miércoles, 18 de febrero de 2026

Barbastro. La redefinición de un espacio urbano.

Las grandes crisis no suelen tener dirección postal. Se anuncian en informes que pocos leen y en gráficos que viajan entre capitales. Pero sus consecuencias sí tienen una dirección y un efecto concretos: la persiana que baja en la calle Mayor; el alquiler imposible para un joven sin renunciar a todo; la cita médica que se aplaza hasta rozar la burla; el oficio que se extingue porque nadie recoge el testigo. Barbastro es uno de esos lugares donde lo abstracto se vuelve cotidiano y, por eso mismo, legible.

Con algo más de 17.700 habitantes, según el padrón del INE a enero de 2025, Barbastro es capital comarcal del Somontano y tercera ciudad de la provincia de Huesca. Durante siglos fue un nudo comercial del Aragón interior. Ignacio de Asso ya describía en el siglo XVIII una ciudad sostenida por el intercambio, con vida mercantil conectada con Francia y con un mundo colonial hoy desaparecido. Trescientos años después el perceptible deterioro no llega como consecuencia de una guerra o una catástrofe: llega como desgaste: obsolescencia económica, centralización de servicios y cambio de hábitos asociado a la era digital. No se oye, pero se nota.

El declive del comercio local se explica a menudo como una guerra perdida contra gigantes: Amazon, grandes superficies, compra online. Influye, sí. Pero no basta. Culpar solo a la competencia no es sino confundir el síntoma con la enfermedad. Los comercios cierran porque la demanda local se reduce lenta pero inexorablemente; porque los costes fijos suben a un ritmo difícil de soportar; porque se compite con reglas distintas; porque el relevo generacional no quiere heredar una vida de horarios y riesgo; y porque el centro urbano encaja cada vez peor con la movilidad y el consumo actuales. El resultado no es un derrumbe: es una erosión.

En Barbastro, además, el comercio no es solo un escaparate. La ciudad es un nodo comarcal de un territorio disperso: concentra trámites, compras, salud, sociabilidad y vida urbana para decenas de pueblos. Cuando Barbastro se debilita, la pérdida afecta a todo su entorno. Por eso el cierre de un local no es una anécdota: es una señal. Un martes cualquiera baja una persiana y no vuelve a levantarse. No hay drama, solo un “se alquila” y un hueco. Dos semanas después hay menos gente pasando; el bar de al lado depende cada vez más de los jubilados; el propietario de una casa posterga arreglos imprescindibles; el que iba a abrir un negocio se lo piensa y al final no lo abre. La decadencia rara vez llega con estruendo: llega por acumulación.

Esa fragilidad se agrava con una paradoja política difícil de esconder. Se proclama la defensa del comercio de proximidad mientras se toman decisiones que lo adelgazan: concentración de servicios en las capitales de provincia, expansión de la periferia local sin mecanismos reales de compensación para el centro, y una regulación diseñada desde la “media nacional” para realidades que están lejos de esa media. No hace falta mala voluntad: basta con gobernar a distancia. El paisaje lo delata: calles más porosas, locales vacíos o reconvertidos, oferta cada vez más homogénea. Menos variedad y por tanto menos identidad urbana.

Y hay una causa menos discutida y más decisiva: vivienda inasequible y fuga de profesionales. Barbastro no compite con Madrid o Zaragoza en salarios. Su baza es la calidad de vida: cercanía, entorno, comunidad, coste de vida relativamente más bajo. Esa ventaja se evapora cuando el alquiler es caro en proporción al sueldo, cuando el mercado de segunda mano es escaso o deteriorado y cuando rehabilitar o construir tropieza con una burocracia que pesa casi igual en una ciudad mediana que en una metrópoli. La vivienda no es solo un techo: es la condición para quedarse.

La sanidad, en este contexto, funciona como barómetro institucional. En febrero de 2025 se denunciaban listas de espera en el Hospital de Barbastro que, en algunas especialidades, superaban el año. Se hablaba de demoras que podían llevar una cita de otorrinolaringología hasta julio de 2026, o urología hasta mayo, y de un déficit de plantilla significativo. El Gobierno de Aragón podía señalar mejoras parciales, pero el fondo permanece: cubrir determinadas plazas en un hospital que es periférico porque así lo quieren, se ha convertido en un problema estructural. No se arregla con parches.

Cuando se habla de despoblación pensamos en pueblos que se vacían. Pero el caso de una ciudad intermedia como Barbastro es más incómodo: puede aguantar en número y degradarse en calidad. La comarca del Somontano registra una edad media de 46,4 años y solo el 13% de la población tiene menos de 15 años. El saldo vegetativo es negativo. La inmigración amortigua, pero no resuelve el núcleo del problema: la ciudad no logra retener a buena parte de sus jóvenes formados. La mecánica es simple: quien termina el bachillerato se va, estudia fuera, hace red, compara. Cuando mira atrás no ve solo menos ocio o menos cultura; ve menos oportunidades, menos vivienda accesible y menos certezas para construir una vida. La decisión individual es racional. El efecto colectivo, corrosivo.

Barbastro alcanzó, según el INE, su récord histórico de población: 17.797 habitantes en enero de 2025. Es un dato que el ayuntamiento ha destacado con satisfacción. Pero el padrón no mide cohesión, ni vitalidad comercial, ni capacidad de retener talento. Una ciudad puede crecer en habitantes y deteriorarse simultáneamente en calidad de vida, en continuidad de servicios, en identidad urbana y en confianza institucional. Que es lo que está pasando.

Por eso Barbastro no es el problema: es el diagnóstico. Refleja, como tantas ciudades intermedias del interior, la dificultad de los sistemas políticos vigentes para gestionar la heterogeneidad territorial. La erosión institucional no empieza en Bruselas ni en Washington. Empieza cuando alguien espera catorce meses para una cita con el otorrino y, al final, nadie le ofrece una explicación que no suene a excusa. Ahí es donde lo macro se vuelve local. Y donde deja de ser teoría para convertirse en práctica vivida.

 Fotografía de Antonio Clavero

viernes, 13 de febrero de 2026

La unidad de la izquierda.

Rufián, un pintoresco diputado del Congreso, antes furibundo y deslenguado independentista catalán y hoy sedicente paladín de la unidad de la izquierda española, se postula como referente de una parte del paisanaje que, según él, está desamparada por un PSOE en crisis terminal y por una constelación de partidos cuyas querellas y trifulcas los alejan de su electorado natural. Un electorado que, ante semejante desamparo, podría inclinarse por el PP o incluso por la ultraderecha. O abstenerse. Pero si esas siglas, hoy separadas y en gresca permanente, se unen, sus partidarios por pocos que sean, votarán juntos por esa coalición que alcanzará, con tan original procedimiento, las alturas del Olimpo gubernamental. Pudiera ser, sin embargo, que el efecto fuera exactamente el contrario. Es decir, que electores que darían su voto a Sumar, por ejemplo, se dejaran cortar la mano antes que votar una coalición en la que estuviera Podemos. Pero, como de costumbre, aquí de lo que se trata es de conseguir una lista que encabezar, por pocas posibilidades electorales que tenga, siempre y cuando esté garantizada la salida para el cabeza de la lista y aquellos que hayan contribuido a hacer viable el invento. Y eso no es difícil. Como tampoco lo es que, en un escenario tan polarizado como el actual, esos pocos escaños sean decisivos a la hora de formar gobierno y permitan, a los cabecillas de la coalición, ejercer una influencia y disfrutar de unos privilegios que de otra manera nunca les hubiera correspondido. No sería la primera vez.