líderes actuales. O al menos lo suficientemente fuertes como para comprender
que, si lo que dicen ahora es distinto de lo que decían antes, por algo será.
Una vez
alcanzado este estado de pertenencia, que hay que cuidar y actualizar día a
día, se puede acceder a una realidad que hasta ahora ha permanecido oculta.
Historias antes inverosímiles adquieren para nuestro personaje, desde una nueva
y más amplia perspectiva, las características de una verdad revelada, quizá contrafactual
pero que los hechos ya no pueden desvirtuar. Y así, como Winston Smith, a
fuerza de repetir el discurso del Gran Hermano, terminará creyéndoselo. Y
amándole.
martes, 27 de mayo de 2025
A Joaquín Ferrer. En memoria
Al frente de la
Secretaría y, posteriormente, como subdirector del Centro de la UNED puso su
energía y su afán de trabajo al servicio de la cultura, lo que se tradujo en
innumerables iniciativas. Coordinador del área de Lengua y Literatura, atrajo
proyectos, conferencias y jornadas que enriquecieron el panorama educativo
local, siempre con una mirada rigurosa y una pasión contagiosa por el
conocimiento.
Durante décadas ejerció
como profesor de Lengua y Literatura, Latín, Arte…, entregándose con entusiasmo
al desarrollo intelectual de sus estudiantes. Su voz, su erudición y su respeto
por la dimensión humana de la enseñanza, convertían cada clase en un espacio de
diálogo y descubrimiento, en el que no faltaba nunca el sentido del humor.
Era también, quizá él
hubiera dicho que, sobre todo, un cura. Y eso en Barbastro no era, no es, poca
cosa. Los curas que yo he conocido fueron, son, los que quedan, una parte
fundamental de la élite intelectual de la ciudad, sobre todo en una época en
que la fe y la cultura se entrelazaban para impulsar el progreso social y el
enriquecimiento colectivo.
Joaquín encarnó la figura
del humanista clásico: un hombre que supo compaginar la vocación cultural, la
docencia y la fe con un esfuerzo constante, sin buscar protagonismo, con la
única meta de servir. Su legado —hecho de rigor intelectual, generosidad y
compromiso social— continuará inspirándonos para valorar el poder transformador
de la educación y del trabajo bien hecho.
Descansa en paz, viejo
amigo, maestro y compañero. Tu memoria seguirá viva en el recuerdo de los que
seguimos creyendo en la fuerza del humanismo.
Enviado a ECA 30/5/2025
lunes, 26 de mayo de 2025
Experimento o imprudencia
A pesar de la falta de confirmación oficial, hay indicios que sugieren que,
en el momento del apagón, la red eléctrica pudo llevar un exceso de energía
procedente de fuentes renovables, que no aportan de forma directa la frecuencia
ni la inercia necesarias para estabilizar el sistema frente a desviaciones. La
presencia de la ministra de Transición Ecológica en la sede de Red Eléctrica de
España (REE) media hora antes del incidente podría respaldar la hipótesis de un
experimento controlado, aunque también podría tratarse de una coincidencia o de
una gestión imprudente por parte del operador.
Un "experimento" implicaría una acción deliberada, lo cual
sería grave si se descontroló y causó el apagón, pero podría considerarse un
paso necesario para garantizar la estabilidad de la red ante la creciente
integración de renovables. La alternativa, introducir renovables sin pruebas
previas y esperar que "no pase nada", es aún más grave. Sea como
fuere, la falta de transparencia sobre las causas reales del apagón alimenta la
especulación y subraya la importancia de esclarecer si fue un experimento
fallido o una imprudencia operativa.
miércoles, 21 de mayo de 2025
Inteligencia artificial, sociedad y empleo.
La inteligencia artificial
afectará al 40 % de los
empleos en todo el mundo, según un informe publicado por el Fondo
Monetario Internacional en enero de 2024. Ese proceso ya ha empezado y no va a
detenerse, mientras la mayoría sigue sin tener la menor idea de cómo
funciona esta tecnología. Es cierto que algo similar ha ocurrido, aunque en menor medida,
con muchas otras herramientas que usamos a diario: su funcionamiento es opaco
para casi todos, y su adopción ha supuesto en más de una
ocasión la transformación —y también la desaparición— de empleos
existentes. Sin embargo, esta vez el impacto será más profundo y acelerado.
Una parte significativa del
trabajo hoy disponible puede ser automatizado mediante modelos de inteligencia
artificial. Y esa capacidad no hará sino ampliarse a medida que esos modelos
evolucionen, lo que implicará transformaciones laborales con una velocidad que
probablemente supere la capacidad de adaptación de los mercados de trabajo.
Esto, como advierte el FMI, agravará la desigualdad: entre quienes entienden lo
que está ocurriendo —o al menos lo intentan— y quienes se conforman con intuir
que algo está pasando.
¿Es esta una tecnología accesible?
Para ingenieros informáticos y sobre el papel, construir desde cero un modelo
"pequeño" puede parecer una tarea abordable. Bastaría, en teoría, con
leer y comprender —entre otros fundamentales— el texto seminal Attention is All You Need de Vaswani, Shazeer y otros; dominar
herramientas como PyTorch o TensorFlow y tener experiencia en la programación
de redes neuronales; contar con un corpus de datos adecuado y asumir los costes
de entrenamiento del modelo, tanto en tiempo como en dinero. Todo ello
serviría, en el mejor de los casos, para obtener un producto limitado cuya
utilidad, incluso dentro de un campo específico y en comparación con los
desarrollos comerciales de gigantes como OpenAI, DeepSeek o Google, sería
prácticamente nula.
Más allá del resultado final, el
proceso de creación ofrece, por supuesto, un valioso aprendizaje. También es
posible explorar modelos ya entrenados, como los disponibles en la plataforma
Hugging Face Transformers, para aproximarse al funcionamiento de la IA
generativa sin necesidad de programar. O bien se puede ignorar todo esto y
esperar a ver qué pasa. Es lo que hace mi gata, que no parece creer que su
ración diaria de comida y su caja de arena vayan a depender, algún día, de su
relación con esta tecnología. Y tiene razón. Por ahora.
Pero este no es, claro, un
problema individual. Cada cual gestiona su currículo como quiere o como puede. Afecta
directamente a gobiernos de cualquier nivel, a las universidades y
organizaciones empresariales o a España como país. Incorporar los modelos
actuales a tareas rutinarias, utilizarlos como atajos para pensar aún menos o
resignarse a enviar a los mejores cerebros del país a los grandes centros de
desarrollo en Estados Unidos no es, ni de lejos, suficiente. La tan traída y
llevada “digitalización”, que aparece en boca de responsables políticos de toda
laya a la menor ocasión, no puede reducirse a eso. La tecnología que hay detrás
de lo que en este artículo hemos venido en llamar inteligencia artificial, tiene
un alcance y unas consecuencias que superan, probablemente con creces, lo que
hasta ahora hemos podido intuir.
Por otra parte, somos, o vamos camino de ser, un referente, como se dice ahora, en el alojamiento de los centros de datos fundamentales para el desarrollo de la IA en su estado actual. Unas instalaciones que nos permitirán dar salida a nuestros ¿excedentes? y, en pocos años, montar prometedoras empresas de reciclaje de chatarra informática.
La instalación de estos centros se
considera en Aragón una buena noticia. Y, al menos a corto y medio plazo, seguro
que lo es. Pero no deberíamos conformarnos con alojar la infraestructura, poner
el terreno, el agua y la energía y quedarnos con la basura mientras otros,
desde fuera, desarrollan la tecnología y controlan el futuro. En fin... A ver si
a alguien se le ocurre algo después del verano. Cuando no haga tanto calor.
Enviado a ECA 18 julio 2025
viernes, 16 de mayo de 2025
Ideología y energía
La política energética española lleva años atrapada entre eslóganes ideológicos y decisiones incompletas. Hoy, que da la impresión de que el mundo se reorganiza para garantizar una transición lo más segura posible, seguimos paralizados por el coste político de las decisiones. Ni el Sol es suficiente, ni la energía nuclear sobra. La madurez política podría empezar por asumir eso.
El apagón del 28 de abril, que dejó a oscuras a toda España,
fue más que un fallo técnico: fue una señal de alarma. Un síntoma de que la
seguridad y coherencia de nuestro sistema eléctrico no puede sostenerse
indefinidamente sobre promesas genéricas. Mientras muchos países combinan
pragmatismo tecnológico con visión estratégica, aquí seguimos encerrados en un
falso dilema: ¿renovables o nuclear?
La apuesta del gobierno por las renovables es acertada, pero
insuficiente. El sol y el viento son abundantes en España, pero no constantes
ni gestionables. La intermitencia, la falta de respaldo firme y la vulnerabilidad
de la red no se solucionan con entusiasmo y fe tecnológica. Insistir en un
modelo 100% renovable sin rediseñar el sistema de base es una temeridad.
La energía nuclear tiene riesgos, residuos y altos costes
iniciales. Pero también es estable, proporciona inercia mecánica a la red, no
emite CO₂ en operación, y puede ayudar a reducir nuestra dependencia
energética. Francia, Finlandia o Corea del Sur la han reactivado o no la han
abandonado y no por nostalgia. Lo hacen porque la descarbonización, inevitable
a medio plazo, necesita redundancia, estabilidad y firmeza.
Pero mientras tanto, se cierran centrales que funcionan, se prohíbe
la explotación de uranio sin debate, y fingimos creer que todo se solucionará
con fotovoltaica y retórica. Esa estrategia, por llamarla de alguna manera, ya
está mostrando sus límites: precios elevados, importaciones crecientes y una
red vulnerable a cualquier incidente.
Es cierto que no se puede prever todo. Pero eso no puede
servir de excusa para no prever nada. No tomar decisiones es también una forma
de decidir: perpetuar el desorden, externalizar el coste y aplazar el problema.
Necesitamos una política energética seria, que combine la visión a largo plazo
con medidas inmediatas.
Algunas son obvias: revisar la ley que impide explotar
uranio en suelo español, con criterios técnicos y ambientales; aprobar una
moratoria nuclear revisable, vinculada a objetivos de estabilidad y
descarbonización y definir un mix realista que incluya renovables, hidráulica,
almacenamiento y energía nuclear. Y, sobre todo, impulsar un pacto de Estado
que proteja la transición energética de las sacudidas parlamentarias de cada
legislatura. Desgraciadamente el nivel de consenso político necesario, en un
contexto de fragmentación parlamentaria y polarización extrema, no parece fácil
de alcanzar.
Esa transición tiene que ser eficaz, socialmente justa, y gestionada
con responsabilidad. No hay solución limpia sin decisiones difíciles. Y no hay
progreso sin asumir que, en energía como en democracia, el idealismo sin pragmatismo
está condenado al fracaso.
Enviado a ECA 16/5/2025
lunes, 5 de mayo de 2025
Algo de luz sobre el apagón del 28 de abril.
El apagón ocurrido el pasado lunes, atribuido por Red Eléctrica Española a la desconexión repentina de dos plantas fotovoltaicas en Extremadura y la subsiguiente pérdida de 15 GW de potencia, ha vuelto a poner de manifiesto las dificultades de gestión que, casi inevitablemente, acompañan a las situaciones críticas. Aunque el origen técnico del incidente parece relativamente fácil de explicar, su trasfondo tiene que ver con la complejidad del sistema eléctrico y las implicaciones, también políticas, de la transición energética.
La energía eléctrica que llega a nuestras casas procede de diversas fuentes:
centrales nucleares, térmicas de carbón o gas (ciclo combinado),
hidroeléctricas, así como instalaciones eólicas y fotovoltaicas. En cada
momento, el operador del sistema, Red Eléctrica Española (REE), decide cuál es
la contribución de cada fuente al sistema, teniendo en cuenta su
disponibilidad, el coste de generación y otros factores estratégicos o
técnicos.
La política energética del gobierno español está orientada a reducir la
dependencia de fuentes fósiles y nucleares, favoreciendo el desarrollo de las
energías renovables, especialmente la eólica, la solar y la hidroeléctrica. Se
trata de una estrategia razonable desde el punto de vista ambiental y
económico, pero siempre que se tengan en cuenta las limitaciones técnicas inherentes
a estas formas de generación.
La electricidad generada por estas fuentes circula en forma de
corriente alterna a través de la red de transporte de alta tensión, gestionada
por REE. Esta red opera normalmente a tensiones de hasta 400 kV y con una
frecuencia estándar de 50 Hz, que debe mantenerse de forma extremadamente
precisa. Las centrales convencionales (nucleares, térmicas, hidroeléctricas)
utilizan grandes generadores rotatorios sincronizados con la red, que giran típicamente a
unas 3.000 revoluciones por minuto, produciendo de forma natural corriente
alterna con la frecuencia requerida. Estos generadores también aportan inercia
mecánica al sistema, lo que permite amortiguar de manera automática pequeñas
variaciones de demanda o generación.
En cambio, la energía fotovoltaica produce corriente continua, que debe
transformarse en corriente alterna con la frecuencia, fase y forma de onda
adecuadas. Por su parte, los aerogeneradores modernos producen corriente
alterna, pero a una frecuencia variable, determinada por la velocidad del
viento. Ambos sistemas necesitan inversores electrónicos que adapten la energía
a las condiciones de la red. Este proceso, aunque tecnológicamente resuelto,
introduce costes adicionales y no proporciona inercia natural, lo que reduce la
capacidad del sistema para reaccionar de forma inmediata ante desequilibrios.
Por este motivo, la estabilidad del sistema requiere mecanismos adicionales,
como almacenamiento, control de frecuencia avanzado o inercia sintética. Si el
sistema cuenta con una proporción muy alta de energía renovable y carece de
suficiente respaldo convencional o mecanismos de compensación, puede volverse
más vulnerable a perturbaciones. Esta vulnerabilidad está, casi con toda
seguridad, entre las principales sino la principal, causas del apagón.
Dicho esto, y considerando el compromiso del gobierno y de REE con el
despliegue de energías renovables y el progresivo cierre de las centrales
nucleares, es lógico preguntarse si el mix eléctrico actual garantiza siempre
la robustez necesaria para evitar caídas de frecuencia o apagones ante
imprevistos. La transición energética es inevitable y deseable, pero exige una
gestión técnica rigurosa y realista de sus desafíos.
jueves, 24 de abril de 2025
¿No era para tanto?
Hace tiempo que escribo sobre energía. Una cuestión en la que, en pocos años, los observadores desapasionados y medianamente informados pasamos de una relativa seguridad a una profunda desorientación. Aquella “seguridad” consistía en la, por entonces, aparente inevitabilidad del desastre: un colapso económico y social tras la llegada —que parecía inminente— del pico en la producción mundial de petróleo.
Al abrigo de esa convicción se organizaron congresos —dos de ellos los organizamos David Lafarga (†) y yo en la UNED de Barbastro—, se crearon y mantuvieron páginas web de referencia, como The Oil Drum, y se celebraron debates universitarios sobre extracción de petróleo, límites físicos, ecología o economía. Se construyeron gráficos y se elaboraron estudios, algunos muy elaborados y convincentes. Yo mismo escribí artículos que pretendían dejar claro que el crecimiento económico, impulsado por una política monetaria asentada en la expansión del crédito, sólo era posible gracias a un aporte creciente de energía; aporte que, a su vez, sólo un suministro también creciente de petróleo podía garantizar.
Hoy, aquella certeza se ha difuminado. Muchos dirán que, afortunadamente; otros, que en realidad nunca existió más allá de las teorías alarmistas de unos pocos. Lo cierto es que el pico del petróleo convencional, predicho por M. King Hubbert en 1956, se alcanzó efectivamente en Estados Unidos en 1970 y, a escala global, hacia 2008. Sin embargo, el impacto fue amortiguado por varias vías: el desarrollo de fuentes no convencionales como el fracking, la expansión de las energías renovables, mejoras de eficiencia y una reducción del consumo asociada, en parte, a contracciones económicas. En volumen total de “todos los líquidos” —incluyendo no convencionales y biocombustibles— la producción mundial incluso continuó creciendo, aunque con un rendimiento energético decreciente (menor EROEI), lo que implica costes y vulnerabilidades adicionales.
La economía global sigue dependiendo de un crecimiento que hoy resulta problemático, debido a su anclaje en un sistema monetario basado en deuda e interés compuesto. Sin embargo, está perdiendo parte del carácter global que tuvo no hace tanto, en favor de un enfoque más localista y proteccionista. Esto se refleja en políticas industriales estratégicas, en controles de exportación de tecnología crítica y en la configuración de cadenas de suministro “seguras” o friend-shoring.
No hace tanto creíamos, sobre la base de los datos y proyecciones de entonces, enfrentarnos a una catástrofe inminente y de alcance planetario. Incluso pensamos que todos éramos parte del problema y también de la solución. Pero, una vez constatado el aplazamiento del colapso, aquel incipiente orden global ha dado paso a un escenario de bloques autárquicos, más preocupados por la resiliencia —asegurar el suministro propio— que por la eficiencia global. El resultado es un retorno a la competencia, especialmente entre grandes potencias, por unos recursos que siguen siendo finitos: los últimos yacimientos rentables de combustibles fósiles, las cadenas de producción de alta tecnología y, no menos importante, la inteligencia —humana y artificial— necesaria para controlarlos.
Cronología resumida del “pico” y su contexto
| Año | Hito | Relevancia |
|---|---|---|
| 1956 | M. King Hubbert publica su modelo de producción de petróleo. | Predice el pico de producción en EE. UU. hacia 1970 y, más adelante, un pico global. |
| 1970 | Pico del petróleo convencional en EE. UU. | Inicio de dependencia creciente de importaciones y exploración fuera del país. |
| 1973–1979 | Crisis del petróleo (OPEP, Irán). | Primera señal de vulnerabilidad energética global. |
| 2005–2008 | Estancamiento y posterior pico del petróleo convencional a escala global. | Coincide con precios récord (Brent >140 $/barril en 2008) y debate sobre “peak oil” en foros académicos y especializados (The Oil Drum). |
| 2008 | Crisis financiera global. | Contracción económica reduce demanda; precios caen abruptamente. |
| 2010–2014 | Auge del fracking en EE. UU. | Expansión de producción no convencional; nuevo récord en “todos los líquidos”. |
| 2014–2016 | Caída de precios del crudo. | Afecta inversión upstream; evidencia la volatilidad del nuevo paradigma. |
| 2018–2020 | Expansión de renovables y tensiones comerciales EE. UU.–China. | Energía y geopolítica empiezan a entrelazarse de forma visible. |
| 2022–2024 | Crisis energética en Europa (guerra en Ucrania, cortes de gas ruso). | Retorno de estrategias de seguridad energética nacional y reconfiguración de mercados. |
Continuará.
jueves, 3 de abril de 2025
No leer después de la línea 11
Hablábamos de esto en el viejo Café de Levante. Con cervezas sobre la mesa y servilletas convertidas en pizarras improvisadas, surgió la idea: ¿cómo introducir un mensaje secreto en un texto, al alcance de cualquiera, para que pase totalmente desapercibido? Eso, dije entonces, es fácil: basta con escribir un artículo cualquiera, sobre cualquier asunto, que tenga más de quince líneas. El mensaje, en español corriente, debe ir a partir de la línea once. Nadie lo notaría. En estos tiempos de consumo ansioso y lectura hipnótica de titulares, nadie lee más allá de unas pocas líneas.
Este experimento trivial, nada más que una broma, esconde una idea preocupante: vivimos en una época donde la forma importa más que el fondo, donde lo visible eclipsa lo estructural, y donde el conocimiento está distribuido de forma profundamente desigual. Eso me llevó a recordar una vieja clasificación social que quizá convenga actualizar. Es la siguiente:
En el mundo hay tres tipos de personas. Que no son, como en el chiste, los que saben contar y los que no. La división, aunque algo más sutil, no es menos cortante. Hay un primer grupo, pequeño, discreto, que sabe cómo funciona su mundo y como gestionarlo. No necesitan aparecer en portadas, convocar ruedas de prensa, o hacer giras promocionales. No se dejan ver en Davos, ni en Cannes, ni en Twitter. Son los arquitectos del sistema, los que toman las decisiones estratégicas y diseñan el marco dentro del cual los demás se mueven.
Luego está el segundo grupo, algo más amplio, compuesto por personas que intentan entender el funcionamiento de su mundo. A veces lo logran, pero no tienen capacidad de decisión. Son observadores rigurosos, científicos sociales, lectores insaciables, ciudadanos atentos. Viven en tensión: saben lo suficiente como para inquietarse, pero no tienen las herramientas para transformar esa inquietud en poder.
Y, finalmente, el tercer grupo, el más numeroso: no entienden nada y tampoco les preocupa, pero son los que toman las decisiones tácticas que condicionan la vida política, económica y cultural del conjunto. Votan, consumen y opinan, aunque no suelen escribir; tampoco leen mucho. Participan en las redes, se exhiben en platós y ante micrófonos encendidos. Su ignorancia no es impostada: es natural, orgánica, y en muchos casos celebrada como forma de identidad colectiva. No obstante, de este grupo pueden salir líderes políticos y también las mayorías que los lleven al poder.
Puede parecer un esquema distópico, y tal vez lo sea. Pero no es nuevo. Esta clasificación remite a la sociología de las élites de Vilfredo Pareto y Gaetano Mosca, quienes describieron una minoría dirigente que concentra el poder, así como a la triada del Inner Party, Outer Party y Proles en 1984 de George Orwell, que ilustra jerarquías de conocimiento y control. Y resuena con la 'jaula de hierro' de Max Weber, metáfora de las estructuras burocráticas que constriñen la agencia individual. Lo novedoso es la forma en que los límites entre estos grupos se han vuelto más borrosos, más resbaladizos y, a la vez, más impermeables.
Existe una relación simbiótica entre ellos. El primer grupo necesita al tercero para ejecutar sus decisiones, para legitimar el espectáculo democrático, para absorber la tensión de las crisis. Y necesita al segundo para analizar, predecir, amortiguar. Pero ninguno de estos dos puede —o quiere— hacer visibles las estructuras reales del poder. Se puede pasar del tercer grupo al segundo leyendo. El resto de las transiciones son muy raras.
Volvamos a los números primos. Esos entes abstractos, estudiados desde hace siglos sin aparente utilidad práctica, hoy son el núcleo de la criptografía moderna. Gracias a ellos podemos comunicarnos de forma segura, almacenar datos, mover dinero y proteger secretos. Sin ellos, todo colapsaría: desde los sistemas bancarios hasta los misiles balísticos.
A eso se suma otro instrumento aún menos comprendido por la mayoría: la reserva fraccionaria. Este mecanismo, con el que los bancos prestan un dinero que no tienen, es una de las piezas centrales del capitalismo financiero. Su existencia, sin embargo, pasa desapercibida para casi todos. ¿Por qué? Porque comprenderla exige tiempo, esfuerzo, y una voluntad de mirar detrás del decorado que pocos cultivan.
Ambos instrumentos —los números primos y la reserva fraccionaria— pertenecen simbólicamente al primer grupo. Son una parte, quizá pequeña pero no insignificante, de su caja de herramientas. El segundo grupo los estudia, los explica, los cuestiona. El tercero ni siquiera sabe que existen. Y, sin embargo, su vida entera depende de ellos.
Pero no hay un “club secreto” que dirija el mundo desde un sótano lleno de pantallas. Lo que hay es una estructura de poder que opera bajo lógicas técnicas, financieras y algorítmicas que no requieren aplausos ni votos. Basta con que funcionen. Y funcionan.
Hay un mensaje en este texto y no está cifrado. Está a plena vista, como los números primos, como los contratos bancarios o las líneas que pocos llegan a leer. Está a partir de la línea once, si uno quiere. Pero, sobre todo, está en la invitación a leer críticamente, cuestionar las estructuras de poder y reconocer el valor (y la desigual distribución) del conocimiento.
Publicado en ECA 11 de abril de 2025
Aranceles
Lo único nuevo de la política proteccionista anunciada ayer por Mr. Trump, es el aparente desequilibrio de su promotor. No es la primera vez que un presidente de Estados Unidos busca en los aranceles la solución a los problemas reales o imaginarios de su economía.
La Ley Smoot-Hawley, oficialmente conocida como la Tariff Act of 1930, fue aprobada por el Congreso de Estados Unidos el 17 de junio de 1930, durante la presidencia de Herbert Hoover. Su objetivo principal era proteger a los agricultores y las industrias estadounidenses de la competencia extranjera, que se percibía como una amenaza tras la caída de los precios agrícolas y el inicio de la Gran Depresión. La ley lleva el nombre de sus impulsores: el senador Reed Smoot de Utah y el representante Willis C. Hawley de Oregón, ambos republicanos.
En concreto, la ley aumentó los aranceles sobre más de 20,000 productos importados, elevando las tasas promedio del 38% (establecido por la Tariff Act de 1922) a cerca del 60%. Algunos ejemplos incluyen incrementos drásticos como el arancel sobre el trigo, que pasó de 42 centavos a 60 centavos por bushel, o el de la mantequilla, que casi se duplicó. La idea era incentivar el consumo de bienes nacionales y dar un respiro a los productores locales, especialmente en un momento de desempleo creciente y colapso económico.
Sin embargo, el resultado fue desastroso. Otros países respondieron con aranceles retaliatorios contra productos estadounidenses, lo que hundió las exportaciones de EE.UU. en más de un 60% entre 1929 y 1933. El comercio global, que ya estaba tambaleándose, se desplomó: según datos históricos, el valor del comercio internacional cayó de $36 mil millones en 1929 a $12 mil millones en 1932. Economistas como Irving Fisher y, más tarde, Milton Friedman, argumentaron que Smoot-Hawley no solo empeoró la Depresión en EE.UU., sino que la extendió globalmente al fracturar los mercados.
jueves, 20 de marzo de 2025
Rearmarnos... ¿para qué?
La cuestión del gasto militar requiere un cuidadoso examen para evitar, en lo posible, planteamientos excesivamente simplistas. La historia, tal como nos la cuentan, es la siguiente: La financiación de la OTAN depende, en un 75% de los Estados Unidos, que aporta, además la mayor parte del armamento y de las tropas de combate. Como consecuencia de esto, los miembros europeos de la alianza disfrutan de la protección de la organización a un coste muy inferior al real. El actual gobierno de Estados Unidos, presidido por Donald Trump, cree que esta situación es insostenible y que los países europeos deben incrementar el gasto militar y asumir más responsabilidad en su propia defensa.
Defendernos esta muy bien, pero ¿de quién? Pues, aparentemente, de los rusos. La OTAN fue diseñada originalmente como un contrapeso contra la extinta Unión Soviética y tras el colapso de esta se mantuvo, y se mantiene, a Rusia como principal adversario. En todo caso, no hay otro enemigo a la vista contra el que sostener una guerra convencional. Al menos una que requiera un incremento del gasto militar tan elevado como el que Estados Unidos exige a Europa.
Veamos los números. Según el IISS, en 2024 el gasto en defensa de Rusia ascendió a 145mM de dólares y el de los miembros europeos de la OTAN a 460mM. Rusia es un país tres veces más extenso que la suma de todos los países de la OTAN, excluidos los Estados Unidos, pero con una población cuatro veces inferior. Con estas cifras parece claro que, en una guerra convencional, la superioridad militar de los países europeos encuadrados en la OTAN sería abrumadora y Rusia, simplemente, no podría ganarla.
Pero, y esta cuestión ha estado presente desde la invasión de Ucrania en febrero de 2022, tampoco parece que Rusia esté dispuesta a perder una guerra. Dispone del mayor arsenal de ojivas nucleares del mundo, y de un inmenso territorio desde el que lanzarlas. Su doctrina militar, modificada por Putin en noviembre de 2024, contempla varios supuestos bajo los cuales las armas nucleares pueden ser utilizadas y entre ellos está la amenaza a la integridad y seguridad de la federación o sus aliados.
¿Tiene sentido, en estas condiciones, seguir aumentando el gasto militar de la OTAN, que ya es tres veces superior al de Rusia? Pues no lo sé, pero llevar mucho más lejos, como las cifras propuestas apuntan, esa superioridad en armamento convencional parece algo tan innecesario como arriesgado. Rusia, que ha pasado, o ha hecho como si pasara, por alto la evidente implicación en su contra de la OTAN en la guerra de Ucrania, podría considerar un rearme sobredimensionado y ostensiblemente dirigido contra ella, entre los supuestos que su doctrina militar contempla para justificar el empleo de armas atómicas. Objetivos es lo que sobra y seguro que tenemos alguno cerca.
El presidente Sánchez ha rechazado en Bruselas que se hable de rearme frente a Rusia. Prefiere hacerlo de fortalecer nuestras capacidades para luchar contra el terrorismo o para luchar contra ataques cibernéticos y ataques híbridos. Esto no va más allá de un guiño eufemístico a sus socios de gobierno más reacios al lenguaje militarista, pero podría tomarse también como la señal de una cierta preocupación por la deriva que están tomando los acontecimientos en este campo.




