Después de un año en el parvulario del Colegio de San
Vicente, a cargo de unas monjitas que hacían lo que podían y sabían, de cinco
años en los Escolapios, donde aprendí muchas cosas que hoy se enseñan menos,
quizá porque la escuela actual presume de no ser memorística, y de dos años en
Madrid a donde llegué para unas intervenciones en ambos pies que mejoraron considerablemente
mi movilidad, llegué al Instituto Laboral, después Técnico, de Barbastro, para
cursar tercero de bachillerato.
Allí descubrí, gracias a un librito de álgebra de Bruño y a los desvelos de José Vicente Guidotti, profesor de matemáticas, que tenía una cierta facilidad para el cálculo simbólico y las matemáticas en general. La caída del caballo fue el día que, en cuarto de bachiller, me sacó a la pizarra y me dijo ‘A ver si me demuestras el teorema de las tangentes’, con una voz que delataba pocas esperanzas. Lo cierto es que en poco tiempo llené una parte de la pizarra con la demostración ante el asombro generalizado de mis compañeros, el del profesor y el mío propio. A partir de entonces me vi obligado a mantener un perfil alto durante los tres cursos siguientes. Un perfil y un nivel que, por distintas razones, no conseguí mantener en la Universidad.
Cuando terminamos el bachillerato, eran siete años, nadie
pensaba, al menos en el Instituto de Barbastro, en fiestas de graduación, que
eran una cursilada que salía en las películas americanas, ni en excursiones a
Salou o cualquier otro destino playero. Ya habíamos celebrado en febrero las
fiestas de Santo Tomás, todo un éxito —y no solo porque yo fuera el principal
responsable de su organización—, y habíamos ido de viaje de estudios a Mallorca,
así que el bachillerato técnico que habíamos cursado culminó con un examen de
reválida y una prueba de madurez, así se llamaba, que daba acceso a la
Universidad.
Ambos exámenes se llevaron a cabo en la hoy desaparecida Universidad
Laboral Femenina de Zaragoza y yo aprobé los dos sin problemas. Después me fui
un mes a Sevilla, a casa de mis tíos Marcos y Pilar, dejando para septiembre la
decisión sobre los pasos a seguir, aunque en principio tenía pensado hacer
alguna ingeniería. Por entonces esa decisión se tomaba un día y había plazas
disponibles en casi cualquier cosa. La universidad estaba muy lejos de la saturación
actual y para matricularte bastaba con ir a la secretaría del centro
correspondiente, con el importe de la matrícula o el documento justificativo de
haber solicitado una beca.
El caso es que pasé en Sevilla un mes del último verano sin
cargas académicas ni laborales: en el bachiller lo había aprobado todo en
junio. Viajé con mi tío, inspector del Servicio Nacional del Trigo, visitando silos
y explotaciones agrícolas por toda la provincia en un maravilloso Seat 1400, y
me moví como quise por una ciudad que era nueva para mí. Recuerdo que me llamó
mucho la atención el nombre de una plaza, en el barrio de los Remedios donde
vivían mis tíos, que se llamaba plaza de la República Argentina. Y me llamó la
atención porque alguien había borrado la palabra “Argentina” y sólo se leía Plaza
de la República. En la España tardofranquista, nacida precisamente de un
golpe contra la República, aquello resultaba bastante insólito.
En septiembre me matriculé en el curso selectivo de la Facultad
de ciencias de la Universidad de Zaragoza. Este curso, según las asignaturas
que escogieras, daba acceso a las licenciaturas de ciencias —Matemáticas,
Física, Química, Geología o Biología— y también a las escuelas de ingenieros.
Yo opté por álgebra, cálculo, física, química y dibujo técnico que constituían
el selectivo de ingenieros, con el propósito de ir después a Madrid a cursar
alguna ingeniería. Después las cosas se torcieron un poco. Me acogieron en el
piso de unos parientes que habían llegado pocos años atrás desde la montaña
altoaragonesa, como tantos zaragozanos de adopción, pero allí no había un lugar
adecuado para estudiar. Así que, al recibir la confirmación de la beca que
había solicitado, busqué plaza en un colegio mayor, el Pedro Cerbuna, muy cerca
de la facultad. Pero las cosas no me fueron mucho mejor allí y los compañeros
de mesa que me tocaron en suerte y el ambiente de confrontación política en el
interior del campus no contribuyó a mejorarlas. El curso me fue mal, perdí la
beca y me marché a Madrid con la idea de buscar trabajo.
Mi padre, que ya
estaba ilusionado con la idea de tener un hijo universitario, me animó por
teléfono a volver a Zaragoza e intentarlo de nuevo, cosa que hice, aunque ya
con la idea de quedarme allí estudiando matemáticas. Con el dinero que me
enviaban de casa y lo que cobraba por algunas clases particulares, fui sacando
la carrera como pude. Estuve alojado un par de años en una casa particular cuya
propietaria, Elisa, me trataba como si fuera mi madre. En la misma casa se
alojaba un chico de Barbastro, Ramón, que también estudiaba matemáticas, aunque
era tres o cuatro años mayor que yo y estaba ya trabajando en su tesis doctoral
en el departamento de Estadística. Cuando Elisa, que ya era algo mayor, nos
dijo que no podríamos seguir allí, pasé por varios pisos compartidos, casi
siempre con otros estudiantes de Barbastro con los que luego he conservado una relación,
a veces estrecha, de amistad y trabajo.
En aquellos años tuve mis primeros contactos serios con lo
que luego serían dos de mis grandes aficiones, con una de las cuales casi puedo
decir que me he ganado la vida. La astronomía y la informática. El contacto con
la astronomía fue más bien desagradable. Los problemas de cálculo de posición
de objetos celestes, que se resuelven hoy en el tiempo que cuesta plantearlos
con ayuda de un computador, requerían entonces el uso de tablas de logaritmos
que permitieran transformar en sumas productos imposibles y un tiempo de
cálculo de cuatro y más horas para un examen con dos preguntas y tres
problemas. Con la computación el contacto fue, gracias a mi compañero de piso
Ramón, con un IBM 1620 que les instalaron en el departamento de estadística y cuyo
único dispositivo de entrada era un lector de tarjetas perforadas y de salida
una impresora matricial. Un equipo con el que aprendimos a calcular el número e
con muchos decimales y a imprimir la cara de Mickey Mouse. Muchos años después
la informática, aún en sus inicios, fue un elemento decisivo en la puesta en
marcha y consolidación del centro de la UNED de Barbastro.
Fueron los años de la muerte de Franco y del final de la
dictadura, marcados por una fuerte confrontación política en la Universidad.
Aquella tensión llegó a su punto culminante cuando, tras desalojar la Facultad
de Ciencias que había permanecido todo un día ocupada por los estudiantes, el
gobernador civil ordenó bloquear con adobes la puerta de acceso. Una imagen
impactante que apareció en el Aragón Express y que no he conseguido recuperar.
Entonces no había teléfonos móviles y llevar cámaras fotográficas en algaradas
estudiantiles no era precisamente una buena idea.
Terminé los estudios y obtuve mi trofeo, el título de
licenciado en Ciencias Matemáticas que por aquel entonces tenía su valor
simbólico pero que solo garantizaba que te las habías arreglado para aprobar los
exámenes de unas veinticinco asignaturas. Un plan de estudios que me parece,
visto ahora con cierta perspectiva, establecido más como resultado de arduas
negociaciones interdepartamentales que en beneficio de la racionalidad académica
y de los estudiantes. En todo caso, si no con un amplio bagaje matemático, sí
salí con cierta capacidad e interés por seguir aprendiendo.