El tiempo pasa, ni despacio ni deprisa, a razón de 60
minutos por hora, de día y de noche, en invierno y en verano[i].
No todo el mundo, sin embargo, y sobre todo, no a todas las edades ni en todas
las circunstancias, tiene la misma percepción del paso del tiempo. Mi teoría es
que, a falta de una mejor, utilizamos, de manera inconsciente pero precisa,
como unidad de medida temporal una parte, proporcionalmente manejable, de lo
que percibimos como tiempo transcurrido desde el momento en que adquirimos la
consciencia de que el tiempo pasa. La unidad, así definida, es relativamente
pequeña en las primeras etapas de nuestra vida y, también relativamente, grande
en las últimas. En un año, en un mes, en un verano… cabrán muchas más unidades
de los 8 años de edad, que de los 70 y, en consecuencia, en esa primera etapa
de la vida el tiempo transcurrido, en un período determinado, es percibido como
considerablemente más largo que en la última.