Los optimistas, cornucopianos o quienes sostienen que esto se arregla contándonos unos a otros historias más o menos edificantes —como los promotores de una curiosa iniciativa puesta en marcha, sin demasiado éxito, hace unos meses— deben de ser, en general, buena gente: cargada de buenas intenciones y con un legítimo y perfectamente comprensible deseo de que las cosas les vayan bien a ellos y también a los demás durante todo el tiempo posible.
Pero que sean buena gente no significa, necesariamente, que sean inofensivos.
El optimismo injustificado es casi siempre un peligro, incluso cuando solo trata —es el caso de la web citada más arriba— de animar el consumo, al que, en este extraño modelo económico, se le atribuyen poderes taumatúrgicos en relación con la marcha de la economía. Cuando, como ocurre con quienes niegan la inminencia —e incluso la posibilidad— de un pico de petróleo, o creen que la energía que actualmente se extrae de los combustibles fósiles se obtendrá con análoga facilidad de otras fuentes limpias o renovables, ese optimismo impide o retrasa la adopción, a tiempo, de determinadas medidas correctoras. En ese caso es, además de peligroso, suicida, aunque no por ello deje de tener cierta lógica.
El optimismo es necesario para sostener el tinglado actual —en eso tienen razón los de la página web y el propio gobierno—, porque el optimismo es la base de la confianza. Y la confianza es lo que sostiene, por ejemplo, el valor de la moneda en cualquier circunstancia, pero mucho más en una situación como esta, en la que la deuda ha rebasado con creces los límites de lo asumible.
El dinero que circula en billetes o monedas —euros, dólares, yuanes, libras esterlinas o lo que sea— es apenas un 4 o un 5 % del total en circulación, y es la parte creada por las cecas y los bancos centrales. El resto es, mayoritariamente, dinero bancario, creado por los bancos privados como deuda, con la única garantía de la confianza en que el deudor se hará cargo de ella y la pagará.
La mayor parte del dinero en circulación, por lo tanto, está respaldada por compromisos que no se sabe si se podrán cumplir o que solo podrían cumplirse en un entorno y en unas circunstancias muy diferentes a las actuales. El valor del dinero es el que aparece en los billetes o monedas o el que consta en las cuentas y depósitos —es decir, 10 € valen 10 €—, pero solo mientras nos avengamos a guardar esos 10 € en el banco o en casa.
Si, por el contrario, a la gente —a toda o a bastante gente— le diera por transformar sus billetes, monedas y apuntes bancarios en cosas tangibles, se encontraría con que el valor real de todos los bienes y servicios disponibles es insignificante en comparación con la cantidad de dinero en circulación. Y eso en un momento en que la restricción de crédito amenaza con asfixiar la economía, lo que podría parecer —pero no lo es— un contrasentido.
El crecimiento es lo único que puede garantizar el pago de la deuda. Sin crecimiento podríamos llegar, solo en teoría, a pagar el principal; pero el pago de los intereses exige que la producción de bienes y servicios de mañana sea superior a la de hoy. De lo contrario, todo el sistema se colapsa.
Y el crecimiento requiere energía: energía concentrada, abundante y barata. En definitiva, petróleo. Y petróleo de origen convencional. Nada de arenas bituminosas, petróleo enterrado a varios kilómetros bajo el fondo del mar o supuestas reservas sin confirmar. Sin esa energía adicional —hoy más que ayer, pero menos que mañana, como decía una medallita que se vendía en España hace cuarenta años— no hay crecimiento, y en un sistema económico que no contempla el stand by, eso pone las cosas muy difíciles.
Una solución parcial —o un amago de solución— podría ser la reforma monetaria: acabar con la creación de dinero como deuda y que los bancos centrales y los Estados recuperen el viejo poder de acuñar moneda de forma exclusiva. Moneda que se crearía libre de deuda y podría ponerse en circulación para pagar nuevas infraestructuras y otros compromisos públicos.
Hoy por hoy, si el gobierno quiere gastar dinero tiene que pedirlo prestado y pagar por él un interés, y los únicos beneficiarios son los bancos, que tanto han contribuido —ahora y antes— a que la economía entre, de tanto en tanto, en crisis cada vez más graves y más difíciles de resolver.
Pero esto es solo una solución a medias —o ni siquiera eso— al problema de fondo: la incompatibilidad entre la finitud de los recursos minerales y energéticos del planeta y el crecimiento exponencial de la masa monetaria.
Hay otros problemas, derivados del crecimiento insostenible y del agotamiento de recursos irreemplazables, para los que hemos creado una necesidad insoslayable: alimentos, combustibles para automoción y todo aquello que garantiza el mantenimiento de una economía globalizada que permite sostener a una población de casi 7.000 millones de personas en un planeta cuya capacidad de carga está, en estos momentos, en el límite —o eso, al menos, es lo que puede deducirse de las condiciones, más que precarias, en las que vive una parte importante de la humanidad.
Estos problemas no se resolverán con artificios monetarios, sino con una reducción drástica del consumo y, probablemente, de la población del planeta.
A ver si aparece algún voluntario.
O voluntaria, que diría la ministra.