lunes, 16 de enero de 2012

Yo sé, yo sé la manera…


Función exponencial

Los españoles estamos de suerte. Casi todos nuestros políticos pretenden saber cómo salir —o cómo sacarnos— del extraordinario carajal en el que estamos metidos.

El primero que se manifestó en ese sentido fue el Sr. Rubalcaba, entonces candidato del PSOE a la presidencia del Gobierno y ahora a la secretaría general de su partido, quien en campaña electoral dijo que sabía exactamente lo que había que hacer para salir de la crisis.

Esta afirmación fue recibida con cierto escepticismo —no del todo injustificado—, por venir de un hombre cuyo partido llevaba más de siete años al frente del Gobierno, en el que él mismo había tenido, hasta fecha muy reciente, responsabilidades de primer nivel.

En todo caso, y dado que perdió las elecciones y, por tanto, la posibilidad de poner en práctica sus recién adquiridas habilidades, no queda más remedio que concederle el beneficio de la duda, algo a lo que no puede acogerse —o no por mucho tiempo— el actual presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, que también presume de saber lo que hay que hacer, en este caso para mejorar la reputación de España.

El hecho de que, poco antes, una agencia norteamericana hubiera puesto en cuestión dicha reputación mediante el expeditivo procedimiento de rebajar en un par de puntos la calificación de la deuda pública española ha sido atribuido —faltaría más— a la gestión del Gobierno anterior, a la tradicional conjura exterior (yanqui, en este caso) y al hecho de que aún no dispongamos de una agencia propia que califique al dictado.

Algo —esto último— que se ha apresurado a reivindicar la Sra. Chacón, también candidata a la secretaría general del PSOE, aunque esa misma intromisión hubiera sido recibida con singular alborozo —al menos por el Gobierno— si a la agencia le hubiera dado por lo contrario, es decir, por elevar la calificación de la deuda en lugar de rebajarla.

La realidad, sin embargo, nada tiene que ver con las calificaciones de esa u otra agencia ni, mucho menos, con lo que Rubalcaba, Rajoy, Chacón o cualquier otro sepan —o crean saber—, que no son más que tonterías útiles, acaso, para consumo interno de amigos y correligionarios y para llenar titulares de prensa.

De lo que se trata es de que el sistema lleva ya tiempo presionando contra sus límites naturales y de que todo el mundo —agencias de calificación incluidas— está decidido a ignorarlo mientras sea posible.

El error que ha cometido Standard & Poor's —y en el que, reiteradamente, caen todas las agencias de calificación— no es el de minusvalorar la calidad de la deuda pública de tal o cual banco, país o región. Ha sido, como ya les ocurrió en el caso paradigmático de Lehman Brothers, a la que bajaron solo un punto un mes antes de que se hundiera, el de no reconocer —o no poner negro sobre blanco— algo que es matemáticamente evidente: que la deuda ha rebasado hace tiempo —maravillas del interés compuesto y de su inseparable función exponencial— los límites tolerables y que nunca podrá ser pagada.

En consecuencia, tanto la deuda pública española como todas las demás deberían ser calificadas —por utilizar su mismo lenguaje— como bonos basura, que es lo que, a medio plazo, serán todas ellas.

Pero, claro, esas agencias están ahí para apuntalar el statu quo, no para destruirlo. En realidad, todos sus movimientos tienen fines políticos o son utilizados políticamente: por ejemplo, para subir el techo de gasto en United States o para aplicar, aquí, medidas cada vez más drásticas.

Menos cuentos, por favor.

¿Era necesario decir algo tan obvio?