viernes, 13 de octubre de 2006
La venganza de don Pepe (Bono)
viernes, 6 de octubre de 2006
lunes, 2 de octubre de 2006
'Son las dos y media...
domingo, 1 de octubre de 2006
Hule
(Entrada completa y sin cortes publicitarios en majaderos)
sábado, 23 de septiembre de 2006
Ansar rides again.
viernes, 22 de septiembre de 2006
Caballos y otros animales
(*) Luego ha resultado que, según la Junta de Andalucía, la cosa no era para tanto ni tenía que ver con el abandono. Cualquiera sabe, pero mantengo el resto.
El río crecido
jueves, 21 de septiembre de 2006
martes, 19 de septiembre de 2006
sábado, 9 de septiembre de 2006
Nuevos vecinos

Tienen un aspecto extraño, son cada vez más y los necesitamos para mantener nuestro tren de vida. Vamos hacia una sociedad multirracial y eso podemos hacerlo por las malas o por las buenas. Por las malas es fácil, no tenemos más que ignorarlos, abandonar las casas y los barrios en cuanto empiecen a aparecer por allí, no darles trabajo..., en fin, lo que estamos haciendo ahora. Para hacerlo por las buenas hay que hacer todo lo contrario, es más difícil, pero nos ahorraremos muchas complicaciones.
martes, 5 de septiembre de 2006
Trabajo de oficina
Llevaba un tiempo algo inquieto y preocupado ante la
posibilidad de que alguien se diera cuenta de lo absolutamente prescindible que
era, sobre todo porque ya no se veía con capacidad para fingir, como había
hecho durante tantos años, lo ocupado que no estaba. Los papeles importantes
habían ido desapareciendo de su mesa, al mismo tiempo que sus funciones pasaban
a ser desempeñadas por gente más joven —mujeres, sobre todo— que habían entrado
en los últimos años.
Las historias con las que intentaba deslumbrarlas, y que
reflejaban el importante papel que él había desempeñado en los primeros
tiempos, se escuchaban con cortesía, pero también, a veces, con algún gesto de
impaciencia, muy alejado del respeto y la admiración que su contribución al
éxito de aquella oficina requerían.
Es verdad que disponía, privilegios de la antigüedad, de un
puesto bien remunerado, mesa de despacho y teléfono, y que nadie —últimamente,
ni siquiera el jefe— le decía ya lo que tenía que hacer, pero tenía la sospecha
de que esto era más porque no lo consideraban capaz de hacer nada útil que por
respeto a su superioridad intelectual, que no creía que sus compañeros hubiesen
sido capaces de reconocer.
A punto de cumplir los cincuenta, ni siquiera le quedaba la
opción de ingresar en un partido e intentar conseguir un puesto de concejal,
porque tendría los mismos problemas que en la oficina. Los jóvenes, y sobre
todo las dichosas mujeres, se estaban haciendo con los resortes del poder en
todas partes. «Ya veremos en qué acaba todo esto», pensaba.
Al cabo de un rato de vagar sin rumbo por la calle, se metió
en un bar y se sentó en una mesa del fondo, justo al lado de cuatro jovencitas
—muy monas, por cierto— que charlaban en voz alta y se reían, sin duda, de
algún compañero de trabajo de cierta edad al que le estaban haciendo la vida
imposible.
Bueno, pues aquellas no se iban a quedar con la idea de que
él era un don nadie.
De entrada, echó mano de su teléfono móvil, que
habitualmente llevaba apagado porque nadie lo llamaba nunca y, sin encenderlo,
fingió una llamada a su oficina. Empezó echando una áspera bronca a su
imaginaria secretaria por haber tardado tanto en coger el teléfono, para que
vieran las frescas de al lado con quién se jugaban los cuartos, y después le
dio instrucciones precisas que dejaron meridianamente clara su importancia en
la empresa en la que trabajaba.
La verdad es que, con una falta de respeto acorde con su
edad y sexo, ni siquiera bajaron la voz para escuchar lo que estaba diciendo, y
tuvo que levantar bastante la suya para hacerse oír. Aunque las chicas no
parecieron impresionadas, al menos consiguió que el camarero, alarmado por el
tono y el volumen de su voz, viniera a preguntarle qué quería, lo que le obligó
a terminar la brillante conversación que mantenía con su secretaria, no sin
advertirle que esperaba que sus instrucciones se siguieran al pie de la letra.
Faltaría más.
Mientras se tomaba el café, encendió el móvil y programó el
despertador para poder fingir que recibía varias llamadas. En un momento dado,
y mientras tomaba notas y hablaba por teléfono a un tiempo, como había visto
hacer en una película, se le cayó el aparato al suelo y fue a parar debajo de
la mesa de las chicas. Le pareció que la que se lo devolvió —que había mirado
la pantalla de reojo— sonreía y cuchicheaba con las otras, pero continuó su
conversación como si nada.
Al cabo de un rato, se fueron lanzándole miradas de
admiración. Al fin y al cabo, no eran tan tontas como sus compañeras de
trabajo.
Estaba terminando tranquilamente el café, ahora que se había
quedado solo y no tenía que soportar risitas, cuando le sobresaltó el sonido
del teléfono. No era más que el despertador que había programado para que
sonara cada cinco minutos, así que, frustrado, apagó el móvil. A ver si se
había creído la gente que iba a estar todo el día pendiente de que lo llamaran.
Mientras se acercaba la hora de volver al trabajo, pensaba
en cómo mataría la tarde. En realidad, su situación no era tan mala. La cosa
podría ser mucho peor si alguien se empeñara en que justificara el dinero que
estaba cobrando, encomendándole cualquier tarea absurda que seguro que hacían
mejor aquellas niñas que manejaban los computadores como si hubieran nacido de
uno de ellos.
Lo único que tenía que procurar era no llamar demasiado la
atención ni indisponerse con el jefe, que era un auténtico cretino, pero menos
inofensivo de lo que parecía, y aguantar así los años que aún le quedaban para
la jubilación y el merecido descanso.
Pagó el café y no dejó propina. No le había gustado que el
camarero le interrumpiera cuando hablaba con su secretaria y, además, no
pensaba volver a ese bar tan ruidoso.
Llegó al trabajo quince minutos tarde para demostrar que él
entraba y salía cuando le daba la gana, pero, como solía hacer últimamente, con
el móvil —que había vuelto a encender— en la oreja. En parte para no tener que
saludar al portero, que le había perdido gran parte del respeto con que lo
trataba al principio, y en parte porque tenía la impresión de que hablar por
teléfono móvil daba cierto estatus y dejaba claro a todo el mundo que él tenía
otra vida fuera de allí, muy distinta de la mediocridad rutinaria de la
oficina.
Allí estaba el montón de mensajes en inglés de todos los
días. Cuando empezó a recibirlos se sintió un poco halagado; después de todo, a
él no le escribía nunca nadie. Pero su hija le había aclarado que eran mensajes
para ofrecerle aumentar el tamaño de su pene o su rendimiento en la cama y que,
en realidad, no iban dirigidos a él, sino que eran una especie de buzoneo
electrónico. ¿Cómo demonios sabría ella esas cosas? Menos mal que se enteró
justo antes de presumir de su mucha correspondencia, en inglés, ante sus
compañeras de oficina.
Cuando se acordó de que tenía el móvil encendido en la oreja
—en algún sitio había leído que eso no era bueno y por eso solía mantener sus
monólogos con el móvil apagado—, cortó abruptamente la conversación,
advirtiendo a su imaginario interlocutor que no podía seguir hablando porque
tenía la mesa llena de papeles que requerían su inmediata atención, cosa que
provocó —o eso le pareció a él— una media sonrisita en una de sus vecinas de
mesa.
Se volvió y le aclaró que a esos —sin especificar quiénes
eran esos— había que cortarles así porque, si no, estarían todo el día
molestándole.
Tras reordenar un poco los montones de papeles, en general
inútiles, que tenía sobre la mesa, cogió uno al azar y se fue hasta la
fotocopiadora. Hizo tres o cuatro copias, que luego pasó por la trituradora de
papel que había al lado, y estuvo un rato pegando la hebra con la chica de
atención al público, que también se consideraba marginada. Y más valía que
siguiera así, porque en cuanto dejaran de marginarla seguro que también la
ponían por encima de él.
Cuando más entusiasmado estaba explicándole con pelos y
señales las razones por las que aquella oficina funcionaba tan mal —en general
porque sus consejos, aunque se escuchaban con mucho respeto, no se seguían con
la diligencia debida—, apareció el jefe, que también llegaba cuando le daba la
gana, y se vio obligado a cambiar de conversación y pedirle a la chica que le
hiciera una fotocopia del papel que llevaba en la mano, que resultó ser el menú
de la comida de Navidad de hacía tres años, cuya organización —todo un éxito,
por cierto— fue la última tarea importante que le encomendaron.
Ignorando la sonrisita de la recepcionista, volvió a su mesa
mascullando por lo bajo y dispuesto a dejar pasar sin más sobresaltos las dos
horas y media que aún le quedaban.
Como el correo, como de costumbre, no contenía ningún
mensaje que requiriera su atención, decidió pasar el resto de la tarde
navegando por internet. Ni siquiera valía la pena tener prevista una hoja de
cálculo para hacerla aparecer en caso de emergencia, porque hacía tiempo que
nadie se molestaba en averiguar lo que estaba haciendo.
¡Qué pais!
La ministra de sanidad ha dicho que hay que denunciar a los bares y restaurantes que incumplan la normativa sobre tabaco. No sé muy bien que es lo que quiere conseguir con eso, porque si es simplemente para saber quien se pasa la ley por allí, le basta con consultar los apartados correspondientes de las páginas amarillas para tener una relación bastante fidedigna de los infractores. Los Estados Unidos aprobaron en los años veinte una enmienda a la Constitución que prohibía el comercio y el consumo de bebidas alcohólicas. Dos años después de su aprobación otra enmienda derogaba la anterior y volvía a restablecer el derecho de los americanos a emborracharse donde y como les viniera en gana. No se yo si esto va a acabar igual pero en realidad no es lo mismo. Lo que se prohibe no es fumar, sino hacerlo en sitios donde los residuos de la combustión del tabaco puedan meterse en los pulmones de gente quer preferiría mantenerlos limpios. Y de todas formas los americanos, mientras la ley estuvo en vigor, hicieron todo lo posible, recuerden a Elliot Ness, para que se cumpliera. Lo que es impresentable es que las leyes del estado queden al albur de los intereses electorales de las comunidades autónomas y que una ley aprobada por el parlamento se la tome todo el mundo a beneficio de inventario y aquí no pase nada. Para eso es mejor derogarla. O mejor aún no haberla aprobado.
lunes, 4 de septiembre de 2006
Beatus ille. Horacio (Epodos 1.2)
ut prisca gens mortalium
paterna rura bobus exercet suis,
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forumque vitat et superba civium
potentiorum limina.
miércoles, 23 de agosto de 2006
domingo, 20 de agosto de 2006
Las matemáticas son para los jóvenes
miércoles, 16 de agosto de 2006
Homilías
lunes, 14 de agosto de 2006
¡que vienen los moros!
viernes, 11 de agosto de 2006
lunes, 7 de agosto de 2006
martes, 1 de agosto de 2006
miércoles, 19 de julio de 2006
A la mierda

Por fin, después de un montón de tiempo esperando agua, ha llovido. Tarde y mal. Doce litros por metro cuadrado en poco más de un cuarto de hora, acompañados de un vendaval que se ha llevado por delante el cedro que se ve en la foto. Está visto que la naturaleza tampoco es de fiar.





Andrés Gómez García, Carabinero. Mi abuelo.










