Dos noticias sobre Aragón en El País de hoy.
Una: el conflicto que enfrenta a los obispos de Barbastro y Lérida —y, de rebote, a los gobiernos aragonés y catalán— a propósito de 112 obras de arte de las iglesias de la Franja que el obispo de Lérida tenía, supuestamente, en depósito y ahora no quiere devolver ni —y esto es literal— aunque se lo diga el Papa.
Y dos: el exdirector de la Guardia Civil, pillado con ambas manos en la hucha cuando lo iban a nombrar ministro, que, una vez cumplida su condena, se queda con un piso de más de 200 m² en el corazón de Paris, una casa en las Antillas francesas y diez millones de euros procedentes de la hucha en cuestión.
Mientras tanto, y por ahí fuera, Antonio María Rouco Varela, siguiendo la senda abierta por su colega de San Sebastián —que dijo que peor estábamos aquí que en Haiti, por lo malos que éramos—, atribuye la crisis a causas espirituales; y el The New York Times acusa a Wall Street de conspirar con el Gobierno griego para ocultar su deuda y agravar la crisis en Europa.
El mismo —o parecido— interés tiene la noticia de que el Sr. Hereu, a la sazón alcalde de Barcelona, ha creado otro conflicto interautonómico, en este caso con el Sr. Belloch, alcalde de Zaragoza, a propósito de la candidatura de ambas ciudades a la organización de los Juegos Olímpicos de Invierno de no sé qué año.
Mientras tanto, Vancouver, la sede actual, situada por encima del paralelo 49, está teniendo problemas por falta de nieve. Aquí, por lo visto, sobra y, para aprovecharla, se va a ampliar —y mucho— la estación de Cerler con un proyecto faraónico que firma el mismísimo Norman Foster.
De Gran Scala se volvió a hablar no hace mucho, cuando el vicepresidente de Aragón anunció inminentes novedades, como la presentación —por parte del consorcio promotor— del proyecto definitivo del complejo para su aprobación por el Gobierno regional. Ya dije en una ocasión que este tema iba a dar aún mucho que hablar.
Una encuesta del CIS dice que José Luis Rodríguez Zapatero baja bastante en el aprecio de los electores, pero que Mariano Rajoy no sube nada.
En la última página de El País, Karmentxu Marín entrevista a Rosa Díez, que es la única que parece estar subiendo, sin que sus respuestas permitan averiguar cuál es la razón de esa subida.
La SGAE ha sido condenada por un tribunal a devolver lo cobrado a bares y restaurantes en concepto de derechos de autor. Esto último va en serio, pero, lo siento mucho, no ha sido la SGAE de aquí, sino su versión inglesa, y el tribunal también era inglés.
Hablando de tribunales, el Tribunal Supremo está considerando la posibilidad de empapelar al juez Baltasar Garzón por intentar remover el asunto de la identificación de cadáveres en las fosas clandestinas de la Guerra Civil. Supongo que al final la cosa quedará en nada, pero el espectáculo ya está dado.
No hace mucho, otro tribunal ha juzgado y condenado a un ¡espía! que trabajaba ¡para Russia!, el muy traidor. A doce años, y aún es poco. Y eso que tener algo que interese a los rusos —aunque ya no son lo que eran—, lo suficiente como para espiarnos, levanta mucho la moral. A ver si nos enteramos de qué se trataba. Si no es un secreto, claro.
Mientras tanto, la crisis está a punto de acabarse —o de acabar con el Gobierno, según se mire—.
Y al pobre Marichalar, una vez divorciado de la infanta Elena, lo han apeado del burladero del museo de cera, adonde lo habían enviado cuando la separación temporal, y lo han quitado definitivamente del medio. Y, además, su exsuegro le ha retirado el ducado de Lugo, mientras intenta —su suegro, no él—, con poco éxito, sentar en la misma mesa a sindicatos, empresarios y partidos políticos para solucionar los problemas del país.
Y no deberían tenerlo difícil, ya que, según otra encuesta del CIS, los políticos —y, por extensión, sindicatos y empresarios— son ya el tercer problema en importancia de los que tiene este país.