miércoles, 10 de marzo de 2021

Breve historia de los primeros tiempos de la informática institucional en España. El caso del centro de la UNED de Barbastro

La historia de la informática en el Centro de la UNED en Barbastro comienza en un tiempo que hoy resulta difícil imaginar. Cuando el centro se creó, en 1983, la informática administrativa era prácticamente inexistente en la red de centros de la Universidad Nacional de Educación a Distancia. La gestión académica descansaba en procedimientos manuales y en un sistema centralizado de tratamiento de datos en Madrid. Las matrículas se realizaban en los centros, pero la documentación en papel se enviaba después para su procesamiento diferido. Los listados no regresaban hasta meses más tarde, a veces ya en primavera, cuando muchas decisiones organizativas debían haberse tomado con anterioridad.

Ese modelo no era una anomalía, sino la lógica de la época. La informática era cara, escasa y, sobre todo, centralizada. La periferia ejecutaba; el centro procesaba. Lo relevante, sin embargo, es que la ruptura de ese esquema no vino de una decisión estratégica, sino de algo mucho más modesto.

La introducción de la informática en Barbastro no fue el resultado de un plan institucional, sino de una iniciativa individual. El primer ordenador utilizado en el centro fue un HP-87 que había en mi casa y que aún conservo. Aquel equipo, limitado incluso para su tiempo, permitió abordar tareas muy concretas. La primera aplicación fue una base de datos de estudiantes, poco más que un fichero secuencial escrito en BASIC, que servía para almacenar direcciones, datos de matrícula y generar etiquetas de correo bajo demanda. Puede parecer una mejora menor, pero en una universidad que dependía del correo postal, esa pequeña innovación alteraba considerablemente la organización cotidiana del trabajo.

Lo importante no fue la herramienta, sino el cambio de lógica que introducía. Ya en el primer año se procesaron localmente los datos de matrícula. Por primera vez, un centro disponía de información inmediata sobre sus propios estudiantes. Frente a los meses de espera del sistema centralizado, aquella inmediatez tenía consecuencias prácticas evidentes, pero también cuestionaba uno de los fundamentos mismos del modelo.

A partir de 1984, el centro organizó durante varios años unas jornadas de informática en la enseñanza que reunieron a profesores, técnicos y responsables académicos interesados en las posibilidades de las nuevas herramientas. En un momento en que el acceso a la información era limitado y la informática avanzaba a gran velocidad, aquellas jornadas funcionaron como un espacio de intercambio y actualización. Más allá de su dimensión formativa, actuaron como un catalizador que aceleró la incorporación de la informática en el propio centro y en otros ámbitos de la educación en España.

Desde entonces, el desarrollo fue acumulativo. Los programas en BASIC dieron paso a aplicaciones basadas en dBase II sobre CP/M, capaces de manejar mayor volumen de información. Más tarde, la adopción de ordenadores compatibles con IBM PC y del entorno MS-DOS permitió utilizar herramientas más avanzadas, como xBase y Clipper. Con ellas se completó un sistema integrado que abarcaba casi toda la gestión del centro: matrícula, tutores, biblioteca, librería y contabilidad.

La implantación de redes locales mediante Novell NetWare marcó un punto de inflexión. La informática dejó de ser un recurso individual para convertirse en infraestructura compartida. Lo que había comenzado como una solución artesanal pasó a organizar de forma sistemática el funcionamiento del centro. En ese momento, la innovación ya no era puntual: se había convertido en estructura.

Fue entonces cuando el centro empezó a llamar la atención de la institución. Durante años, la difusión de estas herramientas se produjo de manera informal, a través de visitas y demostraciones. Finalmente, el vicerrectorado de centros de la UNED impulsó un programa de informatización de los centros asociados, gestionado desde Barbastro y que incorporaba, en buena medida, soluciones desarrolladas por nosotros.

Ese tránsito no es trivial. La innovación nace en la periferia porque allí los problemas son inmediatos y las soluciones no pueden esperar. Pero cuando esas soluciones demuestran su eficacia, tienden a ser absorbidas por la estructura central, que las estandariza, las escala y las convierte en norma. Es un proceso casi inevitable y no necesariamente negativo: la institucionalización también es una forma de permanencia.

Donde esta evolución se hizo más visible fue en el sistema de exámenes. Durante décadas, la evaluación se había basado en una logística compleja sustentada en el transporte físico de pruebas. Los exámenes viajaban desde Madrid en sobres agrupados en valijas, se distribuían manualmente en los centros y regresaban después para su corrección. Era un sistema eficaz en un contexto de menor escala, pero cada vez más difícil de sostener a medida que la universidad crecía.

La primera respuesta fue operativa: desarrollar herramientas que permitieran organizar mejor a los estudiantes antes de entrar en las aulas. Pero pronto se planteó una cuestión más radical: si ya era posible manejar la información de manera digital, ¿era necesario seguir transportando físicamente los exámenes? De esa pregunta surgió, a finales de los años noventa, la Valija Virtual. Los exámenes comenzaron a distribuirse electrónicamente, a digitalizarse tras su realización y a enviarse directamente a los profesores para su corrección.

La resistencia inicial era previsible. La desaparición del soporte físico generaba desconfianza. Sin embargo, el sistema terminó imponiéndose por la fuerza de los hechos, respaldado por los equipos rectorales y por la evidencia de sus ventajas operativas. En pocos años, la Valija Virtual dejó de ser una innovación para convertirse en un elemento estructural de la UNED.

Mientras tanto, Akademos, un programa para la gestión de tutorías desarrollado íntegramente en Barbastro se convirtió en el estándar de facto de la universidad para organizar la relación entre alumnos y tutores y gestionar la matrícula en los centros asociados. Era un sistema que habría podido evolucionar hacia una plataforma de gestión docente concebida desde dentro, con conocimiento real del modelo UNED.

Sin embargo, la universidad optó por implantar, en paralelo, una solución externa de pago de entre las diseñadas para universidades presenciales convencionales. Esa plataforma intenta gestionar la relación académica entre profesores y alumnos desde la sede central, pero lo hace con un modelo que no contempla la figura del tutor como elemento estructural.

La decisión no fue arbitraria. Desde la lógica institucional, había razones comprensibles para no escalar un sistema desarrollado en un centro periférico cuya actividad no era bien vista por toda la universidad. Por un lado, la prudencia aconseja no concentrar funciones críticas en una única solución. Por otro, la UNED ha tendido históricamente a identificar la docencia con la actividad de sus equipos docentes en la sede central, considerando las tutorías como un elemento secundario. Desde esa perspectiva, parecía razonable que las herramientas que articulan la relación académica principal dependieran directamente de la estructura central.

El resultado, sin embargo, es la coexistencia de dos sistemas que responden a lógicas distintas: uno, desarrollado en Barbastro y adaptado al funcionamiento real de los centros; otro, externo y orientado a la relación académica central, construido sobre un modelo que no incorpora adecuadamente la estructura descentralizada de la UNED.

La diferencia respecto a los casos anteriores es significativa. La Valija Virtual y otras herramientas nacieron en Barbastro antes de que se hubiera propuesto una alternativa institucional; aquí, en cambio, la necesidad fue reconocida por la propia universidad, que decidió buscar fuera sin dar una oportunidad a lo que ya funcionaba dentro.

Muchos centros tenían un servicio de librería destinado a suministrar a los alumnos el material didáctico necesario para sus estudios. El nuestro funcionaba razonablemente bien, con una aplicación que habíamos hecho aprovechando las primeras bases de datos. Con la eclosión de Internet se nos ocurrió intentar la venta a través de una página Web, una idea que por entonces aún resultaba bastante novedosa y que tuvo un éxito discreto, al menos hasta que conseguimos que la UNED pusiera el enlace a nuestra librería en su página principal, cosa que disparó las ventas muy por encima de lo que podíamos esperar.  

Aquello, claro, no podía durar y no duró. Ni a la sede central ni al resto de los centros les pareció aceptable la idea de que Barbastro tuviera una librería en Internet patrocinada por la Universidad —pues eso es lo que suponía el enlace en la página de la UNED— así que pronto desapareció el enlace y se convocó un concurso para otorgar al que lo ganara y a cambio de una compensación económica, cuyo montante era una de las bases del concurso, el privilegio de ser la ‘librería virtual de la UNED’.

Nos presentamos al concurso y perdimos. Ganó una empresa con unos méritos que al principio pasaron desapercibidos para todo el mundo salvo para los que resolvieron el concurso. Y así, desapercibidos, siguieron durante los cuatro años que duró el intento, al cabo de los cuales la Universidad tuvo que cancelar la adjudicación y dirigirse al centro de Barbastro para que se hiciera cargo de la librería, a cambio del 50% de los beneficios netos. Desde entonces funcionó, y sigue funcionando, sin ningún problema.

AvEx, uno de los hitos de mi última etapa al frente del centro, fue en su origen una solución de emergencia: la respuesta a la imposibilidad de realizar exámenes presenciales durante la pandemia. Fue desarrollada por técnicos del centro de Barbastro en apenas tres meses, acogida primero con suspicacia y luego con resignación por parte de los servicios informáticos centrales, y terminó gestionando los exámenes de los años del confinamiento, no solo en la UNED sino en otras muchas instituciones, entre las que destacó el Ministerio de Justicia para las pruebas de acceso a procura y abogacía.

El sistema funcionó. Las reticencias iniciales —del alumnado, y de una minoría significativa del profesorado— fueron cediendo a medida que la alternativa presencial resultaba inviable. Con el tiempo, muchos estudiantes valoraron positivamente poder examinarse desde casa. Los datos, por su parte, no mostraron variaciones significativas en las tasas de aprobados: el cambio de formato alteró la percepción del proceso, no sus resultados.

Cuando las restricciones sanitarias desaparecieron, el retorno al modelo presencial no se debatió. La sede central decidió recuperar el sistema tradicional apoyado en la Valija Virtual y AvEx quedó como lo que había sido: una solución de emergencia que funcionó brillantemente mientras fue necesaria. Quedó demostrado, una vez más, la capacidad de respuesta de los centros periféricos ante problemas que les afectan.

Vista en conjunto, esta trayectoria ilustra un patrón reconocible: la innovación no surge de los planes, sino de la necesidad; aparece en los márgenes, donde los problemas se manifiestan con mayor claridad, y desde allí, cuando demuestra su utilidad, es incorporada por la institución, que la integra en su estructura y la convierte en sistema. En ese tránsito hay una paradoja: la misma tecnología que permitió a los centros desarrollar soluciones propias terminó reforzando la capacidad de la universidad central para coordinar y homogeneizar el funcionamiento de toda la red. La descentralización inicial abre el camino; la institucionalización posterior lo consolida y, en cierto modo, lo cierra.

Conviene no perder de vista ese recorrido. La informática en la UNED, sobre todo la periférica, no nació de un diseño previo ni de una estrategia global, sino de una suma de decisiones concretas, tomadas en contextos modestos, por quienes trataban de resolver problemas inmediatos. Problemas que había que resolver, con informática o sin ella. En Barbastro y en otros centros, como Ponferrada o Tudela, fue precisamente esa acumulación la que acabó transformando el funcionamiento de toda la institución. El origen artesanal no es un detalle menor: explica, en parte, por qué funcionó.

Hoy las cosas son de otra manera. La informatización de las instituciones sigue un patrón diferente, difícil de seguir e imposible de controlar desde un centro periférico: un patrón que depende de herramientas y recursos que solo están al alcance de entidades de cierto tamaño y que se verá reforzado y condicionado por la incorporación de los modelos de inteligencia artificial. Pero todo tiene un comienzo. Y así empezó todo. O, al menos, así es como lo viví.