sábado, 9 de abril de 2022
viernes, 18 de marzo de 2022
¿Primavera?
Me decían esta mañana que el polvo del desierto,
que ha teñido de amarillo Madrid y media España, no es sino la última, por
ahora, de las plagas que nos están cayendo encima en este año III de la
Pandemia Interminable, junto a la guerra, la crisis energética y climática, la
inflación, las matemáticas con perspectiva de género, los políticos y sus
políticas y la tontería felizmente reinante.
Es posible, pero las plagas en Egipto terminaron
cuando el faraón cedió y dejó salir a los judíos. Nada de lo que está pasando
hoy —y son muchas cosas— parece tener remedio.
sábado, 19 de febrero de 2022
El ¿final? del invierno.
Parece que el Ayuntamiento, el Gobierno de Aragón o ambos se proponen construir un número indeterminado de viviendas en el antiguo acuartelamiento militar. En algún sitio —siento no recordar dónde— he oído que la respuesta municipal a las objeciones planteadas en distintos ámbitos ha sido algo así como «a caballo regalado no le mires…», lo que supongo que significa que hay dinero para eso, pero no para otra cosa.
martes, 18 de enero de 2022
La historia se repite (a veces)
En los primeros años de este siglo XXI están ocurriendo, para dar la razón a quienes sostienen que la historia se repite —a veces como comedia y otras como tragedia—, una serie de acontecimientos que recuerdan a lo sucedido en los mismos años del siglo XX. Simplificando mucho, por supuesto, ahí van algunos ejemplos.
Entre 1918 y 1920 tuvo lugar una pandemia global, conocida como gripe española, por razones que nada tienen que ver con el origen del virus, localizado en campamentos militares estadounidenses donde se concentraban las tropas que iban a combatir a Europa y de donde, de hecho, salieron, a pesar de que el gobierno norteamericano era perfectamente consciente del riesgo de expansión de la enfermedad. El número de muertos, con todas las reservas —porque los sistemas de recuento tampoco entonces afinaban mucho—, pudo situarse entre 50 y 100 millones.
sábado, 1 de enero de 2022
El invierno de la energía
La crisis energética, discretamente omnipresente desde hace años, era sobre todo la crisis del petróleo. Es verdad que había y hay otras fuentes de energía primaria, incluso algunas parcialmente renovables, pero el petróleo tiene unas ventajas que lo hacen, en la práctica, insustituible. En cualquier caso, la gente, en general, no habla demasiado de crisis energética por la sencilla razón de que aún no la percibe como amenaza.
viernes, 24 de diciembre de 2021
Otoño (aún)
Alguien ha puesto la televisión —o el móvil— y me llega el sonido de la transmisión en directo de la sesión de control al Gobierno, en el Congreso, mientras empiezo —tarde, como siempre— a escribir mi pequeña colaboración mensual.
Supongo que, en las circunstancias actuales —inflación, COVID…—, algo así debería tener cierto interés para la gente, pero, después de unos minutos, ya resulta evidente que las preguntas no se formulan porque quienes preguntan tengan algún interés en las respuestas, y que las respuestas no tienen como objeto sacar de dudas a quienes preguntan. Se trata, simplemente, de ponerse a caldo unos a otros o de lanzarse flores, según el color del que pregunta, con más o menos —casi siempre menos— gracia o ingenio.
domingo, 24 de octubre de 2021
Otoño (ahora sí)
En la portada de un periódico nacional, generalmente alineado contra la política del actual gobierno, aparecía esta mañana, de forma resumida, un barómetro con la posición de los entrevistados sobre cuestiones clave de la actualidad.
Parece ser que los españoles están a favor de la extradición de Carles Puigdemont; bastante disgustados con el aumento del precio de la energía eléctrica, eufemísticamente conocida como «la luz»; preocupados por la aparente deriva comunista del gobierno, y por una situación política y económica que consideran mala sin paliativos.
Por otra parte, una mayoría bastante significativa —el 81 %— está en contra de eliminar las mascarillas en interiores y, eventualmente, dispuesta a asumir nuevas restricciones si el número de contagiados —es decir, de PCR realizados— volviera a aumentar.
A mí este gobierno, la verdad, no me entusiasma demasiado, y las protestas socialdemócratas del presidente, Pedro Sánchez, en una especie de simposio de cargos de su partido celebrado este fin de semana, me parecen, aun suponiendo que la socialdemocracia fuera todavía un valor en alza, poco más que un brindis al sol.
viernes, 20 de agosto de 2021
Diálogos para besugos IV. Pidiendo hora.
- Buenos días
- Espere, aún es pronto.
- Venía a pedir hora para una consulta.
- ¿A pedir hora? Aquí hay que venir con la hora pedida.
- Pero…
- Si no tiene hora no puedo atenderla. Lea, lea las instrucciones en aquel panel.
- Precisamente quiero pedir hora para que me atiendan.
- Ya, pero eso es después. ¿Tiene usted hora?
- Las diez y cuarto.
- Me refiero a si le han dado a usted hora para ser atendida en esta oficina.
- No, aún no. Ya le he dicho que he venido a pedirla
- Hay que tener hora para venir aquí a pedir hora. Pero la gente hace lo que le da la gana y así va este país. Tiene usted a su disposición un número de teléfono y una página web, aunque hoy, por lo visto, la página no funciona.
jueves, 8 de abril de 2021
Pues pasa que
miércoles, 7 de abril de 2021
Wirtschaftlichkeit, Versorgungssicherheit und Umweltverträglichkeit (2)
miércoles, 10 de marzo de 2021
Breve historia de los primeros tiempos de la informática institucional en España. El caso del centro de la UNED de Barbastro
La historia de
la informática en el Centro de la UNED en Barbastro comienza en un tiempo que
hoy resulta difícil imaginar. Cuando el centro se creó en 1983, la informática
administrativa era prácticamente inexistente en la red de centros de la
Universidad Nacional de Educación a Distancia. La gestión académica descansaba
en procedimientos manuales y en un sistema centralizado de tratamiento de datos
en Madrid. Las matrículas se realizaban en los centros, pero la documentación
en papel se enviaba después para su procesamiento diferido. Los listados no
regresaban hasta meses más tarde, a veces ya en primavera, cuando muchas
decisiones organizativas debían haberse tomado con anterioridad.
Ese modelo no
era una anomalía, sino la lógica de la época. La informática era cara, escasa
y, sobre todo, centralizada. La periferia ejecutaba; el centro procesaba. Lo
relevante, sin embargo, es que la ruptura de ese esquema no vino de una
decisión estratégica, sino de algo mucho más modesto.
lunes, 23 de noviembre de 2020
Y llegó la vacuna... ¿o no?
Muchos de los que se aventuraron a opinar sobre la evolución del COVID-19, a la vista de sus primeras manifestaciones, han tenido que rectificar y acomodarse, con mejor o peor grado, a las directrices de la Organización Mundial de la Salud que, hay que reconocerlo, no han variado mucho desde que decidieron que nos enfrentábamos a una pandemia global que requería medidas excepcionales.
Aunque esté feo citarse a uno mismo, no tengo más remedio que reconocer que mi primera impresión, publicada aquí mismo en el mes de marzo o abril, fue que esto iba a durar poco, salvo que hubiera alguien interesado en mantenerlo, añadía para curarme en salud. Evidentemente, no estuve muy acertado.
viernes, 18 de septiembre de 2020
Los cañones de Agosto
He aprovechado la primera quincena del mes de agosto para releer algunos libros y, entre ellos, como no, Los cañones de Agosto, de Barbara W. Tuchman: una apasionante historia de los 31 días de agosto de 1914 que desataron una tormenta de fuego y muerte en la Europa de la segunda década del siglo XX.
Una tormenta que se llevó por delante a toda una generación acabó con los grandes imperios europeos, elevó a Estados Unidos a la categoría de potencia hegemónica —que aún mantiene— y preparó las condiciones que, junto con la crisis de 1929, hicieron posible y de hecho inevitable la segunda y hasta ahora última guerra mundial.
Por el libro, que ganó el premio Pulitzer de no ficción en 1963, desfila una curiosa galería de personajes: el káiser Guillermo II, el presidente francés Raymond Poincaré, el general inglés y ministro de la Guerra Herbert Kitchener, el rey Alberto I de Bélgica, junto a generales alemanes, belgas, franceses e ingleses. Personajes que se mueven como los que describía Jacinto Benavente en el prólogo de Los intereses creados, pendientes de hilos que creen invisibles y que fatalmente los conducen —a ellos, a sus coetáneos y a la tierra que pisan— a la ruina, la muerte y la destrucción.
martes, 14 de abril de 2020
Presentación de AVEX
Consejera, Rector; amigas y amigos de los medios de comunicación; alumnos y profesores de la UNED.
La UNED está sólidamente implantada en Aragón desde los años ochenta. Contamos con tres centros: Calatayud, con 4.084 alumnos y extensiones en Caspe y Ejea de los Caballeros; Barbastro, con 1.279 alumnos y extensiones en Fraga y Sabiñánigo; y Teruel, con 315 alumnos.
Estos centros realizan una labor esencial de vertebración territorial y, junto con el resto de la UNED, contribuyen también a la cohesión nacional.
Dentro de esta red, el Centro de Barbastro tiene un perfil particular: es uno de los centros denominados tecnológicos. Desde muy temprano —ya desde su creación en 1983— ha participado en numerosos procesos de innovación en nuestra Universidad. Aquí se organizaron las primeras jornadas de informática aplicada a la educación celebradas en España, en 1984, y el primer congreso de telemática, en 1987. Y aquí se desarrollaron, entre otras iniciativas, la primera base de datos de alumnos de la UNED, aplicaciones pioneras de librería, biblioteca y gestión académica, la primera aplicación de matrícula, la primera de gestión presupuestaria y la valija virtual que coordina los exámenes presenciales simultáneos en todos los centros.
viernes, 28 de febrero de 2020
Vamos a morir todos
Me disponía a escribir, con algo de retraso, por cierto, mi artículo mensual para El Cruzado cuando he oído la última noticia sobre el coronavirus. Según parece, ya tenemos un afectado en España —bueno, en Cataluña, que, por el momento y a pesar de las idas y venidas de los sucesivos gobiernos, sigue siendo parte de España—
Yo no sé qué es exactamente lo que hay detrás de esta epidemia o lo que sea, pero, sea lo que sea lo que hay, es casi seguro que no nos enteraremos.
lunes, 27 de enero de 2020
El pin parental
Hace unos días tuve ocasión de ver en un cine —que es, por cierto, donde mejor se ve el cine— una película de 2019 que ha pasado casi desapercibida por las carteleras españolas. De hecho, en el cine donde la vi —uno de esos multicines de Zaragoza que ocupan, con veinte o treinta salas pequeñas y casi inaccesibles para personas con problemas de movilidad, el espacio de aquellos impresionantes cines de dos mil butacas, como el Palafox o el Cervantes— la ponían en una sala pequeña y acudió un número muy reducido de espectadores.
La película en cuestión es Dark Waters (Aguas oscuras), del director, para mí desconocido hasta ahora, Todd Haynes. La trama, por demás previsible, es el conflicto real iniciado a finales de los años noventa del pasado siglo por un ganadero de Virginia Occidental, que ve cómo sus vacas enloquecen y mueren tras la ubicación, en las proximidades de su granja, del vertedero de una gran empresa química.
viernes, 20 de diciembre de 2019
El tiempo que viene
En relación con los efectos del cambio climático —en cuyo nombre ha perdido un montón de días un montón de gente en una reciente conferencia en Madrid, que al final se ha saldado con el acuerdo de tomarse la cosa más en serio a partir del año que viene— hay, como en tantas otras cuestiones, una notable disparidad de criterios entre la izquierda y la derecha del espectro político, si es que esos términos significan hoy algo más que la disposición a votar cualquier cosa que lleve la etiqueta correspondiente.
viernes, 22 de noviembre de 2019
Barcelona
Barcelona es una de las ciudades fetiche de mi infancia. Estuve varias veces en el Hospital San Juan de Dios, en la Diagonal, y mis padres tenían allí familia y amigos, así que íbamos con cierta frecuencia.
También pasé algunas vacaciones en una vieja fábrica de cartón, entonces casi la única industria de San Juan Despi, en la carretera que unía esta ciudad con San Feliu de Llobregat. Debía de ser uno de los pocos sitios en España donde se podían encontrar, listas para convertirse en pulpa, las revistas y periódicos franceses o alemanes que en los quioscos de las Ramblas estaban prohibidos.
lunes, 14 de octubre de 2019
Fundido en gris
La generación que está saliendo ahora del escenario —la mía— estaba en la universidad o empezando a trabajar cuando murió Francisco Franco, y había crecido sin Internet, teléfonos móviles o cualquier cosa remotamente parecida a un computador. En 1975 ya existían grandes computadores, prácticamente inútiles en la escala de la tecnología actual, pero aún faltaba algún tiempo para que IBM presentara su computador personal (PC) en 1981, y mucho más para la aparición del primer teléfono inteligente (iPhone, 2007).
lunes, 15 de julio de 2019
A Joaquín Coll
domingo, 16 de junio de 2019
Olduvai

Un apagón a gran escala ha dejado sin electricidad, en distintos grados, a Argentina, Uruguay, Brasil y Chile. Aunque las causas exactas aún no se conocen, todo indica que podría tratarse de una consecuencia directa del deterioro progresivo de una red de transmisión eléctrica compleja, descentralizada y envejecida.
Mientras tanto, al otro lado del planeta, el estrecho de Ormuz —por donde transita cerca del 30 % del petróleo mundial— se ha convertido en un polvorín geopolítico, con Estados Unidos en un extremo y la República Islámica de Iran en el otro.
miércoles, 1 de mayo de 2019
Emergencia
martes, 2 de abril de 2019
Superpoblación y espacios vacíos
domingo, 17 de marzo de 2019
Nos quedamos sin máquina del tiempo
miércoles, 6 de marzo de 2019
Una excursión a la montaña (II)
Con la linterna que aún tenía pilas dimos una vuelta
completa al edificio, probando las ventanas y puertas que de tanto en tanto
interrumpían la mampostería y la piedra de la pared. Todas estaban cerradas y, salvo la puerta principal, probablemente aseguradas desde dentro con alguna forma de travesaño. Nada que pudiéramos forzar fácilmente en el supuesto de que nos
atreviéramos a intentarlo. En la segunda vuelta, con la linterna apuntando a
media altura localizamos una ventana pequeña que parecía practicable.
Juan, el deportista, se ofreció a intentarlo si le ayudábamos a llegar hasta
ella. Con las manos ya totalmente entumecidas hicimos Julián, Andrés y yo una
especie de parihuela desde la que Juan pudo alcanzar el ventanuco y separar la
contraventana de madera que lo protegía. Hay un cristal, nos dijo, que podría romper y abrir la
ventana. Julián se puso a temblar ostensiblemente. Su mentalidad revolucionaria
de guerrillero urbano aficionado no estaba preparada para asimilar el asalto
nocturno a un cuartel de la guardia civil, pero no dijo nada. O, mejor dicho,
dijo que tenía frío y que cuanto antes saliéramos de allí mejor.
Mientras tanto y sin esperar más opiniones, Juan rompió el cristal con la culata de la linterna y abrió la ventana. Esperad ahí, nos dijo,
antes de meterse dentro. Al cabo de un momento abrió desde dentro una de las
ventanas por la que, tras alguna duda que el frío cada vez más cortante despejó
enseguida, entramos nosotros y nuestras mochilas.
Una vez dentro y después de cerrar como pudimos el ventanuco
por el que había entrado Juan y la ventana por la que habíamos entrado los
demás, nos reunimos en una sala grande para analizar la situación. El frío
dentro era también considerable y la oscuridad, apenas mitigada por una de las
linternas, era abrumadora, pero al menos estábamos secos. No sé si os dais
cuenta de que acabamos de forzar la entrada de un cuartel de la guardia civil. Hasta es posible que haya armas en algún sitio, dijo Julián. Lo dijo sin
aspavientos y sin otro interés aparente que el de hacer constar un hecho, pero
todos teníamos la imaginación suficiente para considerar las posibles salidas
de aquella situación. Lo hecho, hecho está, dijo Andrés. Ahora lo importante es
no complicar las cosas más de lo que están. Por el momento solo hemos roto el
cristal de una ventana así que vamos a andar con mucho cuidado.
La sala tenía, en el centro, una de aquellas chimeneas de la
montaña y en uno de los lados había un montón de leña. ¿Alguien lleva fuego?,
dije yo. Casi todos llevaban; por aquel entonces, no fumar era una rareza, y pronto surgieron varias cajas de cerillas y algún mechero. Julián, que estaba
exhibiendo un curioso sentido del humor, hizo notar que probablemente el fuego
se vería desde el exterior y que ya puestos podíamos izar la bandera. Quizá así
crean que somos de los suyos. Estábamos mojados y congelados así que el fuego
parecía la única opción razonable para pasar la noche. El fuego, una vez encendido en el centro de
la sala y bajo la chimenea, provocó una ostensible mejora del humor del grupo. Por fin aquello
empezaba a parecerse a nuestras excursiones domingueras. Nos sentamos en
círculo y sacamos alguna de las latas que habíamos traído. Había una de
garbanzos cocidos que calentamos y repartimos. Fue una cena estupenda, pero
convinimos en que, si habíamos de seguir la marcha, las latas que sobrecargaban
nuestras mochilas tendrían que quedarse en el cuartel. Sería nuestra
compensación por el ventanuco roto y la leña quemada. También convinimos en que
lo más prudente sería abandonar el cuartel antes del amanecer, aunque nadie
parecía saber a qué hora ocurriría eso.
Alguien, creo que Juan, preguntó si debíamos buscar un sitio
para dormir. Juan estaba enamorado o eso parecía, de Rosa y probablemente
estaba evaluando las posibilidades de la situación, pero Rosa resolvió la duda
inmediatamente. Aquí mismo, todos juntos y en los sacos de dormir, dijo.
Pero después de secarnos un poco, añadió, o acabaremos con una pulmonía.
Dejamos pasar una hora de charla alrededor del fuego, a
pesar del agotamiento que llevábamos encima, para permitir que la ropa se
secara. Incluso cantamos alguna de aquellas canciones de Víctor Jara o
Quilapayún que estaban de moda. Localizamos un baño allí cerca con agua
corriente, al que fuimos por turnos y sacamos los sacos de dormir. Echamos algo
más de leña y caímos rendidos sobre el suelo de madera con las mochilas como
improvisada almohada. No recuerdo haber dormido tan bien en mi vida. El
amanecer, que debía estar a pocas horas, parecía muy lejano mientras se me
cerraban los ojos.
Cuando me desperté ya había alguien en el baño y había algo
de luz que parecía venir del piso de arriba, ya que las ventanas del espacio
que ocupábamos estaban herméticamente cerradas y apenas dejaban pasar algún
hilo de luz aquí y allá. Julián estaba sentado mirando los restos del fuego de
la noche anterior y Juan y Andrés estaban aún dentro de los sacos, pero ya
despiertos. Las chicas probablemente estaban en el baño. Tendríamos que apagar el fuego y salir
de aquí cuanto antes, dijo Julián. A estas horas
el humo ya se verá desde lejos. El fuego estaba casi extinguido, pero aún producía
algo de humo así que Julián no esperó a que siguiéramos sus consejos y lo apagó
del todo echando arena de un cubo que debía estar allí precisamente para eso. Andrés dijo
que podíamos haber calentado un poco de agua para tomar un café hecho con el
contenido de unos sobrecitos que milagrosamente alguien se había acordado de
poner en la mochila. Haremos un fuego fuera, dijo Julián y los demás le
secundamos.
Después de pasar todos por el baño y dejar en el centro de
la habitación las latas que habíamos traído de Zaragoza y que pesaban lo suyo, salimos
por la ventana que habíamos utilizado para entrar por la noche. Subir al
ventanuco sin ayuda no era una opción así que el plan inicial, que Juan cerrara
la ventana y saliera luego por donde había entrado, quedó descartado. Hicimos
lo que pudimos, que no fue mucho, para cerrar la ventana desde fuera y volvimos
al camino con idea de buscar una borda o algo similar donde poder hacer un
fuego sin riesgo y tomar un café y unas galletas que también llevábamos.
En el pueblo, dijo Susana, habrá un bar. Podremos tomar un
café y desayunar. Sí, dijo Julián, y saludar al guardia. A ver qué le decimos cuando nos pregunte dónde hemos pasado la noche… Bueno, yo contaría exactamente lo que ha pasado, dijo Rosa. Tú puedes,
pero yo no, cortó Julián. Estarían encantados de tener algo contra mí, y nada
menos que el asalto a un cuartel. Este último argumento nos convenció. Diríamos,
si alguien nos preguntaba, que habíamos pasado la noche en una borda cercana a
la carretera que no vimos la noche anterior y que ahora, con la luz del día, se veía perfectamente. La
opción de volver y dar la expedición por fracasada ya era claramente mayoritaria. Sólo Juan se mostraba un tanto disgustado por el temprano final y con
ganas de seguir adelante, pero los demás ya lo teníamos claro. Después de todo,
dijo Andrés, siempre podemos volver con mejor equipo y preparación. Algunos asentimos,
pero la falta de entusiasmo por la propuesta era evidente. Rosa y Susana no
dijeron nada, pero fueron las primeras en echarse las mochilas a la espalda y
emprender el camino del pueblo. Los demás las seguimos sin rechistar.
Finalmente, no entramos en Siresa. Dos kilómetros más al sur
estaba el pueblo de Hecho, algo más grande, donde no tuvimos que dar ninguna explicación y encontramos un
magnífico bar abierto. El desayuno en el bar nos devolvió al ambiente excursionista durante un rato y a las 12 tomamos el autobús hasta Huesca y Zaragoza. Después de todo no había
estado tan mal y yo tenía dos días más para preparar el examen del lunes. Ya encontraríamos alguna forma épica de explicar por qué habíamos vuelto tan pronto.
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