Se puede estar a favor de la monarquía o de la república, o incluso a favor o en contra de la democracia como principio general, o de este modelo de democracia representativa en particular, sin que ello, en un entorno económico expansivo, suponga mayores problemas, aun en el caso de que, eventualmente, un porcentaje importante de la población esté en contra del modelo vigente.
Los problemas, sin embargo, aparecen cuando la economía se contrae, los salarios disminuyen, la inflación se dispara y los niveles de pobreza —o simplemente de insatisfacción y de falta de expectativas para los más jóvenes— aumentan hasta volverse intolerables.
Y lo tolerable podría situarse en un estado de cosas en el que una mayoría suficiente —pongamos el 70 %, aunque mejor por encima del 75 %— estuviera razonablemente cómoda con el statu quo y no tuviera interés en promover ni amparar cambios mediante la violencia callejera ni —y esto es importante— estuviera dispuesta a soportarla.
Ahora que las cosas empiezan a ir ostensiblemente mal, en Cataluña, pero también en otras partes del Estado, parece haberse puesto de moda menospreciar lo que se conoce como “régimen del 78”, es decir, lo que vino después de los casi cuarenta años de dictadura franquista y que es, en esencia, una solución de compromiso entre quienes querían darle la vuelta a la tortilla y quienes solo estaban dispuestos a compartir el poder político y algunas de las ventajas económicas que dicho poder proporcionaba, pero, por supuesto, sin tocar los privilegios adquiridos o consolidados durante el régimen anterior.
Compromiso, en realidad, no hubo. Tampoco fue necesario, porque la gente solo quería tranquilidad y mejores condiciones de vida. La tortilla se quedó como estaba y los privilegios de la clase dirigente no se tocaron, pero, como aparente compensación, una nueva clase política —aparentemente desconectada del régimen anterior— hizo su aparición prometiendo democracia, trabajo y, sobre todo, una mejora sustancial de la situación económica para la mayoría.
Una clase política que está siendo sustituida por sus legítimos herederos, que no saben ni quieren saber nada de lo que pasó antes de que ellos vinieran al mundo.
