En defensa del analfabetismo
Julio Camba.Nueva York, 17 de junio de 1931.
Hubo un tiempo en este país, de datación imprecisa y duración breve, en el que las palabras tuvieron algún valor o, al menos, en el que la ruptura de compromisos y el faltar a la verdad tenían alguna consecuencia política, penal o de otro tipo.
Esos tiempos ya pasaron y, como inevitable corolario, hoy nada —o casi nada— de lo que se dice en los foros públicos tiene contacto alguno, no ya con la realidad, que cambia tan rápido que eso podría hasta tener alguna justificación, sino con lo que realmente piensa —cuando piensa— el político, banquero, asesor, experto o comunicador que las pronuncia.
Las palabras ya no valen el papel en el que están escritas. Las declaraciones políticas se hacen con la mente puesta en lo que conviene a quien las pronuncia o a quien le paga. Las previsiones económicas se formulan porque quienes detentan el capital responden a impulsos verbales, en la confianza de que otros harán lo mismo. Y, en general, la mayoría de los discursos públicos están construidos sobre la hipótesis de que quienes van a oírlos son idiotas.
Y la verdad es que, a la vista de lo que estamos aguantando, cabe preguntarse si, efectivamente, lo somos; si nos va la marcha o si, como me ocurre a mí, nos hemos dejado ganar por el fatalismo.
Las payasadas de Dívar, las salidas de tono del Rey, las monsergas de Rajoy y su corte de papanatas, la inanidad de la oposición, la desesperación de los griegos y las idas y venidas de Merkel, Obama u Hollande —pendientes tan solo de no hacer nada que perjudique sus opciones electorales— no son más que un circo que mantiene a la gente alejada de los verdaderos problemas: no hay energía para sostener más crecimiento (*) y el sistema autosostenido que conocemos como civilización industrial solo funciona en crecimiento exponencial.
Hay quien cree que aún se podría hacer algo y propone fórmulas, más o menos ingeniosas, para detener el crecimiento o hacerlo sostenible —valga el oxímoron—. Pero yo creo, y otros saben, que el colapso es ya inevitable, aunque puede que unos pocos consigan adaptarse y que aún estemos a tiempo de preparar un futuro de baja entropía para los que sobrevivan (**).
(*) Me refiero al petróleo líquido convencional. Las arenas bituminosas, los esquistos y otros intentos de extraer energía de donde apenas la hay no son más que una muestra de lo desesperada que es la situación.
(**) El final era distinto, pero lo he suavizado atendiendo a la sugerencia de DGM.
Me dice mi amigo Rubén que los gallegos —españoles, quiere decir— cada vez parecemos más argentinos y que, si no fuera por el, según él, providencial euro y por los alemanes, ya estaríamos ahogados y a las puertas de una dictadura militar como, en su momento, estuvieron ellos.
Rubén cree que nunca debimos echar a Zapatero, aun reconociendo, como reconoce, que el hombre no era ninguna lumbrera, para darle el poder a un pelotudo como Rajoy, y que es una vergüenza que estemos aguantando todo lo que nos está haciendo la derecha sin montar, como mínimo, una cacerolada permanente en la Puerta del Sol —que, añade, nos hemos dejado arrebatar por Aguirre y la Botella— o en el Palacio Real, que es donde él cree que vive el Rey cuando no está cazando elefantes.
La reunión objeto del viaje, una comida con el Rector, estaba prevista para las 15:00 horas en un lugar denominado Casa Adolfo.
Mr. Hollande ha ganado las elecciones a la presidencia de la República Francesa o, lo que viene a ser lo mismo, Mr. Sarkozy —hasta ahora presidente— las ha perdido.
Mr. Sarkozy era, ostensiblemente, aliado político de la canciller federal alemana, Frau Merkel, en su declarado propósito de imponer medidas de austeridad procíclicas, cuyo efecto más inmediato parece haber sido el de agravar la crisis económica que sufre Europa —y, en particular, algunos países del sur como Grecia, Italia, Portugal, España y, en alguna medida, la propia Francia—. Su derrota, por tanto, ha sido vista por algunas personas —bastantes— como una especie de anticipo del fin de esas medidas y como la promesa, formulada de manera más o menos explícita por el candidato vencedor, de sustituirlas por otras contracíclicas, de tipo keynesiano, que nos lleven de nuevo a la venturosa senda del crecimiento que nunca debimos haber abandonado, amén.
![]() |
| Europa. Vista posterior |
![]() |
| Who are these guys? |
| PP |
| PSOE |
La reciente confirmación del fracaso del proyecto Gran Scala constituye una ilustración paradigmática de la fragilidad de ciertos discursos desarrollistas sostenidos por actores político-empresariales sin fundamento técnico ni viabilidad real. Desde su presentación pública, dicho proyecto evidenció características propias de una operación especulativa carente de planificación estratégica y transparencia. La implicación institucional del Gobierno de Aragón, al ceder su sede oficial para su presentación, otorgó una legitimidad inicial a una iniciativa que, en condiciones normales de análisis de riesgo, jamás habría sido considerada plausible.
Este tipo de fenómenos responde, en parte, a la lógica del populismo de crecimiento, en el que las administraciones regionales buscan activamente “proyectos-anzuelo” que prometen empleo y dinamización territorial sin garantizar sostenibilidad ni solidez inversora. Resulta significativo que gran parte del arco político aragonés diese su apoyo explícito o tácito al proyecto, con escasas excepciones. La cuestión que se plantea es si estas excepciones habrían mantenido su posición crítica de haber ostentado responsabilidades ejecutivas en ese momento. Se evidencia, así, un patrón estructural de cooptación simbólica del discurso político por parte de promotores privados carentes de solvencia demostrable.
En otro orden de cosas, la reciente inhabilitación del juez Baltasar Garzón por la causa relacionada con la vulneración del derecho de defensa en el caso Gürtel ha reabierto un intenso debate jurídico y político. La sentencia del Tribunal Supremo, que establece una sanción de once años de inhabilitación, ha generado un impacto notable, particularmente entre aquellos sectores que identifican a Garzón con una figura emblemática en la lucha contra la impunidad y la corrupción política. Sin embargo, resulta necesario recordar que el magistrado ha protagonizado, a lo largo de su carrera, actuaciones polémicas, como la reapertura del sumario sobre el caso GAL, en las que recurrió a prácticas legales no convencionales que suscitaron tanto apoyos como críticas desde diferentes posiciones ideológicas.
Este doble estándar en la valoración de su conducta judicial pone de manifiesto una profunda instrumentalización política del derecho, donde la evaluación de los procedimientos depende, más que de su adecuación normativa, de la identidad del imputado o del contexto político. En este sentido, la controversia en torno al caso Garzón refleja las tensiones no resueltas entre independencia judicial, activismo legal y legitimidad democrática.
Más allá de estos episodios concretos, el país enfrenta un desafío sistémico de mayor envergadura: la persistencia de la crisis económica, que continúa deteriorando el tejido productivo, incrementando el desempleo y justificando políticas regresivas en términos de derechos sociales y protección pública. Las expectativas generadas por el cambio de gobierno no han revertido la situación, lo cual sugiere una desconexión entre las propuestas programáticas y la realidad estructural de la economía global.
Un ejemplo ilustrativo de esta disonancia es la evolución del precio del petróleo, que, pese a los reiterados anuncios de recuperación, se mantiene por encima de los 100 dólares por barril y ha alcanzado cotas superiores a los 118. Las explicaciones que atribuyen esta tendencia a factores coyunturales resultan insatisfactorias si se considera que la producción mundial de crudo se encuentra estancada desde aproximadamente 2005. Al mismo tiempo, el consumo energético permanece esencialmente estable, dada su condición estructural: no es reducible sin afectar gravemente a las condiciones básicas de funcionamiento del sistema globalizado.
Este fenómeno plantea interrogantes fundamentales acerca de la sostenibilidad del modelo económico internacional, en la medida en que una parte considerable del consumo energético resulta imprescindible para mantener tanto el abastecimiento de bienes esenciales a una población mundial que supera los 7.000 millones de personas como los estándares de vida predominantes en las economías centrales.