viernes, 16 de octubre de 2026

Una nueva vida (novela experimental) Capítulo I. Contacto

Aún no se tomaba aquello muy en serio. No creía que pudiera salir bien, pero en su estado no intentarlo hubiera sido una estupidez. Hacía años que no podía dormir y cada vez se movía peor. El cáncer que padecía no era especialmente agresivo, pero tampoco había forma de eliminarlo y el riesgo de una metástasis o de un fracaso multiorgánico no era despreciable, así que estaba dispuesto a aceptar cualquier proposición razonable —o eso pensaba entonces— encaminada a mejorar su salud.

La primera noticia sobre aquella posibilidad le llegó a través de un antiguo compañero de trabajo con el que solían hablar de temas de salud, algo de lo que ninguno de los dos andaba sobrado. Fue él el que le habló de una empresa que buscaba personas interesadas en mejorar drásticamente su salud, sin importar las afecciones concretas que tuvieran. Le dijo que él mismo se había comprometido a acudir a una reunión exploratoria, pero que finalmente su familia lo había disuadido.

No le costó convencerle para que le facilitara la dirección del lugar de la frustrada cita. Lo pensó durante un tiempo sin decidirse a hablar del asunto con la poca familia que le quedaba. Apenas se comunicaba con ellos y su vida social se limitaba al grupo de habituales de un bar al que acudía a desayunar de tarde en tarde y poco más. Le gustaba mantener conversaciones sobre los temas más complejos con una inteligencia artificial con la que se entendía bastante bien y a la que, sin embargo, había decidido no consultar precisamente aquello. Al menos por ahora. Finalmente pensó que no perdía nada con acercarse a conocer la empresa e intentar averiguar si podían hacer algo por él. Una mañana temprano tomó un taxi para ir a la dirección indicada por su compañero.

El taxista tuvo que recurrir al GPS y pareció dudar en un par de ocasiones, pero finalmente lo dejó frente a un edificio bastante grande que no debía tener más de cuatro o cinco años. Estaba en un barrio de reciente construcción en el que había varios edificios del mismo estilo, impersonales y aparentemente destinados a oficinas. Todo el conjunto tenía un aspecto extraño, limpio pero artificial, sin rastros evidentes de presencia humana más allá de la iluminación que podía atisbarse a través de algunas ventanas.

El vestíbulo, un espacio enorme, de unos seis o siete metros de altura, no tenía más mobiliario que una mesa redonda con dos sillas, una de las cuales estaba ocupada por un hombre de mediana edad y aspecto tranquilizador que estaba consultando algo en una tablet. Al fondo había una escalera que conducía tanto a los pisos superiores como al sótano del edificio y justo al lado el acceso a los ascensores. Mientras pensaba en el siguiente paso, el hombre de la tablet le hizo una seña para que se acercara a la mesa, cosa que hizo tras unos instantes de duda.

—Le estábamos esperando. Bienvenido a Eterna Primavera.

—¿Me estaban esperando? ¿A mí? ¿Saben quién soy?

—Desde luego. Es usted el señor Martín. Y tiene problemas de salud que le gustaría corregir. ¿Estoy en lo cierto?

—Pues sí, pero no entiendo cómo…

—No se preocupe. Hemos estudiado su caso y es usted el candidato ideal para nuestros servicios.

—¿Están seguros? Tengo más problemas de los que parece.

—Puede ser, y probablemente más de los que usted mismo cree. Pero solucionar ese tipo de problemas es nuestra especialidad.

Este diálogo le dejó un poco intranquilo. O más bien confundido. Le hubiera gustado preguntar cómo habían conseguido la información y cuáles eran esos problemas que desconocía, pero el hombre de la tablet dio amablemente la conversación por terminada y le invitó a acompañarlo hasta uno de los ascensores. Los botones carecían de rótulos. El hombre pulsó uno situado debajo del que permanecía iluminado, que era probablemente el correspondiente a la planta en la que se encontraban. Tras unos segundos la puerta se abrió a un pasillo bien iluminado flanqueado por varias puertas cerradas. El hombre le precedió hasta una de ellas que daba acceso a un espacio reducido pero acogedor, también bien iluminado y amueblado con una estantería con fotografías, una mesa, una silla de despacho y dos sillones, en uno de los cuales le invitó a sentarse.

—Espere aquí, haga el favor. Enseguida vendrán a informarle de todo.

—Pero oiga, yo no…

—No, usted no se ha comprometido a nada. Primero le informarán y luego decidirá. Le veré a la salida.

La habitación tenía la luz y la temperatura justas para inducir tranquilidad en sus ocupantes y tras la salida del hombre, que cerró la puerta tras él, quedó en un silencio matizado por una agradable música de fondo. Sentado en el sillón que le habían indicado pensó en lo que podía salir de todo aquello, si es que finalmente salía algo distinto de una pérdida de tiempo. Al cabo de un rato, el nerviosismo pudo más que su incomodidad física y se levantó con cierta dificultad. Las fotografías de la estantería que le habían llamado la atención al entrar eran todas ellas el mismo montaje: dos personas en cada una o muy probablemente la misma en distintas épocas. A la izquierda se veía a una persona de cierta edad o con síntomas de padecer alguna enfermedad. A la derecha lo que podría ser la misma persona u otra parecida pero veinte años más joven. No había pie de foto ni nada que permitiera explicar el contenido de las imágenes, pero era evidente que estaban allí para que cualquiera que estuviera en esa habitación pudiera verlas.

Poco después entró una mujer muy joven, de aspecto eficiente pero distante. Se detuvo junto a la silla de despacho, lo observó unos instantes y le preguntó si era el señor Martín y si había acudido en busca de información sobre Eterna Primavera, la empresa a la que dijo representar.

—Sí, soy el señor Martín. Pero yo sólo venía a…

—¿A?

—Me han dicho que ustedes solucionan problemas de salud que no responden a los tratamientos habituales.

—Bueno, eso es una simplificación, pero sí. En todo caso vamos a centrarnos en usted, si le parece. ¿Qué espera de nosotros? ¿Cuál cree que es su problema?

—¿Mi problema? Mi problema es mi salud. Mala en estos momentos, pero empeorando. Dentro de poco mis opciones se habrán reducido tanto que en realidad no tendré ninguna. Salvo el suicidio.

—¿Cree que el suicidio sería una solución a su problema?

—Es posible. Pero para eso no necesito a nadie.

—No crea. No es tan fácil. Pero desde luego no es el tipo de solución que le vamos a proponer. Lo que nosotros proponemos va en la línea de sustituir las partes dañadas de su organismo por otras completamente nuevas. Nuestro límite, la línea roja por decirlo así, es el cerebro.

—¿Sustituir las partes dañadas? ¿Es eso posible?

—No es fácil y es muy caro, pero es posible. Podemos hacerlo.

—¿Muy caro? Eso es fácil de imaginar, desde luego, pero entonces ¿qué pinto yo aquí?

—No todo lo que es caro se paga con dinero. En todo caso ese no es mi problema. Y de momento tampoco el suyo.

La conversación no se alargó lo suficiente para que Martín resolviera todas sus dudas. Tampoco parecía ser ese el objetivo que perseguía su interlocutora, que se limitó a enumerar las ventajas de contar con un cuerpo sano, conservando intactas sus facultades mentales. Le aclaró también que una mente enferma —no era su caso— lo hubiera excluido como candidato. Por el precio, insistió, no tenía que preocuparse, al menos por ahora. En todo caso no pagaría nada si no quedaba completamente satisfecho. La conversación terminó con la mujer abandonando la habitación, tras recomendarle que se fuera a su casa y tratara de pensar seriamente en lo que habían hablado. Que ya se pondrían en contacto con él. Desde la puerta le señaló el ascensor abierto y se alejó. El ascensor, que se cerró al entrar, lo depositó instantes después en el vestíbulo, donde el hombre de la tablet parecía estar esperándolo para acompañarlo hasta la puerta.

Imagen generada con IA