En los primeros años de este siglo XXI están ocurriendo, para dar la razón a quienes sostienen que la historia se repite —a veces como comedia y otras como tragedia—, una serie de acontecimientos que recuerdan a lo sucedido en los mismos años del siglo XX. Simplificando mucho, por supuesto, ahí van algunos ejemplos.
Entre 1918 y 1920 tuvo lugar una pandemia global, conocida como gripe española, por razones que nada tienen que ver con el origen del virus, localizado en campamentos militares estadounidenses donde se concentraban las tropas que iban a combatir a Europa y de donde, de hecho, salieron, a pesar de que el gobierno norteamericano era perfectamente consciente del riesgo de expansión de la enfermedad. El número de muertos, con todas las reservas —porque los sistemas de recuento tampoco entonces afinaban mucho—, pudo situarse entre 50 y 100 millones.
En febrero de 2020 se detectó en China lo que ha terminado siendo otra pandemia, también de alcance global y aparentemente mucho menos letal que la de 1918, aunque ha disfrutado de una atención mediática que la primera, debido a la censura de guerra, no tuvo, y de unas vacunas que entonces no existían y que, por lo visto, solo funcionan plenamente cuando se ha vacunado a toda la población mundial.
En 1917, en el cuarto año de la Gran Guerra, estalló en Rusia una revolución, seguida de una guerra civil y de la victoria, en 1923, de los bolcheviques, que implantaron el primer régimen comunista del mundo y crearon, junto con otras cuatro repúblicas, la Unión Soviética. Tras más de setenta años de discutible gestión económica y social, el Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS) se descompuso a finales del siglo XX, dando lugar a la desmembración de la Unión.
En 2020, el presidente de Rusia, Vladimir Putin, antiguo miembro del aparato comunista y de su policía política, ha iniciado una serie de movimientos diplomáticos y militares que, visto el precedente de la desmembración de Ucrania con la anexión de Crimea y sus propias declaraciones, parecen dirigidos a restaurar, a cualquier precio —incluso por las buenas si no hubiera más remedio—, el antiguo espacio soviético.
Entre 1921 y 1923 se produjo en Alemania, entonces una república democrática, un fenómeno monetario conocido como hiperinflación, que arruinó a su clase media, dio al traste con las escasas posibilidades de supervivencia que tenía la República de Weimar y la arrojó, de hecho, en manos de Adolf Hitler, un insensato que condujo a Europa y al mundo a la segunda y más destructiva de las guerras habidas hasta entonces.
En 2020 y 2021, la subida del precio de la energía amenaza con elevar la inflación más allá de lo deseable. Inflación hasta ahora contenida mediante las políticas contracíclicas del Banco Central Europeo, formal y estatutariamente comprometido con la ortodoxia monetaria y la estabilidad de precios. De momento, España, con un 6,5 % a final de año, es uno de los países de Europa con mayor tasa de inflación anual.
Esperemos que la ministra de Hacienda, que lleva tiempo organizando una reforma fiscal cuyo objetivo declarado es aumentar la recaudación, nos explique qué política monetaria cabe aplicar en un entorno de tipos de interés cero o negativos, aparte de mantenernos a todos trabajando hasta los noventa años para sostener un Estado insostenible. Además, y puesto que no tiene competencias en política monetaria, las tonterías que diga también le saldrán gratis.
En 1914 y 1939 estallaron las dos guerras mundiales y, en 1936, un golpe militar fracasado —precedido en 1934 por la declaración del Estado Catalán— llevó a España a una guerra civil que liquidó la Segunda República y la democracia durante cuarenta años. Afortunadamente, aún no hay contrapartida para eso en este siglo, pero los exportadores de carbón, petróleo, gas natural, uranio o materiales para la fabricación de coches eléctricos están cerrando el grifo al exterior y dedicando sus reservas a atender sus propias necesidades, lo que, junto a las veleidades expansionistas de Rusia y la voracidad china, puede derivar fácilmente en un casus belli de manual.
Seguimos, en todo caso, al borde del inevitable colapso sistémico, pero puede que la extraordinaria resiliencia del sistema y los planes de quienes saben lo que pasa y por qué —que no parecen tener mucho que ver con los que salen por televisión exhibiendo sus trifulcas de patio de colegio— nos sorprendan con una nueva prórroga.
(Enviado a ECA, 21/01/2022)