
Hope for the best but prepare for the worst


Al accionar el interruptor de la luz aquella mañana no ocurrió nada. El frío era mayor de lo acostumbrado a esas horas, pero, tras pensar un poco, lo atribuyó a que, aunque la caldera funcionaba con gasoil y le constaba que había suficiente en el depósito, las bombas que movían el agua caliente por la casa funcionaban con electricidad, y la caldera requería, para sus encendidos periódicos, la ayuda de un dispositivo eléctrico.
Encontró, tanteando, la puerta del dormitorio y llegó al cuarto de baño. En un gesto automático conectó la radio, pero de los altavoces del techo no salió ningún sonido, ni siquiera el ruido de la electricidad estática que otras mañanas anunciaba alguna avería en la emisora. La cisterna del inodoro hizo su trabajo, pero se quedó algo sorprendido al no oír el sonido habitual del agua rellenándola de nuevo. Abrió el grifo del lavabo y comprobó, con disgusto, que tampoco había agua corriente.
Esta era una pesadilla que tenía de vez en cuando, así que se preguntó si no estaría soñando. Hizo alguna de las comprobaciones habituales: un sonoro cachete en la cara y un pellizco en el brazo bastaron para confirmarle que estaba, aparentemente, despierto.
No sería mala idea, pensó, llamar a la compañía distribuidora de agua y electricidad para averiguar si la avería iba a durar mucho. Tras consultar la guía, levantó el auricular del teléfono fijo y se encontró con que el aparato no emitía señal alguna. Con el móvil tampoco había nada que hacer porque, aunque la pantalla aún estaba encendida, las barras que indicaban la cobertura habían desaparecido. Probablemente, la avería o lo que fuera aquello había afectado o dejado sin energía a los repetidores. Naturalmente, tampoco había conexión a Internet, así que, con una extraña sensación de aislamiento, decidió salir a la calle.
No tenía ascensor, ni le hubiera servido de nada, así que bajó los tres pisos andando y a oscuras, porque la escalera era interior. En la calle, habitualmente sin tráfico, todo parecía normal, o casi. Un grupo de obreros de la construcción se calentaba alrededor de un fuego y charlaba despreocupadamente, lo que no dejaba de ser algo extraño, porque era la hora que habitualmente dedicaban a hacer todo el ruido posible antes de parar para almorzar. La cosa se explicaba porque, al no haber electricidad, las hormigoneras y las grúas no funcionaban, así que estarían esperando a que se solucionara el problema.
La librería donde compraba habitualmente el periódico estaba abierta, y el librero estaba asomado a la puerta con cara de preocupación. No había llegado ningún periódico aquella mañana y tampoco podía decir si llegaría o no. Decidieron ir a la sede de la compañía eléctrica para intentar averiguar de viva voz lo que no habían podido resolver por teléfono, pero solo encontraron a un par de empleados incapaces de dar respuestas válidas al grupo de consumidores, bastante numeroso, que se agolpaba en el mostrador de atención al público.
Las líneas habituales de suministro se habían quedado muertas hacía unas horas y, con la caída de las líneas telefónicas, había resultado imposible averiguar qué pasaba. La comunicación por radio también resultaba imposible, porque ni siquiera los aparatos a pilas recibían señal de ninguna emisora. Algunos empleados habían salido a inspeccionar la línea, pero aún no habían vuelto.
Había otra cosa extraña: no circulaba ningún automóvil. Uno de los que estaban ante el mostrador, que vivía en el extrarradio y había intentado venir en su coche, contaba que le había resultado imposible poner el motor en marcha. El encendido había quedado completamente muerto, y parece que no era el único caso que se había dado en la ciudad. En todo caso, la ausencia total de coches en las calles más transitadas era algo que no tenía precedentes, al menos en la memoria de los presentes.
De vuelta a casa, intentó poner en marcha el motor de su coche, sin éxito, con lo que la sensación de alarma se incrementó muchísimo. Volvió a salir a la calle para dirigirse a su trabajo. Se preguntó qué pasaría si esta situación se prolongaba dos o tres días —no quería ni pensar en una duración mayor—, y no encontró ninguna respuesta razonable. Simplemente, aquello era impensable.
En la oficina, la cosa se tomó, durante aquella primera mañana del apagón, con bastante buen humor. Las vacaciones estaban cerca, y por una mañana de asueto tampoco pasaba nada. En realidad, la mayoría de las oficinas del país podían suspender sus actividades durante bastante tiempo sin que de ello se derivara perjuicio alguno.
Al cabo de un rato, las oficinas, sobre todo las públicas, sin calefacción, ni luz, ni agua, sin teléfono y sin Internet, decidieron cerrar la puerta y mandar a los trabajadores a sus casas. Además, muchos trabajadores —todos los que vivían a cierta distancia y acudían al trabajo en algún medio de transporte— se habían quedado ya en casa.
A esas horas, la ansiedad empezaba a manifestarse también en torno a las tiendas de comestibles, y algunos ciudadanos, habitualmente inofensivos, exhibieron un comportamiento amenazador cuando las empleadas del supermercado les dijeron que no podían atenderles, porque las cajas no funcionaban y era imposible saber el precio de la mayoría de las mercancías sin la ayuda del sistema informático que, como todo lo que funcionaba con electricidad, se había venido abajo.
El encargado del supermercado decidió que lo más prudente era cerrar las puertas, lo que hizo no sin dificultades y con la ayuda de la autoridad, que se había personado atraída por la aglomeración de presuntos compradores. Una vez cerrado el establecimiento, muchos no se alejaron de las puertas y formaron, nerviosamente, grupos en los alrededores, en una actitud cada vez más amenazadora.
Que la cosa era aún más extraña y alarmante de lo que parecía quedó patente cuando, primero uno y luego todos los demás, se dieron cuenta de que ni los teléfonos móviles, ni los relojes eléctricos, ni los transistores a pilas daban ya ninguna señal de actividad. Esto empezó a generar algo parecido al pánico entre la multitud. Una cosa era un corte en el suministro de electricidad —cosa que no ocurría muchas veces, pero no era del todo inusual— y otra era que cualquier traza de energía estuviera desapareciendo.
La policía, con órdenes tajantes de las autoridades locales, intentó dispersar a la multitud, invitando a la gente a esperar noticias en sus casas. Pero la falta de cualquier medio de comunicación no inducía a la gente a marcharse, sino, más bien, a mantenerse en contacto unos con otros, para reducir la sensación de aislamiento y obtener del grupo algo de apoyo e información. Información que consistía, sobre todo, en rumores e ideas tan descabelladas como lo que estaba pasando.
Una tienda cercana, famosa por la aplicación discrecional de precios en función del aspecto del comprador y, por tanto, escasamente informatizada, permanecía extrañamente abierta y vacía. Hacia allí se fueron moviendo algunos, con cierto sigilo e intentando no llamar la atención. Aunque el tendero, al verlos, intentó precipitadamente cerrar la puerta, no pudo evitar que algunos individuos, ya francamente alterados, entraran en la tienda y se sirvieran ellos mismos todo lo que pudieron transportar. Se quedó un poco sorprendido cuando le requirieron, sería la última vez, para que les hiciera la cuenta.
Este gráfico muestra la evolución, a escala planetaria, de la producción, el consumo y el precio del petróleo crudo entre enero y septiembre de este año. Tanto la producción como el consumo parecen estancadas, desde hace tiempo, en torno a los 84 mbd y el precio no ha podido romper la barrera de los 70$/b. Estos datos no permiten sostener la idea de que la economía se está recuperando y sí la de que permanece, en el mejor de los casos, estancada. También apuntan a que se ha alcanzado ya el peak-oil (*)aunque, de momento y como consecuencia de la paralización de la producción industrial y de la consiguiente disminución del consumo de energía, no se haya producido una fuerte elevación de precios que están experimentando, sin embargo, una extraordinaria volatilidad.
Puede que, ocasionalmente, hagan otras cosas, como planificar carreteras y cosas similares, pero sólo para repartir, preferiblemente entre sus amigos, una parte de nuestro dinero y seguir dedicándose a lo fundamental, sin llamar demasiado la atención. Por eso procuro no sorprenderme, ni indignarme, demasiado con la actividad de la administración pública española. Porque, aunque el gobierno es innecesario, también es inevitable(*), escupir a sotavento nunca ha sido una muestra de inteligencia ni de sentido común y sustituir una banda por otra, al frente de la cosa, no cambia nada, o no por mucho tiempo.
Pero ahora me está asaltando otra sensación, que me preocupa algo más y es la de que llevan tiempo sin tener la menor idea de lo que está pasando. Y no es, sólo, que no distingan una pandemia de un catarro, una crisis de una desaceleración, una fuente de energía de una portadora, el petróleo de las arenas bituminosas, los ricos de los pobres, desfavorecidos, los llaman ahora o, en general, la realidad de la fantasía, sino, también, que ni siquiera intentan, o lo intentan y no lo consiguen, que haya una mínima relación entre lo que dicen y lo que hacen o piensan hacer que, por otra parte, no va mucho más allá de dejar pasar el tiempo, a ver si escampa. Más vale que nos atemos los cinturones.

Carlos Gómez lleva veinticinco años en el Centro de la UNED con responsabilidades de secretario y Director desde 1987. Ha sido uno de los mejores testigos de la trayectoria ascendente y artífice, en buena medida, del desarrollo. En la entrevista concedida a El Cruzado Aragonés repasa los aspectos más significativos y los momentos más decisivos, incluidas las críticas, durante este cuarto de siglo. En especial, la trascendencia que ha tenido la implantación en Barbastro y su zona de influencia.
Ángel Huguet
¿A simple vista, qué le dicen, 25 Años de UNED Barbastro?
- Lo que tiene interés, en realidad, es lo que le dice a la gente. Yo creo que la opinión, no sé si general pero al menos sí la más extendida, es que la UNED forma parte del paisaje urbano de Barbastro, es una institución útil que, incluso, le da cierto empaque a la ciudad. Hay también otras opiniones, como la de una señora que decía en el último número de El Cruzado que la UNED era una ‘pérdida’, pero yo espero que sean minoritarias. En todo caso el Ayuntamiento, al que le corresponde establecer las prioridades en la utilización del dinero público, y cuyo Alcalde preside la Fundación de la que el Centro depende, parece considerar, por el momento, que el gasto que ocasiona su mantenimiento queda compensado por el servicio que presta. Que es, por otra parte, lo que yo también pienso.
Pase lo que pase en el futuro, estos años serán recordados como años de
abundancia y, quizá también, de excesos.
En Barbastro se ha inaugurado otro supermercado
—ya van ocho o nueve—, varias bodegas —son veinte o más—, se ha modificado el
trazado de la N-240 para facilitar la conexión con la A-123 y, dentro de poco,
supongo, tendremos la autovía Huesca-Lérida. En su entorno ya se ha proyectado
un centro de ocio y comercio y una nueva zona industrial.
Tenemos piscinas cubiertas y acabamos de
inaugurar las descubiertas, con jacuzzi, ascensor de agua y no sé cuántas cosas
más. Hemos construido viviendas de sobra, aunque no todos tengan vivienda, en
urbanizaciones de la periferia y en el centro histórico, que todavía sigue
siendo el pariente pobre del desarrollo urbanístico local. Allí se está
construyendo un museo y remodelando el antiguo palacio del obispo, amén de
otras intervenciones que están modernizando la imagen de la ciudad y
recuperando una parte de nuestro patrimonio.
El hospital está en obras desde hace algún
tiempo y es de suponer que, cuando acaben, tendremos unas instalaciones de
primera, aunque ahora parece que el problema es la falta de médicos para
atenderlas, después de haber mantenido durante muchos años un estricto numerus clausus en las facultades de
Medicina y en las plazas de especialización.
Fuera de Barbastro, pero cerca, acaban de
inaugurar la Exposición Internacional de Zaragoza, una sucesión ininterrumpida
de saraos durante todo el verano en la que, también, se va a hablar de agua y,
cómo no, de desarrollo sostenible. Y se nos anuncia otra inversión, más
multimillonaria y no precisamente sostenible, en los Monegros.
Las carreteras siguen saturadas de coches y
los aeropuertos, de gente moviéndose de un lado a otro, sin más objetivo que ir
a matar el tiempo a un lugar lo más alejado posible de su residencia habitual,
aunque ya no resulta, por lo visto, tan fácil como antes conseguir créditos
para irse de vacaciones.
Los únicos ferrocarriles que se construyen y
se mantienen son los grandes y costosos trenes AVE y los de cercanías en los
entornos de las grandes ciudades, pero, gracias a esto, casi todo el mundo
tendrá una estación de tren a menos de cincuenta kilómetros de su lugar de
residencia y una autopista o autovía —que ya veremos por cuánto tiempo más
podemos disfrutar— aún a menos distancia.
Y, por si fuera poco, la selección española,
rompiendo con una acrisolada tradición, ha superado, de momento, la barrera de
los cuartos de final, cosa que a mí no me importa gran cosa, pero que ha
subido, según la SER, varios puntos el índice de autoestima del país. A saber
cómo se medirá eso.
Todo esto ha sido posible en un entorno de
crecimiento prácticamente ininterrumpido durante más de dos décadas, sostenido
por una energía procedente casi exclusivamente del petróleo, abundante y
barata; por la inyección continuada de fondos europeos, que se han dedicado
sobre todo a la construcción de infraestructuras —de las que este país, todo
hay que decirlo, estaba más que necesitado—, y por una mano de obra formada por
ciudadanos de otros países que han acudido a este, reclamados por una
prosperidad escandalosa y tan duradera que ya casi no la reconocemos como tal,
ni siquiera los que hemos vivido en otras circunstancias muy diferentes.
Ahora esta fiesta —dicen que habrá otras—
parece estar tocando a su fin, y algunos de estos factores de progreso están en
grave riesgo: el petróleo ha alcanzado, en este principio de verano, precios
que han desatado la ira de camioneros y pescadores y amenazado con vaciar las
estanterías de nuestros supermercados; y el dinero de Europa, a punto de
conseguir aparentemente el objetivo de acercar nuestra renta per cápita a la
media comunitaria, va a dejar de fluir en unos pocos años.
Los que gobiernan este país tienen ahora la
obligación de intentar que la nueva realidad no nos coja completamente fuera de
juego y también la de valorar exactamente las consecuencias a medio plazo de
sus acciones y omisiones, de mirar, en definitiva, más allá de las próximas
elecciones.
El tiempo en el que cualquier gestión política
—por desastrosa, incompetente y a veces escasamente ética que fuera— quedaba
justificada por el número de metros cúbicos de hormigón utilizados ha pasado
ya, y probablemente tardará en volver.
Cuando acabe el verano y los fastos de la Expo
vayan difuminándose, ya no será suficiente con etiquetar de sostenible
cualquier genialidad, como, por ejemplo, la propuesta ya citada de construir
cuarenta casinos, doscientos restaurantes, no sé cuántos hoteles y varios
parques temáticos para atraer a veinticinco millones de visitantes anuales
—unos trescientos aviones diarios cargados hasta los topes— a nuestro patio
trasero.
Estamos, además, a punto de entrar en la parte
más dura de una crisis financiera, más o menos grave y amenazadora según quien
se refiera a ella tenga o no responsabilidades de gobierno, que puede tener el
efecto positivo de obligarnos a dejar de gastar en lo que no es necesario y a
organizar la vida, en nuestro entorno, en condiciones que la sigan haciendo
posible para nosotros y para los que vengan detrás.
Pero, por el momento, el personal está por
otras cosas: el verano, las piscinas, la playa, la Expo… las fiestas.
Y probablemente haga bien.
El Club Español de la Energía ha hecho público, recientemente, un estudio
titulado Energía y Sociedad: Actitudes de los
Españoles ante los Problemas de la Energía y del Medio Ambiente, del que
se desprende que tenemos, en general, una formación deficiente en cuestiones de
energía.
Parece ser que sabemos poco, o nada, acerca del
origen de la electricidad que consumimos y creemos, erróneamente, que la mayor
parte proviene del petróleo o de los saltos de agua. No somos, se dice,
partidarios de la energía de origen nuclear y creemos que la de procedencia
eólica o solar es la más barata cuando, en realidad, es muy cara en el nivel
actual de desarrollo de la tecnología necesaria, dependiente —como casi todo en
nuestra civilización industrial— del petróleo y extraordinariamente subvencionada.
Este déficit de formación es el que hace que
depositemos esperanzas, con toda seguridad excesivas, en supuestos avances
tecnológicos, relacionados, sobre todo, con el hidrógeno y los biocombustibles,
de indudable valor científico pero dudosa aplicación práctica a corto plazo. Y,
a largo plazo —decía Keynes—, todos estaremos muertos.