La cosa empezó algunos años antes de que, en julio de 2017, me diagnosticaran un tumor en la vejiga, con lo que parecía solo una molestia asociada a la próstata, un órgano que, por entonces, parecía tener como única función recordarme su existencia un par de veces por noche. Una visita al urólogo —que me hizo una ecografía allí mismo— puso de manifiesto la existencia de un tumor. Resultó ser maligno, pero superficial y de bajo grado. Fue extirpado una semana después.
El procedimiento —molesto, pero bastante tolerable al principio— consistió en introducir en la vejiga, a través de la uretra y con anestesia epidural, una sonda provista de cámara para localizar la lesión y un bisturí eléctrico para extirparla y extraer una muestra para biopsia, que dio el resultado que ya he comentado.
La cosa, claro, no acabó ahí, y una nueva palabra se incorporó a mi hasta entonces limitado vocabulario médico: recidiva. Parece ser que estos tumores —por entonces evitaba cuidadosamente la palabra cáncer— tienen una tendencia a reproducirse, en general con el mismo grado y carácter superficial. Lo que se conoce como recidivas, que también deben ser extirpadas mediante el mismo procedimiento, cuyo nombre —otra palabra nueva— es RTU: acrónimo de Resección Transuretral.
Una de las RTUs —“ya que estamos aquí”, dijo el urólogo— sirvió también para eliminar parte de la próstata. Teóricamente, eso debía ayudar al menos a recuperar el sueño. No funcionó. Con próstata o sin ella, las visitas nocturnas al baño rara vez bajaron de tres.
Cada RTU solía implicar un ingreso de una noche y, a veces —no siempre— una sonda durante dos o tres días. Ocasionalmente, el urólogo utilizaba otro procedimiento, conocido como cistoscopia, que consistía en introducir únicamente la cámara, en una intervención ambulatoria con sedación. Era menos invasiva y con una recuperación más rápida y llevadera.
Si no había rastro del tumor, lo siguiente era otra cistoscopia en unos meses; si lo había, una nueva RTU. Una dinámica a la que, al cabo de cinco o seis años, ya me había acostumbrado. Sobre todo porque alguna de esas cistoscopias —dos, exactamente— habían dado resultado negativo: no había recidiva. Y eso me permitió albergar ciertas esperanzas, si no de curación, al menos de cronificación.
Pero la vejiga —ese órgano del que antes de julio de 2017 ni siquiera sabía que existía— no se acostumbra fácilmente a tantas entradas y salidas. La recuperación tras la última RTU fue más larga y problemática de lo habitual, con visitas nocturnas al baño mucho más frecuentes que antes, y la consiguiente y drástica pérdida de calidad del sueño.
Además, la biopsia —que normalmente se saldaba con la clasificación del tumor como maligno, pero superficial y de bajo grado— detectó esta vez un carcinoma in situ, o CIS, un tipo de cáncer potencialmente más agresivo y difícil de detectar. Eso, como primera consecuencia, terminó con los eufemismos y me obligó a reconocer que era, a todos los efectos, un enfermo de cáncer.
La dinámica cistoscopia/RTU ya no podía continuar. En parte, por el creciente deterioro de la vejiga; pero sobre todo porque el CIS era lo suficientemente peligroso como para intentar eliminarlo antes de que penetrara en el músculo o derivara en una lesión metastásica mucho más grave y de peor tratamiento.
La propuesta médica fue una serie de instilaciones: introducir en la vejiga, mediante sonda, el bacilo atenuado de la tuberculosis (BCG), mantenerlo allí durante una hora semanal y repetir el proceso durante varias semanas. El objetivo: estimular una respuesta inmunitaria capaz de eliminar el cáncer.
El comienzo del tratamiento se ha fijado para dentro de un mes, a la espera de que los antibióticos y el Urocran Forte hagan efecto y reduzcan la inflamación actual de la vejiga.
Si da resultado —y al cabo de un cierto número de sesiones el CIS y los tumores desaparecen completamente— se puede entrar en una fase de mantenimiento, con una instilación mensual o incluso anual. A mí me da la impresión de que estas instilaciones van a contribuir a aumentar la irritación de la vejiga y a empeorar aún más la ya escasa calidad de mi sueño, pero no parece haber alternativa. Salvo la de confiar en una suerte que, hasta ahora, no parece haberse prodigado demasiado en todo este proceso.
¿Expectativas? Las estadísticas no son especialmente alentadoras para el CIS sin tratamiento, pero tampoco terribles si el tratamiento funciona. Y parece que funciona en la mayoría de los casos. Tal como está el mundo, no es el peor escenario posible.