“La presencia en Barbastro y el Somontano supone una oportunidad de acceso a estudios universitarios”
Carlos Gómez lleva veinticinco años en el Centro de la UNED con responsabilidades de secretario y Director desde 1987. Ha sido uno de los mejores testigos de la trayectoria ascendente y artífice, en buena medida, del desarrollo. En la entrevista concedida a El Cruzado Aragonés repasa los aspectos más significativos y los momentos más decisivos, incluidas las críticas, durante este cuarto de siglo. En especial, la trascendencia que ha tenido la implantación en Barbastro y su zona de influencia.
Ángel Huguet
¿A simple vista, qué le dicen, 25 Años de UNED Barbastro?
- Lo que tiene interés, en realidad, es lo que le dice a la gente. Yo creo que la opinión, no sé si general pero al menos sí la más extendida, es que la UNED forma parte del paisaje urbano de Barbastro, es una institución útil que, incluso, le da cierto empaque a la ciudad. Hay también otras opiniones, como la de una señora que decía en el último número de El Cruzado que la UNED era una ‘pérdida’, pero yo espero que sean minoritarias. En todo caso el Ayuntamiento, al que le corresponde establecer las prioridades en la utilización del dinero público, y cuyo Alcalde preside la Fundación de la que el Centro depende, parece considerar, por el momento, que el gasto que ocasiona su mantenimiento queda compensado por el servicio que presta. Que es, por otra parte, lo que yo también pienso.
Pase lo que pase en el futuro, estos años serán recordados como años de
abundancia y, quizá también, de excesos.
En Barbastro se ha inaugurado otro supermercado
—ya van ocho o nueve—, varias bodegas —son veinte o más—, se ha modificado el
trazado de la N-240 para facilitar la conexión con la A-123 y, dentro de poco,
supongo, tendremos la autovía Huesca-Lérida. En su entorno ya se ha proyectado
un centro de ocio y comercio y una nueva zona industrial.
Tenemos piscinas cubiertas y acabamos de
inaugurar las descubiertas, con jacuzzi, ascensor de agua y no sé cuántas cosas
más. Hemos construido viviendas de sobra, aunque no todos tengan vivienda, en
urbanizaciones de la periferia y en el centro histórico, que todavía sigue
siendo el pariente pobre del desarrollo urbanístico local. Allí se está
construyendo un museo y remodelando el antiguo palacio del obispo, amén de
otras intervenciones que están modernizando la imagen de la ciudad y
recuperando una parte de nuestro patrimonio.
El hospital está en obras desde hace algún
tiempo y es de suponer que, cuando acaben, tendremos unas instalaciones de
primera, aunque ahora parece que el problema es la falta de médicos para
atenderlas, después de haber mantenido durante muchos años un estricto numerus clausus en las facultades de
Medicina y en las plazas de especialización.
Fuera de Barbastro, pero cerca, acaban de
inaugurar la Exposición Internacional de Zaragoza, una sucesión ininterrumpida
de saraos durante todo el verano en la que, también, se va a hablar de agua y,
cómo no, de desarrollo sostenible. Y se nos anuncia otra inversión, más
multimillonaria y no precisamente sostenible, en los Monegros.
Las carreteras siguen saturadas de coches y
los aeropuertos, de gente moviéndose de un lado a otro, sin más objetivo que ir
a matar el tiempo a un lugar lo más alejado posible de su residencia habitual,
aunque ya no resulta, por lo visto, tan fácil como antes conseguir créditos
para irse de vacaciones.
Los únicos ferrocarriles que se construyen y
se mantienen son los grandes y costosos trenes AVE y los de cercanías en los
entornos de las grandes ciudades, pero, gracias a esto, casi todo el mundo
tendrá una estación de tren a menos de cincuenta kilómetros de su lugar de
residencia y una autopista o autovía —que ya veremos por cuánto tiempo más
podemos disfrutar— aún a menos distancia.
Y, por si fuera poco, la selección española,
rompiendo con una acrisolada tradición, ha superado, de momento, la barrera de
los cuartos de final, cosa que a mí no me importa gran cosa, pero que ha
subido, según la SER, varios puntos el índice de autoestima del país. A saber
cómo se medirá eso.
Todo esto ha sido posible en un entorno de
crecimiento prácticamente ininterrumpido durante más de dos décadas, sostenido
por una energía procedente casi exclusivamente del petróleo, abundante y
barata; por la inyección continuada de fondos europeos, que se han dedicado
sobre todo a la construcción de infraestructuras —de las que este país, todo
hay que decirlo, estaba más que necesitado—, y por una mano de obra formada por
ciudadanos de otros países que han acudido a este, reclamados por una
prosperidad escandalosa y tan duradera que ya casi no la reconocemos como tal,
ni siquiera los que hemos vivido en otras circunstancias muy diferentes.
Ahora esta fiesta —dicen que habrá otras—
parece estar tocando a su fin, y algunos de estos factores de progreso están en
grave riesgo: el petróleo ha alcanzado, en este principio de verano, precios
que han desatado la ira de camioneros y pescadores y amenazado con vaciar las
estanterías de nuestros supermercados; y el dinero de Europa, a punto de
conseguir aparentemente el objetivo de acercar nuestra renta per cápita a la
media comunitaria, va a dejar de fluir en unos pocos años.
Los que gobiernan este país tienen ahora la
obligación de intentar que la nueva realidad no nos coja completamente fuera de
juego y también la de valorar exactamente las consecuencias a medio plazo de
sus acciones y omisiones, de mirar, en definitiva, más allá de las próximas
elecciones.
El tiempo en el que cualquier gestión política
—por desastrosa, incompetente y a veces escasamente ética que fuera— quedaba
justificada por el número de metros cúbicos de hormigón utilizados ha pasado
ya, y probablemente tardará en volver.
Cuando acabe el verano y los fastos de la Expo
vayan difuminándose, ya no será suficiente con etiquetar de sostenible
cualquier genialidad, como, por ejemplo, la propuesta ya citada de construir
cuarenta casinos, doscientos restaurantes, no sé cuántos hoteles y varios
parques temáticos para atraer a veinticinco millones de visitantes anuales
—unos trescientos aviones diarios cargados hasta los topes— a nuestro patio
trasero.
Estamos, además, a punto de entrar en la parte
más dura de una crisis financiera, más o menos grave y amenazadora según quien
se refiera a ella tenga o no responsabilidades de gobierno, que puede tener el
efecto positivo de obligarnos a dejar de gastar en lo que no es necesario y a
organizar la vida, en nuestro entorno, en condiciones que la sigan haciendo
posible para nosotros y para los que vengan detrás.
Pero, por el momento, el personal está por
otras cosas: el verano, las piscinas, la playa, la Expo… las fiestas.
Una huelga de transportistas es algo muy serio. Nuestra globalizada sociedad exige, ante todo, movilidad, movilidad de personas, sí, pero, sobre todo, movilidad de mercancías. Hemos cubierto de hormigón una gran parte de los terrenos aptos para la agricultura que rodeaban nuestras ciudades, sustituyendo las huertas por grandes superficies en las que, hasta ahora, hemos podido encotrar prácticamente de todo y, en particular, la comida que hace tiempo que dejó de producirse en nuestro entorno más inmediato. Hemos fiado nuestra alimentación a una nueva forma de cultivar la tierra que consiste en la explotación intensiva de grandes superficies, con la ayuda de ingentes cantidades de fertilizantes procedentes del petróleo. El mismo petróleo del que se extraen los combustibles que utilizan los camiones que transportan hasta nuestros supermercados los alimentos que antes, hace no mucho más de cuarenta años, se cultivaban en el huerto de al lado. El mismo petróleo que ha aumentado de precio, por razones que nadie parece en condiciones de explicar, lo suficiente como para llevar a la huelga, dicen que a la ruina, a los transportistas. Una huelga que va a vaciar, a poco que se prolongue el tira y afloja de los huelguistas con el gobierno, que maldito lo que pinta en todo esto, las estanterías que hasta hace muy poco encontrábamos repletas de mercancías. Una huelga que podría no ser más que el ensayo general de lo que puede estar a punto de convertirse en una condición permanente, si las razones del incremento del precio del petróleo tienen que ver más con la escasez que con la especulación.
El Club Español de la Energía ha hecho público, recientemente, un estudio
titulado Energía y Sociedad: Actitudes de los
Españoles ante los Problemas de la Energía y del Medio Ambiente, del que
se desprende que tenemos, en general, una formación deficiente en cuestiones de
energía.
Parece ser que sabemos poco, o nada, acerca del
origen de la electricidad que consumimos y creemos, erróneamente, que la mayor
parte proviene del petróleo o de los saltos de agua. No somos, se dice,
partidarios de la energía de origen nuclear y creemos que la de procedencia
eólica o solar es la más barata cuando, en realidad, es muy cara en el nivel
actual de desarrollo de la tecnología necesaria, dependiente —como casi todo en
nuestra civilización industrial— del petróleo y extraordinariamente subvencionada.
Este déficit de formación es el que hace que
depositemos esperanzas, con toda seguridad excesivas, en supuestos avances
tecnológicos, relacionados, sobre todo, con el hidrógeno y los biocombustibles,
de indudable valor científico pero dudosa aplicación práctica a corto plazo. Y,
a largo plazo —decía Keynes—, todos estaremos muertos.
El origen último de la prosperidad y el bienestar que
actualmente disfruta una parte minoritaria de la población mundial hay que
buscarlo en el petróleo, o mejor dicho, en la relativa abundancia de petróleo
barato que venimos disfrutando desde el último tercio del siglo XIX. El petróleo
es una fuente de energía primaria, creada en el interior de la Tierra mediante
la compresión, a altas temperaturas y durante millones de años de biomasa
enterrada como consecuencia de violentos fenómenos geológicos, tiene una forma
líquida muy conveniente para facilitar su almacenamiento y su transporte, es estable a temperatura ambiente y muy
eficiente desde el punto de vista del retorno energético. El proceso de
formación no se ha detenido pero, considerando que ha costado 500 millones de
años de historia geológica, acumular el petróleo actualmente existente, podemos
considerar totalmente despreciable la cantidad que puede llegar a formarse en
doscientos o incluso mil años, es decir que tenemos que asumir que la
explotación industrial del petróleo sólo puede consistir en el agotamiento de una cantidad predeterminada,
que no se verá incrementada de manera significativa en todo el período de
extracción[3].
Como se habla, y mucho, de energías alternativas y de energía nuclear y también de electricidad o
hidrógeno[4],
podemos llegar a suponer que el petróleo no es sino una posibilidad más y que,
cuando se acabe, solo tendremos que
recurrir a las otras fuentes de
energía o a algún mágico elixir guardado en un cajón para cuando haga falta. No
hay ninguna evidencia, sin embargo, que permita sostener una hipótesis tan
optimista. A lo que nos enfrentaremos, si el suministro de petróleo se reduce,
no es a una crisis de energía en sentido clásico, sino a un déficit de
combustibles líquidos, utilizados masivamente por los motores de combustión
interna. La energía solar, la eólica y sobre todo la nuclear producen
electricidad pero no petróleo ni ninguno de sus derivados. Además y por el
momento la cantidad de energía que puede obtenerse de esas fuentes es relativamente
pequeña, comparada con la que ha venido
proporcionando el abundante y barato petróleo que hemos disfrutado hasta ahora
y que, por el momento, seguimos disfrutando.
Dejando de lado la imposibilidad material de sustituir, a corto y medio plazo,
el inmenso parque de vehículos[5]
que actualmente se mueven con combustibles derivados del petróleo, lo cierto es
que esa sustitución no se está abordando y por el momento seguimos fabricando,
comprando y vendiendo automóviles, camiones y autobuses con motores de
combustión interna. La adopción de medidas proactivas puede tropezar con tantos
problemas políticos y económicos, a corto plazo, que es muy posible que no se
haga nada serio hasta que sea demasiado tarde.
El petróleo es, pues, un recurso finito que se acabará en
algún momento. Cuándo ocurrirá eso o cuánto más va a ser posible extraer en
condiciones económica y energéticamente rentables,[6]
son cuestiones cuya respuesta no es en modo alguno evidente y tampoco hay datos
fiables que permitan estimar el volumen de petróleo que aún permanece en el
interior de la Tierra[7].
A las teorías que aseguran que el pico
del petróleo[8]
se ha producido ya o está a punto de producirse, se oponen otras que sostienen
que tal cosa, si es que va a ocurrir alguna vez, está muy alejada en el tiempo.
Estas discrepancias pueden atribuirse, desde luego, a la aplicación de
distintas metodologías de evaluación o a
intereses contrapuestos por parte de los evaluadores pero, también, a la
dificultad de dar crédito a los volúmenes de reservas publicados por los países
de la OPEC[9],
que tienen limitado el volumen de petróleo crudo que pueden vender en función
de las reservas que declaren. Por esa u otras razones, de carácter técnico, político
o estratégico, países como Kuwait siguen anunciando desde hace diez años un
volumen de reservas en el que no se aprecia disminución alguna, a pesar de que
en este tiempo han producido y puesto en el mercado millones de barriles. De manera que tanto podemos estar hablando de
reservas subestimadas como, y esto parece desgraciadamente lo más probable[10],
sobreestimadas.
La transición de la madera al carbón y de este al petróleo
se realizó de forma relativamente suave, en una sociedad en la que la
dependencia de energía era sensiblemente inferior a la actual. Estos
precedentes y una fe ciega en la capacidad de innovación de la mente humana,
que tendemos a suponer ilimitada, pueden llevarnos a creer que la transición
del petróleo, una vez admitido el carácter finito de este recurso, a… ¿qué?, será también suave y escalonada. Sin
embargo la situación actual es muy distinta a la de los siglos 18 y 19. Hoy
tenemos un planeta mucho más poblado, 6.500 millones de personas en lugar de
los 1.000 millones de entonces, una dependencia prácticamente absoluta del
petróleo para cubrir necesidades básicas, como la alimentación, la sanidad, el
transporte o la calefacción y con un nivel de autosuficiencia muy inferior al
del hombre de la sociedad preindustrial. Las energías alternativas que actualmente están sobre la mesa no son, a medio
plazo, capaces de sustituir al petróleo y la
posibilidad de que, en el último momento, aparezca algo que cubra
nuestras necesidades, en las condiciones en las que actualmente lo hace el
petróleo, es sólo eso, una posibilidad. No se puede confundir el evidente
progreso tecnológico, que, en muy buena medida, ha sido posible gracias a la
disponibilidad de petróleo abundante y barato, con el progreso energético que,
prácticamente, no ha existido: el petróleo era la fuente principal de energía
hace cien años y sigue siéndolo ahora, así que es posible que la transición a…
lo que sea, no sea suave y escalonada sino abrupta y revolucionaria.
La civilización industrial[11]
está, en definitiva, amenazada por la coexistencia de dos construcciones
intelectuales universales, sobre impuestas y antagónicas: la cultura monetaria,
de origen prehistórico, basada en el interés compuesto y en la idea de que lo
que hoy vale dos mañana valdrá cuatro y así sucesivamente, y el conocimiento
que tenemos desde hace aproximadamente cuatro siglos de las propiedades e
interrelaciones de la materia y la energía, conocimiento al que hay que
atribuir los espectaculares logros alcanzados por la civilización industrial en
los dos últimos siglos y que es esencial
para su continuidad. Estas dos construcciones han convivido durante algún
tiempo, a pesar de su incompatibilidad, debido a una característica fundamental
que han compartido: el crecimiento exponencial, pero, por las razones que ya se
han expuesto, es imposible que el sistema materia energía sostenga un
crecimiento que vaya más allá de doblarse unas pocas decenas de veces[12].
La producción mundial de petróleo está actualmente en torno
a los 85-86 millones de barriles diarios y se ha mantenido ligeramente por
debajo de la demanda[13]
hasta el mes de marzo de este mismo año en que la relación se ha invertido debido
a una reducción, de más de un millón de barriles diarios, del consumo. Esta
disminución puede deberse al alto precio alcanzado por el crudo en origen o
a razones coyunturales o permanentes que
afecten al mercado. La cuestión está en establecer si el estancamiento de la
producción es atribuible a esa caída de la demanda, aunque es más bien dudosa
una realimentación tan rápida y eficaz, a la falta de inversión para superar
dificultades de acceso al petróleo restante, a cuestiones políticas y
estratégicas o, simplemente, a que no es posible producir más. En este último caso habríamos alcanzado ya el
pico en la producción de petróleo y no cabría
esperar sino una lenta, en el mejor de los casos, e imparable
disminución. Esta circunstancia que provocaría, inevitablemente, un aumento de
los precios y dejaría el petróleo en manos de los que pudieran pagarlo,
llevaría, con una alta probabilidad, a conflictos
bélicos, del estilo de la guerra de Irak, que no es sino la primera de las
Guerras del Petróleo del S XXI. Una extensión, en modo alguno descartable, de
esos conflictos agravaría sensiblemente el problema y podría precipitar el
final de la era del petróleo barato.
El petróleo no puede ser, ya lo hemos dicho, considerado
como una fuente más de energía, sino como algo que, hoy por hoy, no tiene
alternativa viable y cuyo consumo, y por tanto producción, no puede estancarse
sin poner en riesgo una economía que, como consecuencia de su absoluta
incardinación en la cultura monetaria del interés compuesto, no se ha planteado
ni puede plantearse otra cosa que el crecimiento que, a su vez, implica un
incremento del consumo de energía y, en particular, de petróleo. Una
disminución de la tasa de crecimiento, tanto más si esta tasa pasa a tener
valores negativos, es lo que se conoce como crisis o recesión y entre sus
consecuencias está, siempre, la
destrucción de empleo y el incremento generalizado de las dificultades
económicas para una parte importante de la población.
Pero una crisis económica debida a una escasez persistente
de combustibles líquidos tendría características muy distintas y más graves,
que las crisis financieras clásicas[14], atribuibles a la incompetencia de las
autoridades monetarias[15],
la euforia financiera, la especulación, el apalancamiento o la caída de
confianza de los consumidores, ahorradores o inversores, crisis que se han
venido reproduciendo periódicamente y que tienden a resolverse por sí solas, o
tras la aplicación de alguna de las medidas correctoras prescritas por la
sabiduría convencional, después de períodos de
ajuste más o menos duro. Tampoco sería, con toda probabilidad,
comparable en sus efectos a la crisis de los años 70, debida a una falta
temporal de petróleo[16],
pero que se saldó con un abaratamiento y un incremento posterior de la
producción a causa de los nuevos descubrimientos en las exploraciones masivas
que forzó el pánico energético provocado por el embargo y, sobre todo, el
descubrimiento de crudo en el Mar del Norte[17].
La falta de suministro de petróleo, mantenida en el tiempo y producida antes de
que se hubieran tomado las medidas preventivas necesarias, produciría una
crisis mucho más extensa y persistente que las anteriores y tendría como
consecuencia, desde luego, el cierre de fábricas y la subsiguiente pérdida de
empleos pero también el desabastecimiento, provocado por problemas en el
transporte y por la escasez de fertilizantes y combustible para maquinaria
agrícola. Un escenario en el que la capacidad de los estados para mantener el
control de la situación se vería seriamente limitada y en el que cada comunidad
podría verse obligada a buscar sus propios medios de supervivencia, cosa tanto
más difícil cuanto más imprevista sea la crisis. Buscarse la vida, literalmente, sería probablemente más sencillo en
comunidades rurales de tamaño pequeño o medio que en grandes aglomeraciones, en
las que sería mucho más complicado buscar una alternativa a las estanterías,
vacías, en tiendas y supermercados o al transporte en automóvil.
En estas condiciones, la predicción del pico de petróleo se
convierte en una cuestión de la mayor importancia. Se reproducen aquí algunas
de las estimaciones realizadas por expertos, agencias gubernamentales,
productores y otras organizaciones. En el documento que se cita como referencia[18]
aparecen los datos de las personas y entidades a las que se atribuyen estas
predicciones y alguna información complementaria acerca de la metodología
utilizada
Predicciones del pico
de petróleo para los próximos cinco años
Pickens, T Boone (Investigador en Gas y Petróleo)
2005
Deffeyes, K (Profesor retirado de Princeton & geólogo retirado de Shell)
Diciembre 2005
Westervelt, ET et al (Del cuerpo de ingenieros de Estados Unidos)
Muy pronto
Bakhtiari, S (Planificador de la Compañía Nacional Iraní de Petróleo)
Ahora
Herrera, R (Geólogo Retirado de British Petroleum)
Muy pronto o ya
ha pasado
Groppe, H (Experto en Gas y Petróleo y hombre de
negocios)
Muy pronto
Wrobel, S (Gestor de Fondos de Inversión)
En 2010
Bentley, R (Analista universitario de energía)
En torno a 2010
Campbell, C (Geólogo retirado de las compañías petrolíferas Texaco &
Amoco)
2010
Skrebowski, C (Editor de
Petroleum Review)
2010 +/un año
Meling, LM (Geólogo de la compañía Statoil)
En torno a 2011
Predicciones del pico
de petróleo entre el 2012 y el 2020
Pang, X, et al
(China
University of Petroleum)
En torno a 2012
Koppelaar,
RHEM (Analista
holandés)
En torno a 2012
Volvo Trucks
En una década
de Margerie, C (Ejecutivo de compañía petrolífera)
En una década
al Husseini, S (Ejecutivo retirado VP de Saudi Aramco)
2015
Merrill Lynch (Broker financiero)
En torno a 2015
West, JR, PFC
Energy (Consultores)
2015/2020
Maxwell, CT,
Weeden & Co (Broker financiero)
En torno a 2020 o
antes
Wood Mackenzie
(Consultor
energético)
En torno a 2020
Total (Compañía
petrolífera francesa)
En torno a 2020
Hay también otras estimaciones[19]
que niegan el pico de petróleo como posibilidad o lo sitúan mucho más lejos en
el tiempo, pero el Wall Street Journal, diario económico de referencia del neoconservadurismo
norteamericano que, hasta no hace mucho, sólo se había referido a esta cuestión
para menospreciarla, ha modificado recientemente sus puntos de vista en esta
materia y ya reconoce abiertamente que el inminente pico del petróleo, aun
atribuyéndolo a causas distintas de las esgrimidas por sus tradicionales
defensores, supondrá el final del petróleo barato[20]
y muy probablemente, el principio de una crisis mundial sin precedentes.
Robert Hirsch,[21] plantea tres escenarios distintos en función de que las medidas mitigadoras que
él mismo propone se tomen con mucho tiempo, justo a tiempo o demasiado tarde.
Considera necesario un período de diez a veinte años antes del pico para que
esas medidas puedan implantarse con alguna garantía de éxito, por lo que, en el
caso de que el pico hubiera ocurrido ya
o fuera a ocurrir en los próximos cinco años no estaríamos ya, según
este autor, en condiciones de afrontar una transición escalonada y deberíamos
enfrentarnos al peor escenario y asumir, sin alternativas válidas, un grave
déficit de combustibles líquidos durante un tiempo indeterminado pero
previsiblemente largo. Por el contrario,
si las medidas mitigadoras, fundamentalmente disminución del consumo, licuefacción
del carbón, recuperación del petróleo contenido en arenas bituminosas y otras similares,
se toman con tiempo suficiente, el autor describe, prácticamente, un escenario bussiness as usual durante todo el
período de transición y es de suponer que también después.
Gracias a la, aparentemente inagotable, energía disponible
hemos abandonado el corazón de las ciudades y destruido directamente o dejado
arruinar cantidades ingentes de patrimonio inmobiliario para construir
urbanizaciones, en los terrenos agrícolas de la periferia, cuya supervivencia
depende directamente de que podamos seguir disfrutando del mismo superávit
energético. En ausencia de petróleo abundante y barato o de una hipotética, y
por el momento inexistente, alternativa, esas urbanizaciones, que dependen
directamente del automóvil y del suministro exterior de alimentos y agua
resultarán insostenibles y deberán ser abandonadas. El hábitat ideal, en una
sociedad post petróleo y en la fase de transición[22]
hacia otras formas de energía alternativas, en el supuesto, hay que insistir en
ello, de que tales formas existan y sean viables, sería una pequeña comunidad habitando
un conjunto compacto de casas, rodeadas de una zona agrícola y forestal que la
hiciera autosuficiente. Quizá fuera posible, pero de eso habría que ocuparse
con la debida antelación, seguir contando con energía eléctrica, obtenida de
fuentes renovables, en la medida en que la infraestructura necesaria fuera
independiente del petróleo, para cubrir algunas necesidades como iluminación,
calefacción, conservación y preparación de alimentos para su consumo entre
otras. De hecho, mantener las luces
encendidas debería ser un objetivo primordial de cualquier administración,
muy por encima de otros objetivos, probablemente ilusorios, como mantener o
incrementar un crecimiento que muy probablemente será insostenible en cualquier
tasa distinta de cero.
En una sociedad pos industrial, o al menos en la fase de
transición, el hombre deberá recuperar algunas de las habilidades perdidas que
garantizaron su supervivencia en el pasado, el cultivo de la tierra es una de
ellas, pero no la única y prescindir, definitivamente, de muchas de las cosas
que hoy se dan por supuestas como el automóvil, el suministro continuado,
barato y abundante de bienes producidos en lugares exóticos, el agua caliente
central, el teléfono móvil, el computador conectado a Internet y la información
sobre lo que ocurre a más de diez kilómetros de su residencia. Esto no es
necesariamente malo ni la sociedad por venir tiene por qué ser peor que la
actual, que presenta también aspectos notablemente desagradables, insolidarios
y sobre todo, insostenibles, pero sin duda será una sociedad diferente y
requerirá un largo y posiblemente incómodo período de adaptación. Es probable, además,
que un mundo sin petróleo sea incapaz de
sostener una población del tamaño actual y haya que afrontar, a corto
plazo, una brusca reducción hasta niveles preindustriales y también que la
desaparición del transporte termine bruscamente con la globalización, al
imposibilitar el movimiento a grandes y medianas distancias de personas y
mercancías y traslade los problemas de supervivencia a niveles estrictamente
locales, en donde se plantearán y resolverán, o no, todas las cuestiones que
hasta ahora se han planteado y a veces resuelto a escala nacional, continental
o mundial.
[3]Nuclear
Energy and the Fossil Fuels, Publication nº 95, Shell Development Company, M.
King Hubbert
[4] Ni la electricidad ni el hidrógeno son fuentes, sino
portadores, de energía y en ambos casos se necesita un aporte externo para su fabricación. En consecuencia y de
acuerdo con la termodinámica, su tasa de
retorno, el cociente entre la energía
que proporcionan y la que se necesita para su fabricación, es siempre menor que uno. El hidrógeno,
por ejemplo, no se encuentra libre en la naturaleza y para su fabricación es
preciso separarlo del carbono en el gas natural (metano) y otros hidrocarburos
o descomponer el agua, por electrolisis, en hidrógeno y oxígeno, en ambos casos
con un aporte energético superior al que desprenderá la combinación de estos
últimos elementos para formar agua. Existen otros procedimientos pero son igualmente
ineficientes y antieconómicos. Para los que tienen la esperanza de que esa tasa
de retorno se modifique favorablemente en el futuro, hay que decir que las
leyes de la termodinámica son, hasta donde sabemos y en este planeta,
inviolables e inmutables. Eso, naturalmente, no excluye la obtención hidrógeno
utilizando, por ejemplo, electricidad obtenida a partir de reacciones nucleares
de fisión pero, suponiendo que el hidrógeno así obtenido, pudiera ser utilizado
con resultados razonables como, por ejemplo, combustible para automóviles,
estaríamos hablando de energía nuclear y de economía nuclear, no de economía
del hidrógeno, que sería solamente un paso intermedio conveniente para
almacenar y utilizar posteriormente, energía de origen nuclear.
[5] Ochocientos millones, aproximadamente, en 2005
[6] La tasa de retorno en el último tercio del Siglo 19
estaba en cuarenta, o, lo que es lo mismo, cuarenta barriles de petróleo
extraídos requerían la energía equivalente a la proporcionada por un barril, y
actualmente esa tasa está en cinco y bajando, debido a las mayores dificultades
para acceder al crudo almacenado en campos de los que ya se han extraído
cantidades muy importantes y a que el petróleo que queda es de poca calidad o
se ha localizado en zonas, en el fondo del mar, por ejemplo, de muy difícil acceso
[7] Las cifras varían entre 1 y 4 billones de barriles (1
billón es aquí un millón de millones. En textos anglosajones mil millones)
[8] Peak Oil. Se ha traducido en algunos artículos como
cénit del petróleo: el momento a partir
del cual la producción global de petróleo alcanza su máximo absoluto y empieza
a descender. Se supone que eso ocurrirá en el momento en que se haya
extraído la mitad de todo el petróleo existente, pero hay que tener en cuenta
el consumo, mucho mayor, y que la mitad extraída es la parte fácil, cerca de la
superficie, en depósitos accesibles y presurizados, con menor viscosidad y de
mucha mayor calidad.
[14] Véase, por ejemplo, The Great Crash: 1929, John K.
Galbraith, Mariner Books, The World in Depression, Charles P. Kindleberger,
Penguin Books y La crisis económica de los 80,
Pedro Valdés, Desajustes y Tendencias de la Economía Actual. Madrid.
[15] Galbraith, por ejemplo, habla (en la obra citada en la
nota anterior) de la sobrecogedora incompetencia
del Consejo de la Reserva Federal durante la crisis de 1929 y Greenspan, el
anterior presidente de la Fed, escribe en el FT para negar su responsabilidad
en la actual crisis financiera, provocada por las hipotecas denominadas
subprime, crisis que ha podido verse agudizada, en opinión de algunos autores
que el mismo Greenspan cita en su respuesta, por el mantenimiento, durante
demasiado tiempo, de bajas y muy bajas tasas de interés. http://www.ft.com/cms/s/0/182ac7a4-03fb-11dd-b28b-000077b07658.html
[17] La mayor parte de aquellos descubrimientos han
alcanzado ya su pico y están, significativamente los del Mar del Norte, en
franca y rápida decadencia.
[18] Peaking of World
Oil production: Recent Forecasts DOE/NETL 2007/1263.
[20]The emergence of a production ceiling would mark a
monumental shift in the energy world. Oil production has averaged a 2.3% annual
growth rate since 1965, according to statistics compiled by British oil giant
BP PLC. This expanding pool of oil, most of it priced cheaply by today’s
standards, fueled the post-World War II global economic expansion... http://royaldutchshellplc.com/2007/11/19/the-wall-street-journal-oil-officials-see-limit-looming-on-production/
[21] Robert L. Hirsch en
Peaking of World Oil Production: Impacts, mitigation and risk management
El que sale del alma es el único fuego que no me quema, La que sale de Cádiz es la única claridad que me resucita, Y la del Nazareno es la única cruz que no me envenena, Y la única plata que llevo conmigo es porque es la plata de la Tacita. Y el fuego para los demonios, la claridad para el que mande, Las cruces para San Antonio y la plata para quien te quiera. Y a ti chupa la sangre.
La sangre que aquí me han dado, ha sido sangre del pueblo, Única sangre que bebo, por eso he resucitado. Y como inmortalizado, hago inmortal a mi pueblo. Y mientras que las derrame, no querré más otro vino. Y beberé del prohibido, aunque me muera de hambre, Por eso bebo tu sangre y me emborracho contigo.
No quiero ver a mi pueblo desangrado, Por los colmillos de los envenenados. Porque mi pueblo no tiene sangre azul, Que es de sangre roja de vida y juventud. Y como no quiero verlo desangrado Por eso tiro en el cuello los bocados. Y lo que hagan conmigo me da igual, Porque la sangre del pueblo es inmortal.
Resistiré las tentaciones delante de los fanfarrones, Porque a mi no me da la gana que nos gobiernen por cañones. Que los tirabuzones son de las gaditanas. Resistiré constituciones que esconden crímenes de Estado, Y amparan líderes ladrones, en los sillones del Senado. Que es donde están sentados los nuevos fanfarrones. Por eso puesto a resistir, resistiré que en sus palabras, Me entren por los dos oídos y por ninguno me salgan, Por eso puesto a recibir, resistiré que en sus palabras. Me entren por los dos oídos y por ninguno me salgan. Resistiré las tentaciones.
Recuerdo que no quedaba dos lunas para primavera, Cuando la vi que bajaba con su morada bandera, Y que se oía su padre cantando desde la torre: “No se te olvide una calle en la que pongas tu nombre”.
Recuerdo que le decía con su morada bandera: “Si yo tuviera una reina sería Lolita la Piconera”. Y si Lolita no fuera, que fuera reina su hermana, Que es la más republicana por eso le llama Pepa. Que con Lolita y la Pepa, que con la Pepa y la Lolita, No harían falta las puertas de tierra en la Tacita.
Para ser inmortal no hace falta ser un hombre histórico, Que llevar una vida adelante oficio de héroe, Más allá que siempre la ética bajo su músculo, Me permita dormir cada noche escuchando su música. Aun sabiendo que antes del día le espera la fábrica, Y que nunca será bautizado como Jesucristo, Que tendrá una única sabana y cien mil carnavales distintos, Aún sabiendo que antes del sábado ni los periódicos, Venderán una foto de archivo con su pie de página, Otra vez han quemado los puentes, otra vez han quemado al obrero, Pero no han apagado a la gente, la más valiente la de astilleros, Mi palabra de carnavalero mi comparsa no te olvida Y cuando llegue febrero tirará por la bahía. Otra vez han quemado los puentes, otra vez han quemado al obrero, Pero no han apagado a la gente, la más valiente la de astilleros, Mi palabra de carnavalero mi comparsa no te olvida, Aún sabiendo que antes del día le espera la fábrica.
Ya te dije que la claridad, la única que no me quema, Es la del mar, la libertad, la gaditana. Ni mata si es de plata la Tacita, La que me crucifica en tu ventana, La que por más galana, más bonita. La del mar, la claridad, la que me grita, La vida que resucita junto a ti cada mañana. Te dije que la plata en tu ventana, La del mar, la claridad de la Tacita, Es la que resucita mi bonita gaditana. Y si del alma tuya sale el fuego, Recordarás que a mi el fuego, el único que no me quema, De tu alma que locura la candela, Aunque me crucifique de veneno, Como es de tu ventana por lo menos, Y aunque al mar le falte el agua no me quema Igual que no me envenena la cruz del Nazareno. Igual que no me envenena la cruz de carnavales. Desenterrando los puñales de las arenas salías Y con su sangre escribía: "Los inmortales, los inmortales, los inmortales"
Letra y música: Juan Carlos Aragón Becerra. Director: Francisco Javier Bohorquez Gutierrez
El ciego sol se estrella en las duras aristas de las armas, llaga de luz los petos y espaldares y flamea en las puntas de las lanzas. El ciego sol, la sed y la fatiga Por la terrible estepa castellana, al destierro, con doce de los suyos -polvo, sudor y hierro- el Cid cabalga. Cerrado está el mesón a piedra y lodo. Nadie responde... Al pomo de la espada y al cuento de las picas el postigo va a ceder ¡Quema el sol, el aire abrasa! A los terribles golpes de eco ronco, una voz pura, de plata y de cristal, responde... Hay una niña muy débil y muy blanca en el umbral. Es toda ojos azules, y en los ojos. lágrimas. Oro pálido nimba su carita curiosa y asustada. "Buen Cid, pasad. El rey nos dará muerte, arruinará la casa y sembrará de sal el pobre campo que mi padre trabaja... Idos. El cielo os colme de venturas... ¡En nuestro mal, oh Cid, no ganáis nada!" Calla la niña y llora sin gemido... Un sollozo infantil cruza la escuadra de feroces guerreros, y una voz inflexible grita: "¡En marcha!" El ciego sol, la sed y la fatiga... Por la terrible estepa castellana, al destierro, con doce de los suyos -polvo, sudor y hierro- el Cid cabalga.
El lenguaje que utilizamos está cargado de metáforas que casi nunca son inocentes. Una de las más utilizadas por políticos, empresarios, medios de comunicación, responsables de empresas públicas y un largo etcétera es desarrollo sostenible. Desarrollo, en ese contexto, quiere decir crecimiento. No hay más que prestar un poco de atención a los lamentos que preceden y siguen a cualquier síntoma ya no de decrecimiento, sino de simple disminución en la tasa de crecimiento esperada, para comprobar hasta qué extremo la doctrina económica imperante identifica ambos términos. Pero el crecimiento, cualquier crecimiento, en un sistema cerrado y finito es insostenible y, por tanto, no hay desarrollo sostenible que valga y la cuenta atrás, es lo que pasa con las curvas exponenciales, va cada vez más deprisa. Esto es álgebra elemental y hasta los políticos más ignorantes y ágrafos pueden hacer esas cuentas. Si nos sueltan con tanta alegría el sonsonete de la sostenibilidad y nos lo tragamos con no menos alegría y complacencia no es porque seamos idiotas, aunque eso nunca se puede descartar del todo y depende del sistema de referencia, sino porque en eso es en lo que les conviene creer, o, mejor dicho, hacer ver que creen, a los políticos, cuyo horizonte rara vez supera la próxima convocatoria electoral, y porque a nosotros, a mí no, pero es por no perder generalidad, nos han convencido de que esa, la de la sostenibilidad de determinadas políticas, es una verdad incontestable. En el fondo, lo que pasa es que nosotros no estamos hablando de sostenibilidad indefinida, ni siquiera de sostenibilidad a largo plazo, sino de mantener nuestro nivel actual de consumo, de despilfarro, durante nuestra vida y, con un poco de suerte, la de nuestros hijos. Nuestros nietos ya encontrarán, como ha pasado siempre, nuevos recursos o, si la cosa se pone muy mal, la forma de evacuar el planeta y establecerse en otro lugar… O que monten una buena guerra nuclear para pelearse por lo que quede, o una epidemia de peste... algo se les ocurrirá.
domingo, 27 de enero de 2008
Sie kamen zuerst und holten die Kommunisten, und ich sagte nichts, weil ich kein Kommunist war. Dann kamen sie und holten die Sozialisten, und ich sagte nichts, weil ich kein Sozialist war. Dann holten sie die Gewerkschafter, und ich sagte nichts, weil ich kein Gewerkschafter war. Dann holten sie die Juden, und ich sagte nichts, weil ich kein Jude war. Dann holten sie mich, und es war keiner mehr da, um etwas zu sagen.
Estamos, por si alguien no se había dado cuenta, en plena campaña electoral. El Sr. Presidente del Gobierno en funciones, ha presentado hoy el programa con el que va a optar a la reelección y en el que, entre otras cosas de las que ya nos iremos enterando, se compromete a entregar a cada contribuyente o pensionista, si gana las elecciones, la cantidad de 400 € en el mes de junio. Esto parece, dirán ustedes, una descarada compra de votos. Bueno, pues desgraciadamente vivimos unos tiempos en los que las cosas cada vez son más lo que parecen y esto, efectivamente, es comprar votos con dinero público con el único objetivo de mantenerse en el poder. Parece que por la razón que sea el Estado dispone actualmente de un cierto superávit, ha ingresado más de lo que ha gastado, y el actual gobierno se dispone a liquidarlo, en su propio beneficio, mediante esta y otras patochadas que ahora no recuerdo. Lo que sí recuerdo es la promesa del Sr. Rajoy, a la sazón candidato del Partido Popular al cargo que ahora tiene el Sr. Zapatero, de reducir en 1000 € el IRPF de las mujeres. Ya dije en una ocasión que no hay alternativa al cachondeo actual y me ratifico. Estoy empezando a pensar que la mejor opción, con el actual panorama, es no votar. O votarle a Llamazares que por lo menos tiene cierta gracia.
Parece que lo de Gran Scala va en serio. O, al menos, parece que el gobierno de Aragón está dispuesto a echar el resto para que el proyecto llegue a buen puerto. A mí, creo que ya lo dije, todo este asunto me parece una vergüenza. Porque es una vergüenza, de momento, que un grupo de promotores sin otro capital que una idea, estúpida, sean recibidos como si fueran los reyes magos y se les organice, en la sede del Gobierno y mano a mano con el presidente y el vicepresidente, un increíble y surrealista acto de presentación de... humo. Es una vergüenza que el Gobierno se comprometa por escrito a modificar la normativa administrativa, y también la legal, por lo que parece, en función de las necesidades del proyecto. Es una vergüenza que el gobierno presente como solución a los problemas de despoblación, de momento no hay otros, de los Monegros una estupidez tan grande como un complejo entramado de casinos y parques temáticos y acepte sin cuestionarlas cifras absurdas de inversión, empleos y visitantes. Es, en definitiva, una vergüenza que un gobierno que hasta ahora no se había distinguido por ninguna metedura de pata excesiva, aunque sí por un manifiesto apoyo al urbanismo salvaje en el Pirineo y por incrementar la macrocefalia de Zaragoza en detrimento del resto del territorio, haya comprometido todo su crédito en lo que presenta todos los visos de ser una estúpida comedia y, si no, una operación mafiosa.
Este puente hemos estado en Madrid. Hacía calor por la noche y frío a
mediodía, había niebla y más gente de la que espero volver a ver reunida nunca
jamás.
Tuve un altercado con una anciana que estaba
plantada, con un nutrido grupo de coetáneas, impidiendo el paso de la gente por
una de las aceras de la Gran Vía, y fuimos al teatro en un día distinto al que
nos correspondía. Afortunadamente, un día antes y no un día después, lo que nos
permitió rectificar a costa de hacer dos veces el trayecto por calles
literalmente atestadas de turistas, carteristas y otros especímenes de la fauna
ibérica.
Al menos, la representación valió la pena.
La cola para ver la ampliación del Museo del
Prado, otro de los objetivos del viaje, iba de la Puerta de Goya al Jardín
Botánico y no se movía, o al menos el movimiento no era apreciable desde fuera,
así que nos fuimos al Thyssen, donde había mucha menos cola, pero, al llegar a
la taquilla, te daban una entrada para una hora y media más tarde. Todo sea por
Durero.
El viernes cenamos en Lhardy, que ya no es lo
que era y, además, estaba tan repleto de gente como cualquier chiringuito de la
Plaza Mayor. La cena, más bien regular, y a 84 euros el cubierto.
En fin, que no volverán a pescarme fuera de
casa en fechas tan señaladas, a no ser que pueda ir a una cabaña en las
Maldivas, que he visto anunciada en un programa de viajes de televisión, de
3.500 euros la noche —viajes aparte—, en adelante. Si es que llego a poder
permitírmelo antes de que también pueda permitírselo todo el mundo. Que, al
paso que voy, no creo.
Si algún día nos falta Bono, cosa poco probable vista la marcha que lleva y la energía que derrocha, la política de este país ya no será la misma. Hoy ha presentado un libro sobre Zapatero y ha aprovechado para soltar un par de genialidades de las suyas. Ha dicho que le ha preguntado a ZP si, cuando sea presidente del Congreso, podrá seguir yendo a buscar a su niña al colegio. Normal. Al Patrón es al que hay que preguntarle esas cosas. Lo que pasa es que no queda muy bien que el jefe del ejecutivo sea el que dé permiso para nada al presidente del Parlamento, pero ni Montesquieu es ya lo que era, ni aquí se han guardado nunca las formas en esta clase de asuntos. En cualquier caso no hay que tenérselo en cuenta, a Bono, porque la quina que debe estar tragando el pobre hombre es de las que hacen época. También ha soltado que ZP le dijo que no pensaba volver a presentarse, y casi seguro que se lo dijo. Y casi seguro también que no esperaba que le tomara la palabra y lo fuera a soltar en público a la primera ocasión que tuviera. Pero bueno es Bono para echar en saco roto una cosa así. En fin, más vale que Zapatero aguante porque la alternativa, tanto dentro como fuera del PSOE, es para salir corriendo. ¿Qué habremos hecho para merecer una clase política como esta?
El Gobierno de Aragón ha establecido contacto con un grupo de inversores británicos que se proponen establecer, en Los Monegros, una especie de Las Vegas con cifras que marean: treinta hoteles, cuarenta casinos, diez parques temáticos, cincuenta mil puestos de trabajo y todo en este plan. Gran Scala es el nombre que parece que va a tener. Que ¿qué me parece?. Una barbaridad. Los beneficios que un engendro como ese pueda traer a la actual población de los Monegros, si se exceptúa a los que tengan tierras que vender en la zona finalmente escogida que, dado que nadie parece haber comprado nada aún, podrán especular todo lo que quieran, son bastante dudosos y los que pueda traer a la provincia de Huesca un incremento del 50% de su población más todavía. El consumo de agua, de la que la zona es, en principio, deficitaria, y de energía será notable, los empleos que se creen, en su mayoría, serán de escasa o nula cualificación y los beneficios, si los hay, serán para el inversor. Habrá que ver también que recursos adicionales, además de la luz y el agua, tiene que aportar el gobierno regional que pierde el culo con cualquier empresa de tres al cuarto que crea veinte puestos de trabajo precario, se instala en una nave que le regala o le cede el gobierno o el ayuntamiento de turno y, en diez años, se va a mejores pagos dejando el solar, una inversión multimillonaria y naturalmente subvencionada en inútil infraestructura y veinte parados reclamando empleo a la puerta del gobierno. Multiplíquese esto por mil y se tendrá una idea aproximada de lo que puede pasar con esta historia que, según parece, se confirmará el próximo día 12.
El veintiuno de septiembre, aproximadamente, el Sol pasó por el punto de la eclíptica en la que esta corta al Ecuador e inició la parte Sur de su recorrido, que se prolongará, salvo improbable cataclismo, hasta el próximo veintiuno de marzo. Lo de siempre, vamos.
Pero bueno... ¡esto es América!. O casi. Los servicios de inteligencia (sic) españoles han detenido a un agente doble que trabajaba para otro país ¿adivinan para cuál?... para Rusia, naturalmente, como en los viejos tiempos. Como era doble se supone que también trabajaba para nosotros. Pero, probablemente, trabajaba más para ellos, o mejor. Parece ser, según el flamante jefe del CNI, que el taimado espía ha estado facilitando datos sensibles de la inteligencia española a los rusos hasta 2004, no dice desde cuando. ¿Qué ha estado haciendo en 2005 y 2006? ¿Ha trabajado sólo para nosotros? ¿no se han producido datos sensibles dignos de ser transmitidos? ¿lo han echado?. ¡Dónde vamos a parar!