
Entrada al Museo Reina Sofía de Madrid



Parece que se van a recuperar las viejas fuentes del Azud y del Vivero, en la calle de las Fuentes. Para mí, que nací y viví quince años en una casa que está justo encima, estas fuentes fueron un elemento imprescindible del paisaje.
Las fuentes, sobre todo la del Azud —porque la del Vivero decían que no era potable—, suministraban agua en verano y, a veces, también en invierno, ya que la incipiente red de suministro se congelaba con bastante facilidad y, sobre todo, nunca proporcionaba agua a la temperatura adecuada, cosa que sí hacía la fuente.
Las escaleras que llevaban a las fuentes eran también la vía de acceso al cauce del río y a la chopera —la arbolera, en el lenguaje del barrio—, a través del muro de contención del Azud, en el tramo final del desagüe del Moliné. Esta chopera era impresionante —o me lo parece ahora—, con árboles enormes que se levantaban por encima de los tejados, pero cayó antes que las fuentes. A los pequeños chopos que sustituyeron a los que habían cortado se los llevaron las riadas y, puede que también, las rogativas —no creo que pasaran de ahí— de algunas vecinas más que satisfechas con el sol poniente que los árboles caídos no dejaban pasar.

David se fue, junto a Lourdes, Jara e Iris, en una madrugada del mes de abril, cuando aún estaban en el cielo las estrellas que tantas noches habría contemplado mientras preparaba la cámara y estudiaba el terreno para hacer algunas de las más hermosas fotografías que yo he visto. Se fue después de una vida corta, pero intensa, dedicada a un trabajo que le entusiasmaba y en el que creía. Un amigo común, profesor de matemáticas en la Universidad y también loco, en el mejor sentido de la palabra, por los pájaros, que invitó a David a participar en un curso de verano en Ávila, prólogo del que después organizarían entre los dos y con mucho éxito en la UNED de Barbastro, decía que su intervención provocó un interminable aplauso, no sólo por lo que dijo y por sus maravillosas fotografías sino también, y sobre todo, por la emoción que únicamente puede provocar quien sabe bien de lo que está hablando y cree sinceramente en lo que dice.