El miércoles son las elecciones en Cataluña y, a estas alturas, ya no parece que Carod-Rovira vaya a producir ninguna boutade espectacular, si dejamos de lado, claro, el anuncio en el que aparece afeitándose y con un mensaje en catalán que, más o menos, viene a decir: «Somos humanos, como tú». No sé qué querrá decir con eso.
El viernes, Mas desayunó con el presidente del Barcelona —el equipo de fútbol, claro—, y ayer Montilla se las arregló para desayunar él también con el Sr. Laporta.
Lo que me lleva a preguntarme, una vez más, por las razones que hacen que la gente vote a uno u otro candidato. Y no me refiero, claro, a los muy pocos que se enteran de algo y que deciden su voto por razones más o menos objetivas —o, al menos, objetivables—, ni tampoco a la chusma, mayoritaria, que ya tiene su voto decidido desde 1975 y no lo cambia aunque su partido presente a un perfecto imbécil —cosa que, por lo demás, no es nada extraordinaria—.
Me refiero a ese voto flotante, de gente sin preferencias por ningún partido, cuya fuente de información es la televisión o el boca a boca, y que no se siente particularmente beneficiada ni especialmente amenazada por el triunfo o la derrota de tal o cual partido y que, en cada elección, es la que decide de qué lado se inclina la balanza.
Claro que, a lo mejor, lo importante no son las razones por las que la gente escoge una u otra opción política, sino las razones por las que los políticos creen que la gente les vota.
Por ejemplo, a Montilla ha podido pasarle por la cabeza que, si su rival desayunaba con Laporta —el presidente del Barcelona—, los forofos de ese equipo, que en Cataluña deben de ser legión, se decantarían automáticamente por Convergència i Unió.
Así que quizá el problema no es que la gente sea idiota, sino que los políticos están convencidos de que lo es y actúan en consecuencia.
No sé si me explico.