No sé quién le escribe los discursos a este hombre ni cuánto cobra, pero yo lo haría mucho mejor y más barato. Cualquiera lo haría mejor.
Además, ¿a qué viene pedir ayuda ahora? ¿No íbamos a salir de la crisis en seis meses y a crear empleo a final de año? Pues mejor que se quede con todo el mérito y que Mariano Rajoy se fastidie, que al año que viene hay elecciones.
Pero, claro, no es tan sencillo.
Tonterías aparte, no es el momento de pedir ayuda, sino de hacer algo. Eso está claro, pero ¿qué?
Como el riesgo de meter la pata —o simplemente de que la crisis siga su curso, ignorando las medidas gubernamentales, si es que finalmente se les ocurre algo— es muy alto, lo más prudente es intentar compartirlo con cuantos más, mejor.
Y para el Partido Popular, pillado —como de costumbre— con los pantalones abajo, intentando hacerse un hueco en los caladeros de votos del PSOE y entretenido con la interminable secuela de sus fechorías —Gürtel y demás—, la salida es muy complicada.
Si pactan, mal. No hay pacto que resuelva esto y, además, ¿pactar qué y contra quién? Si no van al festival que les ha montado Pepiño en Fomento, tendrán que explicarlo muy bien y, aun así, cargarán con el sambenito de la insolidaridad y —lo que es peor— se hará explícito su juego, que no puede ser otro que apostar a que las cosas vayan de mal en peor para recuperar el poder.
Y, en este río revuelto, pescarán —como siempre— los nacionalistas, fieles a su propósito de aprovechar la inviabilidad de este totum revolutum en que se ha convertido España; Rosa Díez, que quizá no tenga discurso ni proyecto diferenciado en el área económica —¿quién lo tiene?—, pero está llamando, con éxito, a la puerta de los muchos desencantados que hay, tanto con el PP como con el PSOE y que aún no están dispuestos a dejar de votar.
Algo habrá también para Izquierda Unida, si es que aún queda alguno, que aprovechará la metedura de pata de las pensiones y la inevitabilidad —al menos desde el punto de vista cosmético— de una reforma laboral más o menos profunda, que romperá la deriva izquierdista del Gobierno y les dejará algo de espacio para trapichear con los sindicatos, cuyo papel tampoco ha sido demasiado lúcido, que digamos, aunque —y a pesar de su escasa representatividad real— aún sean imprescindibles para evitar que esto se convierta en una selva.
Bueno, de momento puede que los veamos, a todos juntos, en torno a una mesa —demasiado larga para poder hablar de nada— el próximo miércoles o jueves.
Podrían empezar por intentar explicar qué es lo que está pasando y cómo hemos podido llegar a esto desde la economía que más crecía, al amparo del sistema financiero más saneado del mundo. Pero, por favor, que no nos cuenten otra vez lo de las hipotecas subprime.
Y a ver si alguien ve alguna relación entre lo que está pasando y la cuestión energética.
¿A que no?
(*) En memoria de Luis Carandell.