viernes, 18 de septiembre de 2020

Los cañones de Agosto

He aprovechado la primera quincena del mes de agosto para releer algunos libros y, entre ellos, como no, Los cañones de Agosto, de Barbara W. Tuchman: una apasionante historia de los 31 días de agosto de 1914 que desataron una tormenta de fuego y muerte en la Europa de la segunda década del siglo XX.

Una tormenta que se llevó por delante a toda una generación, acabó con los grandes imperios europeos, elevó a Estados Unidos a la categoría de potencia hegemónica —que aún mantiene— y preparó las condiciones que, junto con la crisis de 1929, hicieron posible y, en la práctica, inevitable la segunda y, hasta ahora, última guerra mundial.

Por el libro, que ganó el premio Pulitzer de no ficción en 1963, desfila una curiosa galería de personajes: el káiser Guillermo II, el presidente francés Raymond Poincaré, el general inglés y ministro de la Guerra Herbert Kitchener, el rey Alberto I de Bélgica, junto a generales alemanes, belgas, franceses e ingleses. Personajes que se mueven como los que describía Jacinto Benavente en el prólogo de Los intereses creados, pendientes de hilos que creen invisibles y que fatalmente los conducen —a ellos, a sus coetáneos y a la tierra que pisan— a la ruina, la muerte y la destrucción.

Una guerra que no tenía que haber empezado y que, una vez iniciada, debía haberse resuelto en un par de meses, duró cuatro largos años. En ellos, la acumulación de dislates, decisiones estúpidas —o directamente criminales— y el desprecio por la vida humana pueden atribuirse a ambos bandos por igual, poniendo de manifiesto, una vez más, que el ser humano carece, sobre todo en tiempos de crisis, de la inteligencia necesaria para sobreponerse a su instinto de supervivencia propia y destrucción —ya sea física o política— de sus oponentes.

Para el ciudadano medio —que en la Europa de principios del siglo XX ya no era un campesino atrasado sometido a los caprichos de los señores feudales, sino, en países como Inglaterra y Francia, miembro de una sociedad democrática que elegía, en teoría, a sus líderes entre los más capacitados de su clase política— solo cabía marchar, entonando canciones de guerra, hacia las trincheras para volver, si volvía, muerto o mutilado por la metralla y el gas mostaza, o marcado para siempre por unas condiciones de vida que pocos podían soportar.

No cabe responsabilizar a unos más que a otros. Europa quería la guerra en 1914 y la tuvo. En 1939 ya no la quería tanto, pero también la tuvo.

No todos los que tomaron decisiones en aquellos tiempos eran criminales o necios, pero muy pocos entendían realmente lo que estaba pasando o eran capaces de prever las consecuencias de sus actos. Entre todos —también los que cantaban camino del frente o los que participaban en los pelotones de fusilamiento de quienes no cantaban con suficiente entusiasmo— llevaron al mundo a un desastre sin precedentes.

Uno quiere creer que estas cosas no pueden pasar ahora, pero, con cada telediario, le cuesta más.