Pase lo que pase en el futuro, estos años serán recordados como años de
abundancia y, quizá también, de excesos.
En Barbastro se ha inaugurado otro supermercado
—ya van ocho o nueve—, varias bodegas —son veinte o más—, se ha modificado el
trazado de la N-240 para facilitar la conexión con la A-123 y, dentro de poco,
supongo, tendremos la autovía Huesca-Lérida. En su entorno ya se ha proyectado
un centro de ocio y comercio y una nueva zona industrial.
Tenemos piscinas cubiertas y acabamos de
inaugurar las descubiertas, con jacuzzi, ascensor de agua y no sé cuántas cosas
más. Hemos construido viviendas de sobra, aunque no todos tengan vivienda, en
urbanizaciones de la periferia y en el centro histórico, que todavía sigue
siendo el pariente pobre del desarrollo urbanístico local. Allí se está
construyendo un museo y remodelando el antiguo palacio del obispo, amén de
otras intervenciones que están modernizando la imagen de la ciudad y
recuperando una parte de nuestro patrimonio.
El hospital está en obras desde hace algún
tiempo y es de suponer que, cuando acaben, tendremos unas instalaciones de
primera, aunque ahora parece que el problema es la falta de médicos para
atenderlas, después de haber mantenido durante muchos años un estricto numerus clausus en las facultades de
Medicina y en las plazas de especialización.
Fuera de Barbastro, pero cerca, acaban de
inaugurar la Exposición Internacional de Zaragoza, una sucesión ininterrumpida
de saraos durante todo el verano en la que, también, se va a hablar de agua y,
cómo no, de desarrollo sostenible. Y se nos anuncia otra inversión, más
multimillonaria y no precisamente sostenible, en los Monegros.
Las carreteras siguen saturadas de coches y
los aeropuertos, de gente moviéndose de un lado a otro, sin más objetivo que ir
a matar el tiempo a un lugar lo más alejado posible de su residencia habitual,
aunque ya no resulta, por lo visto, tan fácil como antes conseguir créditos
para irse de vacaciones.
Los únicos ferrocarriles que se construyen y
se mantienen son los grandes y costosos trenes AVE y los de cercanías en los
entornos de las grandes ciudades, pero, gracias a esto, casi todo el mundo
tendrá una estación de tren a menos de cincuenta kilómetros de su lugar de
residencia y una autopista o autovía —que ya veremos por cuánto tiempo más
podemos disfrutar— aún a menos distancia.
Y, por si fuera poco, la selección española,
rompiendo con una acrisolada tradición, ha superado, de momento, la barrera de
los cuartos de final, cosa que a mí no me importa gran cosa, pero que ha
subido, según la SER, varios puntos el índice de autoestima del país. A saber
cómo se medirá eso.
Todo esto ha sido posible en un entorno de
crecimiento prácticamente ininterrumpido durante más de dos décadas, sostenido
por una energía procedente casi exclusivamente del petróleo, abundante y
barata; por la inyección continuada de fondos europeos, que se han dedicado
sobre todo a la construcción de infraestructuras —de las que este país, todo
hay que decirlo, estaba más que necesitado—, y por una mano de obra formada por
ciudadanos de otros países que han acudido a este, reclamados por una
prosperidad escandalosa y tan duradera que ya casi no la reconocemos como tal,
ni siquiera los que hemos vivido en otras circunstancias muy diferentes.
Ahora esta fiesta —dicen que habrá otras—
parece estar tocando a su fin, y algunos de estos factores de progreso están en
grave riesgo: el petróleo ha alcanzado, en este principio de verano, precios
que han desatado la ira de camioneros y pescadores y amenazado con vaciar las
estanterías de nuestros supermercados; y el dinero de Europa, a punto de
conseguir aparentemente el objetivo de acercar nuestra renta per cápita a la
media comunitaria, va a dejar de fluir en unos pocos años.
Los que gobiernan este país tienen ahora la
obligación de intentar que la nueva realidad no nos coja completamente fuera de
juego y también la de valorar exactamente las consecuencias a medio plazo de
sus acciones y omisiones, de mirar, en definitiva, más allá de las próximas
elecciones.
El tiempo en el que cualquier gestión política
—por desastrosa, incompetente y a veces escasamente ética que fuera— quedaba
justificada por el número de metros cúbicos de hormigón utilizados ha pasado
ya, y probablemente tardará en volver.
Cuando acabe el verano y los fastos de la Expo
vayan difuminándose, ya no será suficiente con etiquetar de sostenible
cualquier genialidad, como, por ejemplo, la propuesta ya citada de construir
cuarenta casinos, doscientos restaurantes, no sé cuántos hoteles y varios
parques temáticos para atraer a veinticinco millones de visitantes anuales
—unos trescientos aviones diarios cargados hasta los topes— a nuestro patio
trasero.
Estamos, además, a punto de entrar en la parte
más dura de una crisis financiera, más o menos grave y amenazadora según quien
se refiera a ella tenga o no responsabilidades de gobierno, que puede tener el
efecto positivo de obligarnos a dejar de gastar en lo que no es necesario y a
organizar la vida, en nuestro entorno, en condiciones que la sigan haciendo
posible para nosotros y para los que vengan detrás.
Pero, por el momento, el personal está por
otras cosas: el verano, las piscinas, la playa, la Expo… las fiestas.
Y probablemente haga bien.
