miércoles, 6 de enero de 2010

Año Nuevo ¿Vida nueva?

El precio del petróleo, en estos primeros días de 2010, ha rebasado de nuevo los 80 $/b, y vuelve a ser complicado decidir si eso es bueno o malo. Hay quien lo considera un síntoma de recuperación económica —o la única forma de incentivar la exploración y mejorar la explotación de los yacimientos actuales— y quien lo ve como un obstáculo para la, según ellos, imprescindible vuelta al crecimiento.

Esta es, definitivamente, una sociedad muy compleja y, por tanto, sometida a múltiples tensiones y dependiente de innumerables factores. Pero hay uno que es incuestionable: no estamos dispuestos a renunciar —ni siquiera a considerar la posibilidad de renunciar— a nuestra forma de vida actual; a conducir cuando y por donde nos dé la gana, a la calefacción, a la segunda residencia, a las vacaciones en la playa —cuanto más exótica, mejor— y, en definitiva, a todo aquello gracias a lo cual hemos olvidado siglos de miseria y humillación, a pesar de que no están tan lejos ni en el tiempo ni en el espacio.

Pero los años de abundancia terminaron hacia 1976, al menos para las sociedades occidentales más avanzadas, aunque aquí, en España, hayamos disfrutado de una prórroga por la sencilla razón de que para nosotros la prosperidad empezó mucho más tarde. Y se ha construido una industria imaginaria —la del dinero virtual, la deuda y la especulación— que permite sostener la ficción de que nada va a cambiar… durante algún tiempo. Probablemente, ya no mucho más.

Esta ilusión está basada en una confianza —en buena medida irracional— en el mercado y en las posibilidades actuales y supuestas de la tecnología, y en la contumacia en ignorar las leyes de la termodinámica y la finitud del planeta y de sus recursos.

Hay quien está convencido —o finge estarlo— de que basta con aplicar las leyes del mercado y subir el precio para que se produzca más petróleo; y también hay quienes creen que el hueco que deje el petróleo —cuando lo deje y si es que lo deja— será llenado con facilidad por lo que llaman energías renovables: básicamente, electricidad producida por el viento, el sol o el agua. Pero nada de esto es cierto.

Hasta George W. Bush sabía que el petróleo es un recurso imprescindible y que asegurar los yacimientos —estuvieran donde estuvieran— era una cuestión vital. Y por eso, lo de las armas de destrucción masiva no se lo creía ni José María Aznar: se invadió Irak, que tiene en su subsuelo las terceras reservas mundiales de petróleo, y no, por ejemplo, Corea del Norte, que tenía armas y además había amenazado reiteradamente con utilizarlas, pero no tiene una gota de petróleo.

Y las energías renovables, además de depender —y mucho— del petróleo, no producen combustibles líquidos, y su densidad energética es muy inferior a la de los combustibles fósiles y, por tanto, inadecuada para la mayoría de sus aplicaciones, aplicaciones de las que depende totalmente la globalización y el crecimiento.

Y, volviendo al principio, el petróleo puede estar a 80 $ por razones que tengan que ver con el suministro, con la caída de inventarios por el invierno, con la especulación, con el eterno conflicto entre Irán e Irak o con lo que sea. De la misma forma que los países árabes —en cuyo suelo están los mayores yacimientos conocidos— pueden estar, o no, mintiendo sobre sus reservas y sobre su capacidad de incrementar la producción; ahora dicen que no producen más porque no quieren.

Pero nada de eso cambia el hecho —incuestionable— de que, en algún momento, tendremos que plantearnos otra forma de vida.

Y no será tan divertida como esta.