La historia de
la informática en el Centro de la UNED en Barbastro comienza en un tiempo que
hoy resulta difícil imaginar. Cuando el centro se creó, en 1983, la informática
administrativa era prácticamente inexistente en la red de centros de la
Universidad Nacional de Educación a Distancia. La gestión académica descansaba
en procedimientos manuales y en un sistema centralizado de tratamiento de datos
en Madrid. Las matrículas se realizaban en los centros, pero la documentación
en papel se enviaba después para su procesamiento diferido. Los listados no
regresaban hasta meses más tarde, a veces ya en primavera, cuando muchas
decisiones organizativas debían haberse tomado con anterioridad.
Ese modelo no
era una anomalía, sino la lógica de la época. La informática era cara, escasa
y, sobre todo, centralizada. La periferia ejecutaba; el centro procesaba. Lo
relevante, sin embargo, es que la ruptura de ese esquema no vino de una
decisión estratégica, sino de algo mucho más modesto.
La introducción de la informática en Barbastro no fue el resultado de un plan institucional, sino de una iniciativa individual. El primer ordenador utilizado en el centro fue un HP-87 que había en mi casa y que aún conservo. Aquel equipo, limitado incluso para su tiempo, permitió abordar tareas muy concretas. La primera aplicación fue una base de datos de estudiantes, poco más que un fichero secuencial escrito en BASIC, que servía para almacenar direcciones, datos de matrícula y generar etiquetas de correo bajo demanda. Puede parecer una mejora menor, pero en una universidad que dependía del correo postal, esa pequeña innovación alteraba considerablemente la organización cotidiana del trabajo.
Lo importante
no fue la herramienta, sino el cambio de lógica que introducía. Ya en el primer
año se procesaron localmente los datos de matrícula. Por primera vez, un centro
disponía de información inmediata sobre sus propios estudiantes. Frente a los
meses de espera del sistema centralizado, aquella inmediatez tenía
consecuencias prácticas evidentes, pero también cuestionaba uno de los
fundamentos mismos del modelo.
A partir de
1984, el centro organizó durante varios años unas jornadas de informática en la
enseñanza que reunieron a profesores, técnicos y responsables académicos
interesados en las posibilidades de las nuevas herramientas. En un momento en
que el acceso a la información era limitado y la informática avanzaba a gran
velocidad, aquellas jornadas funcionaron como un espacio de intercambio y
actualización. Más allá de su dimensión formativa, actuaron como un catalizador
que aceleró la incorporación de la informática en el propio centro y en otros
ámbitos de la educación en España.
Desde entonces,
el desarrollo fue acumulativo. Los programas en BASIC dieron paso a
aplicaciones basadas en dBase II sobre CP/M, capaces de manejar mayor volumen
de información. Más tarde, la adopción de ordenadores compatibles con IBM PC y
del entorno MS-DOS permitió utilizar herramientas más avanzadas, como xBase y
Clipper. Con ellas se completó un sistema integrado que abarcaba casi toda la
gestión del centro: matrícula, tutores, biblioteca, librería y contabilidad.
La implantación
de redes locales mediante Novell NetWare marcó un punto de inflexión. La
informática dejó de ser un recurso individual para convertirse en
infraestructura compartida. Lo que había comenzado como una solución artesanal
pasó a organizar de forma sistemática el funcionamiento del centro. En ese
momento, la innovación ya no era puntual: se había convertido en estructura.
Fue entonces
cuando el centro empezó a llamar la atención de la institución. Durante años,
la difusión de estas herramientas se produjo de manera informal, a través de
visitas y demostraciones. Finalmente, el vicerrectorado de centros de la UNED
impulsó un programa de informatización de los centros asociados, gestionado
desde Barbastro y que incorporaba, en buena medida, soluciones desarrolladas
por nosotros.
Ese tránsito no
es trivial. La innovación nace en la periferia porque allí los problemas son
inmediatos y las soluciones no pueden esperar. Pero cuando esas soluciones
demuestran su eficacia, tienden a ser absorbidas por la estructura central, que
las estandariza, las escala y las convierte en norma. Es un proceso casi
inevitable y no necesariamente negativo: la institucionalización también es una
forma de permanencia.
Donde esta
evolución se hizo más visible fue en el sistema de exámenes. Durante décadas,
la evaluación se había basado en una logística compleja sustentada en el
transporte físico de pruebas. Los exámenes viajaban desde Madrid en sobres
agrupados en valijas, se distribuían manualmente en los centros y regresaban
después para su corrección. Era un sistema eficaz en un contexto de menor
escala, pero cada vez más difícil de sostener a medida que la universidad
crecía.
La primera
respuesta fue operativa: desarrollar herramientas que permitieran organizar
mejor a los estudiantes antes de entrar en las aulas. Pero pronto se planteó
una cuestión más radical: si ya era posible manejar la información de manera
digital, ¿era necesario seguir transportando físicamente los exámenes? De esa
pregunta surgió, a finales de los años noventa, la Valija Virtual. Los exámenes
comenzaron a distribuirse electrónicamente, a digitalizarse tras su realización
y a enviarse directamente a los profesores para su corrección.
La resistencia
inicial era previsible. La desaparición del soporte físico generaba
desconfianza. Sin embargo, el sistema terminó imponiéndose por la fuerza de los
hechos, respaldado por los equipos rectorales y por la evidencia de sus
ventajas operativas. En pocos años, la Valija Virtual dejó de ser una
innovación para convertirse en un elemento estructural de la UNED.
Mientras tanto,
Akademos, un programa para la gestión de tutorías desarrollado íntegramente en Barbastro
se convirtió en el estándar de facto de la universidad para organizar la
relación entre alumnos y tutores y gestionar la matrícula en los centros
asociados. Era un sistema que habría podido evolucionar hacia una plataforma de
gestión docente concebida desde dentro, con conocimiento real del modelo UNED.
Sin embargo, la
universidad optó por implantar, en paralelo, una solución externa de pago de
entre las diseñadas para universidades presenciales convencionales. Esa
plataforma intenta gestionar la relación académica entre profesores y alumnos
desde la sede central, pero lo hace con un modelo que no contempla la figura
del tutor como elemento estructural.
La decisión no
fue arbitraria. Desde la lógica institucional, había razones comprensibles para
no escalar un sistema desarrollado en un centro periférico cuya actividad no
era bien vista por toda la universidad. Por un lado, la prudencia aconseja no
concentrar funciones críticas en una única solución. Por otro, la UNED ha
tendido históricamente a identificar la docencia con la actividad de sus
equipos docentes en la sede central, considerando las tutorías como un elemento
secundario. Desde esa perspectiva, parecía razonable que las herramientas que
articulan la relación académica principal dependieran directamente de la
estructura central.
El resultado,
sin embargo, es la coexistencia de dos sistemas que responden a lógicas
distintas: uno, desarrollado en Barbastro y adaptado al funcionamiento real de
los centros; otro, externo y orientado a la relación académica central,
construido sobre un modelo que no incorpora adecuadamente la estructura
descentralizada de la UNED.
La diferencia
respecto a los casos anteriores es significativa. La Valija Virtual y otras
herramientas nacieron en Barbastro antes de que se hubiera propuesto una
alternativa institucional; aquí, en cambio, la necesidad fue reconocida por la
propia universidad, que decidió buscar fuera sin dar una oportunidad a lo que
ya funcionaba dentro.
Muchos centros tenían
un servicio de librería destinado a suministrar a los alumnos el material
didáctico necesario para sus estudios. El nuestro funcionaba razonablemente
bien, con una aplicación que habíamos hecho aprovechando las primeras bases de
datos. Con la eclosión de Internet se nos ocurrió intentar la venta a través de
una página Web, una idea que por entonces aún resultaba bastante novedosa y que
tuvo un éxito discreto, al menos hasta que conseguimos que la UNED pusiera el
enlace a nuestra librería en su página principal, cosa que disparó las ventas
muy por encima de lo que podíamos esperar.
Aquello, claro,
no podía durar y no duró. Ni a la sede central ni al resto de los centros les pareció
aceptable la idea de que Barbastro tuviera una librería en Internet patrocinada
por la Universidad —pues eso es lo que suponía el enlace en la página de la
UNED— así que pronto desapareció el enlace y se convocó un concurso para
otorgar al que lo ganara y a cambio de una compensación económica, cuyo montante
era una de las bases del concurso, el privilegio de ser la ‘librería virtual de
la UNED’.
Nos presentamos
al concurso y perdimos. Ganó una empresa con unos méritos que al principio
pasaron desapercibidos para todo el mundo salvo para los que resolvieron el
concurso. Y así, desapercibidos, siguieron durante los cuatro años que duró el
intento, al cabo de los cuales la Universidad tuvo que cancelar la adjudicación
y dirigirse al centro de Barbastro para que se hiciera cargo de la librería, a
cambio del 50% de los beneficios netos. Desde entonces funcionó, y sigue
funcionando, sin ningún problema.
AvEx,
uno de los hitos de mi última etapa al frente del centro, fue en su origen una
solución de emergencia: la respuesta a la imposibilidad de realizar exámenes
presenciales durante la pandemia. Fue desarrollada por técnicos del centro de Barbastro
en apenas tres meses, acogida primero con suspicacia y luego con resignación
por parte de los servicios informáticos centrales, y terminó gestionando los
exámenes de los años del confinamiento, no solo en la UNED sino en otras muchas
instituciones, entre las que destacó el Ministerio de Justicia para las pruebas
de acceso a procura y abogacía.
El
sistema funcionó. Las reticencias iniciales —del alumnado, y de una minoría
significativa del profesorado— fueron cediendo a medida que la alternativa
presencial resultaba inviable. Con el tiempo, muchos estudiantes valoraron
positivamente poder examinarse desde casa. Los datos, por su parte, no
mostraron variaciones significativas en las tasas de aprobados: el cambio de
formato alteró la percepción del proceso, no sus resultados.
Cuando
las restricciones sanitarias desaparecieron, el retorno al modelo presencial no
se debatió. La sede central decidió recuperar el sistema tradicional apoyado en
la Valija Virtual y AvEx quedó como lo que había sido: una solución de
emergencia que funcionó brillantemente mientras fue necesaria. Quedó
demostrado, una vez más, la capacidad de respuesta de los centros periféricos
ante problemas que les afectan.
Vista en
conjunto, esta trayectoria ilustra un patrón reconocible: la innovación no
surge de los planes, sino de la necesidad; aparece en los márgenes, donde los
problemas se manifiestan con mayor claridad, y desde allí, cuando demuestra su
utilidad, es incorporada por la institución, que la integra en su estructura y
la convierte en sistema. En ese tránsito hay una paradoja: la misma tecnología
que permitió a los centros desarrollar soluciones propias terminó reforzando la
capacidad de la universidad central para coordinar y homogeneizar el
funcionamiento de toda la red. La descentralización inicial abre el camino; la
institucionalización posterior lo consolida y, en cierto modo, lo cierra.
Conviene no
perder de vista ese recorrido. La informática en la UNED, sobre todo la
periférica, no nació de un diseño previo ni de una estrategia global, sino de
una suma de decisiones concretas, tomadas en contextos modestos, por quienes
trataban de resolver problemas inmediatos. Problemas que había que resolver, con informática o sin ella. En Barbastro y en otros centros,
como Ponferrada o Tudela, fue precisamente esa acumulación la que acabó
transformando el funcionamiento de toda la institución. El origen artesanal no
es un detalle menor: explica, en parte, por qué funcionó.
Hoy las cosas
son de otra manera. La informatización de las instituciones sigue un patrón
diferente, difícil de seguir e imposible de controlar desde un centro
periférico: un patrón que depende de herramientas y recursos que solo están al
alcance de entidades de cierto tamaño y que se verá reforzado y condicionado
por la incorporación de los modelos de inteligencia artificial. Pero todo tiene
un comienzo. Y así empezó todo. O, al menos, así es como lo viví.