El transcurso de la vida, metafóricamente hablando, podría asimilarse al movimiento a través del interior de dos conos unidos por sus bases. Una figura fácil de imaginar, mantenida en posición vertical por un eje que pasa por los vértices.
Uno entra en la vida por el vértice superior, para encontrarse con un panorama más bien limitado. Algo que anticipa una vida dedicada al descubrimiento constante. Se vive, durante un tiempo, en los primeros y estrechos círculos de la parte superior de este cono, rodeado —en condiciones normales— de unos niveles de protección que ayudan a llegar al año diez y sucesivos, hasta alcanzar niveles de autonomía suficientes.
Se permanecerá en el cono superior, girando en espiral hacia la base, durante unos cuarenta años. También con suerte. Se puede salir antes, voluntariamente o por causas externas, pero es prácticamente imposible mantenerse más tiempo en las condiciones exigidas por este cono, y totalmente imposible rectificar el sentido de la marcha y volver a subir.






