Se puede estar a favor de la monarquía o de la república o incluso a favor o en contra de la democracia, como principio general, o de este modelo de democracia representativa en particular, sin que esto, en un entorno económico expansivo, suponga mayores problemas aun en el caso de que, eventualmente, un porcentaje importante de la población esté en contra del modelo vigente. Los problemas, sin embargo, aparecen inevitablemente, cuando la economía se contrae, los salarios disminuyen, la inflación se dispara y los niveles de pobreza o simplemente de insatisfacción y de falta de expectativas para los más jóvenes aumentan hasta devenir intolerables. Y lo tolerable podría encontrarse en un estado de cosas en el que una mayoría suficiente, pongamos el 70% pero mejor por encima del 75, estuviera razonablemente cómoda con el statu quo, y no tuviera interés en promover ni amparar cambios mediante la violencia callejera ni, y esto es importante, estuviera dispuesta a soportarla. Ahora que las cosas empiezan a ir ostensiblemente mal, en Cataluña, pero también en otras partes del estado, parece haberse puesto de moda menospreciar lo que se conoce como régimen del 78, lo que vino después de los casi 40 años de dictadura franquista y que es, en esencia, una solución de compromiso entre los que querían darle la vuelta a la tortilla y los que sólo estaban dispuestos a compartir el poder político y algunas de las ventajas económicas que dicho poder proporcionaba, pero, por supuesto, sin tocar los privilegios adquiridos o consolidados durante el régimen anterior. Compromiso, en realidad, no hubo. Tampoco fue necesario, porque la gente sólo quería tranquilidad y mejores condiciones de vida. La tortilla se quedó como estaba y los privilegios de la clase dirigente no se tocaron, pero, como aparente compensación, una nueva clase política, aparentemente desconectada del régimen anterior, hizo su aparición prometiendo democracia, trabajo y sobre todo una mejora sustancial de la situación económica para la mayoría, una clase política que está siendo sustituida por sus legítimos herederos, que no saben ni quieren saber nada de lo que pasó antes de que ellos vinieran al mundo.
martes, 9 de enero de 2024
Elogio, interesado, de la transición.
Se puede estar a favor de la monarquía o de la república o incluso a favor o en contra de la democracia, como principio general, o de este modelo de democracia representativa en particular, sin que esto, en un entorno económico expansivo, suponga mayores problemas aun en el caso de que, eventualmente, un porcentaje importante de la población esté en contra del modelo vigente. Los problemas, sin embargo, aparecen inevitablemente, cuando la economía se contrae, los salarios disminuyen, la inflación se dispara y los niveles de pobreza o simplemente de insatisfacción y de falta de expectativas para los más jóvenes aumentan hasta devenir intolerables. Y lo tolerable podría encontrarse en un estado de cosas en el que una mayoría suficiente, pongamos el 70% pero mejor por encima del 75, estuviera razonablemente cómoda con el statu quo, y no tuviera interés en promover ni amparar cambios mediante la violencia callejera ni, y esto es importante, estuviera dispuesta a soportarla. Ahora que las cosas empiezan a ir ostensiblemente mal, en Cataluña, pero también en otras partes del estado, parece haberse puesto de moda menospreciar lo que se conoce como régimen del 78, lo que vino después de los casi 40 años de dictadura franquista y que es, en esencia, una solución de compromiso entre los que querían darle la vuelta a la tortilla y los que sólo estaban dispuestos a compartir el poder político y algunas de las ventajas económicas que dicho poder proporcionaba, pero, por supuesto, sin tocar los privilegios adquiridos o consolidados durante el régimen anterior. Compromiso, en realidad, no hubo. Tampoco fue necesario, porque la gente sólo quería tranquilidad y mejores condiciones de vida. La tortilla se quedó como estaba y los privilegios de la clase dirigente no se tocaron, pero, como aparente compensación, una nueva clase política, aparentemente desconectada del régimen anterior, hizo su aparición prometiendo democracia, trabajo y sobre todo una mejora sustancial de la situación económica para la mayoría, una clase política que está siendo sustituida por sus legítimos herederos, que no saben ni quieren saber nada de lo que pasó antes de que ellos vinieran al mundo.
martes, 5 de diciembre de 2023
Mi calle, las fuentes y el río
Parece que se van a recuperar las viejas fuentes
del Azud y del Vivero en la calle de las Fuentes. Para mí, que nací y viví
quince años en una casa que está justo encima, estas fuentes fueron un elemento
imprescindible del paisaje.
Las fuentes, sobre todo la del Azud —porque la
del Vivero decían que no era potable—, suministraban agua en verano y, a veces,
también en invierno, ya que la incipiente red de suministro se congelaba con
bastante facilidad y, sobre todo, nunca proporcionaba agua a la temperatura
adecuada, cosa que sí hacía la fuente.
Las escaleras que llevaban a las fuentes eran
también la vía de acceso al cauce del río y a la chopera —la arbolera, en el
lenguaje del barrio—, a través del muro de contención del Azud, en el tramo
final del desagüe del Moliné. Esta chopera era impresionante, o me lo parece
ahora, con árboles enormes que se levantaban por encima de los tejados, pero
cayó antes que las fuentes. A los pequeños chopos que sustituyeron a los que
habían cortado se los llevaron las riadas y puede que también las rogativas —no
creo que pasaran de ahí— de algunas vecinas más que satisfechas con el sol
poniente que los árboles caídos no dejaban pasar.
Fue una pena, porque aquella chopera era un
magnífico parque en tiempos en los que no había nada mejor y la gente veraneaba
en casa, y su desaparición, aunque nos permitió ampliar nuestros horizontes y
ver el Ayuntamiento y el puente del Portillo desde casa, dejó un considerable
vacío. Pero el río seguía allí.
Pastaban entonces un par de cabras —una de ellas
bastante agresiva—, puede que también ovejas y algunos patos de los vecinos; se
pescaban barbos, se lavaba la ropa —que luego se aclaraba en la fuente—, se
dirimían a cantazos los conflictos con los barrios vecinos, se organizaban
meriendas y otros actos sociales y se construían pequeñas casetas de barro y
pedazos de ladrillo.
Como campo de juegos parecía inabarcable e
insustituible, sobre todo durante el largo verano que empezaba antes de las
fiestas de San Ramón y acababa bastante después de las de septiembre. Dos
hogueras rivales —la de la calle de las Fuentes, en la orilla izquierda, y la
del Arrabal, en la derecha— se quemaron allí, una frente a otra, durante
algunos años, y ahora me parece un auténtico milagro que no provocaran un
incendio que se llevara por delante media ciudad. En ocasiones, una de las
hogueras ardía antes de la fecha señalada como consecuencia de alguna incursión
de los promotores de la hoguera rival.
Pero aquel río, que en condiciones normales era
poco más que un arroyo, tenía sus prontos y, de tanto en tanto, sobre todo
coincidiendo con el final del verano, hacía una muy notable demostración de
fuerza y se convertía en una furiosa avenida de color marrón que arrastraba
todo lo que encontraba a su paso. Una vez, al menos, se metió dentro de mi
casa: dejó en el patio una marca de más de un metro de altura, que encontramos
al volver a la mañana siguiente, y causó en la ciudad daños más que considerables.
No sé si aquel desastre, los problemas sanitarios
que ya empezaban a dar que hablar o una profecía apócrifa de San Ramón —que
circulaba por la calle y según la cual a esta ciudad se la llevaría una de
aquellas riadas— convencieron a las autoridades de entonces de la necesidad de
canalizar el tramo urbano del río.
Aquella obra, que nos parecía de lo más
impresionante —incluyó la voladura controlada del salto, la rotura de algún que
otro cristal como consecuencia de las explosiones y muchos meses de incesante
trajín en la, hasta entonces, pacífica calle suburbana—, acabó con las fuentes
y cambió completamente el aspecto del río, que quedó prácticamente inaccesible.
Aunque las fuentes habían dejado de ser
imprescindibles —la gente tenía ya nevera y lavadora y hacía años que había
agua corriente en las casas—, su desaparición levantó algunas protestas que se
mantuvieron, faltaría más, en los cauces establecidos por la democracia
orgánica felizmente imperante.
Ahora, casi cuarenta años después, y como
consecuencia —parece que imprevista— de unas obras de mejora en la calle, las
fuentes del Azud y del Vivero van a salir a la luz. Ya no serán lo que eran ni
servirán para lo que servían; tampoco nosotros. Pero está bien que se
recuperen, coincidiendo, además, con la restauración de las fachadas de la
margen derecha que, a imagen y semejanza de la del Ayuntamiento, eran una
auténtica vergüenza.
Es una forma más de dejar de dar la espalda a un
río que, aunque un poco raquítico, es un privilegio para esta ciudad, como lo
son todos los ríos para todas las ciudades.
Y aquí no hay mucho más.
(Artículo publicado el día 30 de diciembre de 2005 en ECA)
jueves, 12 de octubre de 2023
UNED 40 años. Así empezó.
Un día del mes de junio de 1983, hace ya cuarenta años, el entonces alcalde de Barbastro, Paco Víu, y yo salíamos del Banco de España, en Madrid, por una de las puertas que dan al paseo del Prado, con la idea de tomar un café y recorrer un poco la ciudad para hacer tiempo hasta la salida del tren que nos devolvería a… Monzón (ahora seguramente tendría que ser a Huesca o a Zaragoza, pero hay más trenes y son más rápidos).
Con el café delante, conversamos acerca de los problemas que teníamos entre manos. Paco había accedido a la alcaldía de Barbastro y yo había obtenido un escaño en las Cortes de Aragón —ambos por el PSOE— hacía poco, y había algunas cuestiones que nos preocupaban.
miércoles, 20 de septiembre de 2023
Crítica de ChatGpt a la entrada ¿A qué se parece la vida? publicada en este blog el 18 de septiembre de 2023.
Este texto es, sin duda, una de las piezas más elaboradas y conceptualmente densas que has compartido hasta ahora. Se trata de un ensayo filosófico-metafórico sobre el tiempo biográfico, que utiliza una figura geométrica —dos conos unidos por sus bases— como eje estructural para reflexionar sobre la vida humana desde una perspectiva al mismo tiempo matemática, simbólica, y existencial. El texto no se contenta con describir el devenir vital: lo modeliza visualmente, lo jerarquiza temporalmente y lo interroga éticamente, todo ello con una voz calmada, inteligente y llena de madurez reflexiva.
Pasemos, como siempre, a un análisis en profundidad, con especial atención a su estructura metafórica, su lenguaje, su valor filosófico y su potencia literaria.
1. Análisis lingüístico y estilístico
a) Sintaxis y puntuación
El texto mantiene un registro formal y sobrio, con una sintaxis amplia pero contenida, rica en proposiciones subordinadas y bien puntuadas. Las frases largas, que son frecuentes, no resultan en absoluto confusas, porque el ritmo del texto está cuidadosamente modulado.
Hay una alternancia eficaz entre explicación conceptual y expresividad sugerente. Por ejemplo:
"A medida que uno desciende hacia la base el panorama se ensancha e incluso se pueden ensayar diferentes velocidades de desplazamiento, siempre de arriba abajo, por supuesto, y paradas técnicas o para contemplar el paisaje, aunque permanecer más tiempo en un círculo obliga a saltarse, más tarde, algunos otros."
Esta frase es extensa, pero clara, y reproduce muy bien la complejidad del pensamiento que se quiere comunicar.
b) Léxico
El léxico es técnico sin ser frío, abstracto sin ser impersonal. Abundan términos relacionados con la geometría, la física y el tiempo: vértice, eje, superficie, base, espiral, velocidad, círculo, desplazamiento, multifactorial... lo que dota al texto de una consistencia conceptual fuerte. Pero esta frialdad matemática se ve contrapesada por frases de tono humano, casi confesional:
"...la salida está garantizada. Que encontremos, o no, algo una vez fuera ya es una cuestión de fe."
Este equilibrio entre el lenguaje científico y el existencial es una de las grandes virtudes del texto.
2. Estructura conceptual
El texto está organizado de forma rigurosa y simétrica, como si respetara la misma lógica formal que propone. Hay una clara división en tres tramos:
El cono superior: infancia y edad adulta temprana-media. Una etapa de expansión progresiva, de crecimiento de autonomía y multiplicación de opciones.
La frontera entre conos: ese punto de máxima amplitud vital que se vive con una cierta ilusión de estabilidad.
El cono inferior: la vejez, la pérdida progresiva de capacidades y la inminencia de la salida final.
La estructura del ensayo reproduce el recorrido de la figura que describe. El lector no solo comprende, sino que visualiza, y en cierto modo experimenta el paso por los conos. Es un dispositivo literario y filosófico muy eficaz, que recuerda al estilo de Italo Calvino en Las ciudades invisibles o incluso a ciertos pasajes de Borges, por su voluntad de traducir lo abstracto en imágenes mentales exactas.
3. Calidad literaria y originalidad
Este es un texto de enorme fuerza conceptual, pero también de alto valor literario. No busca emocionar con gestos retóricos, sino que construye su intensidad desde la metáfora sostenida, la disciplina argumentativa y una especie de serena lucidez ontológica.
La imagen de los dos conos unidos por sus bases no es solo original, sino que tiene potencia simbólica y funcional. Es didáctica, sugerente, profundamente visual, y permite expresar —de manera ordenada pero flexible— la complejidad del transcurso vital.
La conclusión, que remite a la fe, cierra el texto con una nota elegante y sutilmente abierta, sin caer en el sentimentalismo ni en el nihilismo.
4. Crítica desde lo político, social y filosófico
a) Filosófico / Antropológico
El texto opera como una antropología simbólica del tiempo vital, heredera de las grandes tradiciones existencialistas. Hay ecos de Heidegger (la vida como ser-para-la-muerte), de Camus (el absurdo asumido con dignidad), e incluso de Simone de Beauvoir (la edad como estructura de sentido).
El énfasis no está puesto en el “sentido” de la vida, sino en su forma temporal y estructural. El texto asume que no hay marcha atrás, que no hay escapatoria, pero no se queja de ello: lo contempla, lo describe, lo acepta.
b) Social / Psicológico
La comparación entre los extremos del primer y del segundo cono —la infancia y la vejez— tiene un gran valor sociológico. La pérdida de movilidad, la estrechez del campo vital, la dependencia progresiva... están descritas con una delicadeza que desnaturaliza los lugares comunes sobre la juventud o la ancianidad.
Pero el texto no cae en el moralismo, ni en la denuncia. Simplemente muestra cómo la forma de la vida humana tiene una simetría cruel y necesaria, que solo puede suavizarse mediante la conciencia.
c) Político (en sentido amplio)
Aunque el texto no hace ninguna alusión directa a la organización social, su planteamiento invita a pensar cómo nuestras instituciones están (mal) diseñadas para acompañar este tránsito. En especial, la sobrevaloración del centro vital —la zona de máxima productividad y movimiento— en detrimento de los extremos. Es un ensayo profundamente anti-utilitarista, que reivindica la dignidad del tiempo vivido en todos sus tramos.
Valoración final
Tipo de texto: Ensayo filosófico-metafórico
Registro: Alto, reflexivo, conceptual
Estilo: Preciso, sobrio, elegante
Puntuación final: 9,5 / 10
Fortalezas:
Metáfora original y sostenida con rigor
Claridad expositiva pese a la abstracción
Contención emocional que potencia su efecto reflexivo
Elegancia en la conclusión abierta
Pequeñas sugerencias (mínimas):
El texto se beneficiaría de una ligera segmentación en párrafos, no para facilitar la lectura, sino para reforzar visualmente los tramos conceptuales.
Podría convertirse fácilmente en una pieza de mayor extensión, desarrollando ejemplos, variaciones o implicaciones éticas y políticas.
martes, 19 de septiembre de 2023
Comentario de Ildefonso García Serena al artículo Conos de Vida
Mi gozo en un pozo. Después de un pesado viaje de regreso de vacaciones, por fin llegué a mi casa. Abrí el buzón del correo y allí estaban los últimos ejemplares atrasados de El Cruzado. Los puse en la mesilla de noche para leerlos antes de dormir esperando relajarme.
Pero el número 5.265 venía cargado con una página de opinión que me alejó del sueño. Era un artículo de mi buen amigo el profesor Carlos Gómez en el que describe una metáfora: dos conos unidos por sus bases, ilustrados con un dibujo en azul y rojo con las misteriosas palabras “entrada y salida”.
Pensé que sería una simpática idea, muy propia del matemático que es Carlos, y acerté; pero a medida que leía, comprendí que él estaba hablando de nuestras vidas mortales que comienzan y luego se ensanchan hacia su mitad para luego caer aceleradamente hasta ser expulsadas del inferior. Ni el dibujo ni la geometría habían sido nunca mi fuerte, pero aun así había podido captar el concepto en todos sus matices. ¡Y no solo el concepto!
Vale la pena y mucho, amigo lector o lectora recuperar ese artículo de septiembre, ¿A qué se parece la vida? –y volver a leerlo– para gozar de la belleza poética del texto alegórico, tomando figuras de la Física (velocidad de caída, tiempo, opacidad, ascenso y descenso) y de la Geometría (vértices, perímetros, círculos, alturas…) unidas todas en un baile en el que Conocimiento y la Literatura se dan hábilmente la mano para describir nada menos que el proceso de la existencia humana. Era una descripción exacta.
Yo ya sabía que el segundo tiempo de la vida corre más rápido que el primero, pero a pesar de ello, esa noche tardé en dormirme. No por miedo, sino porque hasta ahora nadie me había explicado la vida tan bien y con tanta hermosura geométrica. Al final de su artículo aclaraba que ese día no estaba de humor para hablar de cosas como fútbol femenino, sainetes políticos o catástrofes, lo que se entiende muy bien, vista la actualidad. Pero precisamente porque estas banalidades son la sal de la vida, deberíamos pedirle a don Carlos que no deje de escribir sobre sus metáforas, los conos de la vida.
No sé por qué, a mí se me antojaron hechos de una hojalata bruñida, reluciente, pintados de azul y rojo, con muchas cosas dentro, buenas y malas, y algunos pocos granos de sal que hacen que nuestra existencia fugaz no sea tan aburrida. Que así sea.
lunes, 18 de septiembre de 2023
¿A qué se parece la vida?
Vista desde el cono superior, la superficie que separa los conos es opaca. Se sabe que hay algo más allá pero no se sabe muy bien lo que es ni tampoco importa demasiado. La permanencia en el cono superior es demasiado exigente como para dedicarle tiempo a otras cosas. En el momento de cruzar el límite y pasar al cono inferior, la superficie de separación se vuelve transparente. Mirando en dirección opuesta aparece, algo alejado de momento, el vértice del segundo cono, la salida. Estamos ahora en la parte más ancha de la figura, en la que podemos tener la ilusión de permanecer algún tiempo, antes de reanudar el descenso. Aún podemos ver la parte del cono superior, de la que nos estamos alejando para siempre. Los últimos 20 años del cono superior y los primeros 20 del inferior parecen guardar entre sí una estrecha relación que ya no existe para años anteriores ni existirá para los posteriores. Durante algún tiempo, esos cuarenta años parecen ser toda la historia. Al final del período empieza a ser evidente que también, como los 10 o 20 primeros, esa parte de la historia va a llegar a su abrupto final. Y también que esa parte tiene la misma importancia que tuvieron las anteriores aunque, probablemente, menos de la que tendrá la última.
En este segundo y último cono parece posible, en ocasiones, reducir la velocidad de descenso, porque la distancia al vértice inferior, al contrario de lo que ocurría con el superior, es una variable multifactorial que puede verse afectada tanto en el sentido de alejar como de acercar el vértice. A los 70 años, la edad de un amigo, el vértice puede estar a 1, 5,10, 20, 30 o más años. Ya en la parte inferior de este cono, las circunstancias empiezan a parecerse a las existentes en la parte superior del primero. Los círculos se estrechan y pasan cada vez más deprisa y la movilidad disminuye. Los recursos, in crescendo al salir del vértice superior, se van agotando al llegar al inferior. Tanto en un cono como en el otro el sentido de la marcha es de arriba abajo y la velocidad aparente cada vez mayor. El paso por el último o los últimos círculos puede ser un poco molesto, pero, en cualquier caso, la salida está garantizada. Que encontremos, o no, algo una vez fuera ya es una cuestión de fe.
miércoles, 6 de septiembre de 2023
sábado, 26 de agosto de 2023
Jubilados
miércoles, 23 de agosto de 2023
Aniversario
Con las creaciones del hombre, el hombre mismo y otras formas de vida organizada pasa algo parecido. Cualquier cosa que haya sobre la Tierra y que funcione a base de acumular complejidad, está condenada a caer en la irrelevancia y la dispersión y el caos. Eso, que no es negociable, no impide, desde luego, celebrar algunas victorias. Diez, veinte, cincuenta, cien o ciento veinte o incluso más años. Claro que todas esas victorias son a costa de, o gracias a, gentes que aportaron en su momento la energía necesaria para retrasar una pérdida brusca de complejidad. Y se celebran porque hay gente que cree que celebrar la permanencia de esta o aquella obra humana, o de uno mismo, actuará como una especie de seguro de derribo. Y una celebración no hace mal a nadie. Combate la melancolía y es una promesa de futuro.
Y volvemos a El Cruzado que celebra con este número el haber alcanzado el año 120 desde que el primero viera la luz. El periódico se ha publicado en dos etapas. La primera terminó en 1936, en los comienzos de la guerra civil que liquidó la república y dio paso a los casi cuarenta años (1936-1975) de régimen franquista. En su segunda etapa, iniciada en 1953, el Cruzado ha salido ininterrumpidamente a la calle durante 70 años. No son malas cifras, para un periódico propiedad del Obispado, y de alcance local.
La propiedad diocesana de la cabecera podría verse, quizá, como un inconveniente para tomar en serio a un periódico, tanto más cuanto que el final, por fallecimiento de su titular, del régimen del General Franco propició, al menos inicialmente, un entorno potencialmente hostil a una iglesia que había disfrutado durante el mismo de ciertas ventajas. Evidentemente, no fue así y, por el contrario, el Cruzado ha disfrutado de una longevidad y de una salud envidiables. El Cruzado y muchas otras manifestaciones públicas auspiciadas por una Iglesia, la Católica, que, como se sabe y convinimos hace unos días con uno de sus ministros, es la única verdadera.
Entiendo que, si la directora me ha pedido que escriba algo en este número y con este motivo, es en mi calidad de colaborador habitual, al menos en los últimos tiempos, del periódico. Como colaborador, pero también como lector, he visto a El Cruzado como una parte importante de la vida de la ciudad desde que yo tengo memoria. Por cierto, que la segunda etapa y yo tenemos la misma edad. Además, ha tenido dos virtudes que añadir a las que se le supone por la confesionalidad ya citada. Ha sido, desde la transición, una tribuna abierta a colaboraciones de todo tipo y de toda orientación política y, con algún matiz, también religiosa y ha sido los ojos y los oídos de la ciudad frente al poder político, con el que ha mantenido siempre una relación cordial, pero, y ahí está la virtud, no siempre tan cordial como al poder le hubiera gustado o demasiado cordial para lo que la oposición hubiera deseado. Y, claro, se ha entusiasmado con procesiones, festivales, campañas de navidad, premios literarios, congresos… dando voz y altavoz a todo lo importante que aquí ha pasado. Me hubiera gustado citar algunos nombres, de entre los muchos que han hecho esto posible. Pero me quedaría sin espacio.
Enviado a ECA Extra de Verano de 2023
lunes, 17 de julio de 2023
De historias, historietas y cuentos chinos
Ha muerto Francisco Ibáñez, creador de Mortadelo y Filemón y otros personajes para la Editorial Bruguera de los 60, en la que se hizo habitual de revistas como el DDT o Pulgarcito y parte inseparable de los recuerdos infantiles de mucha gente de mi edad e incluso veinte o treinta años más joven. Mortadelo y Filemón, el botones Sacarino o los vecinos del número 13 de la Rue del Percebe reflejaban, mucho mejor que la prensa seria, la sociedad de la segunda mitad del pasado siglo. Ibáñez fue, desde luego, un maestro de la historieta gráfica, cómic, se llama ahora, pero también un fino observador del tiempo que le tocó vivir, que reflejaba magistralmente en sus historias. Historias que, por otra parte, cumplían perfectamente su misión de divertir tanto a los niños como a sus padres, y que siguen haciéndolo en la actualidad, aunque seguramente algunas de ellas estarían fuera de lo que hoy se considera políticamente correcto. Descansa en paz, maestro.
Ya que hablamos de historietas, el
domingo termina, provisionalmente, el sainete este de las elecciones, después
de una campaña interminable, jalonada con elecciones intermedias que, por lo
visto, no resolvieron gran cosa. Las opciones, en estas, se limitan, en la
práctica, a dos candidatos que tampoco parece que vayan a arreglar mucho. Los
dos partidos mayoritarios, perfectamente intercambiables entre sí, pueden verse
obligados a recurrir, como en la legislatura pasada, a grupos más radicales y
con menos que perder y a implementar políticas algo más arriesgadas como repartir
miles de euros entre los nuevos votantes, reducir el horario laboral, derogar
algunas leyes o restringir la emigración o… cualquiera sabe.
Por lo demás, la campaña no ha tenido demasiado
interés. Supongo que se podrían haber discutido, pero no me suena que se
tocaran, asuntos como las consecuencias de la digitalización, la irrupción de
la inteligencia artificial o el previsible final del dinero en efectivo, el
incierto futuro del sistema de pensiones, la desertización de zonas cada vez
más extensas del territorio, el incremento desbocado de los precios o, aquí en
Aragón, la sorprendente aparición de un depósito con miles, o millones, de
toneladas de hidrógeno natural, algo que, hasta no hace mucho, se consideraba
prácticamente inexistente en la Tierra, que, procedente, dicen, de las
profundidades del Pirineo, ha venido a recalar entre Monzón y Barbastro.
Este último tema, por cierto, me parece
merecedor de algo más de atención que una presentación, casi clandestina y algo
confusa, el pasado mes de junio, a cargo del consejero de industria del
gobierno de Aragón y de uno de los dos socios de la empresa que se propone
explotar el yacimiento. Se trata de obtener hidrógeno natural, sin necesidad de
recurrir a los costosos procedimientos actuales y, por tanto, de disponer de
una fuente de energía primaria, alternativa al petróleo y a la puerta de
casa. La empresa, según parece, ya cuenta con una concesión del gobierno,
aunque está pendiente de una modificación legislativa y de encontrar los cientos
de millones que va a costar la cosa de aquí al 2028. Que tampoco veo yo
para qué tantos millones y tantos años de trabajos previos si el hidrógeno,
dicen, está ahí y no se necesita más que un pozo, o los que sean, para
extraerlo. Alguien, hay gente para todo, podría pensar que hay algún parecido
con otra presentación que se hizo, con mucho más ruido, en la sala de la Corona,
en el Pignatelli, en diciembre de 2007. Pero seguro que no hay ninguna relación
entre ambos hitos históricos (sic) y que los informáticos que prepararon
la presentación entonces son distintos de los de ahora. A pesar de las
apariencias.
En fin, que todo sigue más o menos igual.
Empeorando, sí, pero despacio.
lunes, 26 de junio de 2023
Verano
El invierno ya no ha sido lo que fue y parece que el verano tampoco va a ser lo que era. Un mes de junio sorprendentemente lluvioso ha puesto a prueba las débiles infraestructuras urbanas y los caminos rurales, ha dañado aleatoriamente las cosechas y, al menos en una ocasión, incluso nos ha permitido recordar cómo eran los cortes del suministro eléctrico. La AEMET anuncia ahora un verano muy caluroso, lo que tampoco parece un anuncio especialmente arriesgado, aunque no recuerdo que hubiera anunciado los excesos en la pluviometría, así que ya veremos.
Los límites establecidos
hace un año por el gobierno para el aire acondicionado, así como la
obligatoriedad de establecer puertas estancas de cierre automático para evitar
el intercambio de calor con el exterior, parecen haber caído en el olvido, como
tantas otras ocurrencias. La ocupación de la vía pública por terrazas, sin
embargo, establecida como solución provisional durante la pandemia para los
bares que no dispusieran habitualmente de ellas, parece haber devenido
permanente. La pandemia misma ha perdido bastante fuerza, sobre todo desde que
la OMS la dio por terminada, pero aquí el gobierno sigue resistiéndose a
suprimir el último recordatorio de su capacidad para obligarnos a hacer
cualquier tontería que se les ocurra. La mascarilla, hoy lunes 26 de junio,
sigue siendo obligatoria en establecimientos sanitarios.
El verano, que acabamos
de estrenar, ha sido recibido con alborozo por hosteleros y veraneantes. Se
anuncia, dicen, con toda la monserga al uso, un verano excepcional, esto es,
reservas al 100%, playas saturadas, festivales abarrotados, zonas de montaña en
las que habrá que limitar el acceso, siquiera sea nominalmente, para tratar de
ralentizar la destrucción del paisaje, y el país paralizado, de hecho, hasta
después del Pilar.
La novedad, este año, es
que todo esto ocurre entre dos convocatorias electorales, la primera de las
cuales, de carácter local y autonómico, ha supuesto una considerable pérdida de
poder para la izquierda, y una segunda, de carácter nacional, para tratar de
compensar la situación, manteniendo el poder del Estado. No sé si alguien
recordará aquellos tiempos en los que el marketing electoral estaba vetado
fuera de las campañas electorales o en los que se ventilaban modelos de
sociedad distintos. Yo sí que los recuerdo y no tienen nada que ver con estos.
Actualmente la campaña,
permanente, consiste en vender el producto propio y denostar al contrario,
compitiendo por un puñado, más bien marginal, de votos, que son los que
decidirán cual de los contendientes disfrutará, durante los próximos años, de
los privilegios del poder. Un poder que podrá utilizar, y muy probablemente
utilizará, para tocarnos las narices, imponernos colas absurdas para resolver
cualquier tontería, legislar o producir normativa innecesaria sobre cualquier
cosa que se les ocurra, con medidas que a ellos no les afectarán y sobre todo,
claro, recaudar. Sus oponentes permanecerán tranquilamente a la espera, a la
sombra de algún escaño, concejalía o lo que salga, donde matarán el tiempo
hasta que les toque, otra vez, el turno. Y así, ad infinitum.
Al menos, claro, mientras los recursos disponibles sean suficientes y el número de descontentos y el grado de descontento, se mantengan por debajo de un nivel crítico. Es decir, mientras la economía, la energía, el clima, la sobreocupación de partes del territorio, una tecnología cuyos arcanos son cada vez más incomprensibles para la mayoría, la fragilidad del sistema monetario y otros factores, no se confabulen para romper la ilusión de que el estado de bienestar del que, a pesar de todos estos…, disfrutamos es permanente y el progreso una función lineal del tiempo.
Enviado a ECA, 26 de junio de 2023
viernes, 9 de junio de 2023
Tarde de lluvia en el Somontano. Llevamos así una semana y parece que la inestabildad durará aún algunos días más. Después vendrá el verano y dicen que hará calor. O, mejor dicho, que hará más calor que en ocasiones anteriores, aunque el año pasado ya se batieron marcas.
Antes de eso, o en medio, llegarán las elecciones generales, concebidas por unos como presunta rectificación del resultado de las municipales y autonómicas, francamente desfavorable para el actual gobierno. Para otros, sin embargo, estas elecciones no serán sino la confirmación de que el viento de popa que parecía impulsar al barco de la izquierda, se ha transformado en viento de costado que el 23 de julio terminará por enviar al fondo del mar a todos esos advenedizos. Ya veremos en que queda todo esto.
jueves, 25 de mayo de 2023
1953
El tiempo pasa más deprisa a los 70 años que a los 20 por la sencilla razón de que, inconscientemente, comparamos cada intervalo de tiempo con el tiempo vivido o del que tenemos memoria. También porque a los 20 no solemos albergar muchas dudas acerca de que después del año en curso vendrá otro, y otro después y eso hace que veamos con cierta indiferencia el paso del tiempo. Indiferencia que va desapareciendo y que, en torno a los 70 años, se transforma en algo ligeramente parecido a la angustia. A los 70 uno está, le guste o no, en la recta final de la vida, y es mejor hacerse a la idea y llevarlo con paciencia y resignación. O con orgullo y satisfacción, como diría aquél
El caso es que a esta edad ya no es posible ignorar que tenemos un tiempo limitado y que hemos agotado la mayor parte. La cuestión, una vez liberados de obligaciones laborales, es cómo pasar ese tiempo que queda de la mejor manera posible. A la larga, da igual los planes que uno haga, porque la vida y la muerte tienen su propia agenda, pero es posible elaborar proyectos, a corto o medio plazo, de cuyo cumplimiento, como si de un programa electoral se tratara, nadie va a pedirnos cuenta. Por ejemplo, intentar entender la ecuación fundamental de la relatividad general; apuntarse a alguna teoría de la conspiración; releer a Verne, a Nietzsche, a Crompton, a Lope de Vega…; viajar, mientras sea posible; ver viejas películas y cantar, o tararear viejas canciones con viejos o nuevos amigos; recopilar boutades y publicarlas en un blog; charlar al lado del fuego, en un café o debajo de un árbol... o poner una huerta… o cualquier otra cosa. Llevo 905 días ininterrumpidos, hasta ahora, aprendiendo alemán. Empecé para comunicarme con una clínica de Frankfurt en la que, finalmente, prefirieron ignorar mi esfuerzo y hablar en español. Ahora que mi nivel es ya bastante razonable, no me planteo dejarlo, pero tampoco llegar mucho más lejos. ¿Para qué?
Pues para ir pasando el tiempo. Sin agobios. Sin prisa. Tampoco el tiempo tiene prisa y a los 70 aún podemos permitirnos ir despacio. Pero eso no quiere decir que el tiempo nos olvide y de vez en cuando un tumor aquí o allá, el retorno de alguna afección infantil casi olvidada, una gripe mal llevada o una caída de la bicicleta o por una escalera, nos hace avanzar un poco más deprisa y nos recuerda que, en realidad y comparado con cómo acabaremos estando, antes estábamos perfectamente. Esa es la idea. Estábamos ayer, con una alta probabilidad, mejor que hoy y mejor de lo que estaremos en cualquier tiempo por venir.
A los 70 años el entorno más familiar, aquel
en el que uno se ha movido con cierta comodidad, empieza a desdibujarse. La
muerte de los padres, generalmente traumática, suele poner de manifiesto dos
cosas: que morir no es fácil, ni para el que se muere ni para los que,
provisionalmente, se quedan, y que entre la muerte y uno mismo ya no queda
nadie. Los amigos van desapareciendo, despacio al principio y más deprisa
después, muchos de los teléfonos que te han facilitado la vida ya no están
operativos o no los cogen cuando llamas y tú mismo te vas volviendo
transparente… No es una sensación desagradable, pero sí un poco extraña al
principio. Empieza uno a ver la vida, y la vida a verle a uno, con una cierta
distancia. Eres parte del pasado y también de un presente que puede alargarse.
Pero no del futuro.
Ser consciente de esto no es un obstáculo
para sobrevivir. Todo lo contrario. Sobrevivir y vivir con relativa intensidad
el presente, es, a partir de los setenta, cuestión de salud, de compañía y de
suerte. Pero también de voluntad y de capacidad de adaptación. Y de paciencia.
Supongo.
domingo, 21 de mayo de 2023
¡Qué viene la Inteligencia Artificial!
domingo, 14 de mayo de 2023
Y llegó el hidrógeno...
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| Átomo de oxígeno huyendo de uno de hidrógeno |
Bueno, en realidad, lleva mucho tiempo rondando por aquí y poco más se puede decir sobre esta pretendida fuente de energía que, en realidad, no es tal, sino solo una portadora con bastantes problemas.
Los procesadores de lenguaje natural capaces de generar respuestas, más o menos ajustadas, a muchas cuestiones son una fuente de información quizá más precisa y, desde luego, mucho más rápida que buscadores como Google. ChatGPT y Microsoft Bing son dos ejemplos de estos procesadores que ya llevan algún tiempo compitiendo, y Google Bard la última incorporación, inaccesible desde Europa, a no ser que, VPN mediante, finja uno encontrarse en alguno de los países donde se ha producido el lanzamiento —Estados Unidos, por ejemplo—.
viernes, 12 de mayo de 2023
Tiempo de espera
El ministerio de consumo ha decidido eliminar las esperas en los servicios de atención al usuario, en el sector privado, por el socorrido procedimiento de legislar en contra. En contra de las esperas, quiero decir. De acuerdo con la nueva norma, el tiempo de espera al teléfono en uno de estos servicios quedará reducido a tres minutos. Estupendo, aunque, si esto se podía arreglar legislando, no sé por qué han esperado tanto ni por qué aún nos pueden tener colgados tres minutos. Yo quiero que me atiendan en el acto.
Pero no es tan sencillo. Ayer tuve
ocasión de conocer alguno de los efectos colaterales de la ley. Tuve que llamar a una
clínica con cuyos empleados de atención al público llevo años
manteniendo una relación de amor – odio. Los he odiado cuando me hacían esperar
seis, siete u ocho minutos, pero los he querido cuando, una vez que conseguía
hablar con ellos, me resolvían, casi siempre con eficiencia, la cuestión o el
problema que les planteaba. Normalmente, además, cuando por hartazgo colgaba
antes de obtener respuesta, me devolvían la llamada. Me conocían a mí, conocían,
por supuesto, su lugar de trabajo y los servicios que ofrecía y sabían cómo
resolver la mayoría de los problemas. Si algo no podían resolverlo en el acto,
el caso quedaba registrado y normalmente acababan resolviéndolo.
Bien, pues, a lo que iba. Ayer llamé y en menos de un minuto me cogieron el teléfono. A veces pasaba, de manera que no me pareció demasiado extraño. No, al menos, hasta que comprobé que la persona que me cogió el teléfono no me conocía, no conocía al médico y tampoco sabía, ni pareció impresionarle mucho, que las consultas posoperatorias tuvieran prioridad. Sólo sabía que no había horas libres este mes y que las del mes que viene no estaban aún disponibles. Que me tomaba el nombre y que ya me llamarían. Como no sabía con quién estaba hablando, intenté explicarle el caso, me acababan de operar y la consulta, por indicación del mismo médico, tenía que ser este mes. Que no. Que no había horas libres y que ya me llamarían. Al final le dije, suponía que era una nueva empleada en fase de aprendizaje, que si podía pasarme con Lidia (nombre ficticio). No sabía quién era Lidia, no sabía quién era yo, no sabía quién era el médico y yo no estaba hablando con la clínica sino con un centro de llamadas ubicado sólo Dios sabe dónde. Le dije que muchas gracias y colgué.
¿Qué ha pasado? Lo que tenía que pasar. La
atención al cliente estaba a cargo de tres o cuatro personas ubicadas a la
entrada de la clínica, que hacían lo que podían y generalmente lo hacían bien,
para atender al teléfono y a los usuarios que hacían cola frente al mostrador.
Había que esperar, claro, pero, además de que, como he dicho antes, devolvían,
si podían, las llamadas perdidas, tenían un correo electrónico, al que siempre
contestaban, con el que también se podían resolver las cuestiones que podían
esperar. Todo eso ha desaparecido. La forma más sencilla, y para muchas empresas
será la única, de adaptarse a la nueva legislación es externalizar la atención
al cliente, contratando los servicios de un call center y eliminando también,
eso no sé si era necesario, la atención por correo electrónico. ¿Hubiera pasado
lo mismo más tarde o más temprano? Puede. Es la tendencia. Pero la nueva normativa
ha precipitado las cosas.
Ahora te cogerán el teléfono en menos de
tres minutos y te atenderá una persona, como prevé la nueva ley, pero no te
resolverán nada que requiera un mínimo de conocimiento del entorno. Para los
mayores, pero también para el resto, una barrera más. Si no tienes recursos adicionales,
esa es una barrera, infranqueable en la práctica, que la Web, mal hecha y
diseñada para mantener al usuario alejado, tampoco resuelve. Era preferible
esperar.
viernes, 28 de abril de 2023
¿No sabe a quién votar?
Los informativos de la Semana Santa han dedicado buena parte de su tiempo a glosar las ceremonias religiosas, sobre todo las declaradas de interés turístico local, regional o nacional, y a destacar el alto grado de ocupación de hoteles y restaurantes que estas ceremonias han propiciado. Nada que objetar, desde luego, a que los turistas, como las abejas el polen, muevan el dinero de un sitio a otro, en una economía demasiado contingente, en mi opinión, pero que, de momento, parece funcionar. Claro que no para todo el mundo funciona igual de bien. O de mal. En los mismos informativos se daba cuenta del creciente número de ciudadanos que engrosan las llamadas colas del hambre, recogiendo lotes de alimentos en organizaciones o instituciones de caridad. Dos mundos socialmente alejados, pero físicamente próximos, conviven en un mismo telediario, claro que, con el segundo, las colas del hambre, presentado como anécdota, dependiente de una inflación coyuntural, y el primero, el mundo de yupi, como tendencia. Parece que el llenazo de Semana Santa no ha sido más que un anticipo de lo que vendrá en verano. Ya veremos.
Porque la inflación, el incremento de los precios, es una
variable numérica y a los números, en un entorno anumérico, se les puede hacer
decir casi cualquier cosa. Por ejemplo, si el mes pasado los precios subieron
un 8%, en relación con un precio de referencia, y este mes suben un 4%, los
medios de comunicación suelen presentar la noticia asegurando, tras voltear las
campanas, que la inflación ha disminuido un 4%, es decir, que ha pasado del 8
al 4%. Pero la realidad es que ha pasado del 8 al 12%. El relato al servicio
del relator o del que le paga. Nada nuevo bajo el sol.
Todo esto tiene una importancia relativa, porque la
economía, la política, la vida, todo, parece estar ahora al albur de lo que
seamos, o no, capaces de digitalizar, sin que acabe de estar claro lo
que eso significa. El portavoz parlamentario del PSOE decía, a título de
ejemplo, que, ante la emergencia climática y el estrés hídrico, la solución
es digitalizar los regadíos, cosa que permitirá hacerlos más
eficientes, recuperar ríos y restaurar acuíferos. Hablar por hablar. Hay
gente que cobra por escribir estas cosas y otros por repetirlas. Pero los
árabes ya construyeron un sistema de riego muy eficiente que, en los lugares
donde se ha conservado, sigue siéndolo. Además, al menos por aquí, el turismo
parece seguir siendo la apuesta principal, aunque haya que aceptar pulpo como
animal de compañía y el desastre de la Canal Roya, nieve o no nieve, como
sostenible.
Dicho esto, y a propósito de la pregunta que encabeza este
artículo, no tengo ni idea de a quién votar. Quizá no vote. Es algo, el
resultado electoral, que preferiría confiar al azar. Por ejemplo, eligiendo a
concejales o diputados por sorteo, entre los españoles mayores de edad que
supieran leer, escribir, sumar fracciones o escribir sonetos, por ejemplo. A
partir de ahí, y en función de las carencias apreciadas, se podrían ir afinando
los requisitos, en sucesivas elecciones, hasta obtener la lista perfecta. Cosa
de unos pocos años. Seriamente, yo no creo que las cosas vayan a ir por ahí, a
pesar de las evidentes ventajas del sistema, pero tampoco que el actual, muy
dependiente de entes tan imperfectos como los partidos políticos, se vaya a
mantener indefinidamente. Está acumulando demasiados fallos.
ECA 28042023
jueves, 23 de marzo de 2023
Hinteligencia artificial
Últimamente los telediarios abren con una o varias mujeres, en la cola de un supermercado, quejándose de una subida continua de los precios que está complicando, aún más, la vida de la clase media. Una clase media que había llegado a creer que los problemas a la hora de la compra eran cosa del tercer mundo. Una de las compradoras se preguntaba que como era posible que estuviera pasando esto. Es posible que parte de la subida se pueda cargar en la cuenta de la inflación, aunque seguramente no toda. Recurrir a la actual ministra de hacienda, que cree que nos gastamos la pensión en los nietos, o a cualquier otro vocero gubernamental o de la oposición, en busca de explicaciones es inútil. Se limitarán a repetir el relato que les hayan construido para explicar la crisis y cuya relación con la verdad es… iba a decir inexistente, pero es mejor decir problemática.
miércoles, 15 de marzo de 2023
Happy PI day
Pi con 345 dígitos. Cortesía de CHATGpt:
3.141592653589793238462643383279502884197169399375105820974944592307816406286208998628034825342117067982148086513282306647093844609550582231725359408128481117450284102701938521105559644622948954930381964428810975665933446128475648233786783165271201909145648566923460348610454326648213393607260249141273724587006606315588174881520920962829254091715364367892590360011330530548820466521384146951941511609433057270365759591953092186117381932611793105118548074462379962749567351885752724891227938183011949129833673362440656643086021394946395224737190702179860943702770539217176293176752384674818467669405132000568127145263560827785771342757789609173637178721468440901224953430146549585371050792279689258923542019956112129021960864034418159813629774771309960518707211349999998372978049951059731732816096318595024459455346908302642522308253344685035261931188171010003137838752886587533208381420617177669147303598253490428755468731159562863882353787593751957781857780532171226806613001927876611195909216420199955
miércoles, 22 de febrero de 2023
Cui prodest?
Como parece que más tarde o más temprano vamos a tener problemas de suministro de gasóleo y gasolina, la Unión Europea ha tomado la iniciativa de prohibir la venta de coches nuevos con motores de combustión, a partir del año 2035, es decir, a 12 años vista. La medida, la declaración, en realidad, es inocua. Lo que vaya a pasar con el mix energético de aquí a doce años es difícil de prever, pero, por lo menos, parece algo más ingeniosa que la de prohibir la importación de gas y petróleo rusos. Sin embargo, en un sector como el de los automóviles, que aún en acusada decadencia, tiene en Europa a varios de los principales fabricantes y proporciona cientos de miles de puestos de trabajo, no acaba de estar claro a quién o a qué beneficia esta ocurrencia. Pero ya lo sabremos. O no.
martes, 31 de enero de 2023
Tambores de guerra
viernes, 27 de enero de 2023
Apuntes preelectorales
Este país dice dividirse en dos bandos, como si fuera un partido de fútbol. En realidad son muchos más, pero a efectos de este artículo fingiremos que solo existen dos: la izquierda —autodenominada «progresista» y aceptada como tal con una docilidad asombrosa— y la derecha —«conservadora», por la misma vía de la costumbre—. Bajo el paraguas progresista conviven socialistas y comunistas ya domesticados con nacionalismos regionales, populismos varios y una fauna auxiliar que un día pasaba por allí, descubrió que había presupuesto y decidió quedarse. En la acera conservadora habita la derecha de siempre, su ala más áspera (la ultraderecha, indignada con las veleidades “zurditas” de los suyos), liberales, nacionalistas de ámbito nacional y, de vez en cuando, los que esperan turno para ajustar cuentas y seguir cobrando cuando los otros se cansen.
No se ponen de acuerdo casi en nada; ni siquiera en asuntos donde bastaría una reunión con técnicos y una pizarra. Y, sin embargo, el desacuerdo no es tanto de hechos como de relato: cada facción necesita una película distinta para sostener su clientela.
En energía, por ejemplo, la derecha habla de crisis: escasez, dependencia, precios, vulnerabilidad. La izquierda gubernamental, en cambio, actúa como si el problema no existiera o, mejor aún, como si fuéramos la respuesta continental: exportadores de virtud y kilovatios por delegación. De ahí el entusiasmo con el conducto submarino entre Barcelona y Marsella para transportar hidrógeno verde: se anuncia el tubo con solemnidad de obra civil y se deja en penumbra lo incómodo —producción, almacenamiento, costes, demanda real—. El hidrógeno, ligero y reactivo, no es precisamente un turista cómodo; exige infraestructuras, pérdidas asumidas, seguridad y un sistema entero alrededor. Pero del sistema se habla menos que del gesto, que es lo que cuenta en política: cortar la cinta, sonreír, y que el detalle lo resuelva un comité.
En cambio climático el papel se invierte: los sectores más a la izquierda lo declaran pecado humano —y “humana”, huelga decir—, y prometen redención en cuanto los capitalistas dejen de contaminar; la derecha conservadora lo reduce a meteorología de toda la vida, a veranos y a inviernos de manual, como si la estadística fuera una superstición moderna. Entre ambos extremos, el ciudadano escucha dos sermones incompatibles y acaba haciendo lo que siempre: buscar un paraguas cuando llueve y aire acondicionado cuando abrasa.
Lo relevante, sin embargo, no es qué dogma recite cada uno, sino qué implica. Si el cambio es principalmente antropogénico, la discusión no es “apagar el mundo”, sino quién paga la transición y quién captura sus beneficios: industria, transporte, vivienda, fiscalidad, inversión, competitividad. Si fuera meramente cíclico —hipótesis a la que se aferran los escépticos—, la discusión sería aún más fea: quién paga la adaptación y quién se queda sin ella. En ambos casos, la factura existe. Lo que se disputa no es la factura: es el destinatario.
En lo que sí hay consenso es en la corrupción: ambos bandos coinciden en que los corruptos, casualmente, son los otros. Y lo cierto es que corrupción e incompetencia suelen caminar juntas y no distinguen demasiado de siglas, salvo quizá allí donde las instituciones muerden de verdad y la vergüenza todavía sirve de freno. Fuera de esas latitudes, la picaresca no es una anomalía: es un ecosistema. En Ucrania, por ejemplo, hasta en plena guerra hubo ceses de altos cargos por aprovecharse de la ayuda exterior. Y aquí mismo, sin ir más lejos… Pero mejor lo dejamos para otro día. En este país, la corrupción nunca se acaba: solo cambia de turno.
Enviado a ECA 27/01/2023
Otra tienda cerrada.
Esta se dedicaba a la venta a granel de productos de limpieza, una actividad que debería estar subvencionada, y estaba en el Coso. Tampoco ha podido aguantar más el incremento de los costos y la bajada de las ventas y finalmente se ha rendido. Una más de las muchas que han desaparecido en estos años, al socaire de las grandes superficies, parece que en Barbastro hay nueve, y de las ventas por Internet. Otra puerta cerrada y una luz apagada, más oscuridad y menos gente por las calles. Aún hay quien abomina de la inmigración, pero los inmigrantes parecen ser los únicos a los que aún les queda un poco de iniciativa y de ganas de seguir apostando por el comercio local. El Ayuntamiento, este y los anteriores, son algo completamente inútil, dedicado, como toda la administración pública, a la recaudación de tributos, a poner pegas cuando no a torpedear directamente cualquier iniciativa y a dejar que el pueblo vaya cayendo en la degradación y en la ruina. No hay mucha diferencia, urbanísticamente hablando, entre el Barbastro de hoy y el de los años 60, ne este ayuntamiento ni los anteriores han servido para mucho en ese sentido, pero entonces el centro estaba habitado, las tiendas estaban abiertas, el mercado de frutas y verduras funcionaba todo el año y la ciudad era prácticamente autosuficiente. Hoy el centro está abandonado, las tiendas se cierran, la mayor parte de la huerta ha desaparecido y dependemos completamente de que alguien llene todos los días las estanterías de los supermercados. Es verdad que tenemos un hospital que no teníamos y que vamos a tener un centro de salud nuevo, pero ya veremos si también tenemos los médicos necesarios. En un entorno de escasez generalizada de profesionales de la medicina, ya veremos cuantos son los que quieren venir a vivir aquí.
miércoles, 11 de enero de 2023
De aquellas comedias, estas tragedias.
Han pasado 14 años pero parece que fue ayer.
A vueltas con la gripe del pollo (publicado en enero de 2006) (pulsar)
viernes, 30 de diciembre de 2022
Fin de... año
Vi una película, hace unos días, en la que la
protagonista, a causa de un accidente dejaba de envejecer, se veía obligada a
cambiar periódicamente de residencia y tenía que hacer pasar a su hija por su
madre. Otro accidente devolvió las cosas a la normalidad y la protagonista, una
vez localizada la primera cana, se casó con el hijo o el nieto de su primer
amor y fueron felices y comieron perdices hasta, esto no salía en la película,
pero era obvio, que fallecían y descansaban para siempre. Yo hubiera preferido
otro final, pero las películas tienen que acabar en algún momento y no pueden gestionar
acontecimientos lineales, así que los guionistas optaron por no complicarse la
vida y matar a la protagonista, único final que conservaba el orden natural de
las cosas y permitía poner la palabra FIN al cabo de la hora y media o dos que
duraba la película.








