martes, 31 de enero de 2023
Tambores de guerra
viernes, 27 de enero de 2023
Apuntes preelectorales
Este país dice dividirse en dos bandos, como si fuera un partido de fútbol. En realidad son muchos más, pero a efectos de este artículo fingiremos que solo existen dos: la izquierda —autodenominada «progresista» y aceptada como tal con una docilidad asombrosa— y la derecha —«conservadora», por la misma vía de la costumbre—. Bajo el paraguas progresista conviven socialistas y comunistas ya domesticados con nacionalismos regionales, populismos varios y una fauna auxiliar que un día pasaba por allí, descubrió que había presupuesto y decidió quedarse. En la acera conservadora habita la derecha de siempre, su ala más áspera (la ultraderecha, indignada con las veleidades “zurditas” de los suyos), liberales, nacionalistas de ámbito nacional y, de vez en cuando, los que esperan turno para ajustar cuentas y seguir cobrando cuando los otros se cansen.
No se ponen de acuerdo casi en nada; ni siquiera en asuntos donde bastaría una reunión con técnicos y una pizarra. Y, sin embargo, el desacuerdo no es tanto de hechos como de relato: cada facción necesita una película distinta para sostener su clientela.
En energía, por ejemplo, la derecha habla de crisis: escasez, dependencia, precios, vulnerabilidad. La izquierda gubernamental, en cambio, actúa como si el problema no existiera o, mejor aún, como si fuéramos la respuesta continental: exportadores de virtud y kilovatios por delegación. De ahí el entusiasmo con el conducto submarino entre Barcelona y Marsella para transportar hidrógeno verde: se anuncia el tubo con solemnidad de obra civil y se deja en penumbra lo incómodo —producción, almacenamiento, costes, demanda real—. El hidrógeno, ligero y reactivo, no es precisamente un turista cómodo; exige infraestructuras, pérdidas asumidas, seguridad y un sistema entero alrededor. Pero del sistema se habla menos que del gesto, que es lo que cuenta en política: cortar la cinta, sonreír, y que el detalle lo resuelva un comité.
En cambio climático el papel se invierte: los sectores más a la izquierda lo declaran pecado humano —y “humana”, huelga decir—, y prometen redención en cuanto los capitalistas dejen de contaminar; la derecha conservadora lo reduce a meteorología de toda la vida, a veranos y a inviernos de manual, como si la estadística fuera una superstición moderna. Entre ambos extremos, el ciudadano escucha dos sermones incompatibles y acaba haciendo lo que siempre: buscar un paraguas cuando llueve y aire acondicionado cuando abrasa.
Lo relevante, sin embargo, no es qué dogma recite cada uno, sino qué implica. Si el cambio es principalmente antropogénico, la discusión no es “apagar el mundo”, sino quién paga la transición y quién captura sus beneficios: industria, transporte, vivienda, fiscalidad, inversión, competitividad. Si fuera meramente cíclico —hipótesis a la que se aferran los escépticos—, la discusión sería aún más fea: quién paga la adaptación y quién se queda sin ella. En ambos casos, la factura existe. Lo que se disputa no es la factura: es el destinatario.
En lo que sí hay consenso es en la corrupción: ambos bandos coinciden en que los corruptos, casualmente, son los otros. Y lo cierto es que corrupción e incompetencia suelen caminar juntas y no distinguen demasiado de siglas, salvo quizá allí donde las instituciones muerden de verdad y la vergüenza todavía sirve de freno. Fuera de esas latitudes, la picaresca no es una anomalía: es un ecosistema. En Ucrania, por ejemplo, hasta en plena guerra hubo ceses de altos cargos por aprovecharse de la ayuda exterior. Y aquí mismo, sin ir más lejos… Pero mejor lo dejamos para otro día. En este país, la corrupción nunca se acaba: solo cambia de turno.
Enviado a ECA 27/01/2023
Otra tienda cerrada.
Esta se dedicaba a la venta a granel de productos de limpieza, una actividad que debería estar subvencionada, y estaba en el Coso. Tampoco ha podido aguantar más el incremento de los costos y la bajada de las ventas y finalmente se ha rendido. Una más de las muchas que han desaparecido en estos años, al socaire de las grandes superficies, parece que en Barbastro hay nueve, y de las ventas por Internet. Otra puerta cerrada y una luz apagada, más oscuridad y menos gente por las calles. Aún hay quien abomina de la inmigración, pero los inmigrantes parecen ser los únicos a los que aún les queda un poco de iniciativa y de ganas de seguir apostando por el comercio local. El Ayuntamiento, este y los anteriores, son algo completamente inútil, dedicado, como toda la administración pública, a la recaudación de tributos, a poner pegas cuando no a torpedear directamente cualquier iniciativa y a dejar que el pueblo vaya cayendo en la degradación y en la ruina. No hay mucha diferencia, urbanísticamente hablando, entre el Barbastro de hoy y el de los años 60, ne este ayuntamiento ni los anteriores han servido para mucho en ese sentido, pero entonces el centro estaba habitado, las tiendas estaban abiertas, el mercado de frutas y verduras funcionaba todo el año y la ciudad era prácticamente autosuficiente. Hoy el centro está abandonado, las tiendas se cierran, la mayor parte de la huerta ha desaparecido y dependemos completamente de que alguien llene todos los días las estanterías de los supermercados. Es verdad que tenemos un hospital que no teníamos y que vamos a tener un centro de salud nuevo, pero ya veremos si también tenemos los médicos necesarios. En un entorno de escasez generalizada de profesionales de la medicina, ya veremos cuantos son los que quieren venir a vivir aquí.
miércoles, 11 de enero de 2023
De aquellas comedias, estas tragedias.
Han pasado 14 años pero parece que fue ayer.
A vueltas con la gripe del pollo (publicado en enero de 2006) (pulsar)
viernes, 30 de diciembre de 2022
Fin de... año
Vi una película, hace unos días, en la que la
protagonista, a causa de un accidente dejaba de envejecer, se veía obligada a
cambiar periódicamente de residencia y tenía que hacer pasar a su hija por su
madre. Otro accidente devolvió las cosas a la normalidad y la protagonista, una
vez localizada la primera cana, se casó con el hijo o el nieto de su primer
amor y fueron felices y comieron perdices hasta, esto no salía en la película,
pero era obvio, que fallecían y descansaban para siempre. Yo hubiera preferido
otro final, pero las películas tienen que acabar en algún momento y no pueden gestionar
acontecimientos lineales, así que los guionistas optaron por no complicarse la
vida y matar a la protagonista, único final que conservaba el orden natural de
las cosas y permitía poner la palabra FIN al cabo de la hora y media o dos que
duraba la película.
viernes, 23 de diciembre de 2022
El paso del tiempo
El tiempo pasa, ni despacio ni deprisa, a razón de 60 minutos por hora, de día y de noche, en invierno y en verano. No todo el mundo, sin embargo, y sobre todo, no a todas las edades ni en todas las circunstancias, tiene la misma percepción del paso del tiempo. Mi teoría es que, a falta de una mejor, utilizamos, de manera inconsciente pero precisa, como unidad de medida temporal una parte, proporcionalmente manejable, de lo que percibimos como tiempo transcurrido desde el momento en que adquirimos la consciencia de que el tiempo pasa. La unidad, así definida, es relativamente pequeña en las primeras etapas de nuestra vida y, también relativamente, grande en las últimas. En un año, en un mes, en un verano… cabrán muchas más unidades de los 8 años de edad, que de los 70 y, en consecuencia, en esa primera etapa de la vida el tiempo transcurrido, en un período determinado, es percibido como considerablemente más largo que en la última.
miércoles, 16 de noviembre de 2022
El estado de la ciudad
necesariamente mala, para volver a la agitación de los 80 y 90. La renuncia de algunos
concejales, los desencuentros con funcionarios y la falta, aparente pero clamorosa, de un
proyecto identificable de ciudad, vuelven a atraer la atención de las gentes del común,
tampoco demasiada en realidad, sobre un órgano de gestión que llevaba algún tiempo
pasando casi desapercibido. Cosa esta que tampoco es necesariamente buena.
Barbastro ha sido, probablemente aún lo es, una ciudad con múltiples facetas: comercial,
agrícola, universitaria, episcopal, literaria, militar, industrial, turística, hospitalaria, ferroviaria…
Algunas se han quedado en el camino y probablemente para siempre, pero la economía y la
distribución de recursos escasos son, en definitiva, un juego de suma cero y la experiencia ya
debería habernos enseñado que lo que nosotros perdamos, por dejadez o por lo que sea, otros
lo encontrarán. Y no muy lejos de aquí. Es cuestión de no perder nada más y de potenciar lo
que nos queda, que aún es mucho.
El envejecimiento de la población, las secuelas de la pandemia y la falta de médicos están
estresando, no sólo en Barbastro, un sistema de salud también bastante envejecido y
afectando a un hospital, el nuestro, que desde el principio, allá por los 80, ya se veía con recelo
desde los órganos de decisión de la capital. Los médicos son, desde luego, el elemento más
importante del sistema, aunque sea necesario disponer de instalaciones y medios adecuados,
y la escasez de profesionales será, lo es ya, el mayor problema, no su competencia ni su
dedicación, como sugieren en determinados medios para sacarse el problema de encima. En
Francia, en Inglaterra, en Alemania… les pagan mejor y, según dicen los que de vez en cuando
salen por televisión, les permiten trabajar en condiciones más dignas tanto para ellos como
para sus pacientes. ¿Cómo se puede resolver eso? Pues difícilmente, estoy de acuerdo, pero se
podría empezar por detener el deterioro urbano de la ciudad y hacerla más vivible.
Para pedir a profesionales cualificados, y no sólo en el ámbito de la medicina, que construyan
aquí su proyecto de vida hay que proporcionarles y de paso proporcionarnos, un entorno lo
más digno posible y unos servicios suficientes y de calidad. Hoy por hoy, a los propietarios de
edificios en el centro les sale más a cuenta irse a vivir al extrarradio y dejar que sus casas se
deterioren y arruinen, que mantenerlas en condiciones. Los constructores, con notables y
honrosas excepciones, también prefieren construir en las afueras que arrostrar las dificultades
y los gastos de hacerlo en el centro que, como consecuencia, se va deteriorando cada vez más.
En la calle General Ricardos, la arteria principal de la ciudad, hay algunos establecimientos con
sus actuales titulares en edad de jubilación y sin relevo aparente. No es difícil imaginarse el
aspecto que tendrá la calle si finalmente se ven obligados a cerrar. Ya hay ejemplos en la
misma y en otras zonas comerciales de la ciudad.
Un día de estos habrá un debate sobre el estado de la ciudad, una interesante novedad que
quizá llegue un poco tarde, dada la proximidad de las elecciones, pero que, aun así, no es algo
superfluo. Será, sin duda, una forma de descubrir que idea de ciudad tienen los concejales, si
tienen algún proyecto y las causas de la parálisis actual que, de todas formas, viene de largo.
También es posible, como no, que el debate se sustancie en un intercambio de reproches y en
la aprobación, en el mejor de los casos, de propuestas de corto recorrido y nulo interés
estratégico, pero hay que dar un voto de confianza, tanto al gobierno como a la oposición, y
suponer que, lo que en realidad se proponen, es mejorar la ciudad. Pero ya veremos.
martes, 18 de octubre de 2022
Otoño 2022
Cuando yo era muy joven, pongamos que hace más de 60 años, leí un libro de Julio Verne que me impresionó bastante, De la Tierra a la Luna, escrito en 1865, 104 años antes de que Neil Armstrong pusiera el pie en nuestro satélite. La novela describía los esfuerzos de un grupo de artificieros del ejército estadounidense para reutilizar la tecnología balística utilizada en la recién terminada guerra civil y construir un artilugio capaz de vencer la gravedad terrestre y viajar hasta la Luna. No pisaron la Luna, creo, pero consiguieron orbitarla y volver a la Tierra. En 1968 se estrenó la película 2001, una odisea en el espacio, dirigida por Stanley Kubrick, en la que se cuenta como una inteligencia extraterrestre induce o enseña a un grupo de monos escandalosos que se pelean a gritos junto a una charca de agua estancada, a utilizar sus extremidades superiores para manejar una estaca con la que romper la cabeza de sus semejantes. Aparentemente esto fue el principio de un largo proceso evolutivo que culminó en el Homo Sapiens, capaz de construir una nave con la que salir al encuentro de sus benefactores, cosa que ocurre al final de la película.
En fin, todo esto viene a cuento de que,
durante bastante tiempo, pensábamos que la evolución nos iba a permitir
abandonar este valle de lágrimas por una vía distinta de la habitual y
colonizar primero el sistema solar y después… ¿quién sabe? Había que superar serios
inconvenientes como la gravedad, la falta de fuentes de energía adecuadas o de atmósfera,
las distancias a recorrer y los límites físicos a la velocidad alcanzable… pero
en las películas y en las novelas de Asimov, Bradbury y otros, todo eso era peccata
minuta. El final de la guerra fría, con la descomposición de la Unión Soviética
y el fin de la carrera espacial puso fin a los viajes al espacio, salvo los
necesarios para mantener una compleja red de satélites de comunicaciones,
espionaje y control de la población que aún siguen ahí. La evolución, gracias
también a la tecnología militar estadounidense, fue por otro camino.
Los computadores primero y los protocolos
desarrollados por la agencia de proyectos avanzados de defensa (DARPA) de Estados
Unidos, llevaron a Internet y a una revolución cuyos efectos empezaron a
notarse en los años 90 y que hoy ha cambiado, no necesariamente para bien, y en
poco más de 30 años, nuestra forma de informarnos, comunicarnos, leer, aprender
y, en definitiva, de ver el mundo. Una revolución basada, también, en la
disponibilidad de energía fósil abundante y barata, en los descubrimientos
científicos de los siglos XVIII y XIX y en la religión del crecimiento, aunque
cuando Dios dijo aquello de creced y multiplicaos, probablemente, creía
que no pensábamos pasarnos la vida en este pequeño y redondo planeta, ni que
nos tomaríamos tan al pie de la letra lo de multiplicaos. Este otoño llegaremos
a 8000 millones, si la guerra en el este de Europa no lo impide, con muchos de
los activos que nos han traído hasta aquí seriamente comprometidos. No sé si
saldremos del carajal en el que estamos metidos, espero que sí, pero hace
tiempo ya que estamos consumiendo los recursos de un futuro que parecía más
lejano de lo que estaba en realidad.
Esta mañana he leído la carta de dimisión de la jefa de oncología del Hospital de Barbastro, un servicio del que la ciudad podía sentirse, hasta no hace mucho, legítimamente satisfecha. La razón, la sostenida e insoportable falta de medios para atender a sus pacientes. Una más de las muchas cosas que están pasando y que no deberían pasar.
ECA 21oct2022
miércoles, 12 de octubre de 2022
miércoles, 21 de septiembre de 2022
El plan de contingencia
La ministra Ribera, con competencias sobre la transición ecológica y el reto demográfico, propuso hace unos días, meses ya, elaborar, contando con los autoproclamados agentes sociales, empresas eléctricas y gasistas, etc., lo que con toda propiedad llamó un plan de contingencia en el que, es de suponer, se discutirían las posibles acciones a emprender en el caso, parece que probable, de que el acceso a la energía se encarezca o se complique algo, bastante o mucho.
En la nota de prensa publicada por el MITECO, a propósito de la primera de las reuniones que la ministra ha mantenido con este propósito, se aseguraba que España no afronta problemas de seguridad de suministro, pero que debe prepararse para un posible escenario de escasez de gas en la UE durante los próximos meses y, a continuación, delimitaba los objetivos del plan: “El Plan de Contingencia girará sobre tres ejes: uso inteligente de la energía, sustitución de gas por electricidad y otros combustibles y medidas de solidaridad con los socios europeos” o leyendo entre líneas, que el problema lo van a tener otros, pero aquí estamos nosotros para ayudar a quien lo necesite.
Dejando aparte la dificultad técnica de diseñar algo que gire sobre tres ejes, el problema de los redactores de este tipo de notas es que deben decir lo menos posible, o mejor aún nada, con la mayor cantidad de palabras y eso, precisamente, es lo que no ha conseguido el autor de ésta. El plan de contingencia parece estar centrado en el gas, para seguir la estela de las sanciones y contra sanciones a y de Rusia, que podrá ser sustituido, dice, por electricidad y otros combustibles (sic). Lo de los otros combustibles no lo acabo de entender: ¿petróleo, carbón, madera …? y lo de la electricidad tendrá que ver, supongo, con que la Comisión Europea, en un alarde de posibilismo haya declarado verde a la energía nuclear y, de paso, también al gas. En fin, ya veremos en qué se traduce, si es que finalmente el plan llega a ver la luz, lo del uso inteligente de la energía y las medidas de solidaridad con los socios europeos. El optimismo que no falte.
En cualquier caso, los planes de contingencia que pueda elaborar este gobierno no me tranquilizan demasiado, la verdad. La última noticia sobre este asunto, publicada en la Web de la Moncloa en torno al 7 de septiembre, se parece mucho a la primera, publicada a mediados de julio: la ministra se reunirá, otra vez y con el mismo objeto, con consumidores, sindicatos y empresas del ramo. Si el otoño va a ser durísimo, como nos adelantó otra ministra, la de defensa en este caso, que, al menos en teoría, debería estar entre las personas mejor informadas del país, entonces el plan de contingencia debería encontrarse en una fase algo más avanzada, habida cuenta de que, cuando tengan este semanario en sus manos, el verano habrá terminado o le quedarán unas pocas horas (a las 3:04 del viernes 23, la distancia al Sol será la misma para los dos polos terrestres y empezará el otoño astronómico en el hemisferio norte).
Me parece más interesante e incluso más realista, un plan de contingencia local, pero aquí somos bastante reacios a elaborar planes a largo o incluso a medio plazo. Además, son ya muchos años de anunciar la llegada del lobo, sin que el lobo llegue y nuestras autoridades están ya curadas de espanto, sobre todo una vez que han comprobado que festivales, ferias y fiestas han vuelto con renovados bríos, muy a pesar de los agoreros que las daban por desaparecidas.
Curadas de espanto, carentes de imaginación -en España la imaginación no cotiza en política- y con las próximas elecciones como único horizonte, bastante han hecho, los que lo hayan hecho, con elaborar un plan estratégico por el ingenioso, sencillo, barato y hasta agradecido procedimiento de recoger y compilar las sugerencias de la gente. El riesgo es que la gente se pregunte que para qué sirve tener un gobierno, de cualquier nivel, si al final las ideas tienen que ponerlas ellos. Conviene, sin embargo, tranquilizarlos en ese aspecto. El gobierno puede parecer, a veces, innecesario, pero, desde luego, es inevitable[1].
Un hipotético plan de contingencia estaría orientado a prever y, a ser posible, minimizar, los efectos de una crisis coyuntural grave, el durísimo otoño que anunció Margarita Robles, y que puede derivar en una aceleración incontrolada de la pérdida de complejidad del sistema, con la consiguiente destrucción de los enlaces y conexiones que lo mantienen en funcionamiento y que, al menos en parte, ya ha comenzado. No hay más que mirar a nuestro alrededor para constatar que muchas cosas que, hace sólo unos pocos años, funcionaban razonablemente bien o al menos estaban ahí, y no me refiero sólo a la cosa pública, han dejado de hacerlo o han desaparecido y no parece que, a corto plazo, vayan a recuperarse.
Bajo ciertas condiciones, una población de tamaño medio, como Barbastro, podría disponer, en una emergencia, de una importante ventaja comparativa respecto a las grandes ciudades siempre y cuando, claro, dispusiera de un plan auspiciado por el Ayuntamiento, con o sin la colaboración de otras administraciones públicas o entidades privadas como la Cruz Roja, la Iglesia o colectivos ciudadanos sin afiliación. Se puede elucubrar todo lo que se quiera sobre el contenido ese plan, pero no hay mucho tiempo ni tampoco necesidad de inventar nada. Hay ciudades, sobre todo en el mundo anglófono, que cuentan desde hace tiempo con documentos muy elaborados y actualizados. No hay más que copiarlos o utilizarlos como plantilla y adaptarlos, pero, básicamente, habría que intentar garantizar un reparto equitativo de los alimentos y el combustible disponible, la atención a los niños, los enfermos, los mayores y los discapacitados, el acceso a los hospitales y centros de salud, el funcionamiento de los servicios de policía, el mantenimiento del orden y unas pocas cosas más.
También es posible que la guerra en Ucrania acabe pronto y bien, aunque no consigo imaginar cómo; que el gas y el petróleo vuelvan a fluir a precios razonables como consecuencia de lo anterior; que la inflación se estanque o remita; que no aparezcan más pandemias; que Europa no se rompa del todo y que la economía real consiga reparar, aunque sea temporalmente y sólo en parte, las conexiones rotas, que el gobierno deje de anunciar el apocalipsis y la solución en el mismo día y que salgamos del otoño con la cartera todavía en el bolsillo. Si fuera así, la sorprendente resiliencia del sistema nos habría dado otra prórroga que podríamos aprovechar para estar preparados cuando el cielo caiga sobre nuestras cabezas. O para organizar las fiestas del año que viene. Pero en realidad, a estas alturas la única actividad verdaderamente necesaria, aunque en modo alguno suficiente, para evitar el colapso sería incrementar, hasta donde fuera posible, el nivel de sapiencia, que no es lo mismo que de conocimiento o inteligencia, de la mayoría. Feliz comienzo del otoño.
[1]
Government: Unnecessary but Inevitable, Randall G.
Holcombe, DeVoe Moore Professor of Economics at Florida State University.
jueves, 18 de agosto de 2022
El baile
Me decía un amigo que tenía la desagradable impresión, cada vez más difícil de ignorar, de que todo se estaba descomponiendo a su alrededor. Como ejemplo no citaba la seguridad social, seriamente tocada por la inefable gestión de la pandemia, ni el desastre ferroviario provocado por el robo de unos metros de cable. Todo eso y algunas cosas más, como la guerra, la sequía, la subida de precios, la vuelta de las fiestas patronales o la crisis energética, le parecía importante y desde luego, muy preocupante, pero, según él, el síntoma más evidente de que todo se va a…, es el baile del alcalde de Vigo.
El baile en cuestión, que insistió en
enseñarme en su móvil, no es ni más ni menos extravagante o extemporáneo que
los concursos de bombillitas de navidad que este hombre organiza cada año, la
entrevista del alcalde de Madrid con dos bromistas rusos o, por apuntar algo
más alto, las gansadas de varios presidentes de Estados Unidos, antes, durante
y después de ejercer como tales, pero sirve para plantearse alguna cuestión
interesante sobre el modelo de gobierno que tenemos y que, grosso modo, se
conoce como democracia representativa. A mi amigo le parecía dudoso, por ejemplo,
que comportarse en público como un imbécil, y más de manera reiterada, fuera
compatible con la capacidad de llevar a cabo una gestión medianamente
responsable de la pequeña isla de baja entropía, mantenida cada vez con más
dificultad y a base de quemar primero árboles y después carbón y petróleo, en
la que habitamos.
Desde luego no lo parece —que sea
compatible, quiero decir—, pero es igual porque nadie plantea la cuestión en
esos términos y, además, también podríamos preguntarnos, aunque sea de manera
retórica, si exhibir en público un comportamiento que mi amigo y seguramente
alguno más, considera propio de imbéciles, es compatible con ganar, por mayoría
absoluta y reiteradamente, unas elecciones. La respuesta, evidentemente, es que
sí y por tanto la pregunta anterior carece de interés y la opinión de mi amigo
sobre lo que es o deja de ser propio de imbéciles también.
A mí me parece más interesante, puestos a
divagar, establecer hasta qué punto el comportamiento de un sistema termodinámico,
esta civilización, sujeto a unas leyes fundamentales que hemos conseguido enunciar pero que no hemos no establecido y que no podemos modificar, puede verse afectado por decisiones
tomadas en Washington, Madrid o Vigo o por un discurso económico o político contingente,
cuyo contenido es generalmente ajeno a esas leyes. La respuesta es, seguramente,
ambigua. El sistema camina, como nosotros,
hacia un final que podemos acelerar, que quizá estemos acelerando, pero que no
podemos retrasar ni, por supuesto, evitar.
Mientras tanto, que el alcalde de Vigo baile o deje de bailar es, comparado con lo que dicen que se nos viene encima este otoño o el siguiente, algo insignificante.
Publicado en ECA 19082022
jueves, 28 de julio de 2022
Diálogos para besugos V
- Hola, me alegro de verle.
- Bueno, yo estaba alegre cuando lo he visto.
- Estupendo. Pues ya estamos los dos alegres.
- No, yo no. He dicho que estaba alegre cuando lo he visto. Ahora ya no lo estoy.
- Caramba. ¿Quiere decir que verme a mí le ha quitado la alegría?
- Pues sí, exactamente así ha sido.
- Bueno, si usted lo dice. En todo caso eso tiene fácil solución. No parece que llevemos el mismo camino así que dejaremos de vernos en un momento.
- Sí. Lo estoy deseando.
- Pues nada, adiós.
- Ya que me ha quitado la alegría podría, al menos, disculparse.
- ¿Usted cree? No hay problema, me disculpo.
- Así, ¿sin más? ¿le parece suficiente?
- Me ha pedido una disculpa y, aunque no acabo de ver por qué, me disculpo. Debería, efectivamente, ser suficiente.
- Extraordinario. Le ha quitado a un hombre la alegría y no ve por qué tendría que disculparse. Me está pareciendo usted bastante canalla, la verdad.
- ¿Canalla? Creo que ahora es usted el que tendría que disculparse. Yo no le he insultado a usted.
- Ni yo a usted tampoco. Llamarle canalla es sólo una definición, no un insulto.
- Bueno, ya está bien. No voy a disculparme ni a seguir hablando con usted. Qué tenga un buen día y... Oiga… ¿Qué hace con esa pistola? ¿Por qué me apunta? ¡Socorro, policía!
- …
- Se encuentra uno con todo tipo de gente en estos lugares. Bueno, por lo menos ese canalla ya no le quitará la alegría a nadie más.
lunes, 13 de junio de 2022
viernes, 3 de junio de 2022
Los Algoritmos
El Heraldo publicó hace unos días la
¿noticia? de que un grupo de expertos, reunidos en la Sala de la Corona de la
sede del Gobierno de Aragón, habían convenido en la urgencia de retomar el
proyecto de la Travesía Central Pirenaica —TCP, para los iniciados—: un túnel
de baja cota a través del Pirineo central, capaz de soportar el tráfico a alta
velocidad de trenes de gran capacidad —de viajeros y mercancías— y de servir de
alternativa a los pasos naturales existentes a ambos lados de la cordillera.
No es la primera vez, desde luego, que la Sala de
la Corona acoge un evento de esta naturaleza. El 13 de septiembre de 2011, día
más o menos, el mismo periódico, creo, publicaba la —vamos a llamarla otra vez—
noticia de que el Ejecutivo aragonés se proponía apoyar o impulsar, seguramente
ambas cosas, a un lobby internacional (sic) en favor de la travesía en
cuestión. En la foto que acompañaba a la noticia se veían unas cincuenta
personas, casi todas de por aquí, así que no sé a qué venía lo de internacional
ni, si a eso vamos, lo de lobby, reunidas en la gafada Sala de la
Corona.
Probablemente, con la misma sensación de estar
asistiendo a un acontecimiento histórico que tuvieron en la presentación —con
un formato bastante más escandaloso, pocos años antes— de Gran Scala, curioso
asunto este último, por cierto, sobre el que quizá valiera la pena volver
alguna vez.
El lobby iba a recabar, a base de eventos
a celebrar en varias ciudades de España y de la Unión Europea, los apoyos
necesarios para sacar adelante el proyecto, pero, que yo sepa, la cosa se
limitó a una moción para apoyar la travesía —que no sé si estaba relacionada
con el lobby— presentada por un senador del PAR que, por aquel entonces,
iba en las listas del PP. Si la moción se aprobó o no —supongo que sí— es algo
que interesa, acaso, al que la presentó y poco más.
Supongo que tampoco ahora va a ir la cosa mucho
más allá de las declaraciones de destacados miembros del actual Gobierno,
declaraciones que, al menos por lo que a este asunto respecta, tampoco tienen
demasiado interés si no se traducen —y no parece que vayan a hacerlo— en algo
más efectivo.
La TCP se hará, si se hace, cuando la tecnología
para perforar montañas, ya muy avanzada, permita tunelar 60 o 70 km bajo el
Pirineo en un tiempo y a un coste asumibles. Razones, tanto para construir este
túnel como para completar la red ferroviaria de Huesca con una línea de Huesca
a Lérida por Barbastro, Monzón y Binéfar, me parece a mí que sobran; pero está
claro que, en estos momentos, no hay ni un clamor popular —que tampoco hubo
cuando perdimos el enlace ferroviario con la línea Zaragoza–Lérida— ni voluntad
política.
Eso llegará, creo yo, pero puede que, para
entonces, la energía y los materiales necesarios para perforar el túnel y
construir las plataformas, las estaciones, las vías y el resto de la
infraestructura ya no estén disponibles.
En esto de la construcción de túneles para
permeabilizar entornos montañosos hay dos ejemplos —en realidad, muchos más— en
los que podríamos fijarnos. Uno de ellos está en los Alpes y, sobre todo, en el
último túnel inaugurado: el San Gotardo, de algo más de 50 km; ejemplo
desechable, probablemente, con el argumento de que la población y el nivel
económico de la zona no admiten comparación con nuestro depauperado territorio.
O con el, aún más peregrino, de que para eso ya está, o estará, el corredor mediterráneo.
El otro, en las islas Feroe, territorio autónomo
—muy autónomo— de la corona danesa en el Atlántico Norte, poblado por unas
50.000 personas y formado por 19 islas, cuya población oscila entre los 140 y
los 20.000 habitantes. Muchas de esas islas, incluida la de 140 habitantes,
están unidas por túneles carreteros construidos bajo el mar, uno de ellos con
la única rotonda submarina del mundo.
Como curiosidad, la oficina del primer ministro
—donde no parecían trabajar más allá de 15 personas— y otros ministerios ocupan
pequeñas casitas de madera de color rojo, algunas con tejado de hierba como
aislante y ventanas sin cortinas, indistinguibles del resto y ubicadas en una
calle cualquiera de Tórshavn, la capital.
Aquí gastamos bastante dinero en sostener una
administración pública hipertrofiada, cuya utilidad no siempre resulta tan
evidente como su ubicuidad.
Pero bueno, dirán ustedes, antes de que me pierda
por estos vericuetos: ¿y a nosotros qué nos importa lo que hagan por ahí? Y,
además, ¿esto no iba de algoritmos?
Ah, sí, los algoritmos…
He leído esta mañana que Yolanda Díaz anuncia un
algoritmo para fiscalizar las horas extras que no se pagan, y me ha parecido
que el asunto daba para escribir, como mínimo, un artículo. A ver si encuentro
tiempo.
De momento, ahí queda el título.
viernes, 29 de abril de 2022
Tormentas de primavera
Tenemos una guerra en suelo europeo, una guerra todavía limitada al
territorio de Ucrania, pero que puede derivar en casi cualquier otra cosa,
incluyendo un intercambio de misiles con carga nuclear entre Rusia y Estados
Unidos.
Europa tiene, además, otros problemas, por si
acaso lo de la guerra nuclear no acaba de cuajar: la debilidad de la Unión
Europea; la crisis energética, cuyo final —infeliz—, tantas veces aplazado,
parece ahora más cerca que nunca; la inflación que afecta a su moneda, una vez
que las estrictas condiciones iniciales impuestas a los países que adoptaron el
euro han pasado a mejor vida. Y eso por no mencionar la fusión de la nieve en
los glaciares alpinos, de donde procede un cuarto del agua que llevan los grandes
ríos europeos, el deshielo del permafrost siberiano y la destrucción, por
incendios, de enormes masas forestales en la taiga.
Hace ya años que Europa no es el centro del
mundo, ni económica ni militarmente, pero, al menos, tampoco era el campo de
batalla que fue durante veinte siglos, ni estaba ya dividida en los dos bloques
que se enfrentaron en la Guerra Fría (1945-1991).
La invasión de Ucrania por tropas rusas ha
terminado bruscamente con ese sueño y ha obligado a la mayoría de los países
europeos a tomar partido por el país agredido y a aplicar, siguiendo la estela
norteamericana, sanciones económicas al agresor que admiten muchas similitudes
con una patada a Rusia en nuestro propio culo.
No sé cómo terminará esto, pero no parece que
haya una salida fácil. Hay muchos muertos, muchos territorios en disputa y el
papel de Rusia, como la gran potencia que quiere ser, está definitivamente en
entredicho. El apoyo que ahora parece tener Putin entre sus conciudadanos no
resistiría una derrota, así que tiene que seguir vendiendo que todo va según el
plan previsto y buscar una victoria, aunque sea por la mínima: quizá
conservando Crimea y ocupando, al menos, un pequeño corredor en el este de
Ucrania.
Para Zelenski tampoco hay una salida fácil.
Una victoria militar sobre Rusia parece, a pesar de la aparente incompetencia
del mando militar ruso, algo impensable con la actual relación de fuerzas, al
menos sin la intervención de tropas de la OTAN —es decir, del ejército de
Estados Unidos—, pero eso llevaría, con toda seguridad, al empleo de armas
nucleares y quizá a una guerra mundial. Una derrota del ejército ucraniano
también es impensable: Biden y algunos líderes europeos han dejado claro que no
contemplan ese escenario, lo que también nos lleva a una intervención militar
de Estados Unidos y la OTAN.
En casa, las cosas no están mucho mejor. La
clase política española ha encontrado la fórmula para estar en misa y
repicando, con una parte del Gobierno a favor de enviar armas a Ucrania y otra
en contra; una parte a favor de la OTAN —que va a reunirse en Madrid un día de
estos— y otra a favor de convocar, alternativamente, una conferencia pacifista.
Dicen que han conseguido —o están a punto de
conseguir— una bajada del precio de la electricidad por el procedimiento de
topar (sic) el precio del gas utilizado para producirla. Ya veremos cómo lo
gestionan y cuánto dura. Pero Europa, que ha cedido en esta y otras cuestiones,
quiere, a cambio, que el Gobierno resuelva el déficit de las pensiones por el
procedimiento, supongo, de reducirlas, y eso no entrará, previsiblemente, en
los planes —al menos en los explícitos— del Gobierno a menos de un año de las
elecciones generales.
El efecto conjunto de todo esto es, casi
inevitablemente, el colapso.
Todas las sociedades y civilizaciones que nos
precedieron acabaron colapsando, desde los mayas hasta los romanos, pasando por
Mesopotamia y Egipto. Una crisis energética, la pérdida de suelo fértil, la
consolidación de las fronteras y el fin de la expansión, la dificultad para
extraer más oro y, finalmente, como consecuencia de todo ello, la manipulación
y pérdida de valor de la moneda acabaron, tras doce siglos de dominio del mundo
conocido, con el Imperio romano de Occidente. El de Oriente, conocido como Imperio
bizantino, que conservó y protegió su moneda, duró mil años más.
Como consecuencia del colapso, muchos
ciudadanos romanos se vieron de la noche a la mañana convertidos en siervos;
las grandes ciudades del Imperio fueron destruidas y abandonadas; las legiones,
dispersadas; el latín, recluido poco a poco en iglesias y monasterios, y todos
los enlaces necesarios para mantener la complejidad de la sociedad,
definitivamente rotos, con mil años de oscuridad por delante.
Nada de eso ha pasado aquí todavía, pero el
BCE parece incapaz de garantizar la estabilidad de precios —que es una de las
pocas cosas que tendría que hacer—; la gestión de la pandemia por la OMS, muy
mejorable en mi opinión, ha debilitado o roto muchos de los enlaces existentes;
tenemos una guerra en el patio trasero y la Unión Europea, ya gravemente tocada
por el Brexit, va a tener que enfrentarse a la eclosión de múltiples
movimientos antieuropeos en varios países.
Una situación muy complicada y sin solución
aparente.
Incluso con otro Gobierno.
Publicado en ECA, 29/04/2022.
sábado, 9 de abril de 2022
viernes, 18 de marzo de 2022
¿Primavera?
Me decían esta mañana que el polvo del desierto,
que ha teñido de amarillo Madrid y media España, no es sino la última, por
ahora, de las plagas que nos están cayendo encima en este año III de la
Pandemia Interminable, junto a la guerra, la crisis energética y climática, la
inflación, las matemáticas con perspectiva de género, los políticos y sus
políticas y la tontería felizmente reinante.
Es posible, pero las plagas en Egipto terminaron
cuando el faraón cedió y dejó salir a los judíos. Nada de lo que está pasando
hoy —y son muchas cosas— parece tener remedio.
Algunos edificios públicos, no sé si todos, han
cerrado la calefacción quince días antes de lo previsto y Ana Patricia Botín ha
bajado a 17 grados la calefacción de su casa, siguiendo las directrices del
superministro Borrell y con objeto de tocarle las narices a Putin. Puede
parecer una tontería, pero solo porque, efectivamente, es una tontería.
La guerra en Ucrania, una guerra no declarada, ha
despertado de su letargo a la Unión Europea y ha abierto de par en par sus
fronteras a millones de refugiados ucranianos, agraviando, comparativamente, a
quienes, desde Siria, Afganistán y otros lugares, llevan años esperando a la
puerta sin demasiado éxito.
Nuestro problema es que vivimos al día, y vivimos
al día porque no podemos, o no sabemos, vivir de otra manera. No entendemos un
carajo de todo lo que pasa y, aunque lo entendiéramos, daría igual.
Ayer, aprovechando la coincidencia de la fecha en
formato anglosajón —3/14— con los tres primeros dígitos del número π, se
celebraba, por resolución de la UNESCO, el Día de las Matemáticas. Lo
celebramos, pero seguimos creyendo que es posible hacer sostenible el
crecimiento exponencial simplemente cambiándole el nombre.
La Reserva Federal, el FMI o el Banco Central
Europeo han sido, durante algún tiempo, los garantes de una estabilidad de
precios tan fantástica como todo lo demás. Hubo un tiempo en el que la
inflación se creaba a base de imprimir billetes sin el debido respaldo —ya
fuera oro, derechos de giro del FMI o lo que fuera—. Hoy eso ya es innecesario,
porque el 95 % del dinero en circulación son depósitos a la vista o a corto y
medio plazo, y el dinero lo crean de la nada los bancos comerciales cada vez
que conceden un préstamo, un proceso inflacionario donde los haya, me parece a
mí.
Pero se nos ha hecho creer que la política
monetaria —a veces restrictiva, a veces lo contrario— es suficiente para hacer
compatible la pérdida de valor del dinero con el mantenimiento de su poder
adquisitivo. Y puede que lo haya sido, pero parece que se acabó.
Durante años se han ignorado las señales de
alarma que nos envía el planeta que nos acoge, cada vez con más desgana, aunque
solo seamos un pequeño interludio en sus 4.500 millones de años de historia
geológica.
Hace 10.000 años, el Homo sapiens —sapiens
a ratos, y porque lo decimos nosotros— era poco más de 1.000.000 de individuos;
en 1953 ya éramos dos mil millones, y hoy somos más de siete mil millones. No
sé dónde estará el límite, pero, esté donde esté, está claro que lo
alcanzaremos en poco tiempo. Este es, precisamente, el pequeño secreto que hay
detrás del crecimiento exponencial.
Ayer leí de una sentada el libro póstumo de
Fernando Marías, al que conocí en Barbastro hace muchos años, en el que cuenta
la terrible historia de Días de vino y rosas trasplantada al Madrid de
finales del siglo XX y, ya por la noche, hice una llamada desde el teléfono
fijo.
La relación entre ambos hechos y lo que he
escrito más arriba me ha tenido desvelado desde las cinco de la mañana.
Otro día me extenderé sobre esto, que hoy ya
llego tarde.
Publicado en ECA, 18/03/2022.
sábado, 19 de febrero de 2022
El ¿final? del invierno.
martes, 18 de enero de 2022
La historia se repite (a veces)
sábado, 1 de enero de 2022
El invierno de la energía
La crisis energética, discretamente omnipresente desde hace años, era sobre todo la crisis del petróleo. Es verdad que había y hay otras fuentes de energía primaria, incluso algunas parcialmente renovables, pero el petróleo tiene unas ventajas que lo hacen, en la práctica, insustituible. En cualquier caso, la gente, en general, no habla demasiado de crisis energética por la sencilla razón de que aún no la percibe como amenaza.
Es verdad que el precio de la energía eléctrica lleva un tiempo descontrolado, pero eso ya ha pasado otras veces, y no solo con la energía eléctrica sino también con el petróleo, que en 2008 llegó a alcanzar los 180 $ por barril para caer hasta los 30 y permanecer en ese entorno por largas temporadas. Ahora el precio del Brent está cerca de los 80 dólares por barril, pero la gente, harta ya de que le anuncien la inminente llegada del lobo y con el gobierno prometiendo un día sí y otro también reducir la factura de la luz a niveles aceptables, no parece preocuparse demasiado, o al menos no lo suficiente como para expresar ruidosamente en la calle su preocupación y descontento.
Sin embargo, hay sobrados motivos para preocuparse. Entre 1950 y 2020 la población mundial ha pasado de 2,54 a 7,79 miles de millones de personas, es decir, prácticamente se ha triplicado y, en la parte del mundo que nos ha tocado vivir, se han alcanzado cotas de bienestar que ninguna generación había conseguido hasta la fecha y que pueden atribuirse sin ningún problema al descubrimiento y explotación, en poco más de 200 años, de enormes cantidades de energía solar almacenada en el interior de la Tierra en tiempos geológicos remotos durante cientos de millones de años.
Una energía que no se puede reponer ni sustituir en la mayor parte de los usos que ahora tiene, y sobre todo en el transporte. Es verdad que ya hay coches eléctricos e incluso están proliferando los puntos de recarga rápida, pero no son muchos y no está claro que los materiales necesarios para la fabricación de estos vehículos vayan a estar disponibles para toda la flota en un futuro previsible. Y, en todo caso, la energía eléctrica que ha de mover la nueva y ¿sostenible? flota habrá de salir de algún sitio y no parece que la obtenida de fuentes renovables vaya a ser suficiente si el tamaño de la flota ha de acercarse al de la que actualmente se mueve con combustibles fósiles. Ni mucho menos.
La civilización industrial es un sistema complejo que funciona mediante la transformación de un flujo constante, y esto es muy importante, creciente, de energía de baja entropía en otro de alta entropía, es decir, en calor disipado en la atmósfera. Hasta los años 70 del pasado siglo, el ritmo de descubrimientos de nuevos yacimientos y el petróleo obtenido permitían alimentar ese ritmo creciente, pero a partir de ese momento el petróleo alcanzó su pico de producción en los Estados Unidos, ante el general desconcierto y tal como Hubbert había predicho.
La primera consecuencia fue que los Estados Unidos pasaron en poco tiempo de exportador a importador neto, salvando así una situación que resultará imposible de manejar cuando el pico sea global. La forma, casi desesperada, de resolver el problema en este último caso ha sido recurrir a la extracción de petróleo en formación mediante la utilización de técnicas de fracturación de rocas, obteniendo un resultado insuficiente, escasamente rentable y muy costoso en términos ambientales, por lo que muchas de las empresas que lo iniciaron están en estos momentos próximas a la quiebra o han abandonado directamente el mercado.
El comportamiento de sistemas complejos suele presentar un período largo de estabilidad, pero la mayoría alcanza en algún momento puntos de inflexión o umbrales críticos en los que el sistema pasa de un estado a otro de una manera abrupta, con la consiguiente pérdida de complejidad. La mayor parte de la población, al menos la del hasta hace poco conocido como primer mundo, no ha experimentado el tipo de sociedad que resultaría de un colapso del sistema, pero la búsqueda de espacio y recursos ya ha provocado enfrentamientos más o menos extendidos e incluso guerras globales.
Digamos que la disponibilidad de energía abundante y barata, y una relativamente homogénea distribución de la riqueza resultante —al menos entre los que hubieran estado en condiciones de manifestar violentamente su disgusto— ha mantenido el sistema, durante un período asombrosamente largo de tiempo, en la situación que los europeos de la primera mitad del siglo XX denominaban Paz Armada o Belle Époque y que terminó, dicho sea en términos coloquiales, como el rosario de la aurora.
Ahora parece haber otras formas y otras herramientas más sofisticadas para hacerse con el poder real y gestionarlo, formas que se están experimentando constantemente y a plena luz y que, implícita o explícitamente, están terminando con otro de los experimentos de los siglos XIX y XX: la democracia representativa, que los griegos también experimentaron y que quedó después relegada al olvido durante mucho tiempo.
ECA, 30 de diciembre de 2021
viernes, 24 de diciembre de 2021
Otoño (aún)
domingo, 24 de octubre de 2021
Otoño (ahora sí)
viernes, 20 de agosto de 2021
Diálogos para besugos IV
- Buenos días
- Espere, aún es pronto.
- Venía a pedir hora para una consulta.
- ¿A pedir hora? Aquí hay que venir con la hora pedida.
- Pero…
- Si no tiene hora no puedo atenderla. Lea, lea las instrucciones en aquel panel.
- Precisamente quiero pedir hora para que me atiendan.
- Ya, pero eso es después. ¿Tiene usted hora?
- Las diez y cuarto.
- Me refiero a si le han dado a usted hora para ser atendida en esta oficina.
- No, aún no. Ya le he dicho que he venido a pedirla
- Hay que tener hora para venir aquí a pedir hora. Pero la gente hace lo que le da la gana y así va este país. Tiene usted a su disposición un número de teléfono y una página web, aunque hoy, por lo visto, la página no funciona.
- Ya, pero, aunque funcione, yo no sé dónde está esa página y en el teléfono sale una señorita muy amable que me asegura cada minuto o dos que me atenderán enseguida. Desde las nueve, llevo esperando. Y como tenía que pasar cerca de aquí…
- Claro, Ha pensado usted que aquí estamos para cuando a usted le venga bien aparecer. Usted tenía que haber esperado a que le atendieran y en lugar de eso viene aquí sin tener hora.
- Sí, para pedir hora, precisamente.
- Y usted cree que yo puedo desatender a otros que tengan hora para atenderla a usted, que no la tiene.
- Pero… Si aquí no hay nadie.
- No hay nadie, desde luego. Y ¿por qué no hay nadie, según usted?
- Pues por…
- Porque estarán pidiendo hora por teléfono o por Internet, como debería estar haciendo usted. Y dentro de nada se presentarán aquí y se encontrarán con que estoy atendiéndola a usted que no tiene hora. Está usted poniendo en riesgo la seriedad de esta oficina y mi puesto de trabajo.
- Oiga, mire, la verdad es que había olvidado que ayer mi hija me pidió hora en la página esa. Me dijo que le habían dicho que viniera a las diez y veinte.
- Eso es otra cosa. Precisamente son ahora. Usted dirá.
- Venía a pedir hora para una consulta.
- Ah, muy bien. Hoy está todo cogido, pero mañana tenemos disponibles las 9, las 11, las 12 y la una.
- Cuanto antes mejor. A las 9.
- A las 9 pues. Aquí estamos para atenderla.
Como recuerdo y homenaje a los diálogos para
besugos de Editorial Bruguera.
Publicado en ECA el 20/08/2021



