He aprovechado la primera quincena del mes de agosto para releer algunos libros y, entre ellos, como no, Los cañones de Agosto, de Barbara W. Tuchman: una apasionante historia de los 31 días de agosto de 1914 que desataron una tormenta de fuego y muerte en la Europa de la segunda década del siglo XX.
Una tormenta que se llevó por delante a toda una generación acabó con los grandes imperios europeos, elevó a Estados Unidos a la categoría de potencia hegemónica —que aún mantiene— y preparó las condiciones que, junto con la crisis de 1929, hicieron posible y de hecho inevitable la segunda y hasta ahora última guerra mundial.
Por el libro, que ganó el premio Pulitzer de no ficción en 1963, desfila una curiosa galería de personajes: el káiser Guillermo II, el presidente francés Raymond Poincaré, el general inglés y ministro de la Guerra Herbert Kitchener, el rey Alberto I de Bélgica, junto a generales alemanes, belgas, franceses e ingleses. Personajes que se mueven como los que describía Jacinto Benavente en el prólogo de Los intereses creados, pendientes de hilos que creen invisibles y que fatalmente los conducen —a ellos, a sus coetáneos y a la tierra que pisan— a la ruina, la muerte y la destrucción.
Una guerra que no tenía que haber empezado y que, una vez iniciada, debía haberse resuelto en un par de meses, duró cuatro largos años. En ellos, la acumulación de dislates, decisiones estúpidas —o directamente criminales— y el desprecio por la vida humana pueden atribuirse a ambos bandos por igual, poniendo de manifiesto, una vez más, que el ser humano carece, sobre todo en tiempos de crisis, de la inteligencia necesaria para sobreponerse a su instinto de supervivencia propia y destrucción —ya sea física o política— de sus oponentes.
Para el ciudadano medio —que en la Europa de principios del siglo XX ya no era un campesino atrasado sometido a los caprichos de los señores feudales, sino, en países como Inglaterra y Francia, miembro de una sociedad democrática que elegía, en teoría, a sus líderes entre los más capacitados de su clase política— solo cabía marchar, entonando canciones de guerra, hacia las trincheras para volver, si volvía, muerto o mutilado por la metralla y el gas mostaza, o marcado para siempre por unas condiciones de vida que pocos podían soportar.
No cabe responsabilizar a unos más que a otros. Europa quería la guerra en 1914 y la tuvo. En 1939 ya no la quería tanto, pero también la tuvo.
No todos los que tomaron decisiones en aquellos tiempos eran criminales o necios, pero muy pocos entendían realmente lo que estaba pasando o eran capaces de prever las consecuencias de sus actos. Entre todos —también los que cantaban camino del frente o los que participaban en los pelotones de fusilamiento de quienes no cantaban con suficiente entusiasmo— llevaron al mundo a un desastre sin precedentes.
Uno quiere creer que estas cosas no pueden pasar ahora, pero, con cada telediario, le cuesta más.