Capítulo 1. Contacto
Martín no se tomaba nada muy en serio. Ahora estaba detrás
de algo que no creía que pudiera salir bien, pero, en su estado, no intentarlo
hubiera sido una estupidez. Desde que se jubiló dormía poco y mal y cada vez se
movía con más dificultad. El cáncer que padecía no era especialmente agresivo,
pero sí contumaz. No había forma de eliminarlo y le habían dicho que el riesgo
de metástasis o de fracaso multiorgánico estaba lejos de ser despreciable, así
que estaba dispuesto a aceptar cualquier proposición razonable —una limitación,
esta última, que pronto desaparecería— encaminada a mejorar su salud.
La primera noticia sobre aquella posibilidad le llegó a través de un antiguo compañero de trabajo con el que habían hablado en alguna ocasión de sus respectivos problemas de salud. Fue él el que le habló de una empresa que buscaba personas interesadas en mejorar drásticamente su salud, sin importar las afecciones concretas que tuvieran. Le dijo que él mismo se había comprometido a acudir a una reunión exploratoria, pero que finalmente su familia lo había disuadido.
No le costó convencerle para que le facilitara la dirección
del lugar de la frustrada cita. Lo pensó durante un tiempo sin decidirse a
hablar del asunto con la poca familia que le quedaba. Apenas se comunicaba con
ellos y su vida social se limitaba al grupo de habituales de un bar al que
acudía a desayunar de tarde en tarde y poco más. Le gustaba mantener
conversaciones sobre los temas más complejos con una inteligencia artificial
con la que se entendía bastante bien y a la que, sin embargo, había decidido no
consultar precisamente aquello. Al menos por ahora. Finalmente pensó que no
perdía nada con acercarse a conocer la empresa e intentar averiguar si podían
hacer algo por él. Una mañana temprano tomó un taxi para ir a la dirección
indicada por su compañero.
El taxista tuvo que recurrir al GPS y pareció dudar en un
par de ocasiones, pero finalmente lo dejó frente a un edificio bastante grande
que no debía tener más de cuatro o cinco años. Estaba en un barrio de reciente
construcción en el que había varios edificios del mismo estilo, impersonales y
aparentemente destinados a oficinas. Todo el conjunto tenía un aspecto extraño,
limpio pero artificial, sin rastros evidentes de presencia humana más allá de
la iluminación que podía atisbarse a través de algunas ventanas.
El vestíbulo, un espacio enorme, de unos seis o siete metros
de altura, no tenía más mobiliario que una mesa redonda con dos sillas, una de
las cuales estaba ocupada por un hombre de mediana edad y aspecto
tranquilizador que estaba consultando algo en una tablet. Al fondo había una
escalera que conducía tanto a los pisos superiores como al sótano del edificio
y justo al lado el acceso a los ascensores. Mientras pensaba en el siguiente
paso, el hombre de la tablet le hizo una seña para que se acercara a la mesa,
cosa que hizo tras unos instantes de duda.
—Le estábamos esperando. Bienvenido a Eterna Primavera.
—¿Me estaban esperando? ¿A mí? ¿Saben quién soy?
—Desde luego. Es usted el señor Martín. Y tiene problemas de
salud que le gustaría corregir. ¿Estoy en lo cierto?
—Pues sí, pero no entiendo cómo…
—No se preocupe. Hemos estudiado su caso y es usted el
candidato ideal para nuestros servicios.
—¿Están seguros? Tengo más problemas de los que parece.
—Puede ser, y probablemente más de los que usted mismo cree.
Pero solucionar ese tipo de problemas es nuestra especialidad.
Este diálogo le dejó un poco intranquilo. O más bien
confundido. Le hubiera gustado preguntar cómo habían conseguido la información
y cuáles eran esos problemas que desconocía, pero el hombre de la tablet dio
amablemente la conversación por terminada y le invitó a acompañarlo hasta uno
de los ascensores. Los botones carecían de rótulos. El hombre pulsó uno situado
debajo del que permanecía iluminado, que era probablemente el correspondiente a
la planta en la que se encontraban. Tras unos segundos la puerta se abrió a un
pasillo bien iluminado flanqueado por varias puertas cerradas. El hombre le
precedió hasta una de ellas que daba acceso a un espacio reducido pero
acogedor, también bien iluminado y amueblado con una estantería con
fotografías, una mesa, una silla de despacho y dos sillones, en uno de los
cuales le invitó a sentarse.
—Espere aquí, haga el favor. Enseguida vendrán a informarle
de todo.
—Pero oiga, yo no…
—No, usted no se ha comprometido a nada. Primero le
informarán y luego decidirá. Le veré a la salida.
La habitación tenía la luz y la temperatura justas para tranquilizar
a sus ocupantes y, tras la salida del hombre, que cerró la puerta tras él,
quedó en un silencio matizado por una agradable música de fondo. Sentado en el
sillón que le habían indicado pensó en lo que podía salir de todo aquello, si
es que finalmente salía algo distinto de una pérdida de tiempo. Al cabo de un
rato, el nerviosismo pudo más que su incomodidad física y se levantó con cierta
dificultad. Las fotografías de la estantería que le habían llamado la atención
al entrar eran todas ellas el mismo montaje: dos personas en cada una o muy
probablemente la misma en distintas épocas. A la izquierda se veía a una
persona de cierta edad o con síntomas de padecer alguna enfermedad. A la
derecha lo que podría ser la misma persona u otra parecida pero veinte años más
joven. No había pie de foto ni nada que permitiera explicar el contenido de las
imágenes, pero era evidente que estaban allí para que cualquiera que estuviera
en esa habitación pudiera verlas.
Poco después entró una mujer muy joven, de aspecto eficiente
pero distante. Se detuvo junto a la silla de despacho, lo observó unos
instantes y le preguntó si era el señor Martín y si había acudido en busca de
información sobre Eterna Primavera, la empresa a la que dijo representar.
—Sí, soy el señor Martín. Pero yo solo venía a…
—¿A?
—Me han dicho que ustedes solucionan problemas de salud que
no responden a los tratamientos habituales.
—Bueno, eso es una simplificación, pero sí. En todo caso
vamos a centrarnos en usted, si le parece. ¿Cuál es su problema?
—¿Mi problema? Mi problema es mi salud. Mala en estos
momentos, pero empeorando. Dentro de poco mis opciones se habrán reducido tanto
que en realidad no tendré ninguna. Salvo el suicidio.
—¿Cree que el suicidio sería una solución a su problema?
—Es posible. Pero para eso no necesito a nadie.
—No crea. No es tan fácil. Pero desde luego no es el tipo de
solución que le vamos a proponer. Lo que nosotros proponemos va en la línea de
sustituir las partes dañadas de su organismo por otras completamente nuevas.
Nuestro límite, la línea roja por decirlo así, es el cerebro.
—¿Sustituir las partes dañadas? ¿Es eso posible?
—No es fácil y es muy caro, pero es posible. Podemos
hacerlo.
—¿Muy caro? Eso es fácil de imaginar, desde luego, pero
entonces ¿qué pinto yo aquí?
—No todo lo que es caro se paga con dinero. En todo caso ese
no es mi problema. Y de momento tampoco el suyo.
La conversación no se alargó lo suficiente para que Martín
resolviera todas sus dudas. Tampoco parecía ser ese el objetivo que perseguía
su interlocutora, que se limitó a enumerar las ventajas de contar con un cuerpo
sano, conservando intactas sus facultades mentales. Le aclaró también que una
mente enferma —no era su caso— lo hubiera excluido como candidato. Por el
precio, insistió, no tenía que preocuparse, al menos por ahora. En todo caso no
pagaría nada si no quedaba completamente satisfecho. La conversación terminó
con la mujer abandonando la habitación, tras recomendarle que se fuera a su
casa y tratara de pensar seriamente en lo que habían hablado. Que ya se
pondrían en contacto con él. Desde la puerta le señaló el ascensor abierto y se
alejó. El ascensor, que se cerró al entrar, lo depositó instantes después en el
vestíbulo, donde el hombre de la tablet parecía estar esperándolo para
acompañarlo hasta la puerta donde ya le esperaba un taxi que él no había
llamado.
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