Yo tuve la suerte de poder dedicarme a estudiar,
oficialmente y a tiempo completo, durante 21 años, desde los 4 hasta los 25.
Pude, pero no fue eso lo que hice. O no solo eso, aunque durante estos años, el
marco en el que se desplegó la vida fue la escuela, el instituto y la
universidad. He aquí una parte de la historia.
De los años anteriores a la escuela conservo pocos recuerdos. Alguno más de mi año de parvulario, con Sor Guadalupe en el colegio de San Vicente, y bastantes más de los cinco que pasé en los Escolapios. Allí coincidí con uno de esos amigos que te duran toda la vida, aprendí muchas cosas de memoria, me harté de multiplicaciones y divisiones largas y de raíces cuadradas, y descubrí que algunos curas eran mejores que otros. De los Escolapios fui a Madrid, donde cursé dos años de bachillerato y me arreglaron algún problema de movilidad que me complicaba la vida, para pasar después al Instituto Laboral que había en Barbastro a cursar tercero de bachillerato.
El instituto era un lugar agradable, incluso familiar, en el que, además de aprender lengua, matemáticas, francés y otras materias, hacíamos prácticas de taller, que no consigo recordar para qué servían, y de agricultura y ganadería, que consistían en recoger maíz y otros productos de temporada y molestar a los animales de una granja propiedad del Instituto a la que íbamos una o dos veces por semana cuando el tiempo lo permitía. También aprendimos a conducir un viejo tractor que nos llevaba, cuando el encargado se despistaba un poco, hasta el bar del Cine Argensola, a la entrada del pueblo, con la excusa de comprarnos un bocadillo. Lo de aprender es un decir porque recuerdo que deteníamos completamente el vehículo cada vez que creíamos conveniente cambiar de marcha.
La Lengua y las Matemáticas eran las asignaturas
fundamentales y las que más horas de clase tenían y allí descubrí, gracias a un
viejo librito de álgebra de Bruño y a los desvelos de José Vicente Guidotti,
profesor de matemáticas, que tenía una cierta facilidad para el cálculo
simbólico y las matemáticas en general. La caída del caballo fue el día que, en
cuarto de bachiller, Guidotti me sacó a la pizarra y me dijo ‘A ver si me
demuestras el teorema de las tangentes’, con una voz que delataba pocas esperanzas.
Lo cierto es que en poco tiempo llené una parte de la pizarra con la
demostración ante el asombro de mis compañeros, del profesor y mío propio. A
partir de entonces no tuve muchos problemas para exhibir, con bastante éxito,
un perfil alto en matemáticas y física durante el resto del bachillerato. Un
perfil que, por distintas razones, no conseguí mantener en la Universidad.
Cuando terminamos el bachillerato, entonces eran siete años,
nadie pensaba, al menos en el Instituto de Barbastro, en fiestas de graduación,
que eran una cursilada que salía en las películas americanas, ni en excursiones
a Salou o cualquier otro destino playero. Ya habíamos celebrado en febrero las
fiestas de Santo Tomás, todo un éxito —y no solo porque yo fuera el responsable
de su organización—, y habíamos ido de viaje de estudios a Mallorca, así que el
bachillerato técnico que habíamos cursado culminó con un examen de reválida y
una prueba de madurez, así se llamaba, que daba acceso a la Universidad.
Ambos exámenes se llevaron a cabo en la hoy desaparecida
Universidad Laboral Femenina de Zaragoza y yo aprobé los dos sin problemas.
Después me fui un mes a Sevilla, a casa de mis tíos Marcos y Pilar, dejando
para septiembre la decisión sobre los pasos a seguir, aunque en principio tenía
pensado hacer alguna ingeniería. Por entonces esa decisión se tomaba un día y
había plazas disponibles en casi cualquier cosa. La universidad estaba muy
lejos de la saturación actual y para matricularte bastaba con ir a la secretaría
del centro correspondiente, con el importe de la matrícula o el documento
justificativo de haber solicitado una beca.
El caso es que pasé en Sevilla un mes de mi último verano
sin cargas académicas —en el bachiller lo había aprobado todo en junio— ni
laborales. Viajé con mi tío, inspector del Servicio Nacional del Trigo,
visitando silos y explotaciones agrícolas por toda la provincia en un
maravilloso Seat 1400, y descubrí una ciudad nueva y muy interesante. Recuerdo
que me llamó la atención el nombre de una plaza, en el barrio de los Remedios
donde vivían mis tíos, que se llamaba plaza de la República Argentina. Y me llamó
la atención porque alguien había borrado la palabra “Argentina” y sólo se
leía Plaza de la República. En la España tardofranquista, nacida
precisamente de un golpe contra la República, aquello resultaba insólito.
En septiembre me matriculé en el curso selectivo de la
Facultad de Ciencias de la Universidad de Zaragoza. Este curso, según las
asignaturas que escogieras, daba acceso a las licenciaturas de ciencias
—Matemáticas, Física, Química, Geología o Biología— y también a las escuelas de
ingenieros. Yo opté por álgebra, cálculo, física, química y dibujo técnico, las
que servían para el acceso a las escuelas de ingenieros ya que pensaba ir a
Madrid a cursar alguna ingeniería. Pero las cosas se torcieron. Me acogieron en
el piso de unos parientes que habían llegado pocos años atrás desde la montaña
altoaragonesa, como tantos zaragozanos de adopción, que no contaba con ningún
espacio mínimamente adecuado para estudiar. Así que, al recibir la confirmación
de la beca que había solicitado, busqué plaza en un colegio mayor, el Pedro
Cerbuna, muy cerca de la facultad. Pero las cosas no me fueron mucho mejor allí
y los compañeros de mesa que me tocaron en suerte y el ambiente de
confrontación política en el interior del campus no contribuyeron a mejorarlas.
El curso me fue mal, perdí la beca y me fui a Madrid con la idea de buscar
trabajo.
Mi padre, que ya estaba ilusionado con la idea de
tener un hijo universitario, me animó por teléfono a volver a Zaragoza e
intentarlo de nuevo, cosa que hice, ya con la idea de quedarme allí
estudiando algo más sencillo, como matemáticas. Con el poco dinero que me enviaban de casa y lo que
cobraba por algunas clases particulares, fui sacando adelante la carrera como pude.
Estuve alojado un par de años en una casa particular cuya propietaria, Elisa,
me trataba como si fuera mi madre. En la misma casa se alojaba un chico de Barbastro,
Ramón, que también había estudiado matemáticas, era tres o cuatro años mayor
que yo y estaba ya trabajando en su tesis doctoral en el departamento de
Estadística. Cuando Elisa, que ya era algo mayor, nos dijo que no podríamos
seguir allí, pasé por varios pisos compartidos, casi siempre con otros
estudiantes de Barbastro con los que luego he conservado una relación de
amistad o de trabajo.
En la facultad había profesores excelentes, mediocres y
malos. Entre los excelentes destacaba Manuel Vigil, de análisis matemático, que
explicaba con brillantez conceptos abstrusos dejando claro, además, que sabía
mucho más de lo que nos contaba. No me referiré a los que creía que no sabían
de lo que hablaban porque ahora ya no estoy seguro de si eran ellos los que no
sabían por dónde iban o era yo. Recuerdo una anécdota curiosa con un profesor
de ecuaciones diferenciales abiertamente afín al régimen. En uno de los muchos
días de fronda en la facultad, algunos revoltosos colocaron a la entrada en un
lugar bien visible, un cartel ofensivo para el entonces jefe del estado. El
profesor Rodríguez Vidal llegó a clase visiblemente indignado y nos anunció que
a la vista de lo que estaba pasando “no explicaré el tema de hoy y además no
entrará en el examen, de manera que ustedes no lo estudiarán y no lo sabrán
nunca”. Dicho esto, abandonó el aula sin decir una palabra más ni volver a
referirse al incidente en los días posteriores.
En aquellos años tuve mis primeros contactos serios con la astronomía y la informática. Con una de ellas
casi puedo decir que me he ganado la vida. El contacto con la astronomía
universitaria —ya había pasado alguna noche de verano mirando las estrellas— fue algo desalentador. Los problemas de cálculo de posición de objetos celestes
se resuelven hoy, con ayuda de un computador, casi en el tiempo que cuesta
plantearlos; en aquel tiempo había que recurrir a tablas de logaritmos, que permitían
transformar multiplicaciones imposibles en sumas casi imposibles, y se podían
consumir cuatro horas o más en un examen de dos preguntas y tres problemas en
aulas abarrotadas en las que se podía fumar.
Mi contacto con la computación llegó gracias a mi compañero
de piso Ramón y a un IBM 1620 que instalaron en el Departamento de Estadística
y cuyo único dispositivo de entrada era un lector de tarjetas perforadas y el
de salida una impresora matricial. Allí aprendí cómo se
programaba el cálculo del número e con muchos decimales
y a imprimir la cara de Mickey Mouse. Años más tarde, la informática, que aún
estaba en sus inicios en España, fue un elemento muy importante para la puesta en
marcha y consolidación del centro de la UNED de Barbastro.
Fueron los años de la muerte de Franco y del final de la
dictadura, marcados por una fuerte confrontación política en el país y también
en la Universidad. Aquella tensión llegó en Zaragoza a un punto culminante
cuando el rector Justiniano Casas ordenó bloquear con adobes la puerta de
acceso a la facultad de Ciencias, tras varios días de desórdenes y uno de ocupación
de esta por los estudiantes. Una imagen impactante que apareció en la prensa de
la tarde, que le costó el cese al Rector Casas y que no he conseguido
recuperar. El gobierno aprovechó el escándalo para cesar al rector y al
vicerrector Usón, volver a abrir las facultades y ordenar la entrada de la
policía con equipo antidisturbios, subfusiles y botas tobilleras para imponer
por la fuerza el orden que Casas había reclamado sin éxito. Una lucha de poder
entre facciones del régimen en la que los estudiantes hicimos el papel de
comparsas mientras creíamos hacer la revolución.
En una ocasión estaba siguiendo, a prudente distancia, una
manifestación por la libertad de los presos políticos, la democracia o
cualquier otro motivo que ahora no recuerdo, cuando al aparecer los grises —la
policía gubernativa de entonces— en la cabecera y dar la vuelta bruscamente los
participantes, me encontré de repente corriendo con una multitud detrás hasta
que mi carrera fue bruscamente interrumpida por un puesto de castañas que había
al principio de la calle San Juan de la Cruz. La herida en la cara, que podía
fácilmente presentarse como el resultado de un heroico enfrentamiento con la
policía, sirvió durante algún tiempo como muestra de mi compromiso, puramente
teórico en realidad, con el antifranquismo universitario.
Terminé los estudios y obtuve mi recompensa, un título de
licenciado en Ciencias Matemáticas que, por aquel entonces, tenía un alto valor
simbólico aunque solo garantizara que me las había arreglado, aún me pregunto
cómo, para aprobar los exámenes de unas veinticinco asignaturas. Un plan de
estudios que me parece, visto ahora con cierta perspectiva, establecido más
como resultado de arduas negociaciones interdepartamentales que en beneficio de
la racionalidad académica y de los estudiantes. En todo caso, si no con un
amplio bagaje matemático, sí salí con cierta capacidad e interés por seguir
aprendiendo.