miércoles, 21 de septiembre de 2022
El plan de contingencia
La ministra Ribera, con competencias sobre la transición ecológica y el reto demográfico, propuso hace unos días, meses ya, elaborar, contando con los autoproclamados agentes sociales, empresas eléctricas y gasistas, etc., lo que con toda propiedad llamó un plan de contingencia en el que, es de suponer, se discutirían las posibles acciones a emprender en el caso, parece que probable, de que el acceso a la energía se encarezca o se complique algo, bastante o mucho.
En la nota de prensa publicada por el MITECO, a propósito de la primera de las reuniones que la ministra ha mantenido con este propósito, se aseguraba que España no afronta problemas de seguridad de suministro, pero que debe prepararse para un posible escenario de escasez de gas en la UE durante los próximos meses y, a continuación, delimitaba los objetivos del plan: “El Plan de Contingencia girará sobre tres ejes: uso inteligente de la energía, sustitución de gas por electricidad y otros combustibles y medidas de solidaridad con los socios europeos” o leyendo entre líneas, que el problema lo van a tener otros, pero aquí estamos nosotros para ayudar a quien lo necesite.
Dejando aparte la dificultad técnica de diseñar algo que gire sobre tres ejes, el problema de los redactores de este tipo de notas es que deben decir lo menos posible, o mejor aún nada, con la mayor cantidad de palabras y eso, precisamente, es lo que no ha conseguido el autor de ésta. El plan de contingencia parece estar centrado en el gas, para seguir la estela de las sanciones y contra sanciones a y de Rusia, que podrá ser sustituido, dice, por electricidad y otros combustibles (sic). Lo de los otros combustibles no lo acabo de entender: ¿petróleo, carbón, madera …? y lo de la electricidad tendrá que ver, supongo, con que la Comisión Europea, en un alarde de posibilismo haya declarado verde a la energía nuclear y, de paso, también al gas. En fin, ya veremos en qué se traduce, si es que finalmente el plan llega a ver la luz, lo del uso inteligente de la energía y las medidas de solidaridad con los socios europeos. El optimismo que no falte.
En cualquier caso, los planes de contingencia que pueda elaborar este gobierno no me tranquilizan demasiado, la verdad. La última noticia sobre este asunto, publicada en la Web de la Moncloa en torno al 7 de septiembre, se parece mucho a la primera, publicada a mediados de julio: la ministra se reunirá, otra vez y con el mismo objeto, con consumidores, sindicatos y empresas del ramo. Si el otoño va a ser durísimo, como nos adelantó otra ministra, la de defensa en este caso, que, al menos en teoría, debería estar entre las personas mejor informadas del país, entonces el plan de contingencia debería encontrarse en una fase algo más avanzada, habida cuenta de que, cuando tengan este semanario en sus manos, el verano habrá terminado o le quedarán unas pocas horas (a las 3:04 del viernes 23, la distancia al Sol será la misma para los dos polos terrestres y empezará el otoño astronómico en el hemisferio norte).
Me parece más interesante e incluso más realista, un plan de contingencia local, pero aquí somos bastante reacios a elaborar planes a largo o incluso a medio plazo. Además, son ya muchos años de anunciar la llegada del lobo, sin que el lobo llegue y nuestras autoridades están ya curadas de espanto, sobre todo una vez que han comprobado que festivales, ferias y fiestas han vuelto con renovados bríos, muy a pesar de los agoreros que las daban por desaparecidas.
Curadas de espanto, carentes de imaginación -en España la imaginación no cotiza en política- y con las próximas elecciones como único horizonte, bastante han hecho, los que lo hayan hecho, con elaborar un plan estratégico por el ingenioso, sencillo, barato y hasta agradecido procedimiento de recoger y compilar las sugerencias de la gente. El riesgo es que la gente se pregunte que para qué sirve tener un gobierno, de cualquier nivel, si al final las ideas tienen que ponerlas ellos. Conviene, sin embargo, tranquilizarlos en ese aspecto. El gobierno puede parecer, a veces, innecesario, pero, desde luego, es inevitable[1].
Un hipotético plan de contingencia estaría orientado a prever y, a ser posible, minimizar, los efectos de una crisis coyuntural grave, el durísimo otoño que anunció Margarita Robles, y que puede derivar en una aceleración incontrolada de la pérdida de complejidad del sistema, con la consiguiente destrucción de los enlaces y conexiones que lo mantienen en funcionamiento y que, al menos en parte, ya ha comenzado. No hay más que mirar a nuestro alrededor para constatar que muchas cosas que, hace sólo unos pocos años, funcionaban razonablemente bien o al menos estaban ahí, y no me refiero sólo a la cosa pública, han dejado de hacerlo o han desaparecido y no parece que, a corto plazo, vayan a recuperarse.
Bajo ciertas condiciones, una población de tamaño medio, como Barbastro, podría disponer, en una emergencia, de una importante ventaja comparativa respecto a las grandes ciudades siempre y cuando, claro, dispusiera de un plan auspiciado por el Ayuntamiento, con o sin la colaboración de otras administraciones públicas o entidades privadas como la Cruz Roja, la Iglesia o colectivos ciudadanos sin afiliación. Se puede elucubrar todo lo que se quiera sobre el contenido ese plan, pero no hay mucho tiempo ni tampoco necesidad de inventar nada. Hay ciudades, sobre todo en el mundo anglófono, que cuentan desde hace tiempo con documentos muy elaborados y actualizados. No hay más que copiarlos o utilizarlos como plantilla y adaptarlos, pero, básicamente, habría que intentar garantizar un reparto equitativo de los alimentos y el combustible disponible, la atención a los niños, los enfermos, los mayores y los discapacitados, el acceso a los hospitales y centros de salud, el funcionamiento de los servicios de policía, el mantenimiento del orden y unas pocas cosas más.
También es posible que la guerra en Ucrania acabe pronto y bien, aunque no consigo imaginar cómo; que el gas y el petróleo vuelvan a fluir a precios razonables como consecuencia de lo anterior; que la inflación se estanque o remita; que no aparezcan más pandemias; que Europa no se rompa del todo y que la economía real consiga reparar, aunque sea temporalmente y sólo en parte, las conexiones rotas, que el gobierno deje de anunciar el apocalipsis y la solución en el mismo día y que salgamos del otoño con la cartera todavía en el bolsillo. Si fuera así, la sorprendente resiliencia del sistema nos habría dado otra prórroga que podríamos aprovechar para estar preparados cuando el cielo caiga sobre nuestras cabezas. O para organizar las fiestas del año que viene. Pero en realidad, a estas alturas la única actividad verdaderamente necesaria, aunque en modo alguno suficiente, para evitar el colapso sería incrementar, hasta donde fuera posible, el nivel de sapiencia, que no es lo mismo que de conocimiento o inteligencia, de la mayoría. Feliz comienzo del otoño.
[1]
Government: Unnecessary but Inevitable, Randall G.
Holcombe, DeVoe Moore Professor of Economics at Florida State University.
jueves, 18 de agosto de 2022
El baile
Me decía un amigo que tenía la desagradable impresión, cada vez más difícil de ignorar, de que todo se estaba descomponiendo a su alrededor. Como ejemplo no citaba la seguridad social, seriamente tocada por la inefable gestión de la pandemia, ni el desastre ferroviario provocado por el robo de unos metros de cable. Todo eso y algunas cosas más, como la guerra, la sequía, la subida de precios, la vuelta de las fiestas patronales o la crisis energética, le parecía importante y desde luego, muy preocupante, pero, según él, el síntoma más evidente de que todo se va a…, es el baile del alcalde de Vigo.
El baile en cuestión, que insistió en
enseñarme en su móvil, no es ni más ni menos extravagante o extemporáneo que
los concursos de bombillitas de navidad que este hombre organiza cada año, la
entrevista del alcalde de Madrid con dos bromistas rusos o, por apuntar algo
más alto, las gansadas de varios presidentes de Estados Unidos, antes, durante
y después de ejercer como tales, pero sirve para plantearse alguna cuestión
interesante sobre el modelo de gobierno que tenemos y que, grosso modo, se
conoce como democracia representativa. A mi amigo le parecía dudoso, por ejemplo,
que comportarse en público como un imbécil, y más de manera reiterada, fuera
compatible con la capacidad de llevar a cabo una gestión medianamente
responsable de la pequeña isla de baja entropía, mantenida cada vez con más
dificultad y a base de quemar primero árboles y después carbón y petróleo, en
la que habitamos.
Desde luego no lo parece —que sea
compatible, quiero decir—, pero es igual porque nadie plantea la cuestión en
esos términos y, además, también podríamos preguntarnos, aunque sea de manera
retórica, si exhibir en público un comportamiento que mi amigo y seguramente
alguno más, considera propio de imbéciles, es compatible con ganar, por mayoría
absoluta y reiteradamente, unas elecciones. La respuesta, evidentemente, es que
sí y por tanto la pregunta anterior carece de interés y la opinión de mi amigo
sobre lo que es o deja de ser propio de imbéciles también.
A mí me parece más interesante, puestos a
divagar, establecer hasta qué punto el comportamiento de un sistema termodinámico,
esta civilización, sujeto a unas leyes fundamentales que hemos conseguido enunciar pero que no hemos no establecido y que no podemos modificar, puede verse afectado por decisiones
tomadas en Washington, Madrid o Vigo o por un discurso económico o político contingente,
cuyo contenido es generalmente ajeno a esas leyes. La respuesta es, seguramente,
ambigua. El sistema camina, como nosotros,
hacia un final que podemos acelerar, que quizá estemos acelerando, pero que no
podemos retrasar ni, por supuesto, evitar.
Mientras tanto, que el alcalde de Vigo baile o deje de bailar es, comparado con lo que dicen que se nos viene encima este otoño o el siguiente, algo insignificante.
Publicado en ECA 19082022
jueves, 28 de julio de 2022
Diálogos para besugos V
- Hola, me alegro de verle.
- Bueno, yo estaba alegre cuando lo he visto.
- Estupendo. Pues ya estamos los dos alegres.
- No, yo no. He dicho que estaba alegre cuando lo he visto. Ahora ya no lo estoy.
- Caramba. ¿Quiere decir que verme a mí le ha quitado la alegría?
- Pues sí, exactamente así ha sido.
- Bueno, si usted lo dice. En todo caso eso tiene fácil solución. No parece que llevemos el mismo camino así que dejaremos de vernos en un momento.
- Sí. Lo estoy deseando.
- Pues nada, adiós.
- Ya que me ha quitado la alegría podría, al menos, disculparse.
- ¿Usted cree? No hay problema, me disculpo.
- Así, ¿sin más? ¿le parece suficiente?
- Me ha pedido una disculpa y, aunque no acabo de ver por qué, me disculpo. Debería, efectivamente, ser suficiente.
- Extraordinario. Le ha quitado a un hombre la alegría y no ve por qué tendría que disculparse. Me está pareciendo usted bastante canalla, la verdad.
- ¿Canalla? Creo que ahora es usted el que tendría que disculparse. Yo no le he insultado a usted.
- Ni yo a usted tampoco. Llamarle canalla es sólo una definición, no un insulto.
- Bueno, ya está bien. No voy a disculparme ni a seguir hablando con usted. Qué tenga un buen día y... Oiga… ¿Qué hace con esa pistola? ¿Por qué me apunta? ¡Socorro, policía!
- …
- Se encuentra uno con todo tipo de gente en estos lugares. Bueno, por lo menos ese canalla ya no le quitará la alegría a nadie más.
lunes, 13 de junio de 2022
viernes, 3 de junio de 2022
Los Algoritmos
El Heraldo publicó hace unos días la
¿noticia? de que un grupo de expertos, reunidos en la Sala de la Corona de la
sede del Gobierno de Aragón, habían convenido en la urgencia de retomar el
proyecto de la Travesía Central Pirenaica —TCP, para los iniciados—: un túnel
de baja cota a través del Pirineo central, capaz de soportar el tráfico a alta
velocidad de trenes de gran capacidad —de viajeros y mercancías— y de servir de
alternativa a los pasos naturales existentes a ambos lados de la cordillera.
No es la primera vez, desde luego, que la Sala de
la Corona acoge un evento de esta naturaleza. El 13 de septiembre de 2011, día
más o menos, el mismo periódico, creo, publicaba la —vamos a llamarla otra vez—
noticia de que el Ejecutivo aragonés se proponía apoyar o impulsar, seguramente
ambas cosas, a un lobby internacional (sic) en favor de la travesía en
cuestión. En la foto que acompañaba a la noticia se veían unas cincuenta
personas, casi todas de por aquí, así que no sé a qué venía lo de internacional
ni, si a eso vamos, lo de lobby, reunidas en la gafada Sala de la
Corona.
Probablemente, con la misma sensación de estar
asistiendo a un acontecimiento histórico que tuvieron en la presentación —con
un formato bastante más escandaloso, pocos años antes— de Gran Scala, curioso
asunto este último, por cierto, sobre el que quizá valiera la pena volver
alguna vez.
El lobby iba a recabar, a base de eventos
a celebrar en varias ciudades de España y de la Unión Europea, los apoyos
necesarios para sacar adelante el proyecto, pero, que yo sepa, la cosa se
limitó a una moción para apoyar la travesía —que no sé si estaba relacionada
con el lobby— presentada por un senador del PAR que, por aquel entonces,
iba en las listas del PP. Si la moción se aprobó o no —supongo que sí— es algo
que interesa, acaso, al que la presentó y poco más.
Supongo que tampoco ahora va a ir la cosa mucho
más allá de las declaraciones de destacados miembros del actual Gobierno,
declaraciones que, al menos por lo que a este asunto respecta, tampoco tienen
demasiado interés si no se traducen —y no parece que vayan a hacerlo— en algo
más efectivo.
La TCP se hará, si se hace, cuando la tecnología
para perforar montañas, ya muy avanzada, permita tunelar 60 o 70 km bajo el
Pirineo en un tiempo y a un coste asumibles. Razones, tanto para construir este
túnel como para completar la red ferroviaria de Huesca con una línea de Huesca
a Lérida por Barbastro, Monzón y Binéfar, me parece a mí que sobran; pero está
claro que, en estos momentos, no hay ni un clamor popular —que tampoco hubo
cuando perdimos el enlace ferroviario con la línea Zaragoza–Lérida— ni voluntad
política.
Eso llegará, creo yo, pero puede que, para
entonces, la energía y los materiales necesarios para perforar el túnel y
construir las plataformas, las estaciones, las vías y el resto de la
infraestructura ya no estén disponibles.
En esto de la construcción de túneles para
permeabilizar entornos montañosos hay dos ejemplos —en realidad, muchos más— en
los que podríamos fijarnos. Uno de ellos está en los Alpes y, sobre todo, en el
último túnel inaugurado: el San Gotardo, de algo más de 50 km; ejemplo
desechable, probablemente, con el argumento de que la población y el nivel
económico de la zona no admiten comparación con nuestro depauperado territorio.
O con el, aún más peregrino, de que para eso ya está, o estará, el corredor mediterráneo.
El otro, en las islas Feroe, territorio autónomo
—muy autónomo— de la corona danesa en el Atlántico Norte, poblado por unas
50.000 personas y formado por 19 islas, cuya población oscila entre los 140 y
los 20.000 habitantes. Muchas de esas islas, incluida la de 140 habitantes,
están unidas por túneles carreteros construidos bajo el mar, uno de ellos con
la única rotonda submarina del mundo.
Como curiosidad, la oficina del primer ministro
—donde no parecían trabajar más allá de 15 personas— y otros ministerios ocupan
pequeñas casitas de madera de color rojo, algunas con tejado de hierba como
aislante y ventanas sin cortinas, indistinguibles del resto y ubicadas en una
calle cualquiera de Tórshavn, la capital.
Aquí gastamos bastante dinero en sostener una
administración pública hipertrofiada, cuya utilidad no siempre resulta tan
evidente como su ubicuidad.
Pero bueno, dirán ustedes, antes de que me pierda
por estos vericuetos: ¿y a nosotros qué nos importa lo que hagan por ahí? Y,
además, ¿esto no iba de algoritmos?
Ah, sí, los algoritmos…
He leído esta mañana que Yolanda Díaz anuncia un
algoritmo para fiscalizar las horas extras que no se pagan, y me ha parecido
que el asunto daba para escribir, como mínimo, un artículo. A ver si encuentro
tiempo.
De momento, ahí queda el título.
viernes, 29 de abril de 2022
Tormentas de primavera
Tenemos una guerra en suelo europeo, una guerra todavía limitada al
territorio de Ucrania, pero que puede derivar en casi cualquier otra cosa,
incluyendo un intercambio de misiles con carga nuclear entre Rusia y Estados
Unidos.
Europa tiene, además, otros problemas, por si
acaso lo de la guerra nuclear no acaba de cuajar: la debilidad de la Unión
Europea; la crisis energética, cuyo final —infeliz—, tantas veces aplazado,
parece ahora más cerca que nunca; la inflación que afecta a su moneda, una vez
que las estrictas condiciones iniciales impuestas a los países que adoptaron el
euro han pasado a mejor vida. Y eso por no mencionar la fusión de la nieve en
los glaciares alpinos, de donde procede un cuarto del agua que llevan los grandes
ríos europeos, el deshielo del permafrost siberiano y la destrucción, por
incendios, de enormes masas forestales en la taiga.
Hace ya años que Europa no es el centro del
mundo, ni económica ni militarmente, pero, al menos, tampoco era el campo de
batalla que fue durante veinte siglos, ni estaba ya dividida en los dos bloques
que se enfrentaron en la Guerra Fría (1945-1991).
La invasión de Ucrania por tropas rusas ha
terminado bruscamente con ese sueño y ha obligado a la mayoría de los países
europeos a tomar partido por el país agredido y a aplicar, siguiendo la estela
norteamericana, sanciones económicas al agresor que admiten muchas similitudes
con una patada a Rusia en nuestro propio culo.
No sé cómo terminará esto, pero no parece que
haya una salida fácil. Hay muchos muertos, muchos territorios en disputa y el
papel de Rusia, como la gran potencia que quiere ser, está definitivamente en
entredicho. El apoyo que ahora parece tener Putin entre sus conciudadanos no
resistiría una derrota, así que tiene que seguir vendiendo que todo va según el
plan previsto y buscar una victoria, aunque sea por la mínima: quizá
conservando Crimea y ocupando, al menos, un pequeño corredor en el este de
Ucrania.
Para Zelenski tampoco hay una salida fácil.
Una victoria militar sobre Rusia parece, a pesar de la aparente incompetencia
del mando militar ruso, algo impensable con la actual relación de fuerzas, al
menos sin la intervención de tropas de la OTAN —es decir, del ejército de
Estados Unidos—, pero eso llevaría, con toda seguridad, al empleo de armas
nucleares y quizá a una guerra mundial. Una derrota del ejército ucraniano
también es impensable: Biden y algunos líderes europeos han dejado claro que no
contemplan ese escenario, lo que también nos lleva a una intervención militar
de Estados Unidos y la OTAN.
En casa, las cosas no están mucho mejor. La
clase política española ha encontrado la fórmula para estar en misa y
repicando, con una parte del Gobierno a favor de enviar armas a Ucrania y otra
en contra; una parte a favor de la OTAN —que va a reunirse en Madrid un día de
estos— y otra a favor de convocar, alternativamente, una conferencia pacifista.
Dicen que han conseguido —o están a punto de
conseguir— una bajada del precio de la electricidad por el procedimiento de
topar (sic) el precio del gas utilizado para producirla. Ya veremos cómo lo
gestionan y cuánto dura. Pero Europa, que ha cedido en esta y otras cuestiones,
quiere, a cambio, que el Gobierno resuelva el déficit de las pensiones por el
procedimiento, supongo, de reducirlas, y eso no entrará, previsiblemente, en
los planes —al menos en los explícitos— del Gobierno a menos de un año de las
elecciones generales.
El efecto conjunto de todo esto es, casi
inevitablemente, el colapso.
Todas las sociedades y civilizaciones que nos
precedieron acabaron colapsando, desde los mayas hasta los romanos, pasando por
Mesopotamia y Egipto. Una crisis energética, la pérdida de suelo fértil, la
consolidación de las fronteras y el fin de la expansión, la dificultad para
extraer más oro y, finalmente, como consecuencia de todo ello, la manipulación
y pérdida de valor de la moneda acabaron, tras doce siglos de dominio del mundo
conocido, con el Imperio romano de Occidente. El de Oriente, conocido como Imperio
bizantino, que conservó y protegió su moneda, duró mil años más.
Como consecuencia del colapso, muchos
ciudadanos romanos se vieron de la noche a la mañana convertidos en siervos;
las grandes ciudades del Imperio fueron destruidas y abandonadas; las legiones,
dispersadas; el latín, recluido poco a poco en iglesias y monasterios, y todos
los enlaces necesarios para mantener la complejidad de la sociedad,
definitivamente rotos, con mil años de oscuridad por delante.
Nada de eso ha pasado aquí todavía, pero el
BCE parece incapaz de garantizar la estabilidad de precios —que es una de las
pocas cosas que tendría que hacer—; la gestión de la pandemia por la OMS, muy
mejorable en mi opinión, ha debilitado o roto muchos de los enlaces existentes;
tenemos una guerra en el patio trasero y la Unión Europea, ya gravemente tocada
por el Brexit, va a tener que enfrentarse a la eclosión de múltiples
movimientos antieuropeos en varios países.
Una situación muy complicada y sin solución
aparente.
Incluso con otro Gobierno.
Publicado en ECA, 29/04/2022.
sábado, 9 de abril de 2022
viernes, 18 de marzo de 2022
¿Primavera?
Me decían esta mañana que el polvo del desierto,
que ha teñido de amarillo Madrid y media España, no es sino la última, por
ahora, de las plagas que nos están cayendo encima en este año III de la
Pandemia Interminable, junto a la guerra, la crisis energética y climática, la
inflación, las matemáticas con perspectiva de género, los políticos y sus
políticas y la tontería felizmente reinante.
Es posible, pero las plagas en Egipto terminaron
cuando el faraón cedió y dejó salir a los judíos. Nada de lo que está pasando
hoy —y son muchas cosas— parece tener remedio.
Algunos edificios públicos, no sé si todos, han
cerrado la calefacción quince días antes de lo previsto y Ana Patricia Botín ha
bajado a 17 grados la calefacción de su casa, siguiendo las directrices del
superministro Borrell y con objeto de tocarle las narices a Putin. Puede
parecer una tontería, pero solo porque, efectivamente, es una tontería.
La guerra en Ucrania, una guerra no declarada, ha
despertado de su letargo a la Unión Europea y ha abierto de par en par sus
fronteras a millones de refugiados ucranianos, agraviando, comparativamente, a
quienes, desde Siria, Afganistán y otros lugares, llevan años esperando a la
puerta sin demasiado éxito.
Nuestro problema es que vivimos al día, y vivimos
al día porque no podemos, o no sabemos, vivir de otra manera. No entendemos un
carajo de todo lo que pasa y, aunque lo entendiéramos, daría igual.
Ayer, aprovechando la coincidencia de la fecha en
formato anglosajón —3/14— con los tres primeros dígitos del número π, se
celebraba, por resolución de la UNESCO, el Día de las Matemáticas. Lo
celebramos, pero seguimos creyendo que es posible hacer sostenible el
crecimiento exponencial simplemente cambiándole el nombre.
La Reserva Federal, el FMI o el Banco Central
Europeo han sido, durante algún tiempo, los garantes de una estabilidad de
precios tan fantástica como todo lo demás. Hubo un tiempo en el que la
inflación se creaba a base de imprimir billetes sin el debido respaldo —ya
fuera oro, derechos de giro del FMI o lo que fuera—. Hoy eso ya es innecesario,
porque el 95 % del dinero en circulación son depósitos a la vista o a corto y
medio plazo, y el dinero lo crean de la nada los bancos comerciales cada vez
que conceden un préstamo, un proceso inflacionario donde los haya, me parece a
mí.
Pero se nos ha hecho creer que la política
monetaria —a veces restrictiva, a veces lo contrario— es suficiente para hacer
compatible la pérdida de valor del dinero con el mantenimiento de su poder
adquisitivo. Y puede que lo haya sido, pero parece que se acabó.
Durante años se han ignorado las señales de
alarma que nos envía el planeta que nos acoge, cada vez con más desgana, aunque
solo seamos un pequeño interludio en sus 4.500 millones de años de historia
geológica.
Hace 10.000 años, el Homo sapiens —sapiens
a ratos, y porque lo decimos nosotros— era poco más de 1.000.000 de individuos;
en 1953 ya éramos dos mil millones, y hoy somos más de siete mil millones. No
sé dónde estará el límite, pero, esté donde esté, está claro que lo
alcanzaremos en poco tiempo. Este es, precisamente, el pequeño secreto que hay
detrás del crecimiento exponencial.
Ayer leí de una sentada el libro póstumo de
Fernando Marías, al que conocí en Barbastro hace muchos años, en el que cuenta
la terrible historia de Días de vino y rosas trasplantada al Madrid de
finales del siglo XX y, ya por la noche, hice una llamada desde el teléfono
fijo.
La relación entre ambos hechos y lo que he
escrito más arriba me ha tenido desvelado desde las cinco de la mañana.
Otro día me extenderé sobre esto, que hoy ya
llego tarde.
Publicado en ECA, 18/03/2022.
sábado, 19 de febrero de 2022
El ¿final? del invierno.
martes, 18 de enero de 2022
La historia se repite (a veces)
sábado, 1 de enero de 2022
El invierno de la energía
La crisis energética, discretamente omnipresente desde hace años, era sobre todo la crisis del petróleo. Es verdad que había y hay otras fuentes de energía primaria, incluso algunas parcialmente renovables, pero el petróleo tiene unas ventajas que lo hacen, en la práctica, insustituible. En cualquier caso, la gente, en general, no habla demasiado de crisis energética por la sencilla razón de que aún no la percibe como amenaza.
Es verdad que el precio de la energía eléctrica lleva un tiempo descontrolado, pero eso ya ha pasado otras veces, y no solo con la energía eléctrica sino también con el petróleo, que en 2008 llegó a alcanzar los 180 $ por barril para caer hasta los 30 y permanecer en ese entorno por largas temporadas. Ahora el precio del Brent está cerca de los 80 dólares por barril, pero la gente, harta ya de que le anuncien la inminente llegada del lobo y con el gobierno prometiendo un día sí y otro también reducir la factura de la luz a niveles aceptables, no parece preocuparse demasiado, o al menos no lo suficiente como para expresar ruidosamente en la calle su preocupación y descontento.
Sin embargo, hay sobrados motivos para preocuparse. Entre 1950 y 2020 la población mundial ha pasado de 2,54 a 7,79 miles de millones de personas, es decir, prácticamente se ha triplicado y, en la parte del mundo que nos ha tocado vivir, se han alcanzado cotas de bienestar que ninguna generación había conseguido hasta la fecha y que pueden atribuirse sin ningún problema al descubrimiento y explotación, en poco más de 200 años, de enormes cantidades de energía solar almacenada en el interior de la Tierra en tiempos geológicos remotos durante cientos de millones de años.
Una energía que no se puede reponer ni sustituir en la mayor parte de los usos que ahora tiene, y sobre todo en el transporte. Es verdad que ya hay coches eléctricos e incluso están proliferando los puntos de recarga rápida, pero no son muchos y no está claro que los materiales necesarios para la fabricación de estos vehículos vayan a estar disponibles para toda la flota en un futuro previsible. Y, en todo caso, la energía eléctrica que ha de mover la nueva y ¿sostenible? flota habrá de salir de algún sitio y no parece que la obtenida de fuentes renovables vaya a ser suficiente si el tamaño de la flota ha de acercarse al de la que actualmente se mueve con combustibles fósiles. Ni mucho menos.
La civilización industrial es un sistema complejo que funciona mediante la transformación de un flujo constante, y esto es muy importante, creciente, de energía de baja entropía en otro de alta entropía, es decir, en calor disipado en la atmósfera. Hasta los años 70 del pasado siglo, el ritmo de descubrimientos de nuevos yacimientos y el petróleo obtenido permitían alimentar ese ritmo creciente, pero a partir de ese momento el petróleo alcanzó su pico de producción en los Estados Unidos, ante el general desconcierto y tal como Hubbert había predicho.
La primera consecuencia fue que los Estados Unidos pasaron en poco tiempo de exportador a importador neto, salvando así una situación que resultará imposible de manejar cuando el pico sea global. La forma, casi desesperada, de resolver el problema en este último caso ha sido recurrir a la extracción de petróleo en formación mediante la utilización de técnicas de fracturación de rocas, obteniendo un resultado insuficiente, escasamente rentable y muy costoso en términos ambientales, por lo que muchas de las empresas que lo iniciaron están en estos momentos próximas a la quiebra o han abandonado directamente el mercado.
El comportamiento de sistemas complejos suele presentar un período largo de estabilidad, pero la mayoría alcanza en algún momento puntos de inflexión o umbrales críticos en los que el sistema pasa de un estado a otro de una manera abrupta, con la consiguiente pérdida de complejidad. La mayor parte de la población, al menos la del hasta hace poco conocido como primer mundo, no ha experimentado el tipo de sociedad que resultaría de un colapso del sistema, pero la búsqueda de espacio y recursos ya ha provocado enfrentamientos más o menos extendidos e incluso guerras globales.
Digamos que la disponibilidad de energía abundante y barata, y una relativamente homogénea distribución de la riqueza resultante —al menos entre los que hubieran estado en condiciones de manifestar violentamente su disgusto— ha mantenido el sistema, durante un período asombrosamente largo de tiempo, en la situación que los europeos de la primera mitad del siglo XX denominaban Paz Armada o Belle Époque y que terminó, dicho sea en términos coloquiales, como el rosario de la aurora.
Ahora parece haber otras formas y otras herramientas más sofisticadas para hacerse con el poder real y gestionarlo, formas que se están experimentando constantemente y a plena luz y que, implícita o explícitamente, están terminando con otro de los experimentos de los siglos XIX y XX: la democracia representativa, que los griegos también experimentaron y que quedó después relegada al olvido durante mucho tiempo.
ECA, 30 de diciembre de 2021
viernes, 24 de diciembre de 2021
Otoño (aún)
domingo, 24 de octubre de 2021
Otoño (ahora sí)
viernes, 20 de agosto de 2021
Diálogos para besugos IV
- Buenos días
- Espere, aún es pronto.
- Venía a pedir hora para una consulta.
- ¿A pedir hora? Aquí hay que venir con la hora pedida.
- Pero…
- Si no tiene hora no puedo atenderla. Lea, lea las instrucciones en aquel panel.
- Precisamente quiero pedir hora para que me atiendan.
- Ya, pero eso es después. ¿Tiene usted hora?
- Las diez y cuarto.
- Me refiero a si le han dado a usted hora para ser atendida en esta oficina.
- No, aún no. Ya le he dicho que he venido a pedirla
- Hay que tener hora para venir aquí a pedir hora. Pero la gente hace lo que le da la gana y así va este país. Tiene usted a su disposición un número de teléfono y una página web, aunque hoy, por lo visto, la página no funciona.
- Ya, pero, aunque funcione, yo no sé dónde está esa página y en el teléfono sale una señorita muy amable que me asegura cada minuto o dos que me atenderán enseguida. Desde las nueve, llevo esperando. Y como tenía que pasar cerca de aquí…
- Claro, Ha pensado usted que aquí estamos para cuando a usted le venga bien aparecer. Usted tenía que haber esperado a que le atendieran y en lugar de eso viene aquí sin tener hora.
- Sí, para pedir hora, precisamente.
- Y usted cree que yo puedo desatender a otros que tengan hora para atenderla a usted, que no la tiene.
- Pero… Si aquí no hay nadie.
- No hay nadie, desde luego. Y ¿por qué no hay nadie, según usted?
- Pues por…
- Porque estarán pidiendo hora por teléfono o por Internet, como debería estar haciendo usted. Y dentro de nada se presentarán aquí y se encontrarán con que estoy atendiéndola a usted que no tiene hora. Está usted poniendo en riesgo la seriedad de esta oficina y mi puesto de trabajo.
- Oiga, mire, la verdad es que había olvidado que ayer mi hija me pidió hora en la página esa. Me dijo que le habían dicho que viniera a las diez y veinte.
- Eso es otra cosa. Precisamente son ahora. Usted dirá.
- Venía a pedir hora para una consulta.
- Ah, muy bien. Hoy está todo cogido, pero mañana tenemos disponibles las 9, las 11, las 12 y la una.
- Cuanto antes mejor. A las 9.
- A las 9 pues. Aquí estamos para atenderla.
Como recuerdo y homenaje a los diálogos para
besugos de Editorial Bruguera.
Publicado en ECA el 20/08/2021
jueves, 8 de abril de 2021
Pues pasa que
miércoles, 7 de abril de 2021
Wirtschaftlichkeit, Versorgungssicherheit und Umweltverträglichkeit (2)
miércoles, 10 de marzo de 2021
Breve historia de los primeros tiempos de la informática institucional en España. El caso del centro de la UNED de Barbastro
La historia de
la informática en el Centro de la UNED en Barbastro comienza en un tiempo que
hoy resulta difícil imaginar. Cuando el centro se creó, en 1983, la informática
administrativa era prácticamente inexistente en la red de centros de la
Universidad Nacional de Educación a Distancia. La gestión académica descansaba
en procedimientos manuales y en un sistema centralizado de tratamiento de datos
en Madrid. Las matrículas se realizaban en los centros, pero la documentación
en papel se enviaba después para su procesamiento diferido. Los listados no
regresaban hasta meses más tarde, a veces ya en primavera, cuando muchas
decisiones organizativas debían haberse tomado con anterioridad.
Ese modelo no
era una anomalía, sino la lógica de la época. La informática era cara, escasa
y, sobre todo, centralizada. La periferia ejecutaba; el centro procesaba. Lo
relevante, sin embargo, es que la ruptura de ese esquema no vino de una
decisión estratégica, sino de algo mucho más modesto.
lunes, 23 de noviembre de 2020
Y llegó la vacuna... ¿o no?
Muchos de los que se aventuraron a opinar sobre la evolución del COVID-19, a la vista de sus primeras manifestaciones, han tenido que rectificar y acomodarse, con mejor o peor grado, a las directrices de la Organización Mundial de la Salud que, hay que reconocerlo, no han variado mucho desde que decidieron que nos enfrentábamos a una pandemia global que requería medidas excepcionales.
Aunque esté feo citarse a uno mismo, no tengo más remedio que reconocer que mi primera impresión, publicada aquí mismo en el mes de marzo o abril, fue que esto iba a durar poco, salvo que hubiera alguien interesado en mantenerlo, añadía para curarme en salud. Evidentemente, no estuve muy acertado.
viernes, 18 de septiembre de 2020
Los cañones de Agosto
He aprovechado la primera quincena del mes de agosto para releer algunos libros y, entre ellos, como no, Los cañones de Agosto, de Barbara W. Tuchman: una apasionante historia de los 31 días de agosto de 1914 que desataron una tormenta de fuego y muerte en la Europa de la segunda década del siglo XX.
Una tormenta que se llevó por delante a toda una generación, acabó con los grandes imperios europeos, elevó a Estados Unidos a la categoría de potencia hegemónica —que aún mantiene— y preparó las condiciones que, junto con la crisis de 1929, hicieron posible y, en la práctica, inevitable la segunda y, hasta ahora, última guerra mundial.
Por el libro, que ganó el premio Pulitzer de no ficción en 1963, desfila una curiosa galería de personajes: el káiser Guillermo II, el presidente francés Raymond Poincaré, el general inglés y ministro de la Guerra Herbert Kitchener, el rey Alberto I de Bélgica, junto a generales alemanes, belgas, franceses e ingleses. Personajes que se mueven como los que describía Jacinto Benavente en el prólogo de Los intereses creados, pendientes de hilos que creen invisibles y que fatalmente los conducen —a ellos, a sus coetáneos y a la tierra que pisan— a la ruina, la muerte y la destrucción.
martes, 14 de abril de 2020
Presentación de AVEX
Consejera, Rector; amigas y amigos de los medios de comunicación; alumnos y profesores de la UNED.
La UNED está sólidamente implantada en Aragón desde los años ochenta. Contamos con tres centros: Calatayud, con 4.084 alumnos y extensiones en Caspe y Ejea de los Caballeros; Barbastro, con 1.279 alumnos y extensiones en Fraga y Sabiñánigo; y Teruel, con 315 alumnos.
Estos centros realizan una labor esencial de vertebración territorial y, junto con el resto de la UNED, contribuyen también a la cohesión nacional.
Dentro de esta red, el Centro de Barbastro tiene un perfil particular: es uno de los centros denominados tecnológicos. Desde muy temprano —ya desde su creación en 1983— ha participado en numerosos procesos de innovación en nuestra Universidad. Aquí se organizaron las primeras jornadas de informática aplicada a la educación celebradas en España, en 1984, y el primer congreso de telemática, en 1987. Y aquí se desarrollaron, entre otras iniciativas, la primera base de datos de alumnos de la UNED, aplicaciones pioneras de librería, biblioteca y gestión académica, la primera aplicación de matrícula, la primera de gestión presupuestaria y la valija virtual que coordina los exámenes presenciales simultáneos en todos los centros.
viernes, 28 de febrero de 2020
Vamos a morir todos
Me disponía a escribir, con algo de retraso, por cierto, mi artículo mensual para El Cruzado cuando he oído la última noticia sobre el coronavirus. Según parece, ya tenemos un afectado en España —bueno, en Cataluña, que, por el momento y a pesar de las idas y venidas de los sucesivos gobiernos, sigue siendo parte de España—
Yo no sé qué es exactamente lo que hay detrás de esta epidemia o lo que sea, pero, sea lo que sea lo que hay, es casi seguro que no nos enteraremos.
lunes, 27 de enero de 2020
El pin parental
Hace unos días tuve ocasión de ver en un cine —que es, por cierto, donde mejor se ve el cine— una película de 2019 que ha pasado casi desapercibida por las carteleras españolas. De hecho, en el cine donde la vi —uno de esos multicines de Zaragoza que ocupan, con veinte o treinta salas pequeñas y casi inaccesibles para personas con problemas de movilidad, el espacio de aquellos impresionantes cines de dos mil butacas, como el Palafox o el Cervantes— la ponían en una sala pequeña y acudió un número muy reducido de espectadores.
La película en cuestión es Dark Waters (Aguas oscuras), del director, para mí desconocido hasta ahora, Todd Haynes. La trama, por demás previsible, es el conflicto real iniciado a finales de los años noventa del pasado siglo por un ganadero de Virginia Occidental, que ve cómo sus vacas enloquecen y mueren tras la ubicación, en las proximidades de su granja, del vertedero de una gran empresa química.
viernes, 20 de diciembre de 2019
El tiempo que viene
En relación con los efectos del cambio climático —en cuyo nombre ha perdido un montón de días un montón de gente en una reciente conferencia en Madrid, que al final se ha saldado con el acuerdo de tomarse la cosa más en serio a partir del año que viene— hay, como en tantas otras cuestiones, una notable disparidad de criterios entre la izquierda y la derecha del espectro político, si es que esos términos significan hoy algo más que la disposición a votar cualquier cosa que lleve la etiqueta correspondiente.
La izquierda cree, o parece creer, que el calentamiento global está causado por la actividad humana. La derecha sostiene, a veces con excesivo entusiasmo —como se ha visto en las descalificaciones a la joven activista sueca Greta Thunberg—, que el calentamiento no es sino una manifestación del comportamiento caótico del clima y que, si es imposible saber el tiempo que hará en Navidad, mucho menos se puede predecir el que hará dentro de 10, 20 o 30 años.
Eso, dicho así, es verdad a medias. No se pueden construir modelos matemáticos deterministas para predecir el tiempo, pero, personalmente, y en este caso, prefiero el punto de vista de la izquierda, porque, si tenemos algo que ver con lo que está pasando, puede que tengamos también alguna oportunidad de rectificar antes de que sea demasiado tarde. Si se trata, como parece creer la derecha, simplemente de lo que toca —más que de una manifestación del disgusto de Gaia con los más sucios y ruidosos de entre sus inquilinos actuales—, la cosa pinta bastante peor.
Que el clima está cambiando y que las temperaturas están subiendo es algo que cualquiera que no haya nacido en los últimos diez años puede apreciar directamente. Y que, por otra parte, a estas alturas ya nadie discute, salvo un popular locutor turolense que saca a colación todas las mañanas las temperaturas de su pueblo y las de Soria, y que ve, coincidiendo con la presidenta de la Comunidad de Madrid, una presunta conspiración izquierdista oculta tras la declaración de emergencias climáticas, de cuyos verdaderos objetivos —dice la Sra. Ayuso— ya nos iremos enterando.
En mi opinión, aunque es verdad que el clima ya ha cambiado en otras ocasiones y por otras razones, en esta ocasión hay evidencias suficientes para sostener que el incremento actual de la concentración de CO₂ en la atmósfera, parcialmente responsable del efecto invernadero y peligroso por encima y por debajo de cierto nivel, es directamente atribuible a la actividad humana. Y, en particular, al consumo de combustibles fósiles y otros derivados del petróleo, a la deforestación salvaje y a la práctica de la ganadería intensiva, entre otras.
También pienso que son razones económicas, más que políticas, las que impiden que se haga nada al respecto y que, como ha quedado claro en la cumbre de Madrid, probablemente no se hará nada significativo hasta que ya no haya nada que hacer.
Pero, mientras tanto, estamos en Navidad: encendamos todas las luces y salgamos a comprar de todo, como si no hubiera un mañana. Que vaya usted a saber.
Primera versión de este artículo publicada en ECA 20/12/2019
viernes, 22 de noviembre de 2019
Barcelona
Publicado en ECA



