domingo, 15 de marzo de 2026

Parques eólicos y otros negocios eléctricos

El caso Forestalia, que lleva ya unos días en el centro de la actualidad, no puede leerse solo como un episodio judicial más o como otra de las habituales trifulcas entre administración, empresas y despachos profesionales. Lo que aflora en este asunto es el modo en que un sistema administrativo, obligado por ley a ser transparente, ha podido utilizarse para proporcionar ventajas competitivas a quienes mejor se mueven por sus pasillos.

La justicia investiga si la empresa consiguió informes ambientales favorables mediante tratos indebidos con la administración central y aragonesa, acelerando artificialmente proyectos que no estaban maduros. Y más allá de las responsabilidades individuales que determinen los tribunales, el caso revela algo importante sobre cómo funciona hoy el negocio de la electricidad renovable.

Durante años se nos dijo que la inevitable transición energética era, ante todo, una cuestión técnica, pero también moral: favorecer las energías renovables, descarbonizar la economía y avanzar hacia un sistema más limpio y sostenible. Pero la realidad no ha resultado tan edificante. En la práctica, buena parte del negocio en torno a las renovables no ha consistido tanto en producir electricidad como en capturar permisos, informes favorables, declaraciones de impacto ambiental y, sobre todo, puntos de acceso a la red. El viento importa, desde luego; el sol también. Pero lo decisivo ha sido muchas veces saber moverse en el laberinto administrativo.

Aragón reúne condiciones obvias para la expansión de las energías renovables: viento abundante, suelo disponible y una red eléctrica potente heredada de las viejas centrales térmicas de carbón. Sobre esa base se levantó una avalancha de proyectos eólicos y fotovoltaicos y una presión creciente sobre los organismos encargados de evaluarlos. No podía ser de otro modo. Cuando un informe ambiental puede decidir el destino de activos valorados en decenas de millones, deja de ser un simple documento técnico y se convierte en una palanca de poder.

Ahí está uno de los núcleos del problema. La administración ambiental aragonesa fue diseñada para evaluar proyectos contados: una presa aquí, una carretera allá. De la noche a la mañana, tuvo que tramitar centenares de parques eólicos y plantas fotovoltaicas. Se le exigió simultáneamente rigor técnico, rapidez burocrática y "sensibilidad" política. Demasiadas cosas a la vez. El resultado era previsible: atascos, decisiones cuestionables, reorganizaciones extrañas. Y la sensación de que el criterio técnico no era siempre una garantía que respetar sino, a veces, un obstáculo a remover. Por otra parte, el conflicto entre los que soportan los costes territoriales y quienes capturan los beneficios no podía permanecer latente indefinidamente.

No conviene engañarse. El problema no es solo que pueda haber habido irregularidades en algún caso concreto, que eso ya se verá. El problema de fondo es que el sistema invita a ellas. Cuando el acceso a la red depende de cumplir hitos administrativos en plazos muy estrictos, y cuando una Declaración de Impacto Ambiental (DIA) desfavorable o fuera de plazo puede hacer caducar un permiso y evaporar el valor entero de un proyecto, la tentación de forzar el procedimiento, de acelerar lo que no está maduro o de desactivar resistencias técnicas se vuelve estructural. No hace falta una novela negra. Basta con entender los incentivos.

Y ahora, mientras se investiga cómo se repartieron los permisos para la instalación de parques eólicos, el tablero se complica aún más. La electricidad abundante que Aragón exportaba empieza a atraer grandes centros de datos, instalaciones capaces de consumir entre 100 y 300 MW continuos, es decir, tanto como una ciudad mediana o grande. Los nodos eléctricos —cuya capacidad es más limitada de lo que parece desprenderse del entusiasmo gubernamental por estas instalaciones— interesan ahora también a la nueva industria digital. La electricidad no es únicamente un flujo que sale del territorio sino la base material de una nueva y “prometedora” economía: computación, almacenamiento y gestión de datos y ahora y sobre todo inteligencia artificial.

Eso da al caso Forestalia y otros similares una dimensión más amplia. Ya no hablamos solo de molinos, placas y papeles sellados. Hablamos, o deberíamos hacerlo, de quién controla el acceso a una infraestructura estratégica, las redes y sus nodos de acceso, en una economía que depende cada vez más de la electricidad sin dejar de hacerlo de los combustibles fósiles. Y también de una administración que, obligada a actuar como marco neutral y garantista, ha funcionado a veces como terreno de juego, cuello de botella y moneda de cambio.

En teoría, los procedimientos administrativos están para ordenar, filtrar y proteger el interés general. En la práctica, con demasiada frecuencia, han servido más para complicar la vida de los que van de buena fe que para alejar a quienes pretenden servirse de ellos para burlar la legalidad. Ese es, quizá, el aspecto más inquietante del asunto. No solo la sospecha de que se hayan torcido procedimientos, también de que el sistema estaba preparado para que alguien intentara torcerlos.

Enviado a ECA 20-03-2026

viernes, 13 de marzo de 2026

Petróleo y economía

Si el petróleo del golfo Pérsico tarda en volver a circular con normalidad por el estrecho de Ormuz, la economía mundial entrará en una fase contractiva de la que será difícil salir. Y será, también, la constatación de una evidencia que gobiernos, tecnócratas y propagandistas de la transición llevan años intentando disimular: que el mundo sigue funcionando con petróleo.

Por si faltaba algo en el cuadro, hemos asistido al espectáculo de ver a Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea, admitir que quizá el abandono de la energía nuclear no fue aquella brillante ocurrencia moral y estratégica que durante años se quiso vender como signo de progreso y superioridad moral y política. Y no es un error exclusivo de la izquierda. A veces Europa no rectifica: simplemente se queda sin margen.

Hay que decirlo sin circunloquios: el petróleo y sus derivados siguen siendo esenciales para la industria, el transporte, la calefacción y, en no poca medida, para la generación de electricidad. La llamada transición energética no solo está lejos de completarse; ni siquiera está claro que pueda culminarse en un futuro previsible, al menos en los términos grandilocuentes con que se anuncia. Y no por culpa de una conspiración fósil ni de la maldad de unos cuantos rezagados, sino por una razón bastante más incómoda: las infraestructuras renovables también exigen materiales, procesos industriales, transporte, minería y fabricación que dependen aún, de manera sustancial, del petróleo.

Seguimos llamando transición a un proceso que depende en gran medida de aquello que queremos, o que creemos estar obligados a, dejar atrás. Y esa contradicción, mientras se pueda maquillar con subvenciones, propaganda y contabilidad creativa, seguirá ocultándose. Pero no desaparecerá. La realidad es más tozuda que nosotros.

sábado, 7 de marzo de 2026

WTF?

Pues son predicadores americanos adorando al presidente Trump en su despacho. Y no es un montaje. El mundo está hoy en manos de un perturbado, de eso no parece haber duda, pero... ¿Y si fuera verdad que los clérigos iraníes estaban a punto de disponer de armas nucleares? ¿Entonces qué? ¿Eh? Claro que ahora podríamos preguntarnos por las garantías de seguridad que tenemos si el mayor arsenal nuclear plenamente operativo del mundo está a disposición de este personaje. La respuesta obvia es: ninguna, pero de momento lo que más preocupa por aquí es el precio de la gasolina y de todo en general, el estado de las carreteras y los atascos en las rotondas de Sabiñánigo. Ah, y también lo de Aragón, que aún no se sabe si va a gobernar el PP o Teruel existe. Parece que el PSOE no tiene opciones, pero cosas más raras se han visto. Yo, por si acaso y aprovechando que ha salido el Sol, me voy al monte. 

domingo, 1 de marzo de 2026

De la guerra y la paz.

Donald Trump anunció hace unas horas un ataque a Irán. Parece que los iraníes, actualmente gobernados por un régimen teocrático islamista, tienen —o quieren tener— armas nucleares, pero eso no es lo decisivo. Lo que importa es que Estados Unidos tiene aviones y barcos en el golfo Pérsico y cree contar con la potencia de fuego suficiente para evitar o minimizar una represalia iraní a gran escala. Ya veremos. La paz, que es lo que estaba en juego, no es sino el intervalo de tiempo entre dos guerras que los contendientes utilizan para recuperarse de la anterior y encontrar justificación para la siguiente. Como este intervalo está siendo inusualmente largo, hay mucha gente que cree que la guerra, como el cáncer, es una cosa que les pasa a los demás. Algo que nos cuentan en la televisión o sobre lo que podemos leer en el periódico del bar. Pocos iraníes y ucranianos de a pie vieron venir la guerra, pero la guerra llegó. Tampoco yo vi venir el cáncer, pero... ya me he puesto al día. Ahora ellos y yo sabemos que son cosas que le pueden pasar a cualquiera. Solo hay que esperar, vivo, lo suficiente.