sábado, 28 de marzo de 2026
Redes, blogs y audiencia
martes, 24 de marzo de 2026
Montañas pirenaicas
Una historia del final, largamente anunciado, de una forma
de vida que se había desarrollado durante siglos en una tierra hostil. Una
tierra cuyos recursos, nunca excesivos para sostener la creciente complejidad
de la vida, se volvieron claramente insuficientes hace poco más de sesenta
años. Y eso no sólo por los límites materiales del territorio, también por el
abandono institucional y la ausencia de estructuras básicas. Hubo lugares donde
la carretera —a veces poco más que una pista— la energía eléctrica o el agua
corriente llegaron después del cierre de la última casa.
El colapso —vamos a llamarlo así— se desarrolló casi simultáneamente en todos los pueblos
y lugares de un extenso territorio y afectó a quienes entonces lo poblaban: los
que se habían quedado y heredaron las casas, frente a los que tuvieron que
aceptar un papel secundario o buscar su sustento en otros lugares.
Hoy los pueblos abandonados son casi parques temáticos:
lugares que cuentan la historia de quienes los habitaron y de las casas que
construyeron, habitaron y engrandecieron a lo largo de generaciones. Sus
últimos descendientes vuelven —volvemos— a ellas, de tarde en tarde, para
recordar a los que allí vivieron e imaginar que, por unas horas o unos meses de
verano, vuelven a ser los herederos y los amos de la casa.
Los que vivieron aquellos tiempos, asistieron al final de una historia y fueron capaces de adaptarse y construir otra, posiblemente mejor y en todo caso distinta, para ellos y sus descendientes. Por sus propios méritos, desde luego, pero también porque había un lugar a dónde ir y porque su historia anterior aún podía proporcionarles los recursos necesarios, no necesariamente materiales, para iniciar la siguiente. Ahora las cosas van mucho más deprisa y el colapso, esta vez sistémico, de esta civilización puede estar más próximo de lo que parece. La cuestión es: ¿A dónde iremos desde aquí y con qué?
domingo, 15 de marzo de 2026
Parques eólicos y otros negocios eléctricos
La justicia investiga si la empresa consiguió informes
ambientales favorables mediante tratos indebidos con la administración central
y aragonesa, acelerando artificialmente proyectos que no estaban maduros. Y más
allá de las responsabilidades individuales que determinen los tribunales, el
caso revela algo importante sobre cómo funciona hoy el negocio de la electricidad
renovable.
Durante años se nos dijo que la inevitable transición
energética era, ante todo, una cuestión técnica, pero también moral: favorecer
las energías renovables, descarbonizar la economía y avanzar hacia un sistema
más limpio y sostenible. Pero la realidad no ha resultado tan edificante. En la
práctica, buena parte del negocio en torno a las renovables no ha consistido
tanto en producir electricidad como en capturar permisos, informes favorables,
declaraciones de impacto ambiental y, sobre todo, puntos de acceso a la red. El
viento importa, desde luego; el sol también. Pero lo decisivo ha sido muchas
veces saber moverse en el laberinto administrativo.
Aragón reúne condiciones obvias para la expansión de las
energías renovables: viento abundante, suelo disponible y una red eléctrica
potente heredada de las viejas centrales térmicas de carbón. Sobre esa base se
levantó una avalancha de proyectos eólicos y fotovoltaicos y una presión
creciente sobre los organismos encargados de evaluarlos. No podía ser de otro
modo. Cuando un informe ambiental puede decidir el destino de activos valorados
en decenas de millones, deja de ser un simple documento técnico y se convierte
en una palanca de poder.
No conviene engañarse. El problema no es solo que pueda
haber habido irregularidades en algún caso concreto, que eso ya se verá. El
problema de fondo es que el sistema invita a ellas. Cuando el acceso a la red
depende de cumplir hitos administrativos en plazos muy estrictos, y cuando una Declaración
de Impacto Ambiental (DIA) desfavorable o fuera de plazo puede hacer caducar un
permiso y evaporar el valor entero de un proyecto, la tentación de forzar el
procedimiento, de acelerar lo que no está maduro o de desactivar resistencias
técnicas se vuelve estructural. No hace falta una novela negra. Basta con
entender los incentivos.
Y ahora, mientras se investiga cómo se repartieron los
permisos para la instalación de parques eólicos, el tablero se complica aún
más. La electricidad abundante que Aragón exportaba empieza a atraer grandes
centros de datos, instalaciones capaces de consumir entre 100 y 300 MW
continuos, es decir, tanto como una ciudad mediana o grande. Los nodos
eléctricos —cuya capacidad es más limitada de lo que parece desprenderse del entusiasmo
gubernamental por estas instalaciones— interesan ahora también a la nueva
industria digital. La electricidad no es únicamente un flujo que sale del
territorio sino la base material de una nueva y “prometedora” economía:
computación, almacenamiento y gestión de datos y ahora y sobre todo
inteligencia artificial.
Eso da al caso Forestalia y otros similares una dimensión
más amplia. Ya no hablamos solo de molinos, placas y papeles sellados.
Hablamos, o deberíamos hacerlo, de quién controla el acceso a una
infraestructura estratégica, las redes y sus nodos de acceso, en una economía
que depende cada vez más de la electricidad sin dejar de hacerlo de los
combustibles fósiles. Y también de una administración que, obligada a actuar
como marco neutral y garantista, ha funcionado a veces como terreno de juego,
cuello de botella y moneda de cambio.
En teoría, los procedimientos administrativos están para
ordenar, filtrar y proteger el interés general. En la práctica, con demasiada
frecuencia, han servido más para complicar la vida de los que van de buena fe
que para alejar a quienes pretenden servirse de ellos para burlar la legalidad.
Ese es, quizá, el aspecto más inquietante del asunto. No solo la sospecha de
que se hayan torcido procedimientos, también de que el sistema estaba preparado
para que alguien intentara torcerlos.
Enviado a ECA 20-03-2026
viernes, 13 de marzo de 2026
Petróleo y economía
Por si faltaba algo en el cuadro, hemos asistido al
espectáculo de ver a Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea,
admitir que quizá el abandono de la energía nuclear no fue aquella brillante
ocurrencia moral y estratégica que durante años se quiso vender como signo de
progreso y superioridad moral y política. Y no es un error exclusivo de la izquierda. A veces
Europa no rectifica: simplemente se queda sin margen.
Hay que decirlo sin circunloquios: el petróleo y sus
derivados siguen siendo esenciales para la industria, el transporte, la
calefacción y, en no poca medida, para la generación de electricidad. La
llamada transición energética no solo está lejos de completarse; ni siquiera
está claro que pueda culminarse en un futuro previsible, al menos en los
términos grandilocuentes con que se anuncia. Y no por culpa de una conspiración
fósil ni de la maldad de unos cuantos rezagados, sino por una razón bastante
más incómoda: las infraestructuras renovables también exigen materiales,
procesos industriales, transporte, minería y fabricación que dependen aún,
de manera sustancial, del petróleo.
Seguimos llamando transición a un proceso que depende en
gran medida de aquello que queremos, o que creemos estar obligados a, dejar
atrás. Y esa contradicción, mientras se pueda maquillar con subvenciones,
propaganda y contabilidad creativa, seguirá ocultándose. Pero no desaparecerá.
La realidad es más tozuda que nosotros.
sábado, 7 de marzo de 2026
WTF?
Pues son predicadores americanos adorando al presidente Trump en su despacho. Y no es un montaje. El mundo está hoy en manos de un perturbado, de eso no parece haber duda, pero... ¿Y si fuera verdad que los clérigos iraníes estaban a punto de disponer de armas nucleares? ¿Entonces qué? ¿Eh? Claro que ahora podríamos preguntarnos por las garantías de seguridad que tenemos si el mayor arsenal nuclear plenamente operativo del mundo está a disposición de este personaje. La respuesta obvia es: ninguna, pero de momento lo que más preocupa por aquí es el precio de la gasolina y de todo en general, el estado de las carreteras y los atascos en las rotondas de Sabiñánigo. Ah, y también lo de Aragón, que aún no se sabe si va a gobernar el PP o Teruel existe. Parece que el PSOE no tiene opciones, pero cosas más raras se han visto. Yo, por si acaso y aprovechando que ha salido el Sol, me voy al monte.
domingo, 1 de marzo de 2026
De la guerra y la paz.
Donald Trump anunció hace unas horas un ataque a Irán. Parece que los iraníes, actualmente gobernados por un régimen teocrático islamista, tienen —o quieren tener— armas nucleares, pero eso no es lo decisivo. Lo que importa es que Estados Unidos tiene aviones y barcos en el golfo Pérsico y cree contar con la potencia de fuego suficiente para evitar o minimizar una represalia iraní a gran escala. Ya veremos. La paz, que es lo que estaba en juego, no es sino el intervalo de tiempo entre dos guerras que los contendientes utilizan para recuperarse de la anterior y encontrar justificación para la siguiente. Como este intervalo está siendo inusualmente largo, hay mucha gente que cree que la guerra, como el cáncer, es una cosa que les pasa a los demás. Algo que nos cuentan en la televisión o sobre lo que podemos leer en el periódico del bar. Pocos iraníes y ucranianos de a pie vieron venir la guerra, pero la guerra llegó. Tampoco yo vi venir el cáncer, pero... ya me he puesto al día. Ahora ellos y yo sabemos que son cosas que le pueden pasar a cualquiera. Solo hay que esperar, vivo, lo suficiente.


